La lección magistral impartida en la sala principal del Goethe-Institut de Madrid el pasado lunes 28 de octubre por el expresidente del Gobierno, José María Aznar, sobre el liderazgo y los gobiernos que él dirigió durante el periodo 1996-2004 no dejó a nadie indiferente.
Esta lección, enmarcada dentro del Curso Superior de Talento y Liderazgo Político, promovido por el Instituto de Liderazgo Político que preside María Dolores de Cospedal, superó con creces las expectativas de los estudiantes asistentes que deseaban conocer de un líder político las grandes claves del liderazgo; de los estudiosos y analistas del periodo de 1996 a 2004 en España marcado por su liderazgo, como presidente del Gobierno y líder del Partido Popular (PP); de los medios de comunicación en busca de un gran titular en un momento de enorme polarización política y social; y, también, a los que como yo, deseábamos escuchar su análisis ontológico de la realidad para poder entenderla mejor y superarla.
Los estudiantes apuntaron en sus cuadernos la receta ideal de un gran liderazgo que, a juicio de José María Aznar, consiste en siete ingredientes básicos conocidos como “Las siete ces”: coherencia, convicción, credibilidad, confianza, comunicación, compromiso y conciencia. Además, comentó que no hay que confundir al líder con el mandón. ¡Cierto!. En puridad, líder viene de “leader”, guía en inglés y significa persona que es seguida por otras, que se someten libremente a su autoridad. Esencialmente, el liderazgo consiste en inspirar, influir, persuadir y guiar a los individuos y a los grupos hacia la consecución de un propósito noble y claramente definido, relacionado con el bien común de una comunidad a la que sirve.

John C. Maxwell, uno de los autores y oradores más influyentes en nuestros días sobre temas de liderazgo y desarrollo personal, ha afirmado que el liderazgo es influencia y que un verdadero líder es alguien que tiene la capacidad de inspirar y motivar a otros a alcanzar su máximo potencial. «Por más que admiremos a los triunfadores solitarios —ha escrito—, la verdad es que nadie ha podido hacer solo algo de valor». También que «La creencia de que una persona sola puede hacer algo grande es un mito»; y que «la verdad es que en el corazón de toda gran conquista hay un equipo».
¿Cómo fue el primer equipo ministerial que conformó y lideró José María Aznar?
El primer gobierno de José María Aznar se desarrolló desde mayo de 1996 hasta abril de 2000. En líneas generales, la mayoría de los analistas destacan que dirigió un equipo cohesionado en el que todos sus miembros compartían un enfoque liberal-conservador, con una fuerte orientación reformista y de modernización y estabilización económica —de conformidad con los requisitos marcados por el Tratado de Maastricht—, compromiso con la lucha antiterrorista y una alineación con el mundo occidental, particularmente con Europa y Estados Unidos; también que hubo en su gobierno una mezcla de políticos experimentados y jóvenes tecnócratas.

¿Qué resultados se obtuvieron? «Conseguimos —comentó con orgullo el expresidente Aznar— entrar como miembros fundadores del euro en el grupo de cabeza, cumpliendo todos los criterios de convergencia».
Su segundo gobierno (desde abril de 2000 hasta abril de 2004), arropado con mayoría absoluta, permitió consolidar una acción política reformista y de modernización. Fue un periodo marcado por un fuerte crecimiento económico. La economía se benefició de nuestra integración en la Unión Europea y la adopción del euro en 2002, consolidando a España como una importante economía emergente en Europa. Disminuyó el desempleo y aumentó el consumo interno, favoreciendo la confianza de los inversores. Fue —a juicio del expresidente Aznar— «una ratificación de confianza».
El balance económico de los ocho años de gobierno de José María Aznar fue francamente positivo. En general se activaron procesos que en otros países necesitaron décadas para asentarse. Los números hablan por sí mismos. «En ocho años —tal como describió el propio Aznar durante su clase magistral— aumentó 10 puntos nuestra convergencia con Europa; el PIB creció un 64%, duplicando la riqueza total neta de las familias; aumentó en 5 millones el número de ocupados; en 5,5 millones los cotizantes a la Seguridad Social; se incrementó la ocupación femenina en 2,5 millones; se creó el Fondo de Reserva de la Seguridad Social aumentando la pensión media nacional un 50%; se rebajó el tipo máximo de IRPF del 56% al 45%, aumentando la renta neta familiar en más de un 5%; la prima de riesgo que, en 1995 se situaba en torno a los 600 puntos básicos, se quedó en cero al dejar el Gobierno en 2004».

