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Lo del asombro

El asombro está en el de al lado, en sus ojos abiertos y en su boca caída, en el éxtasis de su alma al descubrir que todo aquello en lo que siempre juró que nunca creería aunque descubriese que existía y era verdad, está ahí.

Deje que le cuente, señora, que las cosas del asombro han cambiado mucho en estos años con fama de penúltimos. Ahora uno se asombra, eso es cierto, pero no como antes, y eso es más cierto aún, que ahora uno se asombra en compañía, nunca solo como cuando antes uno iba a asombrarse y a ver qué pasaba, y ahora uno se asombra cuando le toca; uno se asombra cuando se lo dicen lo mismo que cuando éramos cativos y había que agacharse en los bailes del colegio, o había que saltar, y así y ahora nos asombramos y quedamos asombrados hasta que nos digan que ya está bien, o cuando toque, que antes las cosas pasaban cuando toca, y ahora cuando toque, que son cosas que se parecen pero no. Y eso está muy bien, porque asombrarse así, cuando nos lo dicen, deja mucho tiempo libre para otras cosas, para esas otras cosas concretamente, las cosas tontas.

Antes era distinto, como bien sabe, que antes uno se despertaba cada mañana para asombrarse, que también lo hacía para otras cosas, sí, pero sobre todo uno salía para asombrarse, y nunca sabía si lo conseguía. No sé qué pensará usted pero antes uno se asombraba de lo que le daba la gana, y disculpe la expresión, que uno iba y se asombraba, que es lo mismo que decir que uno iba adonde no debía, o entraba donde no debía, o preguntaba lo que no debía, o miraba, en fin, lo que no debía, y entonces se asombraba. A veces también se asustaba, que es como asombrarse pero cuando no hay nadie a quien contárselo, pero no era lo habitual, que lo normal era asombrarse, solo asombrarse, que era lo mismo que no entender dónde se estaba cuando uno iba adonde no debía, o no comprendía dónde se metía, o no entendía lo que le respondían al preguntar, ni creía en lo que veía al mirar, y todo eso era asombrarse, y uno recuerda que se asombraba de verdad porque el asombro de verdad dura toda la vida, y por eso se distingue el asombro de las visitas guiadas o de las reseñas literarias, claro, que no sirven para mucho.

Lo asombroso de todo esto del asombro es cuando nos damos cuenta de que todo aquello que nos asombra está ahí desde siempre, y que somos nosotros los que acabamos de llegar y los que nos asombramos al descubrirlo. Por eso uno cree que el asombro, el verdadero asombro, se aloja en la cara del que se asombra, y en el corazón que se le acelera, y en las manos que le sudan y tiemblan, y en esas otras cosas que usted puede imaginarse fácilmente si quiere, o al ver por primera vez cómo usted se recoge un mechón detrás de la oreja, y así. El asombro está en el de al lado, en sus ojos abiertos y en su boca caída, en el éxtasis de su alma al descubrir que todo aquello en lo que siempre juró que nunca creería aunque descubriese que existía y era verdad, está ahí. El asombro es la cara de la persona que tenemos al lado, igual que un día fue la nuestra para el que nos enseñó que el asombro es solo aquello que creímos que sí existía, y un día sabemos (por fin, o al fin) que sí, que es. No un asombro como para morirse, no, pero sí como para la risa tonta, para la risita nerviosa, y creo que así ya me entiende bien.

Uno cree que los años nos permiten aprender, claro, pero sobre todo nos enseñan a aprender a olvidar, que es esa forma de aprender cuando sabemos que se acaba el tiempo para las tonterías. Uno cree que aprender, a veces, es como viajar con Chico y Groucho, y también con Harpo, naturalmente, en su tren del siempre cercano oeste, en aquella locomotora que alimentaba su fuego con los tablones y demás enseres de los vagones que arrastraba, de sillones, y toda la madera, y el equipaje, todo valía para mantener vivo el fuego que hacía avanzar la maquinaria, y las ventanas con sus marcos de madera, y las puertas por los que se entra para luego no salir uno de su asombro.

Pues esto era lo que quería comentarle, señora, que con el asombro sabe uno cuando comienza y hasta hoy, o hasta mañana también, pero nada más, y mire que no se lo digo por nada, que bien sé que usted es de aldea y que el asombro lo arregla podando. Pero ocurre entonces que cuando uno deja de creer cuando cree que lo ha visto todo, cuando el mayor asombro. El asombro es tal vez el último don. O la primera fe. Saber que dos más dos es cuatro, pero pocas veces cuatro es dos más dos, aunque luego venga un poeta y lo estropee todo, claro. O no. Pero sí.

Iván Robledo Ray

Cartas a esta señora

1 comment on “Lo del asombro

  1. Anónima

    (Aplausos)

    ¡Usted debería estar siempre entre admiraciones!, como las de las interjecciones que genera… (y con esto no se asombre, por favor).

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