El libro de los charcos

Que la sociedad está cambiando es un hecho, y cuando antes todos se apuntaban a unCharco 1 bombardeo, ahora nos apuntamos a bombardear. Es una manera de decir que todo nos parece mal hoy en día. Todo lo que hacen los demás, se entiende, una actitud que se traslada a ámbitos antaño impensables, como el clima y su lluvia. Sabido es que nunca escampa a gusto de todos, pero somos de la opinión de que la lluvia, sea o no una maravilla, arte o incordio, no tiene la culpa de nada. Cae cuando le toca caer y es difícil pensar que por muy mal que le caigamos a las nubes, estas dejen de cumplir su cometido solo por fastidiar. Y aun así, hasta la lluvia antes inocua se ha convertido en cosa inicua como si llover o dejar de hacerlo también fuera culpa de alguien (que seguro que sí). Por suerte los españoles sabemos criticar tanto la sequía como las inundaciones, y aunque eso nos hace fuertes en el mundo, también nos enfrenta a la ciencia porque, ¿quién puede admitir que la vida surgió del agua después de haber estado en una piscina pública? Sea como fuere, algo nos dice que el hombre está más preparado para la falta de lluvia que para su exceso. Para la una hay sangría y fanta de naranja, pero hay que tener muchas agallas cuando la lluvia se prolonga cuatro meses con sus días lluviosos, sus noches lluviosas y sus goteras impertinentes. Si padecer de los bronquios ya está mal, imagínese de las branquias.

Consumada con moderación, no hay lluvia mala, y sus efectos salutíferos van más allá de lo imaginable. Es el caso de los charcos, ese entretenimiento que la naturaleza, en su jocosa sabiduría, nos regala para deleite de quienes contemplamos la torpeza de los viandantes. Los charcos están pensados para los niños, da igual la edad, y el placer de saltar sobre ellos solo es comparable a los enfados que sus salpicaduras que provocan. Con ellos recordamos que una vez fuimos felices y solo al hacernos adultos, da igual la edad, estropeamos su magia. Por eso decimos de tal o cual persona, para afear su conducta, que se ha metido en un charco, y así lo que tratándose de un infante es un halago, para un adulto es una amenaza. Será por eso que andamos por la calle evitándolos ignorando que son pequeñas joyas que nos regala la naturaleza para nuestro goce, diversión y asombro. Los charcos, para un espíritu puro como el de un niño, son naumaquias en los que cabe todo un Trafalgar o un Lepanto o, si nos ponemos cursis, la flota de barquitos de papel de Serrat. Porque un charco es la medida de la imaginación del hombre que no ha renunciado a serlo. Solo así comprendemos a aquel hombre, al que titularon de loco, que recorría las calles de la ciudad las noches más frías catando los charcos para, en el momento justo de congelarse quedando convertidos en hielos, tomarlos primoroso con la imagen que en ese momento reflejaban, ya fuera una luna, una fachada o una amante.

Si alguien quiere de verdad a las ciudades, reservará en cada calle un lugar para los charcos donde poder mirarnos. Y saltarlos,

Charco 2También estos charcos salpican los libros igual que como zafiros engarzados lo hacen nuestras calles. Son los menos, es cierto, pero los hay, como también hay quienes desconfían de esos libros que, aseguran sus mentores, enganchan desde la primera página. Son los que piensan que los buenos libros, como los grandes platos, deben cocerse lentamente, en nuestro jugo, para que una buena primera página, como un buen besugo, no acabe en trucha, o trucho, por falta de cocción y condimento. Porque buenos libros, para qué negarlo, son aquellos en los que el fin justifica lo de en medio, como la lluvia de la que hablábamos. Libros que conviene leer bajo amenaza de tormento y que al descargar queden sus páginas salpicadas de charcos en los que chapotear una y otra vez. El cerrarse con un trueno y dejar de llover sus letras, quedarán los charcos que dejan su lectura, a veces una frase, puede que una palabra, o párrafos enteros o una página que acabaremos recordando siempre. Incluso para quienes creemos que releer un libro es mal vicio, esos charcos que quedan en la memoria lectora nunca desaparecerán.

Debe ser cierto que no hay lectura mala, sino momentos mal escogidos para hacerlo. De ahí que la indeleble impronta que deja un libro en alguien sea apenas un soplo que ya no es para otra persona distinta, como la lluvia, como las miradas. Cuando el libro leído vuelve a su lugar, la naturaleza sigue su curso y las lluvias nos dejan ese recuerdo a tierra mojada que son los buenos momentos vividos poniendo blanco sobre negro sus palabras. Si de verdad queremos saber si un libro nos va a gustar, hemos de leerlo frente a una ventana viendo llover. Si después de derribar esa primera página somos capaces de continuar su lectura en vez de salir a la calle a mojarnos, podemos estar seguro: lo mejor es regalarle ese libro a alguien que nos caiga mal.

El peor libro del mundo

Estar sobrevalorado está sobrevalorado, resignémonos, y por más que nos esforcemosPortada cada día nos asaltan nuevas e increíbles historias de superación que nos hacen sentirnos como patanes apabullados ante tanto reto y cima alcanzada. Nos enternece asistir a esas tales superaciones entre aplausos, vítores y confetis, competiciones que a vista de sofá logran que recuperemos la fe en el ser humano, porque si hay algo verdaderamente humano es ver cómo nuestros congéneres se esfuerzan en lograr cosas increíbles que nos traen al pairo. Eso nos gusta, para qué negarlo, pero disfrutar, lo que se dice disfrutar, lo hacemos al ver cómo se estrellan tantos y tantos al estilo del patinador on the rocks sobre el hielo cayendo estrepitosamente con las piernas en alto. Es entonces cuando la diversión se vuelve sabiduría, y el filósofo hispano que todos llevamos dentro dicta su sentencia: “si yo ya lo sabía…”.

Gracias a esa gente que tanto se esfuerza por nosotros podemos conocer con periodicidad helvética quién es, por ejemplo, el hombre más rápido del mundo. Ya saben, ese momentazo atlético en el que una serie de señores corren sin motivo aparente para obsceno goce de un planeta que los observa, ¡y los anima!, desde una tasca bocadillo en mano. Podemos afirmar que correr es de cobardes, pero si reflexionamos sobre el asunto veremos que semejante fulgor en pantalón corto que bate plusmarcas en algo más de lo canta un gallo no es cuestión baladí, pues nos deja abierta la puerta a plantearnos cuestiones de gran calado como, por ejemplo, saber quién es el hombre más lento del planeta. Descartando siquiera por instinto que lo sea el último de esa carrera, cualquiera de nosotros podría ser el candidato perfecto, que méritos no nos faltan para alzarnos diligentemente con tan perezoso galardón. Y es que ser el hombre más remolón del globo, siendo reconocimiento alcanzado en buena lid, no deja de ser un título y eso, en los tiempos que corren, es mucho más de lo que cualquiera puede llegar a soñar. Sería, en los tiempos del selfie, un homenaje a la foto finish.

