YO, ABO. Capítulo 32: Mi gran promesa.
Debí quedarme profundamente dormido al escuchar por la megafonía del avión “Fasten your safety belts (Ajusten sus cinturones de seguridad) y “the plane will start the take-off” (El avión iniciará el despegue). Se trataba del vuelo directo Madrid-San Francisco con salida a las 6:40h con Air France. Un largo viaje de más de diez horas de duración acompañado con alguien muy especial: yo mismo. Por supuesto que no era la primera vez que viajaba en un avión, pero es como si lo fuera. Sabía que los nervios me acompañarían durante todo el viaje, desde el mismo momento de poner mis pies en el interior hasta que el avión posara sus ruedas sobre la pista de aterrizaje de mi destino elegido: San Francisco.
No era la primera vez que viajaba a Estados Unidos. En tercero de carrera viajé a Nueva York con mis compañeros de clase de la Facultad. Fue para mí un viaje inolvidable, que superó todas mis expectativas. Hoy, cada vez que escucho el nombre de la ciudad de Nueva York me viene a mi mente la imagen de Frank Sinatra interpretando su famosísima canción “New York, New York”. Tampoco puedo evitar que siga resonando en mi interior la melodiosa música y entusiástica letra de esta maravillosa canción de Sinatra, evocadora de deseos de triunfar en “la ciudad que nunca duerme”: “Start spreading the news/ I’m leaving today/ I want to be a part of it/ New York, New York”.
¡Oh, mon dieu! Nueva York, New York City, “La Gran Manzana”, “La ciudad de los rascacielos”, “La ciudad que nunca duerme”. Fue un viaje maravilloso que me permitió conocer algunos de los edificios más espectaculares del mundo, como el Empire State, el One World Trade Center, el edificio Chrysler, el 432 Park Avenue, la Trump Tower, el edificio Seagram y, por supuesto, la zona 0, donde estaban ubicadas las emblemáticas Torres Gemelas del World Trade Center, antes de ser destruidas terriblemente tras un histórico e impactante acto terrorista.

Durante este inolvidable viaje comprendí perfectamente por qué se viene considerando a Nueva York como una ciudad global. Cada paso que uno da en una avenida cualquiera supone un torbellino de estímulos que involucran a nuestros cinco sentidos. En esta gran ciudad multicultural—la más grande de EEUU por su extensión y número de habitantes—, distribuida a efectos administrativos en cinco distritos (El Bronx, Queens, Staten Island, Manhattan y Brooklyn), se encuentra las sedes de importantes organizaciones mundiales como la ONU, que también tuve la oportunidad de visitar. En ella se han rodado películas inolvidables como King Kong, West Side Story o Taxi Driver, e inspirado la creación de novelas magistrales como “Desayuno en Tiffany’s”, de Truman Capote, “Manhattan Transfer”, de John Dos Pasos o “El gran Gatsby”, de F. Scott Fitzgerald.
En fin, ¡qué grande es Nueva York! Su influencia mundial en los medios de comunicación, la política, la educación, la arquitectura, el entretenimiento, las artes y la moda está fuera de toda duda.
En aquella ocasión viajé a Estados Unidos —siguiendo una conocida y vieja tradición estudiantil—, con el fin de salir de mi zona de confort, ampliar mi visión del mundo con el conocimiento de nuevas gentes y culturas, lo que te convierte en una persona más abierta, tolerante y respetuosa, fortalecer la unión del grupo a través de nuevas experiencias conjuntas, lo que fomenta la unión, el compañerismo y los sentimientos mutuos, y socializar haciendo nuevos amigos; en esta a San Francisco para seguir formándome y por una corazonada.
—Entiendo, Pablo, que desees seguir formándote y que hayas decidido hacerlo en una de las universidades más prestigiosas del mundo, pero que, además, trates de convencerme de que debes realizar este largo viaje con el argumento de que has tenido una corazonada, no tiene un pase, ¡joder! —fue la respuesta contundente de mi padre Alexandre, cuando le trasladé mi decisión.
