Manuel Alcántara

Cuando se nos muere un gran poeta, tan grande que no sabe que lo es, el sentimiento que tenemos es de vergüenza, la de no haber evitado que se fuera, que se nos lo arrebataran como del rayo, de no haber sabido cómo defenderlo, de retenerlo entre nosotros. Y se nos va, como del rayo, y el mundo se hace plano.

Cuando muere un gran poeta, somos nosotros los que nos enterramos. Y hay que volver a crear el mundo, que este parece que se ha acabado, señores.

Cuando muere un gran poeta cambiamos de fe, se vacían los calendarios y las hojas de los árboles vuelven a su lugar, que esto se acabado y hay que empezar de nuevo.

Cuando muere un gran poeta ya no mueren los demás, que muere uno, y se aprende a morir como se vive, sin saber, que morimos mal por falta de costumbre. Que la vida es corta pero ancha, que todos cabíamos en el poeta cuando dejaba de escribir.

Entonces se comprende que lo escrito no eran columnas, sino pilares que sostenían la tierra para que no cayera sobre el cielo. Y llovía ginebra.

Entonces se doblan los recuerdos y se guardan en los cajones. Hay que volver a hacer los caminos y los castillos de arena. Y pensar un color para el cielo. La última página de lo que se leía tiene ahora un hueco, y por él se va todo lo demás porque tampoco importa.

Entonces recordamos los doctorados en jazmines que se graduaron en biznagas, en croché y en humo de caladas hondas de moscatel. Doctorados que se hacen ciencia en el morro, con Severo, la química, la física y los delfines, que no lo son. Y en los Baños del Carmen y su pizarra con el calor del agua, se entrega al antiguo portero una moneda para que nos lleve en su barca al otro lado de allí.

Entonces nos encontramos perdidos. El mar lo cubre todo, y todo se hace Rincón, el de la Victoria, que se salva porque allí estuvo usted, señora, hay una placa en el sol que recuerda que así fue. Y todo lo demás se vuelve tierra, y las palabras se nos hacen armaduras.

Los demás es elegir un Miércoles Santo para irse a quedar aquí.

Se hace sencillo saber que estamos ante un gran poeta porque él es el único que no lo sabe. Y entonces aprendemos que el amor es eterno mientras dura.

O no.

Iván Robledo

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