Con frecuencia olvidamos, a la hora de participar en un brindis, que lo más importante es saber quitarnos de en medio a tiempo.

Al estilo sueco, se entiende, ese escaqueo como una de las bellas artes, ese quedarnos mirando al infinito o al tendido como si aquello no fuese con nosotros. Reconozcámoslo, un brindis es algo demasiado complejo como para dejarlo en manos de aficionados y, aceptarlo, implica una responsabilidad cívica para la que pocos estáis capacitados. Mandan los cánones que el brindis ha de hacerse con vino o licor, que otra cosa es mamarrachada, y semejante prescripción nos predispone al disparate del que escucha, siempre presto a poner los puntos sobre las íes griegas.

La principal dificultad estriba, dicen los entendidos en estos menesteres, en que el brindis siempre ha de ser festivo, benevolente, una exaltación de aquel o de aquello por quien se alza la copa, por lo que aprovechar el momento para cantarle las cuarenta o las que vengan al homenajeado requiere un temple a prueba de morapio. Que te hagan levantarte cuando no quieres y además poner buena cara para alabar a la ocasión o al celebrado es habilidad que no está al alcance de cualquiera. Es por eso que superar la tentación del silencio creado y la expectación degenerada que le sigue para decir lo que de verdad uno piensa, sea trabajo de colosos. Saber que en el brindis solo se escucharán parabienes ha sido la causa de la decadencia de estos momentos y la razón por la que a día de hoy se le permite entonarlo a cualquiera. Las desgracias, que nunca vienen solas, provocan que para colmo la bondad con calzador se encarne con frecuencia en brindadores con experiencia en bochornos y en el afán de un pretendido humor para endulzar a la concurrencia con sus ocurrencias, esa variedad de boda de Caná en la que el vino se torna vinagre desde que se prohibieron los duelos de honor.

Después de muchos siglos de brindis a cuestas, hay cierto consenso entre los profesionales que acuden a estos actos en que hay que poner coto a tanto desmán. No se trata de prohibir, que una cosa muy bruta, pero sí de retornar a los orígenes y devolver al gesto el sentido que siempre tuvo, es decir, carecer de sentido. No es fácil, se dice, pero pueden intentarse fórmulas que sin necesidad de tener que derramar la sangre del que alza la copa atenúen el ansia de tantos por presidir un brindis de los de pecho hinchado y mano atrás. Una posibilidad sería la de someter a votación el brindis hecho y, siendo el resultado negativo, expulsar al interfecto de la sala preferiblemente en dirección al estanque más cercano; o bien podría encomendarse su realización a un actor; o tal vez elegir de antemano al tema y al brindador de entre todos los presentes con derecho de veto en determinadas circunstancias; o lo más acertado puede que fuera que cada cual viniera brindado de casa. O lo que a cada uno se lo ocurra, que lo importante, se apunta, es evitar el ridículo a toda costa y que tras el brindis los efluvios vuelvan a su cauce para no salirse de madre.

Lo cierto es que ocurre con los brindis igual que con las novelas, que unos ven la copa o el tocho medio lleno o por leer, y otros medio vacío e inacabable. Porque comenzar a leer una novela a la manera de un brindis chispeante nos trae con frecuencia la desazón de su contingencia e inoportunidad, pero ya no se puede parar si no es para tirarle una pieza de pan duro al que brinda o para encestar el libro en la papelera. Dicen que no hay libro malo, pero no es cierto, como que tampoco hay mal brindis pues los hay, y de hecho casi todos lo son o no se seguirían publicando novelas si no fuera con la esperanza de hacerlo mejor ya que, siendo objetivos, nadie publicaría libros a sabiendas de que son peores de los que ya existen porque sería hacerlo por fastidiar. Pero las normas de convivencia nos obligan a permanecer sentados escuchando o leyendo con la esperanza de que un buen final redima lo vivido o lo bebido, cosa que nunca ocurre que sepamos o por lo menos cuando acontece nos pilla despistados.

Después, cuando pasa un tiempo más o menos imprudente, lo habitual es que nadie recuerda de qué se habló en el brindis, tal vez porque escuchado uno se han escuchado todos, cosa semejante a lo que ocurre con las novelas. Pero ahí debemos seguir, como si descerrajarle dos tiros al libro imaginando que son al autor antes de deshacernos de él supusiese un lujo por su precio o por no hacer desprecio a quien nos lo hizo llegar.

Los brindis se asemejan a quienes nos recomiendan libros tratando con pocas palabras de vendernos como un edén el texto prometido, o como ocurre con las crónicas amigas, que tampoco la hay mala. Es entonces cuando, igual que en los brindis, quienes conocen al homenajeado sonríen, callan, aplauden, beben, y a otra cosa. A nadie se le ocurre recomendar un libro a sabiendas de que disgustará a un amigo aunque sea de verdad, recomendación que tal vez sea la excepción a la regla de que la intención es lo que cuenta. Se recomiendan libros porque creemos que le gustará a Fulanito, o porque nos gustó, o porque no nos gustó pero puede que Menganita sí, y de este modo podríamos podríamos seguir brindando libros sin acabar nunca.

-¿Quieres que te recomiende un libro?

-No.

¿De verdad es tan difícil preguntar antes?

Iván Robledo

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