Desde que hace un año publiqué en la revista Acalanda mi artículo, ¿Quién escribió El Quijote? se han venido difundiendo diferentes informaciones, hallazgos y análisis relacionadas con esta magna obra de la literatura universal. El Quijote de 1604, por ejemplo, publicado recientemente en la revista Zenda, por José Delfín Val, es un magnífico artículo que ha llamado poderosamente mi atención.
La tesis de este artículo es que El Quijote circuló por Madrid y por Valladolid antes de que empezara a venderse por Castilla, legalmente en 1605. Nos aclara, eso sí, Delfín Val, que:
«No digo que hubiera una edición del Quijote anterior a la “oficial”, pero sí aseguro que la novela de Cervantes circuló por Madrid y por Valladolid antes de que empezara a venderse por Castilla legalmente, en 1605, al imprimirse en la imprenta vallisoletana del salmantino Luis Sánchez el Privilegio Real y la Tasa, pues para cubrir dichos requisitos se habían dejado los huecos en la edición de Madrid. Es decir, la autorización del Rey para que la obra fuera impresa, se firmó en Valladolid el 26 de septiembre de 1604 por el “miembro del Consejo de Su Majestad y su secretario de Cámara” Juan de Amézqueta; y la Tasa, segundo de los documentos imprescindibles para vender el libro, lo fue el 20 de diciembre de aquel año, por Juan Gallo de Andrada, escribano de Cámara del Rey. Ambos señores vivían en Valladolid al servicio de la Corte de Felipe III»

Pues bien, este tipo de hallazgos que siempre serán bienvenidos y aplaudidos, máxime en una época en la que, como señala el propio Delfín Val, existe una cierta desidia por parte de quienes se mueven en el análisis de la Cultura Española del Siglo de Oro, del Siglo de Plata (el XX) y del de hojalata (el presente), no terminan de resolver definitivamente el mayor misterio que contiene la obra: su autoría.
Algo insólito, dado que, como dejó dicho el hispanista y filólogo alemán, Kurt Reichenberger, «La mejor novela de la literatura universal comienza con aclaraciones del autor».
Por su parte, nuestro hispanista, filólogo y gran cervantista español Américo Castro, en su obra El pensamiento de Cervantes había escrito:
«Mucho más nos habría valido que, como en el caso de Shakespeare, se discutiera si él fue realmente el autor de esas obras admirables».

El Quijote ─la obra cumbre de la literatura española, una de las grandes joyas de la literatura universal, el libro más traducido y publicado en el mundo después de la Biblia y, quizás, como afirmó el escritor ruso Dostoyevski, «la obra de ficción más sublime y fuerte, la suprema y más alta expresión del pensamiento humano» ─viene siendo analizada desde innumerable punto de vista. Sin embargo, sorprende que pocos autores se hayan animado hasta ahora a “hincarle el diente” a la cuestión de la autoría.
Desde su publicación se viene aceptando que su autor fue Miguel de Cervantes Saavedra; pero, de acuerdo con los rigurosos trabajos de investigación del Catedrático Emérito de Filología Latina, Francisco Calero Calero, la obra El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, repleta de sabiduría y erudición clásicas, no pudo ser escrita por Miguel de Cervantes, tanto por el nivel de sus estudios como por la ajetreada vida que llevó, muy alejada de las características favorecedoras de la creación literaria.
La autoría, por lo tanto, debemos atribuírsela a un verdadero conocedor de las lenguas clásicas, dominador del latín, el griego, la literatura hebrea y renacentista. También, con altísimas capacidades literarias; amplios conocimientos de la mitología, la Biblia, el Corán, la Cábala, el hermetismo y la sabiduría; de humanidades relacionadas con la pedagogía, filosofía, teología, derecho y la historia; y de la ciencia física, matemática, astronómica y la medicina.

El profesor Francisco Calero, autor de la obra El verdadero autor de los quijotes de Cervantes y Avellaneda, defiende la tesis de que, tanto la primera como la segunda parte, así como el de Avellaneda, fueron escritos por el mismo autor; un autor que no es precisamente Cervantes.
Esta tesis la lanzó por primera vez en el año 2012, a través de un artículo de una revista de pedagogía que lleva por título Las disciplinas universitarias en El Quijote o de toda imposibilidad, imposible.
El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, origen de la novela moderna y joya de la literatura universal, repleta de sabiduría y erudición clásicas, no pudo ser escrita ─a juicio del profesor Calero─, por el “ingenio lego” Miguel de Cervantes Saavedra, sino por el valenciano Juan Luis Vives.
Ioannes Lodovicus Vives/ Joan Lluís Vives, Juan Luis Vives, fue filósofo, psicólogo y pedagogo español. Está considerado el pionero de la psicología y pedagogía moderna. Un humanista nacido en Valencia el 6 de marzo de 1492 y fallecido en Brujas el 6 de mayo de 1540. Vives fue una figura destacada del humanismo renacentista en Europa, que avanzó ideas innovadoras en múltiples materias, proponiendo acciones en favor de la paz y unión de los europeos y la atención a los pobres. Algunas de sus obras más destacadas son: De disciplinis y De anima et vita.
El origen judío de Vives fue descubierta en la década de los 60, permitiendo a los biógrafos explicar su exilio definitivo de España y, probablemente, parte de su obra. Por cierto, siempre se ha especulado con el origen judío de Cervantes porque en El Quijote, no solo se aprecia una especial sensibilidad hacia los judíos conversos, sino que, también, existe un “Código oculto”, basado en la Cábala judía, de acuerdo con las rigurosas investigaciones de la cervantista francesa, Dominique Aubier (Marie-Louise Labiste). No está claro que Cervantes tuviera un origen judío; sí lo está, sin embargo, con toda certeza, el de Juan Luis Vives.

Así pues, deberíamos ir asimilando poco a poco que el verdadero autor de los Quijotes de Cervantes y Avellaneda fue el valenciano Juan Luis Vives, un erudito y un sabio; seguramente el pensador español más universal, más importante y más influyente a partir de la edad moderna. También el intelectual más sobresaliente del humanismo europeo, como reconocieron Erasmo, Moro y Budé. Las 750 ediciones que se hicieron de sus obras en el siglo XVI y XVII en toda Europa constituyen una buena prueba.
Bien, pero entonces, ¿en qué lugar queda Cervantes?

Miguel de Cervantes cumplió con una misión muy relevante: la de sacar a la luz una de las grandes joyas de la literatura y del pensamiento humano; poner en lugar visible una lámpara de la sabiduría que había permanecido escondida por mucho tiempo y, quién sabe, si con riesgo cierto de ser destruida para siempre.
Por lo tanto, siguiendo el precepto bíblico de “Dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, a Juan Luis Vives tenemos que darle el mérito de la autoría y a Cervantes el de la publicación. Y, en todo caso, aceptando siempre que cualquier gran obra humana procede de una misma fuente: Dios.
José Antonio Hernández de la Moya
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