Miguel Ángel Pérez Lucas
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Miguel Ángel Pérez Lucas o el curioso divertimiento de hacer arte con el café

El humor son cosquillas en el cerebro.

El mítico actor, humorista, compositor, productor, guionista, director, escritor y editor británico, Charles Spencer (Charles Chaplin ─“Charlot”) ─símbolo del humor por excelencia, con cuyas reflexiones profundas y atemporales siguen inspirando y recordando la importancia de la risa, la autenticidad y la búsqueda de la felicidad─ declaró en cierta ocasión que: «La vida, vista desde cerca, es una tragedia; sin embargo, observada desde fuera resulta una comedia».

Miguel Ángel Pérez Lucas, que trabaja desde hace casi un cuarto de siglo en la Unidad de Comunicación del Hospital Nacional de Parapléjicos ( por lo tanto, ha podido comprobar por sí mismo la verdad expresada por Chaplin de que la vida puede resultar una tragedia si la observamos desde cerca), ha podido atestiguar al mismo tiempo que, el café, el buen café, es un excelente refrigerio que puede ayudarnos a contemplar la vida de una manera más cómica, divertida y significativa.

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Cuando un visitante pasa por la sala de cafetería automática (“coffee break”) de este hospital, se queda asombrado contemplando una insólita exposición permanente de figuras antropomórficas realizada con gotas de café frescas sobre un folio conocido con el nombre de “dropping o el arte de dejar caer algo deliberadamente como parte del proceso creativo.

Desconozco si Pérez Lucas sabe que su arte, que viene desarrollando desde casi una década, denominada por él mismo con el evocador nombre de “Cafeterrias”, se puede relacionar con el “Dripping” (goteo), una técnica popularizada por Paul Jackson Pollock un influyente pintor estadounidense y principal artista del expresionismo abstracto, donde la pintura se deja caer o gotea sobre un lienzo para crear formas abstractas y espontáneas. De lo que sí estoy seguro es de que, desde hace 35 años viene realizando humor gráfico, convencido de que el humor ─en cualquiera de sus expresiones─ es una victoria continua del espíritu sobre la materia.

Al preguntarle, ¿qué es para ti el humor?, me responde, entre erudito e irónico, del siguiente modo:

─Definir el humor es como subir una pista de hielo cuesta arriba con patines. Me gusta la definición de Charles Darwin, en su escrito sobre la expresión de las emociones en los hombres y los animales: «El humor son cosquillas en el cerebro». 

Y a continuación, añade:

─Nos gusta reírnos, quizás por aquello de que “La risa es el orgasmo de la inteligencia”.

Por mi parte, por aquello de que «la curiosidad mató al gato» («care killed the cat«, en expresión inglesa), le pregunto, ¿cómo has llegado a hacer arte con el café?. El me lo explica “My Way”, es decir, a a su manera:

─Mi divertimento de hacer arte con el café, que yo llamo “cáfico”, por eso de que uso el café como sustancia para crear los personajes, surgió, como tantas cosas de la vida, buenas y malas, por un accidente.

─¿Por un accidente? ─le pregunto, totalmente confundido.

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─Sí, veras. Cierta mañana de domingo me disponía a servirme un café, cuando salpicaron un par de gotas sobre un folio. Antes de tirar el folio, se me ocurrió con un lápiz dar forma antropomórfica a una de esas gotas de café frescas y puse en una “buenos días” en un bocadillo. Entonces, la otra gota le respondió: ¿va con segundas? Pues bien, recientemente he sabido que los críticos de arte llaman a esto técnica de droping. Para mí es un mero accidente.

─Entiendo que tras este “accidente” vinieron otros….

─Digamos que con este “accidente” nació mi primera viñeta. Luego vinieron otras, y esto se convirtió en una costumbre. Hacía una foto a la viñeta, le ponía un filtro, las subía al Instagram y al Facebook y en unos meses pasé de 100 amigos a casi 5.000.

─Que, oiga, no es “moco de pavo” ─le comento, con algo de retranca.

─Bien visto, el accidente, el azar, la casualidad, ha sido extraordinariamente relevante en la vida de cada persona y de la humanidad ─me responde él con otra tanta. Luego, con una sonrisa en sus labios, me explica:

─El propio café, según cuenta la leyenda, se descubrió por casualidad cuando, en las montañas de Etiopía, las cabras de un pastor llamado Kali tomaron unas bayas de café y se pusieron a bailar como locas, por el efecto de la cafeína. Cuando el pastor las probó le supieron muy amargas, y las echó a una fogata y desprendieron ese aroma inconfundible. Fue el comienzo de una larga historia de una sustancia que, junto con el petróleo, es la más consumida por la humanidad. Desde el siglo XVIII el café ha ido asociado al pensamiento, a las revoluciones, a los movimientos culturales y asociativos, a la comunicación, a la amistad, al amor, al emprendimiento.

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─De ahí la acertada canción “Ojalá que llueva café”, de Juan Luis Guerra y su grupo 4.40 ─le apostillo.

─El café y el humor casan bien─ me comenta ahora, abriendo una fervorosa defensa del maridaje entre el café y el humor.

«El humor nos permite desquitarnos de la vida y de la muerte», dijo André Bretón, uno de los padres del surrealismo. Una frase muy profunda que tiene que ver con la consciencia de nosotros mismos, con la paradoja de vivir, con los más íntimos miedos y esperanzas, amores y odios, con el lenguaje, el juego de palabras, la sorpresa, la ironía, lo absurdo, la impredecibilidad y la imperfección humana. 

