21º Festival de Málaga-Cine Español-Cortometrajes (y 2). Entrevistas a Belén Funes, Pablo Hernando y Laura Pousa

En el artículo de hoy, seguimos comentando los títulos más interesantes que pudimos ver en la sección de cortometrajes del 21º Festival de Málaga.

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“El poder y la gloria”, la gran novela de Graham Greene

Novela social y psicológica, ambientada en los años treinta del siglo XX, en un incierto estado de México, El poder y la gloria narra con maestría la odisea de un cura rural perseguido por ejercer su ministerio, ya que el gobierno había prohibido el catolicismo a la población en esa época.

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21º Festival de Málaga – Cine en español – Cortometrajes (1) Entrevistas a Marta Aledo y Lino Escalera

 

Una de las grandes sorpresas del Festival ha sido el altísimo nivel que ha tenido la sección de cortometrajes de ficción.

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El FÀCYL 2018 arrancará desde la fachada plateresca de la Universidad de Salamanca en su VIII Centenario   

El Festival Internacional de las Artes de Castilla y León, FÀCYL, arrancará la tarde del próximo 23 de mayo desde la fachada plateresca de la Universidad de Salamanca, en el año de la conmemoración del VIII Centenario, con un espectáculo musical itinerante de la innovadora compañía francesa Mécanique Vivante que finalizará en la Plaza Mayor.

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21º Festival de Málaga – Cine en español: Documentales (1) – Mejores documentales. “El último país”, de Gretel Marín

Algunas de las secciones que siempre suscitan gran interés en el Festival de Málaga son las que se refieren al género documental (en las que se proyectan películas tanto españolas como latinoamericanas).

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21º Festival de Málaga – Cine en español: Largometrajes de ficción (2) – “Diana”, de Alejo Moreno

Posiblemente, la explicación más sencilla para comprender esta era en la que la “posverdad” avanza con fuerza sea, pura y sencillamente, que no estamos preparados para afrontar la realidad tal como es.

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“El amor en los tiempos del cólera”, de Gabriel García Márquez

Fermina Daza y Florentino Ariza son los protagonistas de esta novela barroca, exuberante, cadenciosa como los barcos que cruzaban el Caribe en los convulsos y deliciosos tiempos en que el cólera morbo, y cualquier otra enfermedad intestinal y contagiosa, antes del descubrimiento de las vacunas, acababa en breve con la vida de miles de personas.

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Crónica sentimental del Festival de Málaga- Cine Español (II)

Hoy, seguimos con la crónica del Festival de Málaga, repasando las películas que pudimos ver desde el lunes 16 al miércoles 18 de abril.

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“El abismo en el tiempo”, de Howard Phillips Lovecraft

Estamos ante una historia corta y angustiosa, magistral, narrada en primera persona. Se trata de una obra precursora de las novelas posteriores de ciencia-fiction del siglo XX, basada en datos científicos, en descubrimientos geográficos e históricos, muy al estilo de los siglos XVIII Y XIX.

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TRAS LA LÍNEA. A propósito de “Zapatos en la estrada” de Carlos de Tomás

Por Manuel Rodeiro.

Apenas había comenzado a degustar el libro Zapatos en la estrada de Carlos de Tomás cuando, de repente, me he enterado de la cuestión del zapato perdido y, como el lector bobo de una novela de intriga, me he detenido ahí, complacido de saber quién es el asesino -lo que no es el caso en esta novela-.

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Manuel Rodeiro (Foto: Antonio Porto)

Decir que antes de leer Vidas en el margen -la anterior novela de Carlos de Tomás– lo primero que me había gustado había sido el título. Luego, en una entrevista, el propio autor lanzaba un aviso a navegantes: la novela iba precisamente de “vidas en el margen” y no de “vidas al margen”, como tal vez algún despistado pudiese suponer. Volver a decir que hay quien escribe por aburrimiento o por desesperación, por dinero o por notoriedad. como hay quién pueda hacerlo para rescatar la vida propia o para proyectar las no vividas, pero también hay otros que lo hace por los otros y para los otros, para dar voz o ceder la palabra a la verdad que permanece oculta tras la ignominiosa línea de la realidad o de la historia. De esta estirpe es Carlos de Tomás.