Peor libro 2Ocurre sin embargo que la tontería de las listas del uno al diez sobre cualquier cosa, como los atletas mencionados o lo que queramos imaginar, se nos está yendo de las manos. No parece sensato que sepamos recitar de memoria listas y más listas de las diez mejores cosas, pero seamos incapaces de recordar una sola de las diez peores que no sean de amigos y conocidos. Es lo mismo que ocurre con la mil listas que existen, todas distintas entre ellas, sobre los mejores diez libros de la literatura universal, la patria o la en comandita. De lo que sea, todos conocemos una de esas listas, y si no nos la inventamos. No hay medio de comunicación que se precie que no tenga la suya, ni crítico ni criticón que nos haga tragar con la propia generalmente adobada por criterios que también merecerían contar con su propia lista. Lo que ocurre es que, como en el atletismo, el tiempo libre que nos deja no estar en ninguna nos permite preguntarnos cómo sería una lista con los diez peores libros y, si queremos llegar al fondo del asunto, cuál sería el peor libro del mundo en la peor de las categorías posibles, la de “libro recomendado por un amigo”, ahí donde no existe perdón posible. Precisamente hablando de estas cosas conocido es el caso en el ámbito cinematográfico del director Ed Wood, considerado el peor director de la historia sin que todavía sepamos a qué se debe tal mérito viendo lo que vemos en cada festival de cine que organiza cada pueblo. Además de ignorar quiénes son los nueve que le preceden, es un hecho que el tal Ed Wood se ha convertido gracias a su demérito en seguidísimo autor de culto, creando así una gran paradoja de difícil digestión.

¿Ocurre lo mismo en el mundo abisal de la literatura? Nadie se atreve a reconocerlo, pero como ocurre con casi todas las cosas importantes de la vida, lo hablamos en la intimidad. Si somos incapaces de ponernos de acuerdo sobre qué criterios permiten afirmar que un libro es, en esencia, un gran libro, ¿cómo podremos coincidir acerca de los peores? Es el problema de que cada membrillo tenga su librillo, que no hay manera de hacernos entrar en sinrazón. Aunque sola sea por razones de salud mental, la locura de reconocer que hay libros aspirantes a engrosar la lista de los peores del mundo haría un gran bien al conjunto de la población, saber que junto a la lista de los más vendidos, o los más populares, o los mejor considerados o, en el colmo del paroxismo, los más leídos haya otra clasificación que recoja los despojos de la literatura, haría feliz a mucha gente. No por prurito científico sino por algo más parecido a la sección de los telediarios en los que vemos a gente tropezar y caer para nuestro desternille, todo un soplo de aire fresco para nuestro rencor y una caricia que sacia, hasta donde llega, nuestro resentimiento.

Pero mucho ojo con esto porque si lo pensamos bien la mera posibilidad de que esa lista existiese, el que nos fuera dado conocer qué libros son los peores del planeta, semana a semana, lista a lista, lograríamos el efecto contrario al buscado cuando el morbo endémico que nos alimenta y la maldad que atesoramos hacen el resto. Esos libros acabarían siendo los más codiciados solo por el hecho de poder verter sobre ellos nuestras frustraciones y desenmarañar nuestras pesadillas más o menos inconfesables, despertando un insano deseo por conocerlos y así darle sangre embutida a los más vendidos y admirados, pues tal es nuestra condición. Si nos permitieran conocer cuáles son los peores libros del mundo, la maldad del hombre los convertiría en los más buscados y, posiblemente, los más leídos. Es decir, en best sellers.

Libros juveniles

Juvenil 1Uno no es famoso hasta que no aparece en un calendario para apadrinar mascotas. Es duro reconocerlo, sí, pero la vida es dura y las leyes que la rigen están forjadas en fraguas de mil vulcanos. Es esa ley de vida que hay que beber a grandes sorbos en pequeños vasos de los de dura lex, sed lex, que se decía antaño. Sin embargo, el que uno no sea célebre o siquiera reconocible tiene también sus cosas buenas como, por ejemplo, que se puede ser cualquier otra cosa mientras tanto. Ser o parecerlo, que el mundo de las etiquetas es algo inabarcable y al igual que el universo se encuentra en continua expansión como si de una cadena de supermercados se tratase. Somos la etiqueta que nos cuelga, como el champú o la ternera, pero sobre todo somos algo con fecha de caducidad, ingredientes, alergógenos y, si la ocasión se tercia, dos por uno.

Resulta fácil observar cómo el afán por etiquetar cualquier realidad se ha extendido como una mancha de aceite de ricino alcanzando casi todos los ámbitos de la vida, tanto que hasta en el mundo de las letras han hecho números y se ha decidido entre arrobos que lo mejor es no sustraerse al encanto de etiquetar. Basta con entrar en una librería y pasear la vista por sus estantes para comprobar el entramado de categorías que cuartean sus estancias lo cual, tratándose de un único producto como es el libro, debería llevarnos a la irreflexión de preguntarnos si de verdad existen tantos géneros literarios como trayectos en metro. Uno siempre ha pensado que los libros debieran dividirse en dos, los que forman mera información encuadernada, y los libros propiamente dichos. Dentro de los primeros estarían los de bricolaje, cocina, textos legales o científicos y, si nos apuran, los destinados a mamoncetes que empiezan a deletrear. Solo el resto son libros con sus más y sus memos. Dividir las obras en géneros puede resultar higiénico si se quiere pero tiene su puntito de denigrante, básicamente porque los libros únicamente pueden ser buenos o malos, a criterio y matiz de cada cual, y poco importa lo demás.

A pesar de todo no podemos negar la utilidad de esta práctica para un comercio, pero hay que cuidarse de los engaños y muy especialmente los que tienen que ver con los denominados ‘libros juveniles’. Y es que resulta extraño que mientras conviven entre nosotros jóvenes que alcanzan casi la cuarentena por convención social, los libros que supuestamente les están destinados continúan dormitando en las mismas estanterías de siempre. Puede que la categoría de libro juvenil sea una de las mayores aberraciones que la pobre industria editorial ha creado al no aclararnos por qué su denominación, si hace referencia al autor o al futuro lector y, en tal caso, nos quedamos sin saber qué es un lector juvenil. Cabe pensar que el calificar un libro de esta guisa suponga degradarlo porque de manera más o menos consciente se expulsa de su ámbito al público que, aunque sea en la intimidad, no casa bien con la categoría de juvenil. Negar que las vivencias o las aventuras, las chorradas o los muermos de los jóvenes no interesen a quienes se tachan de adultos es una sandez solo al alcance de un adulto que nunca leyó libros infantiles. Admitir su segregación nos llevaría a reconocer lo inaceptable, que hay personas que no están formadas o maduras para leer según qué cosas hasta cierta edad, y especificar qué cosas son esas nos conduce irremediablemente al absurdo de abordar la cirujía de manejar la mente de cualquier lector y, con ello, a adulterar el libro.