─De verdad, Miguel Ángel, ni por asumo me había planteado alguna vez que el café tuviera que ver con el humor.

─Pues tiene que ver, y mucho. El buen humor es algo así como un hilito de agua que no hace mucho ruido ni ocupa mucho lugar, pero que calma la sed. Si lo podemos descubrir en cada rincón de cualquier circunstancia humana, cuanto más en torno a un sorbito de café. De ahí que, el escritor Albert Camus dijera que la comicidad lo abarca todo, y que estar atentos y dispuestos a escuchar lo cómico y azarosos de la existencia es despertar a una parte de la vida más amable.

─Sí, yo también creo que la comicidad podemos verla en cualquier circunstancia de la vida ─comento yo, para mayor abundamiento.

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─¡Claro que sí! ─exclama con el sentimiento de ver reforzados sus argumentos. La comicidad la encontramos por doquier, y cuando uno menos se la espera. Verás. Recientemente, dentro de una conversación pillada al vuelo en un ascensor del hospital, una señora le dice a la otra:

─A ti lo que te pasa es que tomas mucha carne.

─Si yo no tomo nada de carne ─le responde.

─Pues ya está, lo que te pasa es que no comes nada de carne.

─En fin, como la vida misma ─le comento a modo de conclusión sobre la anécdota. A continuación, y por sorpresa, tras un breve comentario sobre la importancia de ser amables en todas las ocasiones, me traslada la siguiente reflexión al respecto.

─Por cierto, hablando de amabilidad y de amor. Cierto día puede entrevistar al gran Antonio Forges. Me dijo que «una viñeta es una ficción subjetiva que emerge con una determinada mirada amorosa y, por tanto, que el sentido del humor y el sentido del amor, tiene mucho que ver, si no son la misma cosa». 

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Pues no se hable más. Si lo ha dicho así, como tú me lo estás contando, Forges, el gran artista de la viñeta y el humor, es que, efectivamente, el humor y el amor deben ser la misma cosa.

Yo también creo que lo son. Reír juntos, por ejemplo, fortalece los lazos afectivos, haciendo que las personas se sientan más cercanas. De aquí que, el gran escritor, orador y humorista estadounidense, Mark Twain, dijera: «Los chistes son como las ranas, si los diseccionas para analizarlos se mueren».

─Es que, como decían los romanos, “ride si sapis” (ríe si eres sabio o ríe si sabes).

─Cierto. La sabiduría está a veces reñida con la erudición. Por cierto, aunque parezcan lo mismo, en realidad no lo son. Sí, parece una constante que el humor, y especialmente la sátira, no suele gustar a los solemnes ni a los dogmáticos. Lo sabían muy bien los escritores y viñetitas de La Codorniz, revista nacida en pleno franquismo. (Miura, Poncela, Julio Camba, Álvaro de la Iglesia, Tono, Mingote, Gómez de la Serna, Fernández Flórez).

Lo supieron tristemente también los humoristas de Charlie Hebdo, semanario satírico francés que sufrió un atentado en París en 2015, cuando dos hombres enmascarados, armados con fusiles de asalto y otras armas entraron en las oficinas de la revista al grito de ¡Alá es Grande! 

Sí, aquel dramático episodio de Charlie Hebdo es un triste ejemplo, como dices, de la confrontación entre el dogmatismo y el humor y la sátira. Así que te animo a que sigas haciendo pedagogía con tu arte “cáfico”. Entiendo que lo estás llevando más allá de estos muros del Hospital Nacional de Parapléjicos.

─Sí, por supuesto, y con gran entusiasmo. En ocasiones realizo exposiciones, fuera de aquí. Lo recaudado lo destino íntegramente iniciativas artísticas. Una de estas iniciativas es el proyecto de arte mural llamado Ave Fénix, del artista Luis Pérez, que llevo a cabo junto con pacientes ingresados y estudiantes de Bellas Artes de la Facultad de Cuenca.

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─El Ave Fénix es, por cierto, el gran símbolo del resurgir, procedente de la mitología griega. Según la leyenda, el Fénix se consumía en llamas cada 500 años y luego resurgía de sus propias cenizas, renovado y rejuvenecido.

─Así es. El Ave Fénix renace de sus cenizas, un gran símbolo que entraña lo que aquí hacemos en nuestro Hospital Nacional de Parapléjicos: Ayudar a vivir una nueva vida.

Por lo demás, más allá de si las viñetas son mejores o peores, si son arte o no lo son, solo puedo decir que disfruto mucho haciéndolas y que me siento muy agradecido por compartirlas.


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José Antonio Hernández de la Moya (Ávila,1962) es autor de ideas, escritor e investigador independiente. Su trabajo explora el sentido profundo de los hechos históricos, las grandes obras del pensamiento y los procesos creativos, combinando rigor documental, intuición y pensamiento crítico. A lo largo de su trayectoria ha seguido un camino deliberadamente multidisciplinar que abarca la producción audiovisual, el periodismo, la gestión comercial, la formación profesional, el desarrollo personal y la creación de contenidos culturales. A través de sus escritos, comparte ideas que inspiran, despiertan y transforman, convencido de que las grandes preguntas de la vida siempre requieren nuevas miradas y de que la verdad suele ocultarse más allá de lo evidente. Entre sus obras destaca el ensayo ¿Quién escribió realmente El Quijote?, que refleja su constante exploración de los grandes enigmas de la cultura y la historia. Su obra refleja una constante: la búsqueda de la verdad, a menudo oculta tras el silencio de los siglos.

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