En este nuevo capítulo de EL ESPÍRITU DE LA TRANSICIÓN, me acompaña Modesto Lobón Sobrino (Zaragoza, 5 de febrero de 1948), escritor y político aragonés, uno de los protagonistas del pacto de gobernabilidad de Aragón entre el PP y el PAR en 2011. Fue consejero de Innovación y Nuevas Tecnologías del Gobierno de Aragón entre 2011 y 2012, y consejero de Agricultura, Ganadería y Medio Ambiente hasta 2015.
Nuestro primer contacto fue a través de Internet. En un tiempo en que lo digital se ha convertido en el escenario habitual de nuestras relaciones, conocerse por internet es, hoy en día, lo normal. La comunicación en línea forma parte de nuestra vida cotidiana, un reflejo de cómo la tecnología ha transformado nuestra manera de interactuar y construir vínculos en medio de un contexto social marcado por la polarización, la desconfianza y, al mismo tiempo, por la búsqueda de nuevos espacios de encuentro y comunidad.

Concretamente, Modesto Lobón Sobrino me escribió por LinkedIn para compartirme su obra ATMAN, un texto altamente recomendable, especialmente en nuestro contexto actual que explora el diálogo entre las cosmovisiones orientales y occidentales, mostrando cómo pueden enriquecerse mutuamente y proponiendo vías hacia una comprensión más profunda entre culturas.
Al principio me sorprendió que un político de la época de la Transición quisiera enviarme sin conocerme un trabajo de carácter filosófico y espiritual. Hoy, tras varias conversaciones telefónicas y reflexiones compartidas, entiendo que su mirada amplia, humanista y espiritual encaja perfectamente con sus primeros pasos en política, vinculados a la Democracia Cristiana Aragonesa.
Pues bien, en un tiempo marcado por la fragmentación política, la crisis de confianza en las instituciones y una sociedad cada vez más polarizada y vulnerable a la desinformación, resulta especialmente valioso dialogar con figuras como Modesto Lobón Sobrino. Procedente de la tradición democrática cristiana aragonesa, su visión política y humanista permite tender puentes entre aquel espíritu de consenso que caracterizó la Transición y el presente, tan necesitado de espacios de encuentro y de una renovada ética cívica.
En el plano social y espiritual, la conversación con Lobón invita a reflexionar sobre cómo recuperar valores comunes que fortalezcan la convivencia y nos ayuden a navegar la incertidumbre de esta época, en la que resurgen viejos fantasmas de exclusión y fractura, pero también nuevas esperanzas de regeneración y entendimiento.

Aunque nuestra conversación sobre el convulso periodo de la Transición se ha mantenido de manera telefónica y con intercambios de documentación, dejo libre a mi imaginación ─” La loca de la casa”, según Santa Teresa de Jesús para quien la imaginación era algo incontrolable, caprichoso y difícil de sujetar, capaz de perturbar la quietud interior, a la vez que potente fuente de creatividad y poder de fantasía ─para que cree los escenarios ideales que mejor convengan al caso.
Así que, sin cuestionar por qué, “La imaginación, la loca de la casa”, me propone que nuestra conversación se realice en el emblemático Café Botánico situado en el Pasaje Ciclón, junto al Pilar. Su entorno tranquilo y lleno de vegetación ─pienso─ es perfecto para conversar sin prisas. Al parecer, es un “refugio coqueto” según reseñas, con un ambiente íntimo y cómodo para diálogos reflexivos.

Al entrar en el establecimiento, mi imaginación halla a mi interlocutor, Modesto Lobón, sentado junto a una mesa del Café Botánico, proyectando una elegancia serena. Su porte discreto, la voz sosegada y el gesto atento revelan a un hombre habituado al diálogo, prudente en las palabras y firme en las convicciones. Rodeado de plantas y luz natural, su figura parece encajar de forma natural en ese espacio íntimo, donde cada respuesta surge meditada, hilada con el rigor de quien ha hecho del pensamiento y la moderación un modo de estar en el mundo.
Al reconocerme, se levanta suavemente para saludarme, con un caluroso apretón de manos. Entonces, descubro a un hombre magnético con la espalda recta pese a la curvatura de los años, franca sonrisa, y una voz suave y modulada.

