A la segunda van los vencidos

 

Definitivamente la Humanidad está mal planteada, si usted se fija bien. Porque veamos, del mismo modo que existe cierta conformidad en la comunidad científica a la hora de datar, milenio arriba, milenio abajo, tanto la fecha como el lugar en el que pudo originarse la escritura, carecemos de estudios que nos permitan hacernos una idea acerca de cuándo aprendió el ser humano a leer. Y esta realidad, que puede parecernos intrascendente, guarda en su interior la clave de lo que somos si sabemos leer entrelíneas.Torre de Babel

Es un hecho de la experiencia que para aprender a escribir necesitamos un apoyo, un texto sobre el que basarnos para intentar reproducirlo, un texto que lógicamente debemos saber leer. Por eso en una época en la que nadie (y nadie es nadie) sabía leer ni escribir debemos llegar a la conclusión necesaria de que la primera persona que escribió algo no sabía leer o, lo que es lo mismo, que se inventó lo que había escrito y le dio el significado que tuvo a bien, o a mal. Puesto que nadie (salvo ese señor) sabía escribir en aquel entonces, resulta aún más lógico deducir que escribir es una realidad previa a la lectura, se mire como se mire, pues si nadie había escrito nada hasta entonces, nadie tuvo necesidad de aprender a leer. A partir de ahí solo sabemos que el resto del paisanaje reunido alrededor de ese señor que decía saber escribir, tampoco sabía leer por lo que hemos dicho, de manera que nos encontramos con que ese señor le dijo a los presentes que aquellas palabras que acababa de escribir significaban lo que él deseaba que significasen, y como nadie pudo contradecirle puesto que nadie (ni siquiera ese señor) sabía leer, simplemente se encogieron de hombros y a una voz debieron exclamar: ‘pues vale’. Que presumiblemente fuera algo que iba en provecho de su cofre es cosa que no nos debiera espantar, pues para eso era la primera persona que aprendió a leer y escribir en la Historia y se lo merece, y además ya todo ha prescrito. A partir de ese momento todo lo que pasó después aquellos primeros ideogramas, runas, palotes o jeroglíficos hasta hoy, es de todos sabido.

Viene esto a cuento de las dificultades que de ordinario desentrañan las extraordinarias primeras veces de las primeras cosas. Basta con hacer memoria y recordar, si nos llega, la primera vez que nos levantamos cuando caímos por vez primera, cuando enmarcamos la primera multa de tráfico o tuvimos la primera cita amorosa. Todo lo que ha de hacerse en la vida sin necesidad de grandes alharacas tiene una primera vez, si bien es cierto que no hay mayor plenitud para la primera vez de algo que cuando implosiona hasta convertirse, casi simultáneamente, en la última, que es cuando de verdad duele.

 Por suerte para los hombres este principio de la primera vez posee dos corolarios que nos impiden enloquecer. El primero de ellos es que siempre hay también, como hemos visto, una última vez para todo, y que llegar llega, se trata solo de no perder el tiempo esperándolo. El segundo, acaso más pragmático, es que también existe una primera vez para la segunda vez de algo, y esto nos reconcilia con la existencia si hacemos excepción de la muerte. No se trata en puridad de una segunda oportunidad, sino que más bien sería la primera vez de siempre pero con trampa, es decir, todo aquello que hubiéramos hecho esa primera vez si hubiéramos tenido la oportunidad de no haberlo estropeado.

Es lo que ocurre, sin ir más lejos, con las primeras citas que mencionamos antes. Pocas son las personas que en su insano juicio recuerdan esa romántica primera vez con placidez. Muchos ni siquiera la recordarán pero los más, simplemente, se limitarán a reprocharse condescendientes mucho de lo que hicieron, dijeron o callaron sabedores de que es muy fácil comprender los errores a morlaco pasado. Precisamente para ahorrarnos esos traumas conviene evitar la primera vez y pasar directamente a la segunda convirtiéndola en primera. Mujer libro

No muy diferente de una primera cita romántica es esa otra del que se dedica, para su mal, a escribir, o eso cuentan quienes saben. Se trata de la primera cita con el papel, lo que con cursilería supina llaman algunos el vértigo de la página en blanco, la primera palabra, la primera frase, el primer párrafo. Cualquiera que se haya visto en este trance comprenderá hasta qué punto importa cómo empezar un texto porque es su anzuelo, y de esa primera frase dependerá todo lo demás. Sabiendo que al principio Dios creó el mundo, ¿cómo puede un simple ser humano continuar la narración? No exageraría si hablara de heroísmo ante esa primera frase que con desquiciada frecuencia es lo único que se recuerda de un libro, pero existe el deber de intentarlo, o al menos eso es lo que nos decimos para tranquilizarnos. Porque en realidad existe otra posibilidad para hacer frente a ese pánico, a ese tremor de los sentidos en que se traduce manchar una página en blanco creada para la belleza. Podemos pasarnos las horas delante de ese espacio inmaculado pensando hasta la irracionalidad qué palabras deben iniciar el texto o, como aconseja el desatino, saltarnos la primera frase y pasar directamente a la segunda. ¿Ha pensado alguna vez cuántas obras cumbres de la literatura comienzan por lo que en realidad es su segunda frase? Se asombraría saberlo. Y todo porque al dicho autor no le salían las palabras de la primera. Pues así todo. La próxima que lea un libro, piense en esto y atrévase a buscar una primera frase, entonces comprenderá a su autor.

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