Era abril en Salamanca. El proyecto Las mujeres que nos faltan y la Dª Trinidad Sánchez Muñoz (profesora IES. La Vaguada de la Palma) la habían traído desde Valencia para dar una conferencia y conformar parte de un grupo de investigación y difusión académica del legado cultural y científico de las mujeres a lo largo de la historia. Un proyecto ambicioso y necesario que ya comienza a gestarse desde su tesis.

Filóloga, investigadora, Doctora por la Universitat de València, asesora de Co-educación e Igualdad en la Formación de Profesorado, en la Conselleria d’Educació, Investigació, Cultura i Sport de la Generalitat Valenciana, ha coordinado distintos proyectos (TRACE, Análisis de la ausencia de las mujeres en los manuales de la ESO, Ministerio de Ciencia e Innovación e Instituto de la Mujer) y publicado numerosos artículos.

Por la valía y repercusión de su trabajo y de su trayectoria, obtuvo el Premio «Top 100 Mujeres Líderes de 2018 en España», otorgado por la organización homónima, el Premio «Avanzadoras» que otorga Oxfam Intermón junto con Diario 20minutos, en 2017, o el Premio «Ascensión Chirivella», de la Associación de Juristes Dones d’Alzira, en 2016.

Hoy, dos meses después de aquel encuentro con ella y otras profesoras e investigadoras en Salamanca, recupero esta voz esencial.

Hola de nuevo, Ana.

– López Navajas: Hola, Mónica.

Te conocí contagiando de entusiasmo y curiosidad inmensa por la figura y obra de mujeres de todas las épocas y ramas del saber a una sala llena de personas. ¿Estamos en un buen momento para restablecer el lugar de «ellas» en la historia?

– L.N: Buen momento ha sido cualquiera de la historia. Siempre es o hubiera sido un buen momento para reparar una falta tan mayúscula como la recuperación del saber y las contribuciones de las mujeres a la cultura. Un patrimonio de todos, no lo olvidemos. Lo que es necesario es darse cuenta de la tremenda pérdida cultural que representa ese desconocimiento. Y ahora parece que vayamos cayendo del guindo. Esa sensibilización es indicadora de que estamos en un buen momento. Poco a poco vamos conociendo muchas mujeres en todos los ámbitos del conocimiento, todo ello fruto del trabajo de investigación de las últimas décadas en el seno de los estudios de mujeres. Estos trabajos han fundamentado sólidamente el papel protagonista que han tenido las mujeres en el desarrollo cultural y social desde la prehistoria más remota hasta nuestros días.

Actualmente vamos siendo conscientes de que no es posible entender ni la cultura ni la historia sin ellas. Tanto como colectivo, desempeñando trabajos esenciales de cuidados y mantenimiento, base de cualquier desarrollo social, como de figuras de referencia, también esenciales para tener modelos para nuestras jóvenes. Debemos aprender, por un lado, a fijar la mirada en los trabajos que han realizado las mujeres en el ámbito doméstico y de cuidados y otorgarle el valor que tienen en el desarrollo social. Por otro lado, debemos conocer las grandes figuras de referencia que van trenzando una cultura y una historia que, en este momento, nos es desconocida.

A pesar de que nos van sonando cada vez más nombres, no los tenemos incorporados en la visión de mundo que compartimos. Y eso, en gran parte, es debido al sistema educativo que alcanza a la totalidad de la población (en su etapa obligatoria) pero que debido a la tremenda ausencia de mujeres y a su enfoque androcéntrico de las ciencias, el arte y la cultura, resulta un transmisor de desigualdades. Una situación que afecta a la totalidad de la población y que incumple los propios fines y principios en los que se basa la ley de educación que nos regula.

– Coordinaste una base de datos para el Ministerio de Educación e Innovación y el Instituto de la Mujer cuyo resultado, publicado en 2014 reveló que más del 92% de los personajes mencionados en los libros de texto son masculinos. Actualmente estás coordinando una base de datos que sirva como herramienta para la inclusión de mujeres y su legado en los libros de texto de todas las materias. ¿Cuál es el pulso actual de este proyecto? ¿En qué momento se encuentra?

– L.N: Los resultados de aquella investigación se encuentran en una base de datos a disposición pública, Mujeres en la E.S.O. y tienen implicaciones importantes. La primera es el escamoteo cultural al que está sometida la totalidad de la ciudadanía, la pérdida cultural que existe.

