De todos los meses del año, con seguridad, el mes de agosto se sitúa en el primer puesto en cuanto al mes que más emociones despierta en nosotros. ¡Simples mortales! Y es que como un ciclo que se repite sin fin, cada verano el caluroso mes viene cargado de críticas, de elogios, de veneración, de controversia e incluso de odio. Es el mes más deseado del año, el más esperado por los que trabajan y se toman sus ansiadas vacaciones y el más odiado del que ve como sus compañeros se van y ellos tienen que seguir trabajando. Es un mes que se distingue del resto porque entre todos nos hemos encargado de etiquetarlo como el mejor de todo el calendario, simbolizando libertad, descanso, viajes, aventuras y hasta quizás de nuevos amores.

agosto

Sin embargo, también tiene su lado oscuro como la luna y ni es tan ideal como lo pintamos, pero tampoco tan horrendo como a veces puede llegar a parecer. Todo es cuestión de actitud y de cómo sepamos nosotros disfrutar o sobrellevar las situaciones.

En primer lugar deberemos clasificarnos en dos grupos, eso es básico e indispensable. Así que la primera división queda entre los que no trabajan y los que sí, no hace falta decir mucho sobre el que está desempleado, en esta situación la regla de tres es sencilla, no hay trabajo, no hay dinero, no hay vacaciones… punto final. ¿Pero qué ocurre con los que sí tienen la posibilidad de trabajar y de planificar sus vacaciones? Pues en ese afortunado y privilegiado grupo, de nuevo surge otra división: los que pueden tomárselas en agosto y los que no.

Dada la situación económica del país, la verdad es que lo que sigue es detenerse en puras nimiedades, pero es que el ser humano es así, le gusta complicarse la vida y si tiene, quiere más y si se puede quejar, se quejará aunque lo tenga todo frente a otros que no tienen ni dónde echarse a dormir.

Pues retomando el hilo argumental, hay que añadir que también se discute  y hasta se pelea por elegir unos días determinados. Así las cosas, el veraneo empieza con mal pie, pero hay más, esto es solo el principio. Las vacaciones en sí son un arma de doble filo… ¡Qué sí! Que la idea utópica nos hace imaginar unas escenas que después se desvanecen por efecto del estrés del momento, de las copitas de más que ocupan las horas muertas en un chiringuito de playa y de la angustia que da ir descontando los días que quedan para regresar a casa.

Así pues, las vacaciones acaban dejando a más de uno con los nervios destrozados, decepcionando a otros y hasta hay quienes necesitan un tiempo de recuperación para poder hacerse a la idea de que tienen que empezar a trabajar. Esto por supuesto tiene un nombre, hoy día es raro lo que quede sin denominación, así pues esta sensación de desasosiego se ha hecho llamar “síndrome postvacacional”.

Esa es la dinámica actual, a eso nos arrastra el sistema operante… y es que todo es tan paradójico y absurdo que hace que el trabajador remunerado le tenga fobia a volver a su puesto, mientras el que no tiene empleo sueña con tener un sueldo al mes. Claro que, en mi humilde opinión, todo sería completamente distinto si nos dedicáramos a lo que nos gusta, entonces el trabajo como concepto desaparecería para darle paso a la vocación y al gusto por estar ocupado en nuestra verdadera pasión.

Isamar Cabeza


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