—Ya, papá. Entiendo tu preocupación, papá, pero es que como dijo Blas Pascal, “el corazón tiene razones que la razón ignora” —fue mi lacónica respuesta esta vez para salir del embrollo lo más airoso posible.
—¡Leches! ¡Ahora me vienes con frases filosóficas! ¿Pero desde cuándo estás tú interesado por la filosofía? —reconvino algo furioso.

Había mantenido esta tensa conversación con mi padre de forma telefónica. Él se encontraba en ese momento en un hotel de Lisboa, yo en nuestra casa, junto a mi madre. Cuando me di cuenta de que habíamos entrado en un bucle dialéctico imposible, que no nos llegaba a ninguna parte, tomé la decisión de pasarle la patata caliente a mi madre, confiando en que ella sería capaz de superar este entuerto.
—Oye, papá, te paso a mamá, para que te lo aclare.
—Vale, pásamela, pero que conste que me tienes hecho un lío. No comprendo nada, Pablo, de verdad. Pareces otro. ¿Pero qué coños se te ha perdido a ti en San Francisco?
—Alexandre, cariño, creo que estás sacando de quicio todo esto del viaje de Pau a Stanford —comentó mi madre retomando el relevo de nuestra disputa dialéctica. Ha sido un buen estudiante; mejor dicho, un brillante estudiante. Uno de los mejores de la Politécnica de Barcelona. La formación complementaria en Stanford será decisiva de cara a su futuro profesional. Estudiar en una universidad americana, como bien sabes cariño, es un sueño para muchos jóvenes de todo el mundo por su enorme prestigio. De hecho, según el Ranking QS World Univeristy 2018, cinco de las diez mejores universidades del mundo están en EEUU: Massachusetts Institute of Technology (MIT), Stanford University, Harvard University, California Institute of Technology (Caltech) y University of Chicago.
—Que sí, que sí, mi amor, que en esto estamos de acuerdo; que yo también creo que será para él un gran espaldarazo esta formación en Stanford de cara a su futuro profesional.
—¿Luego, entonces… cuál es el problema, querido?
—El problema no es económico, bien que lo sabes. Para las cuestiones de la formación académica de Pau nunca hemos reparado en gastos; tampoco lo vamos a hacer en estos momentos. A mí lo que me trae por la calle de la amargura es su loca decisión de viajar hasta allí para resolver no sé qué historias de la abuela Julia, a partir de no sé qué cuentos acaecidos durante la noche loca de su graduación. ¡Joder, es que es tan difícil que entendais mi postura!
—Te entendemos perfectamente, de verdad, cariño, pero… ¿no crees que estás haciendo un mundo de esto? Pablo no es el Mambrú que se fue a la guerra. Estará fuera de casa tan sólo unos 8 meses. ¿Es que no te has dado cuenta de que el mundo ha cambiado? ¿Que las cosas ya no son como cuando tú y yo nos conocimos? Las nuevas tecnologías han conseguido que ya no existan distancias geográficas. Podemos verle y comunicarnos con él todos los días a través de skype. Alexandre, de verdad, yo creo que al chico le vendrá muy bien hacer este viaje. Además de asentar y ampliar su formación académica en ingeniería informática, le servirá para cambiar de aires, conocer nuevos amigos y tener nuevas experiencias.
—Vale, Lluïsa. Te acepto pulpo como animal de compañía, ¿pero no puede esperar unos días hasta que yo regrese para que podamos hablar todo esto con más tranquilidad?
—Pues no, Alexandre. No puede ser. El chico tiene que estar este mismo viernes en Stanford para formalizar su petición. Las clases comenzarán el próximo lunes 4 de noviembre.
Cuando me percaté de que lo mío estaba bien encauzado gracias a la mediación de mi madre, salí sigilosamente de la sala de negociaciones, evitando hacer ningún ruido, no fuera que los avances se fueran al traste. Según me iba esfumando le lancé un beso al aire desde la palma de mi mano derecha a mi madre; ella, por su parte me respondió con un guiño como señal de que me podía ir a dormir a mi cama con la seguridad de que las tareas extraescolares estaban ya realizadas.