Mujeres en la E.S.O.

La ausencia sistemática de referentes femeninos en los contenidos educativos nos hurta buena parte de nuestro legado cultural y eso afecta tanto a hombres como a mujeres. Por ejemplo, la persona que esté genuinamente interesada por la música nunca podrá entender por qué no se dan a conocer compositoras de la talla de Maddalena Casulana, a las barrocas Barbara Strozzi, con sus insuperables cantatas, a Isabella Leonarda, Elizabeth Jacquet de la Guerre, a la compositora que comenzó a divulgar la ópera en Europa Francesca Caccini, a las grandes románticas como Mendelsohn -pero Fanny, no Felix, que era su hermano- o Schuman -pero Clara, no Robert, que era su marido- a Amy Beach, Mel Bonis, Nadia Boulanger … y tantísimas otras que conforman indiscutiblemente el acervo cultural. Esa persona se sentirá estafada cuando las vaya conociendo. Su ausencia desvirtúa la historia de la música y así pasa con el resto de áreas del saber. No conocerlas es no saber quiénes somos y tener menos recursos para enfrentar nuevos retos.

La segunda es la deslegitimación social que sufren las mujeres cuando no se ven reconocidos sus logros culturales. A quien no se le reconoce los logros culturales, no se le concede valor social y eso es lo que ocurre con ellas cuando no aparecen en los textos. Eso las convierte en ciudadanas de segunda, menos importantes. Finalmente, esa ausencia hace creer que su participación en el progreso ha sido nula y el escaso valor social que implica esta falta de referentes es lo que asienta las bases de las desigualdades: desde el techo de cristal hasta la violencia de género. Y lo terrible es que el sistema educativo se convierte en una estupenda correa de transmisión de estas desigualdades al perpetuar la falta de referentes femeninos y la visión de mundo androcéntrica.

Todo ello nos llevó a la realización de un instrumento que pudiera estar al servicio del profesorado y también de las editoriales: se analizó dónde y cómo debía ser la intervención para que fuera eficaz y nos pusimos manos a la obra hace ya algunos años, pero eso se ha convertido en un especie de via crucis. Diferentes motivos ajenos a nosotras (como la crisis, la falta de financiación) o sobrevenidos han impedido que esta base, que podría estar ya al servicio del profesorado, aunque de forma incompleta, no esté accesible. Los tortuosos caminos que han impedido su financiación es uno de los principales motivos y espero que lo podamos solventar. Hay un renovado y estupendo equipo que está trabajando en ella, pero no es de recibo que proyectos tan necesarios y con tanto impacto social se financien con la solidaridad y la generosidad de las personas que participan.

El dinero público debería servir para eso justamente, para sostener proyectos con claros beneficios sociales, pero se hace difícil. Ojalá todo vaya bien y podamos disponer de la base de datos pronto.

– ¿Consideras que «el cambio», la inclusión y divulgación que tienda hacia la igualdad, ya ciñéndonos al ámbito de la educación, debe nacer de iniciativas privadas como son los profesores, las editoriales, los proyectos de centro… o consideras necesaria la apuesta en firme e implicación de la Administración? Me consta que esta demanda la habéis llevado al Congreso.

– L.N: Todos los actores son importantes para revertir esta situación y en todos debe haber implicación. Como he dicho antes, la administración es muy importante, uno de los fundamentales porque legisla. También porque se trata de solucionar un fallo dentro del sistema educativo público que debe educar en la igualdad de oportunidades a la totalidad de la ciudadanía y es su responsabilidad transmitir una cultura sin sesgos, sin amputar, una cultura sin un canon androcéntrico, de amplias miras y con mayor rigor. La adecuación curricular sería un buen instrumento.

Por otro lado, el profesorado debe actualizar sus conocimientos sobre la materia de la que es especialista. En esa línea, también la administración educativa debe responsabilizarse de proponer formación del profesorado que sirva para actualizar las materias.

Pero el propio profesorado debería ir mirando, motu propio, qué cosas faltan en su materia. No es posible, por ejemplo, hablar ya del humanismo como ideal universal cuando sabemos que las grandes humanistas como Francisca de Nebrija, la salmantina Lucia de Medrano, Luisa Sigea, Juana Contreras o la catalana Juliana Morell entre las nuestras y Isota Nogarola, Laura Cereta, Moderata Fonte y otras muchas entre las foráneas fueran relegadas de los espacios cultos por su condición de mujeres.