Juvenil 2Leer un libro juvenil no es cosa que haya que tomarse a la ligera, y tras no pocas averiguaciones podríamos decir que existen tres mundos dentro de la literatura juvenil. El de autores tontos que creen que sus lectores también lo son; las buenas obras desarrolladas con el tierno encanto que se le supone a personas de determinada edad; y los grandes libros que encierran tras una exquisita factura y la dulzura de la infancia, las grandes cuestiones que aquejan a la humanidad. Todo lo demás se nos antoja moda efímera porque realmente poco importa que el joven lea mucho o poco y qué es lo que lea. Lo realmente incomprensible es que se expulse de ese paraíso con pluma flamígera al resto de lectores como si las obras juveniles adolecieran de inmadurez, fuesen incompletas o resultasen mentalmente defectuosas. Y este es el tema, porque tan libros son como los que jactanciosamente se autocalifican como volúmenes hechos y derechos para gente de criterio firme y sólida intelectualidad.

Por alguna razón que se nos escapa se pretende minusvalorar en estos libros la alta categoría que se espera de ellos o, lo que es lo mismo, confesar contritos que ya no hay quien escriba como Andersen, Salgari, Verne o la propia Elena Fortún. Y reconocerlo duele, y mucho. Quien no es capaz de encontrar en un libro juvenil una joya es incapaz de saber dónde tiene la cara ni la contraportada, y merece que lo agarren de las solapas para regañarle. Luego gustarán o no, faltaría más, pero somos de la opinión de que en literatura no hay género pequeño si el alma del lector es tan grande que cabe en la cabeza del autor. No debemos dejarnos engañar por una lectura sencilla, ágil y risueña cuando detrás de esas letras que bullen hormonadas se esconden los grandes problemas que, en su pequeñez, afligen a esos jóvenes que somos nosotros mismos cuando no fingimos. Leer libros juveniles debiera ser acto de sinceridad implacable, pero no. Tal vez un gesto de rebeldía, pero tampoco. Nadie que lea suplementos culturales reconocería que se muere por leer un libro juvenil de los de pasiones con acné o aventuras en vespino. A fin de cuentas nadie reconoce que el autor más leído en España sea Corín Tellado. O un tal Marcial Lafuente Estefanía, que ahí ahí andan…

Ventura

Ventura 1Nos hemos criado escuchando que antes de hablar a destiempo debemos contar hasta diez, cuando lo que en realidad nos deberían haber enseñado es a contar treinta y tres, que más falta nos hará cuando lo único que nos quede sea quejarnos. Y es que de cuantas especies pueblan la superficie del planeta, el ser humano es la única que ha desarrollado la habilidad de quejarse. De quejarse porque sí, se entiende, que no de dolerse, que dolerse es cosa común para cualquier ser vivo ante determinadas circunstancias lesivas. Atrás quedaron los tiempos en que nos enseñaban a no quejarnos sin motivo o por capricho bajo amenaza de algún que otro castigo divino, con lo que eso traumatiza, pero andando los años el quejarnos como si estuviéramos representando Hamlet es algo que incluso está bien visto en ciertos círculos incluso mucho antes de llegar a pensionistas. El secreto está en encontrar a la persona adecuada sobre la que descargar la queja, esa que se ha apropiado de nuestra suerte, ese señor que puebla nuestras pesadillas arrebatándonos lo que debería ser nuestro. Y el mundo debe saberlo desenmascarando la usurpación de nuestros sueños, nadie debe quedar ajeno a nuestra queja empezando por el conductor que tenemos delante en el atasco. Todos sabemos quejarnos de nuestra mala suerte, es cierto, pero debemos hacerlo con tintes épicos, casi líricos, que se note que nuestra cara es un poema.

Sin embargo, este don de la queja tiene en ocasiones una lectura diferente, la de quienes creen que cuanto de malo nos ocurre no es por culpa de ese señor al que siempre le pasan cosas buenas, las suyas y las que deberían ser las nuestras, sino a que no confiamos en la ventura. O dejamos que sea la ventura la que sople nuestras velas, nos dicen, o acabaremos remando en círculo, refiriéndonos a esa ventura a sabiendas de que no debe confundirse con el destino o el azar, sino con el sino, el nuestro, ¡qué si no! Porque donde hay ventura hay razón, y belleza, mucha, y serenidad. Ventura no es acomodarse a verlas venir, sino a verte llegar, no es fatalismo o resignación, sino la valentía de quienes somos cobardes como ratas pero embestimos al futuro corriendo y gritando con la espada en alto, lista al mandoble pero con los ojos cerrados. No es el heroísmo de quien descarga fuego y azufre sobre sus enemigos sino el de quien tira un jarrón, que es lo que se suele tener más a mano, para espantar una sombra que nos asusta dentro de nuestra propia casa. La ventura es, en fin, la goma de borrar del destino escrito a lápiz.

GaleónVentura es saber que vamos a equivocarnos con ella de su mano, tanto que si acertáramos sería por equivocación. Por ventura llegamos a la inabarcable América y descubrimos el bichito de la penicilina, una galaxia gigante y el átomo más pequeño porque contar con el error nos más hace fuertes que la seguridad del acierto. Por ese motivo acudimos a ver los atardeceres, no porque sepamos que van a llegar sino porque creemos que nos está esperando y, si no vamos, no habrá atardecer ese día. No, no lo habrá para nosotros, y ni siquiera tendremos la oportunidad de comprobarlo. Ventura no es la suerte final del que acierta sin pretenderlo, ni la actitud del que se mueve a tontas y a locas. Ventura es saber ver la hermosura de cada momento cada tarde domingo.

A estas alturas y si estamos advertidos veremos que ventura también es escribir. De todas las definiciones más o menos tontas que hemos escuchado sobre la cosa de emborronar papeles, mi preferida es la que la califica como leer al revés. O hacia atrás, depende, lo importante en realidad es tratar de explicar cómo la ventura de escribir consiste en sorprenderse uno algún día con las manos en la musa, sonreír y dejarse traer. La ventura al escribir es dejarlo todo a esa calculadísima improvisación que tan lejos llevó a los marineros antiguos, a los de galeón y goleta que nunca sabían dónde iban a acabar sus huesos, marineros cargados de sortilegios y supersticiones que buscaban la ventura del padre océano. Así escribir es también jugar a convertir en barquitos de papel las hojas capitaneadas por sus textos y posarlas en las aguas donde algún día pueda encontrarlas alguien mientras el autor, sentado en su noray con las piernas balanceándose, las encomienda a la salada ventura. Por cierto, llamar proceloso a ese mar, es optativo.