Sí, ciertamente, las tareas extraescolares estaban realizadas aparentemente, pero no todas pues aún quedaba una y no menor: la de comunicar mi trascendental decisión a mi novia Paula. Al apagar la luz de mi habitación y disponerme a dormir me vino a la mente el dicho bíblico de que “Cada día tiene su afán” que, en lenguaje futbolístico, viene a ser algo parecido a lo de “Partido a partido”, del Cholo Simeone. Así que, convine conmigo mismo que mañana sería otro día, con su propio afán, por lo que me entregué a un sueño profundo con unas respiraciones 4-7-8.
Mi primer pensamiento que llegó a mi mente nada más despertarme fue el de Paula. Se trataba de un pensamiento de preocupación. Me causaba una gran inquietud que pensara que nuestro breve, pero intenso enamoramiento, hubiera sido un bluf; que me viera como un chico inmaduro, un veleta, capaz de cambiar de parecer de un día para otro, al son que suena la música, al albur de las circunstancias.
Paula había llegado a mi vida para quedarse. Yo así lo sentía profundamente. Así que, no podía soportar la idea de que ella pudiera desaparecer por un antojo del destino. ¿Sabría entender las razones del corazón que la razón ignora? ¿Estaría dispuesta a esperarme hasta mi regreso? Mi mente se debatía una y otra vez con estos perturbadores interrogantes.
No me quedaba otra más que la de tomar al toro por los cuernos, como sugiere el dicho popular, es decir, enfrentar la situación sin dilaciones y vacilaciones o, lo que es lo mismo, afrontar el problema y no darle la vuelta.
Mientras bajaba por las escaleras escuchaba el ruido constante y uniforme de la aspiradora, lo que me indujo a pensar que mi madre había comenzado la mañana activamente, con ganas de hacer cosas. Al verme paró el aparato y sonriéndome comentó:
—¡Hola, joven intrépido! ¿Cómo ha pasado la noche el joven Marco Polo?

—Bien, mamá, muy bien. Pero ya me gustaría ser tan intrépido como el joven Marco Polo, capaz de viajar desde su Venecia Natal para encarar una exótica aventura que le llevaría a atravesar Asia y alcanzar la corte del gran emperador mongol Kublai Kan, fundador de la dinastía Yuan, en China.
—Bueno, tú harás también una gran aventura que te obligará a atravesar el Océano Atlántico para recalar en una de las universidades más prestigiosas del mundo: Stanford.
—Sí, mamá, pero esto te lo debo a ti. La labor de mediación que hiciste con papá ayer fue decisiva. Sin tu ayuda yo no hubiera sido capaz de convencerle. Así que gracias, mamá, eres la mejor.
—De nada, hijo. Para estas y otras cosas estamos las madres. Pero he de decirte que no fue sencilla la encomienda. Cuando te fuiste a dormir seguimos hablando los dos largo y tendido. Le expliqué que me parecía una buena decisión la de realizar este viaje, que te ayudaría a seguir creciendo personal y profesionalmente. También que no se preocupara por los pormenores de este viaje, que ya lo tenías tú muy bien encarrilado con la ayuda de una antigua amiga de mi madre, la abuela Julia. Aun así, estaba muy tozudo y seguía sin verlo claro. Lo que le preocupaba realmente es que tus motivos verdaderos para realizar este viaje no fueran formativos sino de otra índole, “pajillas mentales”, como él suele decir.
-Ya. Pero tú sabes, mamá, que algo de esto hay. Aun así: ¿Me guardarás el secreto?
—Dalo por hecho, hijo. Sé que estarás a la altura de las circunstancias. Confío en ti. Sé que conseguirás sacar el posgrado en el que te has matriculado y que, además, serás capaz de culminar la misión que te ha sido encomendada y en la que yo creo.
—De esto puedes estar segura. Dalo por hecho. No te defraudaré. Tampoco a papá. Y ahora otra cosa. Necesito una nueva ayuda tuya.