Porque rara vez hacemos el esfuerzo de ponernos en la piel del otro, la de que quien se levanta resacoso sobre la húmeda hierba de un jardín cualquiera con la cabeza sobre un tetrabrick gastado de vino barato, o se siente la angustia de una expatriada sin papeles; como la desgraciada Irina (heroína de esta novela), un desecho que también en otra vida fue una niña que tuvo una madre y además tocaba el violín, aunque luego acabase dentro de un baúl en un pobre granero de su Ucrania natal.

En Zapatos en la estrada cobran vida esos desposeídos que siempre han tenido cabida en la historia de la literatura y que también, al día de hoy, pululan por las calles de grandes ciudades deprimidas. Muy pocos como Carlos de Tomás los han tratado y reivindicado con tanta ternura y capacidad de redención como en sus thrillers psicológicos, que parecen una literatura tan rusa, como los mismos personajes que le gusta retratar.

Bien sabido es que en literatura todos son tópicos, desde el ciberpunk a los atardeceres o la búsqueda del padre o el tiempo perdido. Todo cabe en un libro si del ectoplasma inicial uno es capaz de dar vida a los personajes y hacer buena literatura con ello. En las dos novelas de Carlos de Tomás que leído hasta el momento, el mundo es tan decididamente feo y nauseabundo, que al principio hay que adentrarse con una pinza en la nariz. Incluso, el lenguaje que lo sirve se pliega a los adjetivos y sustantivos que uno normalmente se inhibe a la hora de pronunciar. Superado este umbral, comenzamos a percibir que allí también hay vida, aunque para ellos nunca parezca salir o ponerse el sol. En medio de la sordidez despuntan sentimientos y anhelos de la que nada antes queríamos saber, y aún menos oír. Entonces surge una mirada compasiva repleta de “humanidad” y nos adentramos en el corazón del hedor con la convicción de que, al final, saldremos más purificados.

Carlos de Tomás es un escritor intempestivo aún cuando se propone retratarnos un mundo, a priori, tan decididamente actual. Abundan en sus libros megalópolis y extrarradios, timos de poca monta o corruptelas de envergadura, como los que cada día aparecen en el telediario. Uno sabe que el escritor no forma parte de esos inframundos, porque normalmente los desheredados no escriben libros, pero es ahí dónde la escritura deviene misión. Muy probablemente, él no sabría describir los pormenores de un chute de caballo, ni los efectos específicos de una nueva anfetamina, pero notamos que él está ahí, que quiere estar ahí para ser el cronista de los desposeídos, el que regresa del infierno para decirnos a que huele todo aquello. Porque no es necesario ser Melville o Conrad para saber cómo huele el mar, ni saber que para lo que a unos huele a col hervida y a vino barato, para otros, a lo que en verdad huele, es a humanidad.

Carlos de Tomás
Carlos de Tomás

Lo que diferencia a Carlos de Tomás de otros que sólo publican libros es que él es un verdadero escritor. La voz superomnisciente de Zapatos en la estrada que revela el músculo de un escritor polivalente, es la misma capaz de inventar géneros como el de Viaje astral, o el haber dado luz a una hermosa obra poética tan mística como Levitaciones. De esos, y de otros empeños, es de donde surgen algunos de los reflejos que parecen colarse en alguna de sus novelas, como cuando se filtra un rayo de luz en medio de la oscuridad. La suya es una escritura sencilla, mínima en sus pretensiones, de gran precisión narrativa y virtuosa en la construcción. No hay más que ver qué bien funcionan los mecanismos narrativos del asunto marciano de Vidas en el margen o el caballito trotón de Zapatos en la estrada. Lo que a Carlos en alguna entrevista le he oído definir como fundido narrativo lo entiendo -siguiendo también otra metáfora rusa- como una matrioshka, ese juego de muñecas huecas que contienen dentro otras muñecas; como cuando en esta novela el escritor se retrata y se ríe de sí mismo, haciendo que el héroe Martín compre una novela barata escrita por un tal Carlos de Tomás.