De los autores hemos aprendidos que escribir es llorar, y de los marineros que se puede volver de Cuba cantando a pesar de haberlo perdido todo. Y entre unos y otros la ventura nos redime al regalarnos un alma nueva por estrenar cada mañana. No es resignación ni fatalismo, es cariño a lo que se quiere hacer antes de hacerlo. No es suerte ni casualidad. Ventura será no dejar para mañana lo que puedas hacerme hoy, cuando debemos jugarnos todo a una carta al vernos cara a cara con el destino que se nos presenta disfrazado de casualidad. Ventura es una partida en un juego de azahar.

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La muerte está echada

Que siempre se mueren los otros es palabra de poeta, y por tanto no admite discusión. Porque solo a un poeta se le puede ocurrir que sea en noviembre, y no en otra fecha, cuando celebremos el mes de los muertos, que no de la muerte para no confundirnos porque esta se celebra todo el año. Y así debe ser porque muerte hay solo una, pero muertos los hay de todo tipo y debemos ser cuidadosos en el tratamiento, que hasta para ser muerto hay que tener suerte y no deben mezclarse los fieles difuntos, los seres queridos, los que ya no están o, si alguien nos cae mal, sus muertos.Muerte 2

Sea como fuere, la muerte es, como las matemáticas, una ciencia exacta, el resultado de una compleja ecuación vital preñada de incógnitas. Tal vez por ese motivo genera antipatía y desasosiego a tantos, porque limita la creatividad cuando sabemos que dos más dos siempre serán cuatro, como diría un matemático, por más que resulte difícil contravenir que cuatro no siempre es dos más dos, como diría un poeta. Las matemáticas, como la muerte, son tan infalibles como irremediables y por eso conviven entre los vivos muy a nuestro pasar, de manera que para no enloquecer tuvimos que inventar el redondeo y los chistes de muertos, el aproximadamente y los zombies, el número pi y el numerito de las calabazas. Si lo inevitable ha de llegarnos, que nos pille reídos, dicen los castizos.

Resulta paradójico que sean quienes creen en el más allá los que más se preocupen del más acá, como si la vida fuese dejarlo todo matado y bien matado antes de rendir cuentos ante la eternidad, cuando nuestros cuerpos otrora lozanos acaben como menú de anélidos. Fue Severo Ochoa el que le espetó a otro poeta, frente al Mediterráneo en el que recibió su bautismo la cultura, que debiera desengañarse porque solo somos física y química. Y este poeta, que creció frente a esas aguas, cuenta que se rio al escucharle. El científico habla de la muerte y el poeta de los muertos, así es como podemos distinguir a un genio de su propia genialidad. Se puede ser un gran científico, un Nobel reconocido, y al mismo tiempo ignorar que el Mediterráneo es un mar aliñado y no un océano desabrido como aquel frente al que ahora descansa Severo allá en Luarca. Un cementerio muy bonito, por cierto.

Y es que para bien o para mal sabemos tan poco de la muerte que nos da miedo reconocerlo, solo sabemos que llega, y que cuando llega pues ya está. Nada que no quepa en una esquela, esa racanería literaria que el ser humano en su incontinencia ha sabido suplir como mejor sabe hacer, pidiéndole a otro que lo haga. Y así fue como nacieron las novelas negras, tirando de las esquelas que son, dicen los más indolentes, un pastiche de novelas de las de suspense y tabaco malo. De Caín a hasta ayer tarde, ¿cuántos muertos han desfilado por las páginas de nuestra literatura? Moriríamos antes de acabar de contarlos aterrados solo con pensar que en el breve tiempo en que se escriben estas líneas, no podrán haber duelo para tantas personas como habrán fallecido. Mueren, y mueren, y vuelven a morir, las personas en el río de la vida que va a dar a la mar, que es el escribir ese tipo de relatos. No nos gusta la muerte, la tememos porque es jodida, pero nos gusta leer sobre los muertos con insana avidez. Puede que a causa de cierto espíritu justiciero que todos llevamos dentro y que nos lleva a decir, ‘se lo merecía’ para aliviarnos, o puede que sea consecuencia de un mismo temor, como si pretendiéramos conocer todas las formas de morir para evitar que nos pille desprevenidos.

Muerte 1Coquetear con la muerte es en cierto modo jugar a ser como dioses que quieren participar de su función justiciera. De ahí que reírse de ella sea cuestión tan delicada que necesitemos todo un mes, el de noviembre, para sopesar de qué va eso de los finados. Pero ni en esto nos podemos de acuerdo, que existen culturas de los duelos hasta para decidir los colores del luto, del mismo modo que hay quien lleva flores a las tumbas y quien comida. Pero en todos los pueblos el culto a la muerte es hábito arraigado, y enzarzarse en historias de muertos es costumbre inveterada. Mitos y leyendas que pueblan nuestra historia como piedras por las que pasar para cruzar ese río que es vivir. Morimos como mueren los animales y las plantas, pero el hombre es la única especie que conjuga el verbo asesinar, la única capaz de hacer bromas con la muerte y crear un género literario en el que su protagonista es un muerto. ¿Cómo no recordar a Thomas de Quincey, a Poe o a Bécquer? Un inglés y dos poetas no pueden estar equivocados, el idilio de la pluma con la muerte es lo que lleva a tantos a crear sus propios personajes para luego matarlos, y dependiendo de cómo haya pasado la noche el autor, conseguir que se haga justicia o no en un acto de sublimación tanática.

Y entre medio subyace deseo del hombre por alcanzar la inmortalidad, un anhelo que recorre los siglos en su estruendo y al que solo la naturaleza en su infinita sabiduría ha sido capaz de poner coto. Siendo prácticos, si el hombre hubiese sido inmortal a estas alturas de la existencia no cabríamos en el planeta. Si no fuera por la muerte la vida sería un vivir.

A la segunda van los vencidos

Definitivamente la Humanidad está mal planteada, si usted se fija bien. Porque veamos, del mismo modo que existe cierta conformidad en la comunidad científica a la hora de datar, milenio arriba milenio abajo, tanto la fecha como el lugar en el que pudo originarse la escritura, no tenemos ningún estudio que nos permita hacernos una idea acerca de cuándo aprendió a leer el ser humano. Y esta realidad, que puede parecernos intrascendente, guarda en su interior la clave de lo que somos si sabemos leer entrelíneas.  Sigue leyendo A la segunda van los vencidos

Ese niño de todas las fotos

Es el niño que siempre ha estado ahí, a nuestro lado, acompañándonos en los instantes más importantes de nuestra vida, esos que caben en la cuadratura del círculo que conocemos con el nombre de fotografías. Porque sí, hay quien piensa que las fotografías son los recibos de los momentos vividos, el resguardo de haberlos protagonizado. Esas fotografías que retratan nuestra vida en negro y blanco o a color son el pasaporte sellado de toda una existencia. Tal vez por eso ya no es estilan, como los jazmines o los ojales, y ahora las fotos se hacen con teléfono y siempre parecen la misma foto: gente mirando un teléfono. Da igual el momento, sea un bautizo o un duelo de tercera, ahora la gente es toda la misma en todas las fotos, la mitad con la cabeza agachada mirando el cacharro, la otra mitad con el teléfono fotografiando a esos otros, y luego se turnan. Antes no, antes todo era tan épico que se necesitaba una familia entera para poder posar delante de la cámara. Eran los días en que había tan poco que celebrar que la cosa siempre acababa en foto. Tal vez porque nunca como antes, por no tener, ni teníamos nada que perder.

