Mi primer libro fue Platero y yo. Supuso mi primera experiencia dramática, tenía entonces 7 años. Era la primera ternura, la primera muerte, la primera leve conciencia de la radicalidad de la vida. Dos años después murió Joan Miró, y Doña Leonor, mi maestra de entonces, proyectó sobre la pizarra de clase Mujer, pájaro y estrella. Ese fue mi primer contacto con la abstracción en la pintura y esa sensación de mágico desconcierto nunca la he olvidado. Durante la pubertad pasaron algunos años en blanco. Con 15 leí Romeo y Julieta. Cuando pasé a tercero de BUP sentí admiración hacia Sócrates, me inquietaron Las Confesiones de San Agustín y Descartes me enseñó que se puede dudar sin estar hecha un penoso lío. La mirada crítica de Buero Vallejo me hizo sentir un ser más capaz y el vitalismo de Nietzsche era para mí.

Un año más tarde Kierkegaard entraba en mi vida. Con él descubrí el estilo. Diario de un seductor ha sido uno de los mejores libros que he leído. Se lo regalé a algunas personas especiales de entonces. Ese verano, unos días antes de marcharme a Colombia, murió Marguerite Duras. En la 2 pusieron una entrevista que le habían hecho con anterioridad. Decía que le hubiera gustado ser prostituta. Esa mujer me deslumbró. Luego proyectaron la película El Amante basada en su libro. Antes de marchar de viaje lo compré. Seguramente ha sido la escritora con la que mayor conexión he sentido. En la casa de campo guardo un libro suyo titulado Ecrire con el que dialogo cada verano.

La época de la universidad fue estupenda. Leí muchos libros que no comprendía del todo, pero eso nunca me ha preocupado porque siempre he confiado en que un pensamiento bien armado tiene una música de la que te impregnas. Más tarde, Deleuze y su Pop filosofía me enseñaron con otro argumento que “no hay por qué comprenderlo todo”; él aludía a la relación entre la filosofía y la música pop, con la que te mueves, vas y vienes, entras y sales cuando quieres, conforme a tu interés, sin complejos.

Viaje al fin de la noche fue un libro que no quería terminar, el amante perfecto, con el estilo que me estimulaba en ese momento.

Ciertamente, podríamos trazar nuestro mapa personal a través de los libros y las obras que nos han hecho compañía. Algunos de esos libros que ahora rememoro constituyen mi historia de inocencia y asombro. Recientemente he pasado mi tiempo con Páginas de la herida. John Berger me ha hecho creer en el amor.

Belén Blesa Aledo


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