En su vertiente noir le vemos sobrevolar como a un Humprey Bogart-esta fue la imagen que me hice de él cuando vi su fotografía por primera vez- investido de un Marlow al servicio de los infames. Las tramas de los asuntos más turbios, son menos trascendentes que el relato que él hace de ellos. A uno también le gusta imaginarlo desdeñosamente vestido tras el cristal biselado de su oficina de detective, con el cenicero lleno de colillas deslizando miradas cómplices a su fiel secretaria o soltando frases lapidarias por doquier. Así ve uno al autor de esas pequeñas y necesarias novelas, como el cantor de esa vida inmisericorde y real, que nos traslada en ficciones fantásticas esas vidas marginales que, sin el fulgor de su literatura, serían epopeyas de tres al cuarto colgadas de una pinza en un quiosco de la Gran Vía de Madrid.

Como decía al principio, he leído de un tirón esta novela hasta el capítulo en el que aparece el zapato en la estrada y, sí me he detenido ahí para escribir estas líneas, es porque tenía muy claro lo que quería decir. La chispa me ha asaltado al recordar otra memorable escena de Corazón salvaje de David Lynch: aquella en la que los protagonistas en su fuga nocturna se encuentran con otro accidente de carretera. A poco que la cámara se aproxima al lugar del siniestro, van apareciendo dispersados los objetos personales, como restos de la catástrofe. La chica accidentada, que está a punto de morir, piensa primero en lo que le va a decir a su madre, les pregunta a los protagonistas si está guapa y ya no recuerdo si se pinta o no los labios de carmín. En cualquier caso, es ese carmín, como las bebidas edulcoradas y las drogas, y todos los metílicos de la vida moderna que tan prolíficamente aparecen en las novelas de Carlos de Tomás, lo que nos muestra la crudeza de ese mundo y lo que se oculta tras la línea. Y, al final, lo que la literatura viene a decirnos siempre es, que la vida, es aquello que pasó.

Manuel Rodeiro

Escritor y compositor. Profesor del Departamento de Teoría,
Composición y Dirección de la ESMUC
(Escola Superior de Música de Catalunya)
Autor de la novela “Día Triunfal

 

 

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Enrique Cabero: “Debemos trabajar más para implicar a la sociedad con la Universidad”

Como vicerrector de Política Académica y Participación Social de la Universidad de Salamanca, Enrique Cabero es el responsable de preparar, gestionar, coordinar, y financiar el VIII Centenario. Pero, más allá de este año, su cargo tiene sobre todo dimensiones de participación con la sociedad. 

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Alberto Prieto: “La educación es la base principal para el desarrollo”

Dice que en los territorios del arte, no solo cuenta lo mirado, sino también la mirada. La mirada de quienes de lejos nos acercamos a otras realidades gracias a trabajos como el del fotoperiodista Alberto Prieto.

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La relación causa-afecto

Es propio del ser humano recurrir a la ciencia para intentar comprender todo aquello que no desea saber. De este modo hemos conocido que el corazón es solo un músculo amorfo y viscoso que además se puede trasplantar, que los sueños no son más que pulsiones eléctricas, y que el olor a tierra mojada es en realidad una reacción química que recibe el pomposo nombre de petricor. El mundo, en definitiva, parece que ha dejado de funcionar a golpe de magia, pretenden decirnos, y ahora se mueve a convulsión de los dictados de la ciencia. Y eso, en parte, es un error. Que podamos comprobar empíricamente un fenómeno científico es solo una manera de cambiar el nombre a las cosas. Si se enciende la lámpara al pulsar el interruptor puede ser la consecuencia de ciertas estructuras y hallazgos físicos prolijos de relatar ahora, pero pagar la factura de esa luz cada mes solo puede considerarse magia. Y magia de la dura, además. O milagro.