—No esperes grandes revelaciones, José Antonio; apenas soy un superviviente con memoria larga—, me advierte mientras hace el gesto de invitarme a un café que ya humea sobre la mesa desgastada.
Sé que lo dice bromeando, claro. Entonces me recuerdo que la gente cultivada e inteligente suele bromear con frecuencia de forma sutil e ingeniosa. El humor, especialmente el irónico o el que juega con referencias culturales, es un rasgo típico de mentes ágiles como la de Modesto Lobón: una herramienta comunicativa que permite relativizar, desarmar tensiones y mostrar profundidad sin solemnidad.
Luego, en cuanto me descuido, acumula datos, nombres, fechas, acontecimientos, a la manera de quien desempolva negativos de un carrete extraviado. Enseguida descubro que su paciencia para el detalle rivaliza con la de un cantero y que su entusiasmo ─cuando alza levemente las cejas al nombrar a Álvarez de Miranda Dionisio Ridruejo, Adolfo Suárez o Fernández Ordóñez, especialmente este último ─mantiene todavía la temperatura exacta de la buena nostalgia, esa que no empalaga.

Habla despacio, pero no vacila. Su voz es la de un hombre elegante, moderado y prudente: pausada, templada y firme, sin estridencias. Me habla con claridad, modulando bien las palabras, usando un tono medio —ni demasiado grave ni agudo—, que proyecta serenidad y autocontrol. Su ritmo es reflexivo, eligiendo con cuidado cada término, transmitiendo respeto y confianza. No sube el volumen innecesariamente y evita gestos bruscos; su voz acompaña su actitud comedida, cultivada y abierta al diálogo.

¡Bingo! ¡Eureka! Entonces comprendo que estoy ante una “rara avis política” procedente de una época que creó de la nada hombres y mujeres excepcionales, un “animal político” de la Transición que aún conserva en su alma el llamado ESPÍRITU DE LA TRANSICIÓN.
Ante él me siento como un biólogo que hubiera descubierto una especie a punto de extinción. Un ejemplar único engendrado en la convulsa e histórica época de La Transición. Un espécimen humano dotado para desafiar inercias, apostando por el diálogo genuino y la convivencia, sin ningún temor para dejarse arrastrar por los viejos fantasmas del pasado, el presente y el futuro.
Y es que, en aquella época que ahora algunos miramos con cierta nostalgia, marcada por miedos y esperanzas, personas como Modesto Lobón tienen algo de especie protegida, de presencia frágil y valiosa a la vez, por la forma que tuvieron de estar y de mirar al futuro.
A mí me corresponde ahora ─digo para mí─ hacer de guardagujas y testigo, intentando que los nombres, los datos y la información no se derramen, que los silencios se respeten y que el rumor subterráneo de los hechos no deje de latir bajo cada párrafo.
Modesto Lobón Sobrino nació un 5 de febrero del año 1948. Ese día la noticia más destacada fue la reapertura de la frontera entre Francia y España, que había estado cerrada desde 1946. En el ámbito internacional, ese año se adoptó la Declaración Universal de Derechos Humanos por la Asamblea General de las Naciones Unidas, se produjo el nacimiento del estado de Israel y el asesinato de Mahatma Gandhi.
A él le gusta decir que “nació el día en que mandan las mujeres”, ya que, de acuerdo con el santoral, todos los 5 de febrero se celebra Santa Águeda, considerada patrona de las mujeres. En su caso, las dos mujeres más importantes que le han mandado hasta la fecha, en el terreno personal, su mujer, el amor de su vida, María del Pilar Begoña, y en el terreno político, Luisa Fernanda Rudí Úbeda, primera presidenta del Congreso de los Diputados (2000-2004), diputada en el Parlamento Europeo (2004-2008), presidenta de Gobierno de Aragón en la VIII Legislatura (2011-2015) y presidenta del Partido Popular de Aragón (2008-2017).

