La narrativa es un encandilamiento que te atrapa como lector-a y te hechiza como escritor-a en historias largas y cortas, en cuentos y novelas donde el ingenio vuela y se descalza para contentar a unos y a otras, a quienes tienen prisa y a quienes se aceleran.

Numerosos autores y algunas autoras del siglo XIX y XX han escrito sus mejores obras en  forma de relatos cortos, aunque algunos de ellos, muchos, deben su fama a novelas extensas.

Difícil etiquetar cada uno de estos dos géneros narrativos… y comprometido. El relato corto condensa la acción, los diálogos, las descripciones. La novela nos fideliza a unos personajes, da vueltas y vueltas al argumento, presenta mil matices, se bifurca, y el lector adivina un final previsible.

Ese final de las novelas se sospecha feliz, por la ley de los contrates, cuando las desgracias se suceden: el golpe de estado, el terremoto o  la guerra  inundan los primeros y medios capítulos con su pesimismo destructivo. El final se adivina triste, en cambio, cuando la felicidad se pasea por todas las páginas con su empalagosa sonrisa.

En el relato corto, por el contrario, el desenlace es imprevisible, porque el pequeño número de páginas no da lugar a hacerse una composición de lugar al lector y, como suele suceder que estas pequeñas historias se presentan junto a otras en un libro conjunto, el autor juega a dar finales distintos a cada una de sus historias cortas por diversión, por ofrecer variedad o por compensación también.

Para gustos se hicieron los colores y aquí expongo una muestra de grandes escritores de relato corto con uno, entre tantos otros que escribieron, que puede definirlos:

Pedro Antonio de Alarcón, autor del relato “Ojos negros”, con una temática de aventura cruel  y de batalla naval en el año 1710, muy leída en la centuria de 1800, donde las novelas por entregas o los pequeños cuentos se distribuían y leían semanalmente, aliviando las largas veladas de invierno.

Anton Chejov, autor de “La sala número seis”, historia realista hasta la náusea de la vida cotidiana, mejor decir de la vida en un psiquiátrico en la Rusia rural decimonónica.

Mariano José de Larra, autor de “El castellano viejo”, donde se retratan las características más maniqueas de los hombres chapados a la antigua, maniáticos y conservadores donde los haya, de principios del siglo XIX también.

Washington Irving, autor de “Cuentos de la Alhambra”, que en esa misma  época impulsó el amor al monumento arquitectónico que hoy es de los más visitados de España y que durante siglos estuvo abandonado.

Edgar Allan Poe, autor de “Manuscrito en una botella”, una de las decenas de historias de misterio, incluso terror, que brindó a sus lectores sin escatimar todo un protocolo de intrigas que conseguían y consiguen helarles la sangre.

Borges, autor, en el siglo XX de “El Aleph”, relato que dio nombre a un libro que contenía varios de  diferentes estilos, fiel a la mente enciclopédica de este escritor, que reunía conocimientos profundos de filosofía, mitología, narrativa, filología inglesa y española, así como de historia medieval y de geografía de Sur América.

Tal vez el relato corto o micro relato esté destinado a dominar sobre la novela en el futuro, debido a las prisas de nuestro mundo y a la tecnología, que nos  ofrece miles de pequeños cuentos para no aburrirnos ni agotarnos. Por otra parte, la imaginación condensada en unas pocas líneas puede demostrar que lo bueno, si breve, es doblemente bueno. Todo es opinable, y si tres páginas bien escritas logran enganchar la atención de un lector reacio a abrir un libro de treinta capítulos, démoslas por buenas. Quizá tres páginas de hoy lleven a la lectura de trescientas mañana.

La novela es a su vez una obra densa donde el autor se vacía y se expone totalmente, cuidando la trama, el desenlace, las conexiones entre unos y otros capítulos, y desde luego los diálogos y descripciones.

Por otra parte, para cualquier autor que se precie todos los géneros son medios de trabajo dignos de  ser practicados como ejercicio profesional y como disciplina en el arte de plasmar ideas por escrito. Se empieza ideando una serie historia rápida, corta, edificante, se sigue con una pequeña novela con profusión de enredos y se termina con una saga de tres obras en serie, apropiadas para ser estudiadas en la universidad, para venderse en las más grandes ferias de Libros y para ser traducidas a veinte idiomas.

Me resulta imposible dilucidar si el relato corto es más laborioso que la novela convencional, pues  la corrección, la originalidad, la documentación, el rigor literario, en fin, tienen que ser totales en ambos casos. Acierto a distinguir que las plataformas digitales tienden a publicar solo relatos cortos, cuanto más breves, mejor, y las editoriales especializadas en publicar en papel prefieren editar novelas, que resultan atractivas al tacto y al olfato,  que demuestran largamente una calidad literaria, que pueden regalarse en un paquete con lazo, y que se colocan visiblemente en las estanterías del salón o de las bibliotecas. En los certámenes ambas categorías se aceptan, quizá con preponderancia del relato corto, que se dota con menor importe, al gusto de las entidades convocantes, nunca derrochadoras.

Un buen autor, o al menos uno o una que crea en su propio crecimiento profesional, tendría que abordar ambos géneros, como tendría también que trazar personajes de todas clases: perversos, bondadosos, jóvenes, viejos, niños, hombres, mujeres, reyes, marquesas, pordioseros, inmigrantes o potentados.

Este ejercicio de expansión mejora el lenguaje, los argumentos, y la fuerza expresiva que cada texto que se precie exige. Ayuda a entender los variados gustos del lector, que quiere paz y guerra, amor y abandono, lujo y ruina, en un afán semejante al del espectador de cine, que a ratos prefiere una ver una película de dos hora y media, sea trascendente o no, y a ratos prefiere un documental de veinte minutos sobre un apasionante tema que resulta impactante mediante imágenes en movimiento.

Alternar cuento y novela en nuestras lecturas nos aporta tanto una gran riqueza léxica como argumental y relaciona en hábitos de escritura a autores clásicos y actuales.

Teresa Álvarez Olías

Gracias por comentar

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: