De ser tan cierto eso de que viajar mucho ensancha el espíritu y abre las entendederas, el mundo estaría dominado por las azafatas, y sabemos que no.

Tal vez porque no sea lo mismo viajar que ir para estar, porque viajar, lo que se dice viajar – viajar, se viajaba poco y mal, solo por razones de peso, y viajar se convertía en una experiencia que se recordaba durante toda la vida y no un barato paquete vacacional de última hora. O tal vez porque cualquiera de nosotros ha conocido a personas simplonas que han viajado mucho y han regresado igual de simplonas aunque, eso sí, más cansadas. Esto no es solo así, pero también es así, y uno haría mal en no incluirse en esa categoría de vez en cuando, que es lo mismo que decir que no es el viajar sino la calidad de la persona la que hace del viaje cosa provechosa y no un mero quitarse de en medio un fin de semana.

Es posible que otro tanto ocurra con lo del leer, que dicen que hace a uno grande y libre. Como no conozco a todos los que leen, no diré que no sea cierto, pero no es menos cierto, señorías, que cualquiera de nosotros podría jurar que algunas de las personas más ceporras que haya conocido eran grandes lectoras, y que otras no, y que de entre los que leen lo normal o más bien poco, hay de todo, gárrulos y sabios. Tal vez porque la lectura, como el viajar, no sirva de nada cuando somos pedernales ni cuando no estamos dispuestos a cambiar una idea o un sentimiento por miedo a tener miedo. Un tonto que lee seguirá siendo tonto, igual que seguirá siendo listo un listo que nunca lo hace, pero resulta incontestable que, mientras está leyendo, es un tiempo que el tonto no dedica a hacer tonterías, y eso con frecuencia le hace pasar por inteligente, del mismo modo que al poco lector, cuando se equivoca, se le achacan sus escasas horas ante un libro. Y también sabemos que eso no es así. O no siempre.

Es por eso que para ciertos entendidos leer sea una pérdida de tiempo, al menos leer ciertas cosas consideradas como frivolidades o ficciones que nos alejan de la realidad en contraposición a lo que se denomina la literatura social o comprometida. Uno está de acuerdo en esa afirmación, pero perder el tiempo puede ser también una forma de rebelarse frente a lo social o al compromiso de cada época. Escribir al dictado del compromiso social de cada momento es fácil, basta con estar atento, pero para muchos hacerlo así es solo media literatura, y el otro medio es dolor de cabeza. La literatura comprometida socialmente de hoy es la misma de hace veinte o cuarenta años pero al revés, y sobre la que vendrá mañana pues ya nos lo dirán, lo cual está muy bien, claro, pero de algún modo una novela o una poesía socialmente comprometida ya sabemos lo que nos va a decir, y cómo acaba, y todo lo demás y, lo que es peor, el ‘paraqué’ se escribió, da igual que sea un libro ‘comprometido’ de hoy como uno de hace cincuenta años con las ideas al revés. La literatura, en estos casos, es como si se convirtiera en rehén de la idea o de la finalidad del escribir, y lo escrito parece debatirse entre el oportunismo y el dictado, y no sabemos qué es peor.

Nada refleja tan bien una sociedad viva como la novela de ficción que no pretenda reflejar la sociedad. No porque no se lo proponga, sino porque no lo puede evitar. Hablamos de la ficción genuina y sincera, esa en la que el autor tan solo quiere compartir con el lector una idea porque para eso escribe, y puede que por eso escribir sea un acto de suma libertad en el que las tribus que aún viven en la edad de piedra, por decir algo, vistas con nuestros ojos de hoy sean un filón de aventuras en el que retratamos la cultura en la que vivimos y no un referente moral que nos confirme en nuestra fe de membrillos, por decir otra vez algo. Escribir sin el condicionante del compromiso social es lo que permite que el autor vuelque en sus páginas la realidad del mundo que le ha tocado vivir, el suyo personal como reflejo de la sociedad en la que se mueve, y a esa misma sociedad pasada por el tamiz de su espíritu. Cada libro sería una historia, la que cada autor quiere y puede contar, una historia que, de no hacerlo, quedaría sin ser conocida por sus congéneres, historias que brotan de su alma sin otro fin que el deseo de que alguien más que él la conozca. Ese es su granito de arena para salvar el mundo, que algo que brotó en su mente perviva en el tiempo, mucho o poco.

Y es de ese modo como tenemos a nuestro alcance miles de historias distintas, alejadas de lo que llamaríamos ‘la cuestión social’, historias sencillas y fútiles la mayoría de las veces, sin valor o compromiso al que acompañar en su etiqueta, pero que permitirán al lector de un modo diferente, por extraño e inesperado, acercarse a esa otra realidad social, la íntima, que escapa al control de lo que debe pensarse, sentirse y, por supuesto, escribirse en cada momento. Es como si, en estos casos, fueran los miedos los que justificasen ese final.

Iván Robledo R.

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