José María Aznar dejó la presidencia del gobierno en 2004, tras dos mandatos consecutivos. Desde el inicio de su segundo mandato en el año 2000, Aznar había anunciado que no se presentaría a un tercer mandato, respetando el compromiso que había adquirido con su partido, el Partido Popular (PP) y con la ciudadanía, de limitar su tiempo en el cargo.
Evidentemente, este anuncio sorprendió a propios y extraños en su momento pues no era una norma común en España para los presidentes del gobierno renunciar a la posibilidad de un tercer mandato. «Abandonar la presidencia del gobierno fue la decisión más difícil que he tenido que tomar» —fue la respuesta del expresidente Aznar a la pregunta planteada por alguno de los asistentes a este foro en relación con la decisión más difícil que tuvo que tomar.
Lo fue, sin duda. Recordemos que José María Aznar se encontraba en la cumbre de su carrera política: España iba bien en términos generales (“España va bien”, en expresión de Aznar, un eficaz lema que caló en todas las capas de la sociedad para destacar el crecimiento económico y la estabilidad financiera que estaba experimentando el país en esos momentos), había obtenido un respaldo mayoritario de la ciudadanía para gobernar y las perspectivas electorales para un tercer mandato para él y su partido eran con vientos favorables.

Hoy, “con la que está cayendo” y el esquema de valores que sostiene el candelero político actual esta decisión puede parecernos insólita e incomprensible; sin embargo, estuvo motivada por su convicción de que la renovación de los cargos de poder era positiva para España y que su partido, el PP, tenía que abrirse a una nueva generación de líderes.
Recordemos que las decisiones aparentemente insólitas o incompresibles de los grandes líderes suele ser el resultado de una compleja combinación de factores personales, políticos, estratégicos y de visión a largo plazo.
Así que, con la finalización de su mandato en 2004, Aznar dejó —seguramente que con todo el dolor de su corazón— el cargo de la presidencia del Gobierno —la más alta magistratura a la que puede aspirar un político vocacional—, respaldando a Mariano Rajoy como candidato en las elecciones de ese año. Y lo dejó, en expresión de antiguos campesinos, “limpio de polvo y paja”, es decir, libre de impedimentos y de grandes problemas; “con la carretera despejada” para continuar el viaje emprendido de los grandes avances y objetivos, así como la profundización en la modernización y la estabilidad en todos los ámbitos que España precisaba.
«Los resultados de mi gestión—así los ha valorado el propio Aznar— nunca fueron fruto de la improvisación y sí de convicciones meditadas y guiadas por la prudencia»
Por todo ello, María Dolores de Cospedal —la presidenta del Instituto—, valoró el liderazgo que ejerció el expresidente Aznar considerándolo, «una de las personas que más han marcado el final del siglo XX y comienzos del XXI».

Como he escrito al principio de este texto, el expresidente Aznar tampoco dejó indiferente a la prensa congregada, segura de que “algo va a decir hoy Aznar” ante el contexto político y social en el que nos encontramos, generador de un aluvión de alertas informativas de los medios digitales anunciando nuevas exclusivas, nuevas investigaciones judiciales o nuevos datos de los informes de la UCO.
En efecto, lo dijo, y alto y claro: «Ahora no estamos ante un callejón sin salida, sino ante un abismo institucional y social que era donde algunos nos querían poner».
Sobre la situación actual en España, Aznar se empleó a fondo. «Todo este período —afirmó con tristeza— que vive España tiene un riesgo enorme: el de alimentar la frustración de muchos electores y dañar aún más la democracia. Y esto es muy preocupante porque el debilitamiento institucional y constitucional, el arrojarse en los brazos del extremismo y del radicalismo, lo que está haciendo es que se divida la convivencia entre todos los españoles».
También, como era de esperar, el expresidente Aznar habló de terrorismo. Recordemos que José María Aznar está considerado oficialmente como víctima del terrorismo al sufrir un atentado en 1995 por la organización terrorista ETA, que intentó asesinarlo colocando una bomba en su vehículo, cuando aún era líder de la oposición. Obviamente, este ataque del que pudo salvarse milagrosamente ha influido significativamente en su postura en relación con el terrorismo.
«Su continuidad depende de su vileza», comentó con total rotundidad y contundencia, al referirse a la ley aprobada por el Ejecutivo que permite convalidar las penas de cárcel cumplidas en territorios de la Unión Europea, beneficiando a presos de ETA. Y es que, en su opinión, existen determinadas voces que no han entendido nada. «No han entendido que el terrorismo no aspira a seguir matando para siempre, sino a cobrar el precio por dejar de hacerlo. Es su forma de obtener lo que las urnas no le dan».
Y, por supuesto, como era de esperar, no soslayó la llamada “cuestión catalana”. Se refirió a ella, afirmando que «el Gobierno pretende remunerar la violencia con el llamado cupo catalán». Luego, apostillando, sentenció: «Todos dependemos de todos y quien se equivoque en esto volverá a llevar a Cataluña a la ruina».
Si hubiera que definir al expresidente Aznar con una palabra, creo que ésta debería ser: perseverancia. Sobre la perseverancia escribió el gran poeta romano Virgilio: “Labor omnia vincit improbus” (El trabajo perseverante todo lo logra). Aclaro que la perseverancia no es lo mismo que la resistencia, el resistiré o la resiliencia. La perseverancia es la capacidad de continuar trabajando hacia un propósito, objetivo o meta, a pesar de las dificultades; la resistencia, sin embargo, se queda en la capacidad para soportar condiciones difíciles, de dolor, presión o estrés.
La perseverancia es uno de los elementos más importantes para alcanzar cualquier objetivo o propósito. Cualquier gran líder la tiene integrada dentro de su personalidad. Consiste en la facultad de trabajar de una manera continua. José María Aznar la suele utilizar a menudo. La utilizó durante su análisis de la situación actual por la que atraviesa España, para advertirnos de que los españoles solemos cansarnos con frecuencia y no perseverar, olvidando con cierta facilidad nuestros grandes logros, como el de la Transición, un periodo que nos permitió solucionar un gran conflicto histórico.
Y, por lo que respecta a lo que yo llamo el “análisis ontológico de la realidad”, el expresidente Aznar nos sorprendió hablando de valores. Es que, oiga, no suele ser habitual que un político hable de valores, una materia que creemos reservada para filósofos, religiosos o moralistas. Sin embargo, integrar los valores morales —esos que nos han hecho fuertes como individuos y como naciones— dentro de cualquier acción política es imprescindible ya que todos ellos actúan como guías éticas que establecen límites, promoviendo el bien común y protegiendo los derechos de los ciudadanos.