Lo que sí parece claro es que cada vez somos menos los que aún creemos que todo el universo cabe en un pequeño transistor de esos que aún sintonizan onda media y funcionan con pilas de supermercado. Y menos aún los convencidos de que esas radios funcionan gracias a la magia de las hadas. Que esto último no haya podido demostrarse no prueba nada, pues la magia no admite prueba en contra, y conformarse con una explicación racional y científica es lo lógico para quienes no creen en los milagros, pues de otro modo sus cabezas estallarían. La naturaleza, que a veces es madrastra, también cuida de los incrédulos porque de otro modo no llegarían a nada en la vida, por eso les ofrece este tipo de explicaciones racionales que caben en un cuaderno de notas, y nunca en una novela. Los demás, los que resistimos, seguimos convencidos de la presencia de vida dentro de esos cacharros manoseados, y de que la antena que hay que sacar para sintonizar no es más que una suerte de caña de pescar con la que cazar al vuelo alguna voz con el cebo de nuestros deseos.

Radio

No es pues de extrañar que haya quien piense que la radio no es más que una evolución natural del libro. Si usted se fija bien, escucharla nos obliga a imaginar la escena que se nos relata, lo mismo una noticia que un comentario, una voz que una canción. La abstracción de su sonido, al igual que la lectura de un párrafo, provoca en el oyente y en el lector el efecto de recrear en la mente lo escuchado o lo leído, el paisaje, el rostro, las circunstancias, todo queda al albur del espectador y la riqueza de su imaginación. Hasta el color de lo oído y el olor de lo narrado es obra nuestra gracias a los datos que se nos proporciona. Nada que ver con la pasividad mórbida de la imagen televisada, que conjura otras potencialidades y otros sentidos, simplemente distintos pero prontos a la comodidad primero y al sonambulismo zombi después.

No se trata en cualquier caso de loar sin más esa cierta leyenda romántica que envuelve la escucha radiofónica, preñada de lirismo y hasta cierto punto cursilería idealizada, sino de poner algún punto en la ‘y’, la griega, de su coyunda con la cosa del leer. Porque, aparte de las salsas, pocas cosas hay más numerosas que las razones por las que uno lee. Y de entre todas ellas nuestra preferida es la que se refiere al hecho, no de leer en sí mismo, sino de leerle a alguien. Y es que si uno se fija los mejores libros son aquellos que, con independencia de su prosa, destacan por la prisa que nos urge a leerle a alguien una frase, un párrafo, unas páginas o todo él. Concebir un libro para poder serle leído a otra persona no es habilidad, sino un don que solo los dioses otorgan para demostrarnos que siguen existiendo.

-Quiero leerte esto…

Y, al hacerlo, ser uno los tres.

Porque sí, porque todos los libros pueden ser leídos en voz alta, hasta el más indigesto, pero son muy pocos los que fueron dolosamente escritos para serles leídos a otra persona, algo que hasta hace poco era muy mirado por los autores siempre pendientes de cosas muy distintas a las que hoy nos encandilan, tal vez porque se requiera un arte especial, tal vez porque no haya razones para hacerlo, tal vez porque quién sabe por qué. Y si escribir cualquier línea con la mente puesta en una lectura compartida resulta cosa de titanes, cuánto más importante hacerlo con el resto de los sentidos bien vestidos pensando en la persona que va a escucharlo. El cuidadoso esmero que hay poner en la letra se vuelve épico recreándonos al saber que va a ser leído en voz alta ante el auditorio más exigente, el de la persona a la que queremos. De ahí que, como decíamos, haya quien crea que la radio, ese transistor ergonómicamente creado para pegar al oído y que alberga todas las esquinas que hemos doblado sea la evolución de cierto tipo de, si no de libros, si al menos de lecturas, las que nos hacen un poco menos inhumanos. Escuchar la radio e imaginar lo escuchado como una gran representación teatral y leer con maneras de narrador un libro son, en definitiva, actos de magia dignos de hadas.

 Puede que también exista una explicación científica también para esto y así debe ser, pues nunca faltarán personas que en su tristeza no se rindan a la evidencia y necesiten una justificación que les permita dormir.

Iván Robledo