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José Antonio Hernández de la Moya Opinión

EL FIN DE LA DISUASIÓN

El orden internacional que conocíamos está dando paso a una nueva etapa histórica de profundos cambios geopolíticos. Entender esta transición es clave para orientarnos en el mundo que emerge.

En este análisis profundizamos en por qué los hechos militares hoy gritan con más fuerza que los discursos diplomáticos. No estamos navegando por una crisis cíclica más; estamos asistiendo al fin de la disuasión como paradigma global. Como bien señaló Baruch Spinoza, la paz no es la mera ausencia de guerra, sino una disposición del espíritu hacia la confianza. Lo que hoy presenciamos es lo opuesto: un colapso de esa confianza que marca el tránsito hacia una nueva era.

Es un tiempo donde la “prevención” se invoca para justificar el ataque y la fuerza ha comenzado a preceder al derecho. Nos enfrentamos a la cruda advertencia de Tucídides: «en un mundo sin reglas compartidas, el fuerte impone su voluntad y el débil sufre lo que debe». Este cambio de era nos sitúa en el terreno que describió el filósofo y escritor estadounidense Will Durant, donde el equilibrio de poder ya no se resuelve en las mesas de negociación, sino a través de la sangre. La diplomacia ha dejado de ser el motor para convertirse en el teatro que llega después de las bombas.

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Durante décadas, el mundo ha vivido bajo una ficción útil: la idea de que las grandes guerras se evitan porque todos temen las consecuencias. A eso lo llamamos disuasión. No es paz. Es un miedo equilibrado. Es tensión contenida. Es un arma apuntando al otro… pero sin apretar el gatillo.

Lo inquietante de este momento histórico es que ese equilibrio parece estar rompiéndose en el Medio Oriente. Y cuando la disuasión muere, la guerra deja de ser un riesgo abstracto y se convierte en una posibilidad concreta. No es retórica. Es lógica de poder.

Las palabras hablan de paz. Los hechos hablan de guerra.

En la superficie, el escenario internacional parece mantenerse dentro de los márgenes de la etiqueta tradicional. Los gobiernos y organismos multilaterales continúan recurriendo al léxico diplomático de siempre: hablan de contención, invocan la estabilidad regional y emiten, casi por inercia, llamados a la moderación. Es una coreografía de palabras diseñada para tranquilizar a los mercados y a la opinión pública.

Sin embargo, la verdadera sabiduría política —aquella que tiene la agudeza de observar los hechos tangibles por encima de los discursos volátiles— entiende que la realidad no se escribe en los podios, sino en los mapas de despliegue. Los movimientos de activos militares poseen una elocuencia que ningún comunicado oficial puede igualar.

El ejemplo más claro de esta disonancia ocurre cuando una gran potencia decide ir más allá del apoyo retórico y despliega sistemas defensivos de vanguardia en el territorio de un aliado estratégico, operados además por sus propias tropas. En ese preciso instante, el lenguaje de la “neutralidad” o la “desescalada” se desmorona. El mensaje subyacente que se envía al adversario no es una invitación a la calma, sino una declaración de compromiso operativo; no es un aviso de freno, sino una red de seguridad que dice: “Prepárate para golpear, porque yo te cubro la espalda”.

Del juego de sombras al choque directo

Durante años, Oriente Medio ha operado bajo las reglas de una “guerra indirecta” o una guerra de sombras. Era un escenario de milicias, ataques limitados, golpes simbólicos y escaramuzas meticulosamente calculadas para no cruzar el umbral del no retorno. Se trataba de un ajedrez de intermediarios, donde las potencias utilizaban a terceros para enviarse mensajes de fuerza sin comprometer su propia supervivencia de forma directa.

Sin embargo, ese modelo de gestión del caos se está agotando. Los actores principales han comenzado a percibir que el equilibrio anterior, lejos de ofrecer protección, solo garantiza su vulnerabilidad. Existe una sensación de urgencia histórica: cuando un Estado siente que el tiempo ha dejado de ser su aliado y empieza a jugar en su contra, su lógica interna sufre una mutación radical.

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La obligación de mover ficha

Uno de los signos más reveladores que preceden a una guerra de grandes proporciones es el colapso de las opciones de salida. El adversario se ve empujado a una situación asfixiante donde todas las respuestas posibles son intrínsecamente malas. Es lo que en la teoría de juegos se conoce como un Zugzwang (obligación de mover): una posición donde cualquier movimiento que se haga empeorará inevitablemente la situación. En este escenario, el actor se enfrenta a un dilema mortal:

—La trampa de la moderación: Si responde con cautela o de forma proporcional, proyecta una imagen de debilidad y vulnerabilidad ante sus propios aliados y su población interna.

