De amor, pandemia, sexo y otras consecuencias

El que cree, crea, el que crea hace; el que hace se transforma a sí mismo y a la sociedad en la que vive.

Proverbio Maya

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Este año 2020 no va a dejar indiferente a nadie. Nació y se recibió como es habitual con la alegría de un nuevo periodo, un comienzo de década, con las ganas de empezar de cero, de hacer las cosas bien (de ahí los propósitos de año nuevo). Las esperanzas se reavivan con cada una de las uvas que nos tragamos o se nos atragantan, al compás de las campanadas del reloj y deseamos con toda el alma que el nuevo año por fin, nos traiga esos deseos por tanto tiempo postergados y que vemos tan difícil de materializarse.

El año nuevo nos dio una pequeña tregua hasta primeros de marzo, momento a partir del cual comenzó a darnos sorpresas increíbles cargadas de desaliento, de desilusiones, de pérdidas, pero también de enseñanzas, al menos hemos aprendido a lavarnos las manos correctamente y a mantener una distancia de “seguridad” con otras personas, que se traduce también en mantener una distancia respetuosa para no invadir el espacio personal de cada cual.

Nos parecía una exageración cuando nos dijeron que teníamos que quedarnos en casa encerrados. Nunca habíamos vivido algo así, ¿acaso no existe una primera vez para todo?, pues nos ha tocado, como les tocó a la población de otras épocas intentar superar las epidemias de gripe, viruela o cualquier otra afección. La diferencia entre esta situación nuestra y las anteriores, es que entonces nadie dudaba de que estuvieran siendo perjudicados por una enfermedad y hoy día, quien más quien menos piensa que este virus no vino solo. Es cierto que el virus existe, pero la manipulación de los medios, la mano del poder y los intereses políticos y económicos también. Se piensa, se especula en las redes sociales que estos factores son en verdad los verdaderos artífices de la pandemia y no es nada raro que muchos lo crean.

Gripe española, 1918

Ocurrió en marzo y fue un frenazo en seco, el mundo derrapó dejando una marca en la calzada que será difícil de eliminar. Un tiempo necesario, por otro lado, para que el planeta se recuperara un poco y lo ha hecho de manera asombrosa y lo hemos visto y comprobado. También parecía un paréntesis perfecto para replantearnos nuestra rutina, nuestra vida y hacer algo a favor de la salud del planeta. Sin embargo, parece que la reflexión no fue la tarea más elegida en el confinamiento, pues se ha dedicado mucho tiempo a tareas de ocio, como la repostería, los vídeos caseros y también a la cultura, en tanto que ha habido tiempo para la lectura, la música o el cine, pero adentrarnos en nuestra oscura e inexplorada psique parece que asusta y que lo material se impone. Los deseos físicos, el complacer nuestro lado “carnal” ha prevalecido, pues una vez abierta la “veda” la gran mayoría ha salido con voracidad a la calle para recuperar su rutina pre-confinamiento sin pocas modificaciones.

La distinción o la diferencia de la nueva realidad a la anterior se ha plasmado en chistes y socarronas burlas. Mucho se bromea sobre las carencias sexuales de los que han estado solos durante la pandemia, también sobre el sufrimiento de los casados por tener que estar “aguantándose” mutuamente, pero el hecho es que este periodo debería haber sido el momento ideal para reflexionar sobre todo lo que queremos cambiar y da la impresión de que no lo ha sido.

Una oleada de seres hambrientos de sexo ha sido una de las consecuencias de esta inesperada pandemia. ¿Será que solo lo tangible cuenta? ¿Será que ni en periodo de “reposo” el hombre y la mujer, no buscan saciar su parte espiritual o emocional? En todo este proceso de metamorfosis incompleta, el amor ha perdido la batalla contra el sexo… o eso parece.

Perdido este ideal período para reconectarnos con nosotros mismos, la realidad se pinta de un feo color grisáceo que no alienta a una mejoría inmediata. Seguimos echándonos la culpa unos a otros, incriminando al vecino por sus acciones, enjuiciando sin empatía al que no hace las cosas tal como nosotros lo haríamos. Pero, ¿es que en verdad nos creemos mejores a los demás?

Se hace indispensable mencionar en este momento a Flora Tristán. Ella, como otras tantas mujeres, fue diana contra la que la vida se ensañó, hasta el punto de que su marido disparó contra ella y en el juicio por el intento de homicidio casi la inculpan a ella por el delito del marido contra su persona. ¿Cómo es posible que ante las evidencias tan claras, pues resultó herida, se le responsabilizara y culpara a ella de la violencia del marido? A veces el mundo parece ir cabeza abajo, se impone lo absurdo contra la lógica… y así nos va.

Se actúa sin pensar muchas veces, la mayoría de las veces, y nos dejamos llevar por la inercia que la sociedad impone sin valorar por nosotros mismos la situación que surja. Estaría bien que nos parásemos a valorar la posibilidad de pensar por nosotros mismos y actuar acorde a nuestro raciocinio, antes que seguir modelos que destruyen y perjudican a todo el mundo.

A veces las civilizaciones antiguas encierran preceptos olvidados que nos serían muy beneficiosos. Según los mayas, la palabra era tan importante que dictaminaron estas cuatro reglas:

Cuatro principios básicos y sencillos que de seguirlos seguro fomentarían las buenas relaciones.

Solo podemos hablar de lo que sabemos o sentimos, por tanto en la crítica la desnudez de nuestra propia esencia va implícita, quizás al criticar al otro solo estamos desvelando nuestra verdadera naturaleza.

Isamar Cabeza

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