Ese nño de la foto

Un día, sin embargo, repasando aquellas fotos mecidas por el tiempo vemos que con casi todas ellas ocurre algo. La vista, distraída por momentos, se nos posa como sin querer aquí y allá, revisamos las fotos de nuevo y vuelve a suceder, cada vez con más frecuencia, cada vez con mayor intensidad. Desde las más antiguas hasta las actuales. Entonces volvemos a las primeras y prestamos más atención. No, no nos equivocamos. Ahí está ese niño. Seguimos y de nuevo nos lo encontramos en retratos alternos o seguidos. Es un niño que no conocemos pero que se nos cuela en cada foto. Alarmados nos levantamos y preguntamos a cualquiera que tengamos cerca:

– ¿Quién es este niño?

– No sé, el sobrino de alguien posiblemente.

Sabemos que no, los sobrinos de alguien siempre son de otra manera, y este parece distinto. Decidimos que lo mejor será seguir preguntando, pero la respuesta es siempre la misma.

– ¿Ese niño? Pues no sé. Tal vez sea….

Unas veces puede ser el amigo de un primo, o incluso ese mismo primo cuya existencia solo conocemos de oídas. O el hijo del señor de la taberna, que ese día no tenía colegio. O el sobrino del señor cura, ese que celebró la comunión de nuestra vecina y al que todos llaman padre menos, precisamente, su sobrino. O puede que sea un niño perdido, sin más. Pero ninguna de las respuestas nos convence. Porque si repasamos una vez más la colección de fotos comprobamos con cierto repelús que ese niño, el que nadie sabe quién es pero que está en todas las fotos, es siempre el mismo. A pesar del tiempo que separa unas imágenes de otras advertimos sorprendidos que no cambia, siempre aparece con la misma expresión de ojos cansados de tanto posar y una media sonrisa muy fotogénica, con su leve inclinación de torso para dar mejor perfil, comportándose como todo un profesional de los del método.

Y nos mira. Sí, nos mira desde el fondo de aquella foto antigua y combada por los años con la expresión de quien sabe que algún día nos fijaríamos en él como nadie lo ha hecho antes. Lo notamos al verlo y el desasosiego que nos provoca nos lleva a la serenidad que rodea lo inexplicable. El niño que nadie sabe quién es pero que aparece en todas las foto nunca cambia, a veces es alto y otras menudo, rubio o moreno según el día, y en algunas hasta es una niña. Pero al cabo siempre el mismo, de eso estamos seguros.

– ¿Has averiguado ya quién es el niño ese?

Nos preguntan por detrás, a traición. Y respondemos negando desaliñados como si no nos importara saberlo, pero lo hacemos solo para disimular nuestra desazón. En realidad hay algo perversamente bello en ese niño de las fotos que queremos para nosotros solos, el misterio de no tener nada que ocultar, la intriga de esa cierta candidez infantil. Miramos al niño y él nos mira, y entonces comprendemos que siempre estuvo allí para que pudiéramos verlo hoy. Y nos sentimos felices al no comprender nada.

Cuando guardo de nuevo las fotos en las cajas de zapatos, todo parece distinto. Sé que en algún lugar hay un niño que sale en casi todas las fotos, pero que nadie sabe quién es. Quizá ni él mismo lo sepa, pero eso no es un impedimento ni falta que le hace. A partir de entonces, cuando miro las fotos familiares y lo veo en ellas bajo cualquiera de sus apariencias, entiendo que no está para que lo veamos, sino para que él nos vea a nosotros, como un guardián del momento que ilumina el flash de la cámara, para cuidar de esos retratos que en su día tanto supusieron para quienes aparecen en ellos. Y este pensamiento se hace reconfortante en su simpleza.

Todo esto se lo conté cierto día a un amigo, no a cualquiera sino a ese amigo que sabemos que no nos presta atención, por si acaso. Hacerlo, abrirle esta rendija de intimidad, me supo bien, resultó relajante y casi terapéutico. Pero como no hay final feliz sin historia que lo merezca, mientras me llevaba la copa a los labios le pregunté:

– ¿Has escuchado lo que te he contado?

– No, lo siento. Estaba pensando en lo mucho que te pareces a un niño que sale en una foto que le hicieron a mi tía abuela el día que la operaron de la rodilla. Ya sé que no puedes ser, pero es igualito que tú.

Pecados muy originales

Del mismo modo que existe el pecado original, los hay también que son mediocres, tirando a vulgares, pecados poco o nada llamativos en realidad pero que existir, para qué negarlo, existen. Hay algo sin embargo que caracteriza a unos y a otros, algo que comparten todos esos pecados al tener en común que todos nacemos con ellos pero no tenemos conciencia de su existencia hasta que alcanzamos un uso de razón más o menos tangible. Dejando de lado el enojoso asunto del pecado de Eva y Adán, esa otra falta original de la que pretendemos hablar ahora la descubrimos con no poca sorpresa cuando aún somos demasiado tiernos para liarnos a colmillazos, cuando ni apenas nos tenemos de pie en equilibrio. Nos llega, como todo en esta vida, un día cualquiera sin importar siquiera la hora, sin avisar, cuando un señor que no conocemos y que está de visita en casa nos pregunta sonriendo sin motivo aparente:

– Niño, ¿y tú de qué equipo eres?

Ni siquiera sabemos lo que es un equipo, pero por suerte alguien de la familia nos sale al quite por chicuelinas:

– Primero es del Meloncillos (fútbol club, aunque esto último lo descubrimos años más tarde), y después del Barcelona (o del Madrid, que tanto da para lo que nos ocupa ahora).

futbol-1Aclarando por si hiciera falta que el Meloncillos es un equipo de ficción, se trata de esa hora aciaga en la que descubrimos cómo durante toda nuestra corta vida hemos sido, sin saberlo, furibundo seguidor de ese Meloncillos (fútbol club), que resulta ser el pueblo donde nació tu padre, o tu abuelo, y que además tenemos carné de socio que lo acredita, carné de socio número ocho de un total de diecinueve, carné de hincha con todas las de la ley incluida la ley de la botella (ya sabe, el que la tira va a por ella con toda su jurisprudencia), la norma implacable que impera en ese fútbol de barro y pelota descosida.