—Cuenta con ella, si está en mis manos.
—Necesito que me eches una mano con Paula. Me angustia mucho que no sepa comprender mi proceder y que nuestra bella relación se vaya al traste. ¡Sería lo más terrible que me podría pasar en estos momentos! ¡La quiero a morir, mamá!
—Lo comprendo, cariño. Bueno, lo que tienes que hacer es explicarle claramente tus razones y que la quieres por encima de todo. Yo, después, haré el resto. Confía en mí.
—Gracias, mamá. Eres la mejor. Muaaaa. Desayuno rápidamente y voy a verla a la tienda.
Durante el trayecto desde mi casa a la tienda de Paula mi sistema emocional se disparó. Observaba sudores fríos, cosquillas en el estómago, latidos en el estómago y muchas, muchas ganas de gritar. Seguramente que el amor es la fuerza más poderosa del Universo como dicen, pero el odio —bajo ciertas circunstancias—parecía que se había empeñado en salir a mi encuentro. En esos momentos me veía al borde del precipicio, comprendiendo que entre el amor y el odio sólo hay un pequeño paso. ¿Será que el odio es una forma disfrazada de amor?
—¡Hola, Paula! —fue mi parco saludo, expresado con cierta timidez observable tanto en la voz como en la compostura.
—¡Hola, Pablo!. ¡Qué sorpresa! ¿Cómo tú por aquí tan pronto?
—Bueno, es que tengo que decirte algo.
—¿Es que te pasa algo grave? —preguntó bastante sorprendida.
—Te quiero mucho, Paula, mucho. Tanto que ya nada hay más importante que tú.
—Ídem. Yo también te quiero mucho, hasta el punto de que en todos mis pensamientos siempre estás tú. Luego, entonces: ¿Cuál es el problema?
—Que tendremos que estar separados por un tiempo.
—¿Es que has cambiado de opinión sobre lo nuestro? ¿Es que ya no lo ves claro? —me preguntó con tono y ademanes de desconcierto.

—No, de verdad, Paula, mis sentimientos hacia ti son claros y diáfanos. No existe dentro de mí ninguna sombra de duda al respecto, pero es que me veo en la obligación de viajar hasta la Universidad de Stanford por casi un año.
—¿Y por qué no me lo dijiste antes de sellar nuestro amor? Sabes muy bien que no soporto que alguien me mienta.
—Yo no te he mentido, Paula, de verdad. Hasta ayer mismo tenía decidido no realizar este largo viaje, pero…
-¿Pero qué? ¿Se puede saber qué es lo que te ha hecho cambiar de opinión tan rápidamente?
—Es largo de contar y de entender, Paula. Pero vaya por delante que, por encima de todo, siempre estará nuestro amor. Quiero que sepas por adelantado que yo ya no puedo concebir mi vida sin ti. Es verdad que vamos a tener que estar un cierto tiempo separados físicamente, pero, aunque te parezca muy extraño lo que te voy a decir, aun así, estaremos más cerca que nuestro propio aliento.
—Sí, te creo. Te creo de verdad, Pablo, pero las personas cambiamos. Tú tendrás la oportunidad de conocer a muchas chicas interesantes, bellas y con futuros prometedores; Dios no lo quiera, pero puede que alguna de ellas te cambie el corazón y te empuje a emprender una nueva historia.

—Sí, voy a un entorno en el que conoceré muchas chicas, pero tú eres la historia más bella que el destino ha escrito en mi vida. De esto estoy completamente seguro. Me tienes enamorado, Paula, desde la cabeza hasta los pies. Miro las estrellas y ahí estás tú; cierro los ojos y ahí estás tú; siento mi corazón y ahí estás tú; mi primer pensamiento al despertar eres tú. En fin, siento que he nacido para encontrarme contigo.
—Y yo también, Pablo. Yo, también.
—¡Ah!, una cosa más: eres el lugar al que siempre querré volver. Así que no habrá nada ni nadie que pueda interponerse entre nosotros. Te lo prometo, Paula.
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