Deje que le cuente, señora, que hay personas que no leen el último capítulo de las novelas que empiezan. De otros libros sí porque nunca dicen nada que valga la pena o que sea verdad, pero de las novelas no, como se lo cuento. Pues bien, ha de saber que esas personas existen, y que yo conocí a una. No lo leen por sistema, por convicción, a veces parece que por fe, o casi. Esas personas no quieren saber cómo acaban esos libros y además no les importa aunque les preocupe, como luego verá. Uno no sabe qué pensará usted, pero esas abstemia de las últimas páginas me extrañaba antes, es cierto, pero es más cierto que con el paso del tiempo, el propio y el ajeno, cuanto más las pienso más razonables se me hacen esas tales personas. Creo que con los años, los propios y los ajenos, uno ha comprendido que esos libros no son libros inacabados, sino que se escriben y se leen cada día, libros que permanecerán para siempre sin su desenlace en la cabeza de quien los leyó, permanecerán por escribir y sin concluir igual que uno no se acuerda del último cigarrillo que fumó, sino del que dejó sin consumir para compartirlo con alguien que luego nunca fue, aunque eso en realidad sea lo de menos. Saber que un libro no tiene el final esperado (tan esperado que está escrito para los demás) lo hace eterno, eterno para el hombre, claro, que también es una forma de eternidad, mundana pero eternidad y bonita al cabo y al fin. Y es que de vez en cuando la vida nos ofrece la bendita oportunidad que le cuento y uno se pone a ello, y toma en su memoria una de tantas historias, y trata de imaginar que no leyó su final, o que no existe como lo rememora o que en realidad es solo uno de los finales posibles si eso estuviera en su mano, y entonces comprende para siempre que ese libro se le hace eterno, y que cada día, cada año, cada vivencia, ese libro se hace nuevo en su cabeza, que es donde vive su alma, y en su corazón, que es donde vive todo lo demás, y también en usted, que es donde viven la cabeza y la corazón. Cada día vive un nuevo final real para ese libro haciéndolo inmortal.

Hay personas que viven con la felicidad en el bolsillo de saber que el libro que tanto les gustó acaba cada día de una manera distinta. Hay personas que se hacen dioses al recrear un nuevo edén, o un averno de patio de vecinos, en aquel libro que tanto les entusiasmó y, como demiurgos de bata y carmín se permiten hacer de los protagonistas de tan grandes novelas pequeños finales a su gusto, a su antojo, a su capricho, a nuestro deseo. Así ocurre en los libros de los que no se ha leído el final, que nos permiten preguntarnos cada día, si se quiere, qué habrá sido de sus héroes de salón, si les fue bien al mirar o se abrazaron al atardecer, si subió alguien más a bailar sobre la barra, si hubo otro cigarrillo, si más flores cortadas, si y, sobre todo, sí.

-¿Has leído ese libro?

-Sí.

Y uno calla porque en realidad lo está leyendo todos los días, o todas las mañanas, y uno lo lee donde se leen los libros, que es aquí, pegados, y lo sigue leyendo todos los días porque sabe nunca va a acabar. Uno ha aprendido a desear muchas cosas, uno ha aprendido a desear alcanzar el desenlace de los libros que ha amado para no conocer su final, no leer su desenlace, y soñar con su “Fin” todos los días, todas las horas, siempre.

Sepa, señora, que esos libros morirán con nosotros porque seremos nosotros los que escribiremos su final con nuestra muerte, su último final será el último que pensaremos para ellos. Esos libros no serán de nadie más, no se parecerán a ningún otro, ninguna historia la reclamará como suya, no. En estas ocasiones es el lector el que escribe el libro y lo hace, mire usted qué paradoja, dejando de leer su final para que ese final se haga eterno en el alma de quien llegó hasta ese último capítulo en la vida de un simple libro que tiene entre sus manos, y ese final escrito no será conocido y no existirá en el alma o el corazón de quien renuncia a conocerlo y vivirlo para crearlo nuevo en su mente, en su piel y en sus ojos, señora. O no.

Iván Robledo Ray

Cartas a esta señora

1 comment on “Creer para ver

  1. Anónima

    De todos los libros que yo he leído a lo largo de mi existencia como lectora (que diré que siempre han incluido el último capítulo, aunque en la mayoría he de revonocer que, de tenerlo, suelo omitir el prólogo) tan solo hay uno del que me gustaría no haberlo hecho.

    Me gustaría no haber leído aquel último capítulo, no tanto por seguir viviéndolo hasta el fin de mis días (que en aquel entonces no sabía que eso fuera posible) como por no haberlo matado con el principio de mis palabras (que ahora comprendo que quizás fue lo probable).

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