Saliendo como de alguna nebulosa sideral comenzamos a comprender ciertas cosas a partir de ese día. Por ejemplo, el afán tribal por regalarnos pelotas y balones (que no son lo mismo, como pronto descubrimos), con motivo de cualquier celebración o día señalado porque por desgracia sólo al cabo de muchos años, demasiados como para poder remediarlo, entendemos de una vez por casi todas que esas pelotas y esos balones son solo el remedo celtíbero de las vainas de aquella película de invasores cósmicos que robaban cuerpos. Recuerden, esos que te colocaban cuando dormías una vaina debajo de la cama, en este caso una pelota de fútbol, y te despertabas perteneciendo a un equipo, a una hinchada, a una afición y, si el tiempo es propicio, acabas siendo socio de los de medio día del club y descuento en la verbena de las de recaudar fondos para arreglar los urinarios del ‘estadio’.

Objetiva y culturalmente, ser del Meloncillos (fútbol club) no está mal. Es algo que no tiene mayor importancia si lo pensamos con frialdad glacial, pero tampoco es cosa que convenga airear en demasía por atávicas razones. Tal vez por eso nuestros padres nos asignan otro equipo de mayor enjundia y logros bizarros, esos de los de levantar copas como el Barcelona, o el Madrid, incluso el Bilbao en casas de gran romanticismo. Ser de este otro gran equipo era el que nos permitía ir cada día al colegio y que no nos apedrearan cuando el tema del balón saltaba detrás de cada mata porque siempre había alguien que amaba esos colores como los ama nuestro padre, con devoción filial. Ellos saben que cuando somos todavía niños no lo podemos saber, como tampoco comprendemos eso de la Santísima Trinidad o la factura de la luz, pero sí que con el tiempo nos daremos cuenta de la importancia de ser de un equipo puntero. A nadie en su sano juicio se le ocurriría llegar un lunes a clase y hablar del Meloncillos (fútbol club), sería algo suicida entre infantes que saben rematar de cabeza y de tacón, y el jugarte una colleja por el equipo de un pueblo que ni siquiera sabemos dónde está en un mapa resulta desproporcionado a primera y ulteriores vistas. En cambio, siempre podremos comentar algo del Barcelona, o del Madrid, y hacer gala de la épica de ese gran gol que marcó Fulanito en esforzado escorzo (como dijo un señor en la radio), o la tremenda parada con la puntita de los dedos de Menganito al disparo envenenado (esto otro lo escuchamos en un área de servicio) del rival. Y, si tenemos suerte, incluso nos permitirán jugar el partido de ese día en el recreo aunque no seamos el dueño del balón, ese niño tan torpe que siempre juega a pesar de sus patentes limitaciones atléticas, pues para eso la pelota es suya y lo eligen o no hay partido.

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Descubrir a partir de cierto momento que has nacido siendo forofo de un equipo de fútbol por decisión de tu padre (Progenitor A, por lo general) debiera estar, cuanto menos, regulado por la autoridad. Es más fácil abandonar la casa paterna que el equipo que te endilgan cuando naces, y el horror de descubrir cuando ya estás en edad de merecer un puñado de fotografías tuyas vestido con el uniforme de ese equipo, con piernas de butifarras y pantalón remetido haciendo taleguilla agarrando un balón (¡siempre un balón!) en un costado como la violetera, debiera ser causa de prodigalidad afectiva.

Pero, ¡ay!, bien sabemos que contra la furia de la naturaleza no se puede luchar. Que tu madre te abrigue cuando ella tiene frío o que tu padre te enrole de por vida en su equipo son pecados originales porque ellos, Progenitores A y B siempre serán para nosotros nuestros primeros padres. Lo cual no quita que incluir una casilla, por pequeña que sea, en cada certificado de nacimiento para que el retoño pueda quitar o cambiar el equipo ‘con el que se ve nacido’, a veces se agradecería. O no.

Iván Robledo

Robar un libro. O así

Mentiría si dijera que nunca he leído un libro sacado de la librería de otra persona. Pero tampoco diría la verdad si negara que siempre lo hice sin que su legítimo dueño supiera que se lo había tomado prestado. O robado, o hurtado según los más puristas, debería decir. Lo cierto es que sólo quien ha vivido esta experiencia sabe bien de lo que hablo, es una pulsión atávica, lo ves, alargas el brazo hasta la estantería cuando no mira nadie, y vuelves a retocarla para cubrir el hueco moviendo los demás libros para que no se note la falta. Y de ahí al bolsillo interior de la americana, luego se disimula sonriendo y todo habrá pasado antes de que el infeliz despojado se dé cuenta. Cualquiera que haya pasado por semejante trance sabe que jamás volverá a (h)ojear el libro robado, pues eso le llevaría a preguntarse por qué lo ha hecho y enloquecería antes de tiempo tratando de encontrar una pregunta adecuada a su respuesta. No, estas cosas se hacen porque sí, igual que todo aquello que jamás podremos olvidar por mucho que no lo intentemos.

Más tarde, cuando regresamos a casa, colocamos el libro arrebatado, ¡cómo olvidarlo!, horizontalmente en el zulo que hemos de hacer deprisa y casi corriendo, como las tumbas de esas personas que atropellamos sin querer por las noches en las carreteras comarcales, ahí donde le echaremos un postrer vistazo sabedores de que será el último. Siempre sabremos que está ahí, en ese pudridero de libros robados, pero no lo miraremos más a los ojos de las tapas porque la vergüenza nos puede. Ni lo leeremos, ¡por supuesto que no!, hacerlo sería igual que utilizar el mismo plato que acababa de utilizar otra persona para comer sin limpiarlo antes.

librosLos libros no se roban para ser leídos, sino para excitarnos robándolos. En efecto, aguardamos pacientes mientras leemos plácidamente una novela en nuestro sillón preferido, a que venga de visita a nuestra casa su dueño más o menos legítimo. Le hacemos pasar y le agasajamos con lujos asiáticos, le abriremos nuestro corazón y nuestra nevera, nuestra alma y nuestro baño, pero callaremos acerca de que uno de los libros de la estantería que tiene a sus espaldas de cornúpeta literario es en realidad suyo. Le miraremos frente a frente mientras, tras él, vemos el ominoso ejemplar. Miras al hombre, luego al libro, y sonríes como si fuera la primera vez. Es en ese momento cuando las manos empiezan a sudar y la boca se nos seca mientras cavilamos acerca de cuán sabia es la naturaleza porque por la boca no se suda.

-¿Me estás escuchando?

Es la voz del invitado que nos interpela cuando la conciencia del crimen despierta al subconsciente y nos hace conscientes de la inconsciencia cometida. Es entonces cuando el cuerpo se nos agarrota y ya no responde como antes, los ojos comienzan a rebelarse mientras una y otra vez se posan a pesar de nuestra resistencia en el ejemplar proscrito que asoma detrás de nuestro amigo.

-Sí, te escucho, es que (es que: expresión que nos delata) me estaba acordando de otra cosa.

Lo cual es cierto y falso al mismo tiempo, pues a tal grado de degradación intelectual somos capaces de llegar en semejantes situaciones.