─¿Cuándo comenzó tu andadura política de manera “profesionalizada”? —le pregunto sin más prolegómenos.
─Desaparecida la Democracia Cristiana Aragonesa, decidí juntarme con los únicos democristianos supervivientes de aquellas elecciones iniciales: los capitaneados por Fernando Álvarez de Miranda, presidente de las Cortes en aquellos momentos, y entre los que se encontraban también, entre otros, Íñigo Cavero y Óscar Alzaga. La UCD había constituido el paraguas de salvamento electoral de aquella corriente de pensamiento político, y, cobijándose bajo aquellas siglas, habían demostrado una visión política práctica superior a muchos otros.

En Aragón, y capitaneados por Mariano Alierta, diputado nacional, se encontraban José Luis Jaime, José Luis Moreno Pérez-Caballero, Luis Alfonso de Miguel y algunos más, a los que me uní con la esperanza de lograr con esa familia democristiana, al amparo de Suárez, lo que no había sido posible en la soledad electoral anterior: tener horizonte político. Muy pronto pertenecí al Comité Ejecutivo de Zaragoza, presidido por Juan Antonio Bolea, igualmente diputado y cabecera de la lista victoriosa en las recientes elecciones en nuestra provincia, y en el que estaban integrados también compañeros considerados de la familia socialdemócrata, como Luis del Val, José Luis de Arce y Carmen Solano.
─¿Cómo recuerdas aquella época?
─Fue una época de una tremenda ilusión política. Se estaba redactando la Constitución democrática de España. En Aragón se constituyó el régimen preautonómico aragonés bajo el nombre de Diputación General de Aragón, y, al mismo tiempo, vieron la luz dos comisiones: una, integrada por esta Diputación General y el Gobierno de España, con el fin de estudiar las competencias susceptibles de ser transferidas por la Administración del Estado; y otra, encargada de analizar las que debían pasar a la Diputación General procedentes de las tres Diputaciones Provinciales.
El presidente de este órgano preautonómico fue Juan Antonio Bolea, de UCD, el vicepresidente, Jaime Gaspar y Auría, del PSOE, y el secretario general, José Ángel Biel, de UCD.

Todos en el partido estábamos muy ilusionados porque comenzaba una etapa querida. Tras algunas vacilaciones iniciales, se había asumido de forma generalizada la idea de que, en esta nueva España, la democracia tenía que ir de la mano de la autonomía. Y, a primeros de abril, la Diputación General de Aragón había quedado constituida en la iglesia de San Pedro de los Francos de Calatayud, con competencia para aprobar las normas de funcionamiento interno y coordinar las actuaciones de las Diputaciones Provinciales en lo tocante al interés general de Aragón.
─Y, ¿Cómo era la vida política en Zaragoza en relación con los avatares nacionales?
En Zaragoza, la vida política en el partido seguía avatares muy similares a los nacionales, con pugna permanente entre las distintas familias y esfuerzos por integrarnos todos de la forma más armoniosa posible. En ausencia, prácticamente, de fuerza liberal, el conjunto de la militancia estaba integrado por unos pocos socialdemócratas, agrupados en torno a Luis del Val, otros pocos democristianos, cuya figura más representativa era Mariano Alierta, y un número muy amplio, el más numeroso de todos, de políticos pertenecientes al viejo régimen que tenían distintos cargos orgánicos en las instituciones locales y provinciales, entre los que destacaban Miguel Merino, alcalde de Zaragoza, elegido por el sistema transitorio de elección, y el presidente de la Diputación Provincial de Zaragoza, Gaspar Castellano.
Juan Antonio Bolea había aparecido por el partido con motivo de la búsqueda de candidatos para encabezar la lista al Congreso de los Diputados del año anterior. Para ese puesto estaba pensado Mariano Alierta, pero desde Madrid dijeron que una persona tan joven, treinta y siete años tenía entonces, no era lo suficientemente representativa para encabezar la candidatura del presidente del Gobierno en nuestra provincia. Cuando apareció Juan Antonio por el partido, con más de cuarenta años, pero no demasiados, magistrado y con una pureza política virginal, porque no había pertenecido antes a nada, ni al régimen ni a la oposición, se encontró resuelto el problema.
─La Unión de Centro Democrático (UCD), al que tu perteneciste fue fundado en 1977 por Adolfo Suárez para agrupar a diversos grupos de centro, liberales, democristianos y socialdemócratas durante la Transición. Nació como coalición electoral para las elecciones de junio de 1977 y posteriormente se convirtió en partido. La UCD fue clave en la aprobación de la Constitución de 1978 y en el desarrollo de la democracia en España. Suárez fue su líder hasta 1981. En 1983, tras fuertes crisis internas y pérdida de apoyo electoral, la UCD se disolvió. ¿Cómo vivisteis en Zaragoza el nacimiento, crecimiento y extinción de la UCD?

