Iván Robledo Magazine Opinión

Lo de robar limones

Siempre hubo reinos, y también reinas, claro, y que las reinas no tenían tronos de papel porque en trono se convertía cualquier lugar en el que se sentaba.

Déjeme que le cuente, señora, que hay gente que llama montaña a los montes, y eso no es así. Como se lo digo, que una montaña no es monte si desde lo alto no se puede ver el mar, que será otra cosa, no se lo niego, será una cosa que está ahí, ahí en medio, alta, solemne si se quiere, incluso nevada, pero no es un monte. Desde las montañas se ven otras cosas, a veces muchas cosas, sobre todo otras montañas, pero la montaña solo es monte si desde lo alto se puede ver el mar, que es como ver todas las cosas juntas y a la vez. Uno cree que si no fuese así no tendrían sentido, que el monte sería solo una montaña de las que se pueden subir aunque no se sepa bien para qué se suben las montañas. A la gente le gustan las montañas, claro, porque en las montañas no vive casi nadie, hay cosas pero nada más. En los montes no, en los montes vive la gente que no puede vivir en otro sitio y por eso se puede ver el mar, y ahí viven muertos sin enterrar, y los ajusticiados que sobrevivieron, y también sus historias, y allí todo lo que les ocurrió vuelve a pasar cada día, y allí viven las ánimas y las almas en pena (tan dolientes siempre), y los condenados y los atrabiliarios, y hay niebla cuando no toca, y santos y demonios, que hay que estar muy atentos para acertar, y hay aparecidos con toda su corte. En las montañas solo hay conejos, y jabalíes, que también está muy bien pero son otra cosa, y en los montes, en cambio, se ve el mar desde lo alto y allí va la gente a matar. La gente llama monte a las montañas pero es un error, es una cosa que pasa pero no se sabe la razón.

Cuando uno es niño estas cosas no ocurren y los montes nacen en las puertas de las casas; todas las casas estaban al pie de un monte porque el monte era la calle, era el lugar de la aventura, China era esquina, enfrente del río Colorado, los niños salían al monte a defenderlo, y entonces las junglas cabían en el rincón de un jardín con azulejos, canario y abuela con luto. No sé qué pensará usted, pero antes las cosas eran de otra manera, antes uno no salía a jugar, no, se salía a conquistar un reino antes de que llegara la hora de la cena, y ya estaba, los reino caían y uno era Tamerlán toda una tarde si la cosa iba bien. Así era, le decía, pero entonces desde las montañas se veía el mar y los trirremes rasgaban sus azules, los mayores las llamaban jábegas pero a nadie le importaba el nombre, solo su capitán y sus cañones a estribor; cañones en las jábegas, como le digo. Pero ocurrió que con el tiempo perdimos la guerra de la vida, caímos derrotados y todo fue conquista, vinieron y se lo llevaron todo, y solo quedaron los limones porque los limones no se pueden robar. Por suerte eso es algo que sabíamos desde siempre, que se puede robar el alma, también la sonrisa y la pena pero no los limones, y mire que esto no se lo digo para apenarla, que bien sé que usted es de aldea y allí con las penas se hacen ajorcas; no, se lo digo solo para que vea.

Y esto era lo que quería contarle, señora, que nadie pudo robar los limones. También que uno debería estar escribiendo de cosas tremendísimas, es verdad, pero a veces uno recuerda que siempre hubo reinos, y también reinas, claro, y que las reinas no tenían tronos de papel porque en trono se convertía cualquier lugar en el que se sentaba, por eso antes había tronos, y tan trono eran las mecedoras de la siesta como los butacones del Casino, y las mesas de las cocinas olían a limones recién cortados, que eran las cabezas de los dragones y de los gerentes, eran limones que llenaban platos de duralex y platos de barro, y alrededor de las mesas de esas cocinas se nombraban caballeros, y se hacía justicia. Luego, a la hora de la cena, dicen que alguien sembraba uno de esos limones y a la mañana siguiente salía el sol. Peso era lo que se decía, pero pasó todo y ya solo nos quedan los limones que nadie robó. O no.

Iván Robledo Ray

Cartas a esta señora

1 comment on “Lo de robar limones

  1. Anónima

    ¿Qué ocurre para que uno se levante pensando en echarse al monte y, horas más tarde, solo alcance a echarse la siesta?
    (No cabe duda, ¡nos estamos echando a perder!)

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