Es en este punto cuando comprendemos la verdad última de lo primero que hicimos antes, cuando se cae la persona que cabalgaba encima de nuestro lomo equino, cuando nos entra esa otra cosa, ese nervio ansioso que nos lleva a refregarnos las manos en los muslos por pura angustia, cuando el cielo del paladar se nos nubla y la sonrisa pueril de antes se torna ahora en gótica temprana. El invitado nos mira como sabe que no queremos que nos mire diciéndonos sin palabras que lo sabe, pero ni siquiera entonces nos atrevemos a preguntar qué es lo que sabe porque ya lo sabemos: lo sabe todo….

De nada servirán nuestras tretas de siempre para abortar la visita y desembarazarnos del invitado, tan eficaces cuando no deben serlo:

-¡Bueno! ¡Qué bien lo estamos pasando!,- le decimos ladinos-. Pero no quiero robarte más tiempo, seguro que tienes cosas que hacer.

-No.

Estaba cantado, ya no hay marcha adelante.

Y al echarse hacia atrás en el sillón cruzando doloso las piernas, nuestro amigo provoca que el libro, el suyo, el robado, parezca levitar sobre su tupé. A su lado, en otra mesita, se encuentra el libro que estábamos leyendo cuando vino a vernos. De alguna manera parecen estar comunicándose ambos volúmenes, pero nunca debemos fiarnos de las apariencias cuando todo es lo que parece. Acorralado por la sonrisa de nuestro amigo, tan dulce como implacable, recordamos a Poe y a su cadáver emparedado, y la luz se licua hasta desaparecer. El libro parece latir, palpitar, podemos escucharlo como si fuera el mismo Poe, siempre Poe. Y nos creemos preparados para soportar aquel martirio, creemos que ninguna narración extraordinario podrá acabar con nosotros y que sabemos cómo vencer aquel acoso. Pero nunca contamos con la pregunta que entonces lanza mi amigo:

-No te lo vas a creer. ¿Sabes qué me ha ocurrido hoy?

Y con crispante meticulosidad me cuenta una historia absurda y delirante, la misma que con algo más de detalle se narra en el libro, su libro que ahora es mío, el que yace arrebatado sobre su cabeza. No cabe la más mínima duda en aquella pequeña habitación, mi amigo sabía que le he robado su libro y me aprieta el alma tratando de exprimir mi confesión. Debía mantenerme fuerte, agarrado a una roca en aquel mal tempestuoso de crímenes en zapatillas de estar por casa. Decido cerrar los ojos y aguantar el resto de su historia.

Cuando vuelvo a abrirlos descubro que todo sigue como antes. La desazón ha terminado y mi invitado, en pie, anuncia su marcha. Fue un rival duro, lo reconozco, un enemigo digno pero creo que al cabo, en general, logré ganarle a los puntos suspensivos.

En la puerta nos damos la mano y hablamos de las cosas habituales y estúpidas pensadas durante siglos para este tipo de despedidas, hasta que al fin se marcha.

Al entrar en casa grité dos veces. La primera fue de rabia por todo lo ocurrido, satisfecho y pletórico.

La segunda, al descubrir que me había birlado la novela que estaba leyendo cuando llegó.

Iván Robledo

 

Una de títulos

Por Iván Robledo

Para quienes nunca supimos a ciencia cierta si aquel dichoso cajón era ‘desastre’ o ‘de sastre’, y aun así sobrevivimos, nunca lo tuvimos fácil para lo que realmente no importaba. Pareciera como si los problemas fuesen más problemas que para el resto, y los entresijos del mundo una jungla por asfaltar. Pero entre tanto dislate también teníamos héroes, y de entre ellos nuestros preferidos eran los que trabajaban poniéndole títulos a los libros. Luego descubrimos que la cosa no era así, pero ya era tarde.

Ser “titulador” de libros era el sueño de nuestras mil y una mañanas. Preguntarse qué fue antes, si la gallina o la tortilla, el libro o el título, parecía la clave de todo entre tanto caos. Nos hacíamos cábalas tratando de averiguar si el autor soñaba el título y después tiraba de él hasta forjar una obra, o acaso no se atrevía a hacerlo hasta verla terminada. Y, para que usted comprenda, en esos pensamientos se nos consumían las horas.

Antes, para qué negarlo, todo parecía más fácil y sin embargo lo era. Tomaba usted un libro dejando mellada la estantería, sin disimulo leía “Las aventuras de…”, y ya se hacía una idea de casi todo lo demás. O, mejor aún, encontraba un “Tratado de…” para el que luego no cabía quejarse alegando indefensión. “Cinco semanas en globo”, por ejemplo, era un libro que narraba las cinco semanas que pasaron sus protagonistas en un globo, y nadie se preguntaba por qué el título callaba sobre qué hacían allí esos tipos. Tenías que leerlo para saber qué les llevó a emplear su tiempo en semejante alarde aerostático, y a día de hoy resulta sencillo imaginarnos a Verne cuando puso punto final y se sentó a pensar en un título. Y eso le honra, porque ayuda al lector a elegir lo que ha de desechar.

Cinco semanas en GloboNo todo, sin embargo, resultaba idílico en materia de títulos. Cervantes no llamó “El Quijote” a su obra cumbre e hizo bien, pues hubiera resultado un anacronismo fatal antes de publicarse, lo cual nos permite hacernos una idea de la importancia que tiene su elección para toda novela. Y es que hoy, para bien o para mal, las cosas están cambiando en ese sinsentido. El arte de titular merece a juicio de algunos la categoría de subgénero literario por su preciosismo desde el momento en el que su búsqueda lleva al autor a dedicar las horas más entregadas de su esfuerzo a tan titánica hazaña, lo cual ha de serle reconocido como mérito en su debe o su haber. No resulta exagerado decir que la lectura de títulos de novelas puede resultar en ocasiones más gratificante que la de sus contenidos, y basta acercarse al escaparate de una librería y dedicarle un tiempo maravilloso a escrutar la relación de publicaciones y disfrutar cuanto el tiempo nos lo permita para deleitarnos con ellos. Poco importa que de su lectura no podamos saber de qué trata el libro, y a veces mejor será así porque la satisfacción de tan originales composiciones merece tal recreo. Es entonces cuando imaginamos al autor en su lóbrega morada apostado frente a dos urnas, y en cada una de ellas unas papeletas con sustantivos abrumadores y adjetivos descalabrantes, lo imaginamos suspirando antes de sacar una primera referida, por decir algo, al tiempo, al cosmos o alguna virtualidad telúrica para, seguidamente y aprovechando el anterior suspiro, extraer la correspondiente de la segunda urna ornando la anterior con adjetivaciones imposibles que te arañan el alma, construcciones semánticas apiroladas o un juego de palabras en lo que importante es no participar. Por si acaso.