No es posible atribuir logros científicos de ellas a sus compañeros con los que trabajaron, cuando en muchas ocasiones formaron verdaderos equipos de trabajo como Mme de Lavoisier, Caroline Herschel, Sophia Brahe o a las que les robaron directamente el Nobel como Lise Meitner, Jocelyn Bell… Eso desvirtúa la ciencia. No es posible entender la literatura del Siglo de Oro sin María de Zayas, Ana Caro, Sor Juana Inés de la Cruz o tantas otras. Es también una cuestión de rigor académico trabajar bien nuestra materia. En este sentido los proyectos de centro son muy importantes.

Las editoriales didácticas son otro de los actores. En estos últimos años he tenido contactos con algunas de ellas y se muestran sensibles a efectuar estos cambios, sobre todo después de ver las cifras de representación femenina que ostentan. Estoy segura de que muchas de ellas irán adecuando sus contenidos. Habrá que ver también cómo lo hacen.

La universidad es uno de los ámbitos que debe cambiar, tanto en la adecuación de los contenidos de los grados (en ocasiones en el estudio de las literaturas, las escritoras brillan por su ausencia, por no hablar de las artistas, pensadoras, científicas…) como en los másteres de secundaria, que es el lugar por donde se debería comenzar. De allí parte el profesorado que después formará en la secundaria. El grado de magisterio es otro de los primeros dónde poner el foco.

Más factores son también importantes, como la gestión cultural que tenga en cuenta la presencia femenina en premios, festivales de música, exposiciones artísticas, conciertos… El artículo 26 de la Ley de igualdad sanciona que la gestión cultural con dinero público debe tener una participación igualitaria.

Es verdad que a partir de los resultados de este proyecto y la toma de conciencia de las implicaciones de esa ausencia en los contenidos educativos en todas las materias se aprobó una PNL en el congreso para la inclusión de estos referentes, sin embargo existen muchas resistencias a la normalización de los contenidos y la consecución de un visión de la cultura más amplia, compartida y rigurosa. Esperamos que vaya cambiando. En este proyecto estamos peleando para que esto suceda. Buscamos toda la compañía posible.

– Ya ciñéndonos a las obras literarias, en una mirada hacia atrás, ¿cuáles consideras que han sido las etapas de la historia más productivas y más «justas» con sus intelectuales y escritoras y sus obras?

– L.N: Bueeeno, eso es difícil. No sé yo si podríamos llegar a emplear esa palabra, “justa”, pero vamos…

De todas formas, hay una etapa que yo resaltaría porque fue especialmente brillante. Hablo del siglo XII, seguramente mejor para ellas que el siglo XVII y, si me apuras, que el terrible siglo XIX, donde hubo que pelearlo todo. En el siglo XII muchas y variadas voces de mujeres conformaron un periodo literario especialmente fértil. Está la grandísima Hildegarda de Bingen con sus escritos místicos, la Leonardo da Vinci medieval por todos los ámbitos que tocó. Ella representa toda la cultura que se gestó en esos poderosos claustros medievales femeninos.

Las cortes occitanas fueron otro de los espacios de creación para ellas. Allí encontramos a las trovadoras: la Condesa de Dia, Azalais de Porcairagues, Castelloza… hasta de cerca de treinta de ellas tenemos obra. De la corona de Aragón nos queda la Reina de Mallorques (auque ya en el siglo XIV). Su voz sonaba gallarda, de igual manera que la de las poetas andalusíes, que desde el siglo X con Wallada, hasta el XIV hicieron poesía con una voz poderosa: destacan en este siglo la gran Hafsa ar Rakuniyya, Nizhan ibn Al Qalai o Umm al Kiram, un poco antes… Todas ellas, trovadoras y andalusíes dejaron una profunda huella en la literatura popular donde las juglaresas, tanto cortesanas como populares tuvieron un importante papel en diferentes países.