Efectivamente, los valores morales son cruciales porque, como el propio Aznar subrayó, generan confianza. Los valores de la integridad, la justicia o la transparencia, por ejemplo, generan confianza en la sociedad y en cualquier agente social. Por el contrario, la falta de los valores morales suele conducir a la corrupción y al abuso de poder, erosionando la credibilidad del sistema político. Y lo que es aún peor, lesiona gravemente uno de los grandes pilares de la convivencia: El Estado de Derecho.
Asimismo, los valores morales son un faro que guían a los responsables políticos hacia la consecución de objetivos que benefician a los ciudadanos, y no a sus propios bolsillos. También fomentan la cohesión social, pues una política basada en valores morales respeta la dignidad humana, promueve el respeto y la solidaridad.
Las decisiones políticas han de ser siempre bien maduradas ya que algunas veces contienen consecuencias irreversibles. De ahí que los valores morales son una brújula ética que ayuda a los líderes a evaluar el impacto de sus acciones a fin de tratar de minimizar el posible daño y maximizar el beneficio.
Me resultó oportuno y edificante que el expresidente Aznar se refiriera a los valores morales como principios activos que en política fortalecen la democracia, mejoran la calidad de vida de los ciudadanos y previenen los abusos del poder.
Todos los medios han coincidido en el mismo titular, extraído de la lección magistral de José María Aznar sobre el liderazgo y sus gobiernos: «Estamos al borde del abismo institucional y social».
Para mí esta afirmación es mucho más que un buen titular. Es la síntesis, sin subterfugios ni componendas, de un análisis ontológico de la realidad por la que está atravesando España en estos momentos. También una fuerte advertencia de que la decadencia moral y la falta de valores éticos fundamentales suelen llevar a la desintegración interna y, finalmente, a la pérdida de cohesión y estabilidad. En este sentido el veredicto de la Historia es contundente: La falta de valores ha sido un factor fundamental en la caída de las más importantes civilizaciones y naciones a lo largo de la historia.
Y es que la corrupción y el abuso de poder; la pérdida de cohesión y sentido de comunidad; la erosión de la justicia y el estado de derecho; la desconfianza generalizada en los líderes; o la decadencia moral son los más importantes manifestaciones derivadas de la ausencia de valores que conducen al colapso.
Desconozco si el expresidente José María Aznar ha visto la famosa película “Gladiador”. Es una de mis películas favoritas. Nos ha dejado la siguiente frase inmortal para la reflexión: «Lo que hacemos en esta vida tiene su eco en la eternidad».
Y, hasta aquí puedo escribir… por hoy.
José Antonio Hernández de la Moya y José Francisco Adserias Vistué en EL ESPÍRITU DE LA TRANSICIÓN.
Muchas gracias por acompañarnos. Acceso a las conversaciones.
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La figura de José María Aznar no ha sido suficientemente puesta en valor de modo publico, por lo que agradezco este gran artículo sobre su persona, sus valores y convicciones.
Ha sido un magnífico gobernante que puso a España y a los españoles en el centro de su esfuerzo. Fueron sus convicciones éticas su gran valor diferenciador. Desafortunadamente hoy estamos en el extremo contrario, con gobernantes a los que España les importa un bledo.