Sevilla es pasión, se siente en sus calles, se percibe en el aire, en cualquier momento, sea día o noche, invierno o primavera.

Del fervor cofrade que nace con la Cuaresma y que se apacigua con el Domingo de Resurrección, se pasa de manera inmediata a la alegría y al jolgorio de la feria de abril… de abril o de mayo, según sea la Semana Santa.

Guardar la túnica, el cíngulo y la capa hasta la próxima semana mayor, para almidonar el traje de volantes y colocarse la flor en el pelo, es todo un abrir y cerrar de ojos. Sentimientos a flor de piel, remolino de emociones que nos hace reír y llorar, cantar y aplaudir a una saeta bien mecida o a una sevillana bien cantada. Sevilla ciudad ruidosa, espontánea y callejera, que de callejear tus barrios y tu centro el sevillano y el forastero disfruta con frío o calor, que somos de vivir al aire libre, como los antiguos pueblos errantes.

Y cuando llega la feria, Sevilla se engalana, renace y olvida sus penas, que son días de baile y cante, de reunión con los amigos, con la familia, de vivir el presente postergando las preocupaciones. Es un tiempo de tregua a los malos vientos, es un respiro, una bocanada de aire nuevo para seguir adelante. Sevilla retrocede a la época en los que los carruajes inundaban sus calles, jinetes a caballo pasean por el Real, mientras las casetas acogen a los visitantes para un merecido descanso, para reponer fuerzas o para deleitarse con un cante por soleá. Sevilla en fiestas es “Infierno” y gloria, rebujito y relinchos, somnolencia y juerga, puchero con yerbabuena y entusiasmo a raudales.

Insisten los niños por ir a “los cacharritos” (atracciones), diversión asegurada para la infancia mientras que los padres se rascan el bolsillo para mantenerlos entretenidos un rato y ellos… son felices.

Sevilla en feria es, luz, aromas dispares, calor y lluvia, tómbolas, sonrisas, baile, cante, cansancio, “pescaíto”, seducción y flores.

Sevilla es eterna contradicción que desubica, pero a la vez enamora.

Isamar Cabeza

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