Es el siglo también de uno de los grandes clásicos de la literatura: los Lais de María de Francia, que une la tradición celta con la del amor cortés para dejarnos unos relatos de imborrable influencia en la literatura occidental. Y también es tiempo de las intelectuales y entre ellas destaca Eloísa del Paracleto, cuyo pensamiento todavía está por revisar, siempre escondida en su historia de amor y con poca atención a su obra y pensamiento: su concepción del amor, alejado del matrimonio que para ella un contrato de sexo por condición social o del sexo. En sus Cartas de los dos amantes desarrolla unas ideas que la convierten en sujeto de sus propios sentimientos. La gran médica Trotula de Salerno, figura esencial de la escuela salernitana, escribió su Trotula Maior. Y desde Bizancio, Anna Commena, una de las primeras historiadoras que conocemos, con La Alexiada, muestra grandes conocimientos de ingeniería. Ellas son solo unas cuantas de un siglo fértil en creación femenina.

– ¿Históricamente se puede considerar que ha habido géneros literarios preferidos por ellas, o que mejor hayan sido cauce de su expresión?

– L.N: A ver, las situaciones para mujeres y hombres han sido distintas históricamente. Ellas han tenido tremendas dificultades para el acceso a la educación y la cultura, para ellos han sido facilidades, de hecho, estaba hecha a la medida de los hombres. Sus circunstancias sociales han sido más restrictivas, han tenido bastante vedado el espacio público y la profesionalización. Todo esto ha mediatizado la producción tanto de hombres como de mujeres.

Ellas han frecuentado géneros como el cuento, la novela corta, la lírica o la epístola, aunque siempre ha habido géneros comunes y, por supuesto, diferencias individuales relativas a su particular talento; su temática ha sido diferente porque otros intereses y temas les preocupaban y todo ello se traducía en sus expresiones y formas literarias. No es el mismo sentido del desengaño barroco el que encontramos en María de Zayas o en Quevedo, por ejemplo.

Ellos, a su vez, han frecuentado géneros que ellos mismos han considerado más prestigiosos, temáticas que a ellos les interesaba y han tenido a su disposición un abanico mayor de posibilidades. Así pues, tanto mujeres como hombres se ven influidos por unas circunstancias que a ellos les permite más que a ellas. En la expresión literaria eso se deja sentir, por eso encontramos menos obras de mujeres en cada época. Pero no nos confundamos, no es que ellos escriban “mejor”, ojo, eso es una visión muy centrada en lo masculino, muy androcéntrica. Ellos han escrito más (lo han podido hacer). El criterio de mérito es el que tenemos que aplicar entendiendo el proceso de creación literaria y de recepción de la obra.

La expresión literaria que conforma nuestro legado está constituido por toda esa creación de escritoras y escritores. No lo olvidemos, porque solo haremos que perder. Cuando escuchamos a personas que dicen “no vamos a quitar a buenos autores para poner a autoras mediocres”, debemos saber que es una expresión más del androcentrismo, que solo se dejan llevar por una mirada que, de primeras, considera lo que hacen los varones, bueno y lo que hacen ellas, mediocre. Insisto, se trata de adecuar una historia que hincha el valor de la producción masculina y desprecia el de la femenina.

Apliquemos un criterio de mérito, ya va siendo hora. Sin ir más lejos, cuando presentas la literatura barroca y son nombrados hasta autores de segunda fila y, por ejemplo, ni sor Juana Inés de la Cruz, primera figura indiscutible del Barroco, ni María de Zayas son nombradas, se ve con claridad a lo que me refiero.

– ¿Te parece que el impulso del momento actual favorece la puesta en valor y la consolidación definitiva de las producciones artísticas y científicas de la mujer? ¿Hemos roto definitivamente el «techo de cristal»?

– L.N: Desde luego que sí, me parece un momento bueno para la aceptación de esa tradición cultural de creación femenina en todos los ámbitos, que es el primer paso para ir consolidando otra perspectiva más amplia y menos tramposa sobre la propia cultura. Hay interés y conciencia, eso es importante. Sin embargo, estamos todavía lejos de haber roto el «techo de cristal». Y esto no es algo opinable. Las cifras nos aplastan: menos IP en investigación, bajo porcentaje de mujeres en carreras académicas, en participación en cine, en arte, en premios y reconocimientos literarios, en la entrada a las academias, en el paro, en las grandes empresas, en la visibilidad en los deportes, la brecha tecnológica de género… En fin, la foto te la dan los datos y el techo de cristal está ahí. Vivito y coleando. Pero bueno, ya nos haremos con él, entre todos, entre mujeres y hombres.

– Muchas gracias, Ana.

– L.N: Muchas gracias.


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