Cuentos de Cuarentena (XIX): LA BESTIA HERIDA

Querer escribir es distinto, se quiere y ya está, y todo lo demás ni se sabe.

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Claire quería escribir algo, una cosa, poco, pero escribirlo. Hay gente que quiere escribir ese poco, una sola cosa, y que lo quiere hacer sin saber por qué; no es lo que algunos llaman necesidad de escribir, no es así, eso es otra cosa, lo de la necesidad es cosa del ego se quiere decir, y se dice eso por aguantar la risa. Querer escribir es distinto, se quiere y ya está, y todo lo demás ni se sabe. Claire quería escribir, y quien quiere escribir así no sabe por qué quiere; nunca quiso escribir, y ahora sí, ese día sí, y no lo entendía, claro, era lógico, ni siquiera sabía que sabía. Pero quería, y ni siquiera ella, que se llamaba Claire, podía evitarlo, para que nos hagamos una idea de cuánto quería escribir.

Claire quería escribir, como se ha dicho, y no sabía por dónde acabar. Ni cómo hacerlo; a Claire le gustaba escribir con lápices, le gustaban los lápices porque le recordaban cosas que nunca conoció. Colocó un papel, y después el resto de la habitación a su alrededor, y luego toda la casa en torno a ese papel. Y a su lado un lápiz, los lápices huelen a un tipo de mujer, eso lo sabe cualquiera, y a ella le gustaba escribir así, pero no sabía cómo hacerlo. Pensó en las cosas que le gustaban, en las que no, y las que dependiendo de los días; pensó en si debía escribir lo que debía o lo que no, en si debía gustar o eso no era importante, y pensó en tantas cosas que tuvo que empezar de nuevo, con el papel por la mitad. Luego pensó en que hay cosas que están bien, pero no se deben decir, y al revés, que es lo mismo en realidad pero para exquisitos; y pensó en que debía pensar en algo para escribir sobre ello, algo que luego pudiera leer alguien, o no, eso no le interesaba tanto, es cierto, pero sí pensar en algo, eso era fundamental, se decía.

-Debo pensar en qué.

Y pensó en qué, un rato, y después otro rato, y un tercer rato, y el papel se le iba llenando de escrituras y cosas escritas, cada vez más negro, pero no había manera, y Claire comprendió que podía no ser fácil; eso no lo pensó cuando se puso a hacerlo, y ahora le preocupaba, debió pensarlo antes, ahora podía ser tarde. Claire resopló, nunca se había rendido ante nada, ni ante nadie, y quiso saber qué se sentía al hacerlo, se rindió y ya está.

-No es para tanto.

Claire tomó el papel y le gustó, y también el lápiz.

Claire quería escribir, un día quiso escribir y lo hizo, y estuvo bien. Al final se rindió, es verdad, pero estuvo bien escribir eso, y después rendirse, que tampoco lo había hecho nunca. Nunca supo por qué, pero ese día quiso escribir y escribió una hoja, lo hizo a lápiz porque le gusta cómo huelen los lápices, a poca gente nos gusta, incluso verlos nos gusta, nos basta con verlos, pero casi no quedamos de esos, ni tampoco importa. Clare quiso un día escribir y escribió, lo leyó, me lo leyó y ya está.

-He escrito La Bestia Herida.

-Es bonito.

-No, no lo es.

-Solo quería ser amable.

Pero sí, en realidad sí era bonito. Claire quiso un escribir un día y lo hizo, escribió a lápiz. Ese día hizo lo que el resto tardan toda una vida en creer que hacemos. Y ni así. O no.

Iván Robledo Ray

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