—La trampa de la fuerza: Si decide responder con contundencia, proporciona involuntariamente la justificación necesaria para que el oponente inicie una escalada aún mayor en su contra.

Esta es la lógica del ajedrez fatal. Históricamente, estas encrucijadas donde el prestigio político y la supervivencia militar chocan no suelen resolverse con acuerdos diplomáticos, sino que producen explosiones. Cuando el cálculo estratégico indica que no hay una jugada que preserve la paz, los actores suelen optar por el golpe más violento posible, bajo la premisa de que la espera solo hará que la derrota sea más costosa.

El autoengaño del “eso nos queda lejos”

Uno de los autoengaños más persistentes y peligrosos de nuestra era es el aislamiento cognitivo: pensar que los conflictos regionales, por brutales que sean, permanecen confinados a su geografía. Sin embargo, la realidad del siglo XXI es la de un sistema de vasos comunicantes donde la distancia es una ilusión y el impacto es una certeza.

Esta interconexión se manifiesta en tres frentes críticos:

El nexo energético: El flujo de petróleo que se interrumpe en un estrecho lejano no es una estadística abstracta; es el precio que pagas al llenar el tanque de gasolina en tu ciudad.

El nexo financiero: La inestabilidad que sacude los mercados al otro lado del mundo no se queda en las pantallas; se traduce en una inflación real que erosiona el poder adquisitivo de tu bolsillo.

El nexo jurídico: La erosión del derecho internacional en un territorio distante no es solo un problema diplomático; es un ácido que debilita la soberanía de todas las naciones, incluyendo la nuestra.

La experiencia geopolítica nos enseña el siguiente aprendizaje: cuando la fuerza bruta comienza a reemplazar a las normas, la seguridad deja de ser un derecho universal para convertirse en un privilegio exclusivo de quienes poseen un poder abrumador. Todos los demás países dependen de la existencia de reglas claras. En el momento en que esas reglas se vuelven opcionales o convenientes, el mundo entero se vuelve infinitamente más frágil y el destino de los pueblos queda a merced del más fuerte.

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El nuevo paradigma

Lo que se perfila no es solo un conflicto más. Es el posible tránsito hacia una etapa donde:

  • La prevención se justifica como ataque
  • La fuerza precede al derecho
  • La diplomacia llega después de las bombas

Eso no es nuevo en la historia humana. Pero sí puede ser muy peligroso cuando ocurre en una región clave para la energía, la seguridad y el equilibrio global.

En el caso que nos ocupa el discernimiento no consiste en la capacidad de predecir con certeza matemática el estallido de una guerra. El verdadero discernimiento —el que nace de la observación serena y el estudio de la naturaleza humana— consiste en reconocer cuándo las condiciones que históricamente preceden a la tragedia están terminando de alinearse.

Hoy, al observar el tablero del mundo, las señales son bastante nítidas:

La erosión de la prudencia: Vemos una reducción drástica del miedo a las consecuencias, como si la tecnología nos hubiera hecho olvidar el peso de la sangre.

La ambición sobre la paz: Los objetivos estratégicos de largo plazo han desplazado la búsqueda de la estabilidad inmediata.

El callejón sin salida: Nos encontramos ante situaciones donde cualquier respuesta, por mínima que sea, se convierte en el combustible de una escalada mayor.

El silencio de la razón: El lenguaje diplomático, que antes buscaba puentes, ha sido desplazado por el peso rotundo de los hechos militares.

A group of diverse individuals standing together, facing a majestic sunset with rays of light breaking through the clouds.

Cuando varios de estos factores convergen al mismo tiempo, la historia nos enseña que ya no estamos ante un simple debate académico, sino ante una transformación de fondo en el orden internacional. No se trata tanto de alarmismo como de reconocer que el terreno sobre el que se han sostenido durante décadas las relaciones entre potencias está cambiando. Ignorar estas señales no detiene el proceso; solo reduce nuestra capacidad de comprenderlo y adaptarnos a él.

Que esta reflexión sobre el posible fin de la disuasión no se lea como un ejercicio de pesimismo, sino como un intento de tomar conciencia de que estamos entrando en una nueva etapa histórica. Los grandes cambios geopolíticos no son, por sí mismos, ni buenos ni malos: abren escenarios distintos, alteran equilibrios y obligan a repensar las reglas del juego. En ese tránsito entre un paradigma que se agota y otro que aún no termina de definirse, la lucidez se convierte en un valor esencial.

En un mundo que atraviesa reajustes profundos, comprender lo que ocurre es una forma de responsabilidad colectiva. Solo desde esa comprensión podremos aspirar a que los nuevos equilibrios que surjan estén más orientados a la cooperación que al enfrentamiento, y a que la paz futura no sea fruto de la inercia, sino de una conciencia más madura de nuestra interdependencia.


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