Y del escaparate dicho al suplemento cultural o la página de turno donde leer, y a ser posible en voz alta, la relación de títulos transformada en dicha pocas veces soñada. Atrás quedan las cinco semanas en globo o los tratados sobre los tratados. El título se ha convertido en parte de la obra por mucho que, al concluirla, nos preguntemos qué cuerno tendrá que ver aquello con aquisto. Pues bien, hemos hecho la prueba y, ¿cómo no licuarnos de gusto al obtener títulos como “Los sicómoros no andan de puntillas”, “Saturno y el jabón” o “El alma empanada”? Confiando en que esos libros no existan en realidad, ¿alguien da más? Pruebe a hacerlo y se sorprenderá.

Hay que confesar que siempre hemos sido amigos de títulos que no tienen nada que ver con la historia, pero solo cuando se hace por fastidiar, que es cosa distinta, y es que a la hora de buscar un título cada maestrillo tiene su enciclopedia y así debe ser porque que no hay arte menor. Los libros, en fin, no debieran ser como el nombre de esas medicinas pensadas para equivocarnos al querer recordarlas.

Primero son los Secundarios

Por Iván Robledo

Nos gustan las novelas que se miden por la grandeza que posee la pequeñez de sus personajes secundarios. Nos gustan porque son la piedra de toque de los protagonistas principales, ellos son los que los hacen grandes en sus ascensos a los infiernos convirtiéndolos en héroes o rufianes. Pero no es fácil ser un personaje secundario, se dicen entre ellos, aunque pagan bien. Nos gustan, en fin, las novelas en las que se puede distribuir a los protagonistas como en una alienación de fútbol femenino sabiendo que solo se recordará a la que meta el gol.

Los secundarios, esplendorosos, cuando llega el otoño de la novela y apenas nos acordamos de ella, caen como las hojas doradas al agitar el libro entre las estanterías, y al recordar qué le pasaba a la heroína, la evocación del secundario es solo una sombra que ni siquiera mancha. Cuando se saca a pasear el libro caen los secundarios de entre sus páginas igual que las piezas de un viejo trasto, esas que sobran cuando tratamos de volver a montar un motor que previamente habíamos desmontado no siempre con motivo. Esas piezas, los secundarios, ese manubrio de forma incomprensible que ahora no sabemos dónde iba pero que no impide que el motor vuelva a funcionar, es el secundario. Lo que poca gente sabe, y así debe seguir siendo, es que ellos se sienten muy orgullosos de lo que son porque saben que nunca faltará quienes los quieran por lo que fueron, a veces una sonrisa, a veces unas páginas de relleno henchidas de buenos momentos sintácticos. Porque el buen recuncho o recacha sintáctica es el caprichito de quien escribe con ellos cogidos del brazo, esa licencia no autorizada del autor con la que les da vida.

Los personajes secundarios se reconocen entre sí, esto es cosa sabida, pero callan por oficio y prurito. No les gusta presumir de que no les gusta presumir. Se saben fuertes en sus flaquezas pero lo llevan con la honradez de hortelano aciago. Saben que hoy morirán épicos por cualquier causa noble pero mañana, ¡ay, mañana!, tendrán que hablar como una nena con coletas, o un colegial o un bobalicón que hará sonreír, o no, a un lector que ignora cómo tras esos secundarios hay una vocación y un trabajo ímprobo. Solo ellos saben de la dureza de su responsabilidad. Los secundarios, entre líneas, se miran y sonríen sin que se note, asisten a la obra viendo cómo a los protagonistas les pasan cosas mientras que ellos son, aunque ufanos, simples cosas que pasan.

Los secundarios, que son personas duras, de carácter recio y orgulloso, aman su trabajo. Se saben herederos de sagas que nadie, salvo ellos, pueden sacar adelante. Llevan haciéndolo siglos, desde que el hombre comenzó a olvidar leer. Sin ellos, y esa es su fortaleza, las historias que se cuentan serían estúpidas. Nadie aplaudiría a un paladín que no matara al menos a quince secundarios, que para eso están, ni nadie lloraría con la estoica doncella de sabor a magdalena que ha de elegir entre su galán y otros esos cinco secundarios generalmente estúpidos. Pero que no lo son, reconozcámoslo, pues hay que reconocer el esfuerzo que supone intentar seducir a la prístina protagonista para, una vez frustrada sus esperanzas de secundario, regresar a su casa con su familia, sus hijos y la satisfacción de un trabajo tan bien hecho que nadie reconocerá.

– ¿Qué has hecho hoy, cariño?

– He intentado seducir a una mujer de armas tomar. Casi lo consigo, pero era pelirroja.

– Me gustas más cuando los detectives te matan en los callejones oscuros y malolientes.

– ¿Estás celosa?

– No, es que a la vuelta puedes traerme la compra.

Y ellos, los personajes secundarios, les sonríen a sus esposas principales que tanto los quieren.

Porque en las vidas de estos personajes de relleno, los protagonistas principales de las novelas son los secundarios. Así es la vida, se dicen mientras descansan entre capítulo y glosa esperando, los que no han muerto todavía, a volver a salir para hacer sus escenitas. Los secundarios disfrutan con su esfuerzo sabiendo que el autor los escoge con sinceridad de entre sus amigos reales, que comparte con ellos nombres y vicios auténticos y que los viste o desnuda como jamás se atrevería a hacer con un protagonista principal, que es gente de mucho mirar con eso del respeto literario. A ellos, a los secundarios, no les importan estas simplezas, son profesionales y no trabajan para un autor, al contrario que los protagonistas principales, sino para los lectores. Y reconocen que pocas cosas les gustan más que ver que cómo esos devoradores de libros disfrutan con la novela en la que ellos salen solo en una línea, de sus quinientas páginas.

– ¡Te mataré!

Pero no lo hace porque siempre lo matan a él antes. Luego, cuando se pasa la página,  se levanta, y si le pilla cerca hará la compra con andares de zar victorioso.

La sabiduría del oficio les otorga la dicha de saber que las grandes novelas, también las pequeñas y las enanas, pasan igual que pasan sus magnas estrellas de tinta, sus heroínas que hoy presumen de ser rebeldes obligadas por las circunstancias. Saben que vendrán nuevos titanes, nuevas guerreras de las de sangre y daga afilada, o de las de llanto y fino encaje, nuevos autores y nuevas modas. Lo saben, sí, pero sobre todo saben que, sin ellos, no habría novelas.

– Ayer tuvieron que matarme en el segundo capítulo. Estuve doce horas apuntando a la chica porque el detective no llegaba. Si tarda un poco más disparo y punto, tenía ya calambres en el brazo y me dolía la cara de tanto poner expresión de malo e insultarla ¡con lo maja que era!

 

Los escritores Iván Robledo y Carlos de Tomás en un encuentro en Galicia

Iván Robledo

Escritor. Colaborador en diversos medios de comunicación de Andalucía (Diario Sur, Diario Jaén) y Galicia; participa en la redacción de diversas publicaciones digitales en Santiago de Compostela, ciudad en la que reside.
Es autor entre otras obras de las novelas “Cinco días para matar al Papa“, “Se alquila piso para estudiantes” y “La guerra de Leda Aguiño“, y su última novela: “La señorita Arcade“.