de la Constitución el 31 de octubre de 1978
─En octubre de aquel año de 1978, tuvo lugar el I Congreso Nacional de UCD con el propósito de convertir esas siglas en la expresión de un auténtico partido político. Pero las buenas intenciones iniciales no se vieron plenamente satisfechas. Se puso claramente de manifiesto que no había uniformidad de criterios entre los políticos más relevantes que bajo su amparo se habían cobijado. El proyecto de Estatutos del partido no pudo ser aprobado por unanimidad: una amplia cifra de abstenciones mostró, de manera ostentosa, la discordia existente. Y en la elección de los cargos, salvo el de Suárez como presidente, que asumía todo el mundo, se produjeron todo tipo de enfrentamientos entre las diferentes familias políticas.
Unos, para diluir las fronteras familiares, preferían hablar de psicologías distintas entre los diferentes líderes; otros, pretendían achacarlo a la enorme variedad de grupos y grupillos que bajo esas siglas se habían integrado por exigencias electorales; y unos terceros, lo pretendían justificar por la ausencia de una ideología aglutinante. Había razones de todo tipo para disculpar los enfrentamientos, pero la realidad era que, aunque de manera educada, el congreso fue un campo de batalla, en el que se terminó definiendo el partido como “democrático, progresista, interclasista e integrador”, y con una Comisión Ejecutiva tan disgregada que propició que su control real se realizase desde la mesa del Consejo de Ministros, en la que se sentaban las personalidades más relevantes de las distintas familias.
Pero en lo que sí hubo unanimidad, entusiásticamente expresada por todos, fue en lo referente a la orientación pública y al afán de presentarse como el partido del cambio político democrático en España, el partido del centro, distanciado por igual de las posiciones rupturistas de la izquierda y del continuismo de la derecha, sin que ello nos llevara a lograr una ideología integrada. Siguieron existiendo las familias correspondientes a los fundadores: democristianos, socialdemócratas y liberales, a las que se sumó el pragmatismo de los jóvenes del régimen anterior que se habían subido sin reservas al cambio democrático, y que, dicho sea de paso, eran los que daban solidez y amplitud a la estructura administrativa interna del partido.
Joaquín Garrigues Walker solía decir, con su habitual humor, que los liberales “cabían en un taxi”. Y no en un taxi, pero sí en algún vehículo no mucho mayor cabíamos también los democristianos o los socialdemócratas. Pero todos los pertenecientes a estas tres familias políticas estábamos convencidos de que, aunque no constituyésemos la fuerza de la estructura, aportábamos el aroma y el marchamo democráticos, y algunos, los democristianos, también la vinculación europea, el nexo de unión con la gran formación generadora de la entonces Comunidad Económica Europea.

─Una de tus figuras políticas de referencia de la Transición fue Francisco Fernández Ordóñez. ¿Cómo lo conociste?
─Conocí a Francisco Fernández Ordóñez con motivo de las elecciones generales del 1 de marzo de 1979. Antes de esa circunstancia, tenía de él el mismo conocimiento que cualquier ciudadano preocupado por la política. Le veía como el ministro famoso, la “estrella” del Gobierno, como le consideraban algunos, el que había hecho la reforma fiscal, una de las grandes asignaturas pendientes en España, y que salía todos los días por los periódicos. Pero nada más. Mi contacto con él se produjo como consecuencia de tener que venir a Zaragoza para ocupar el primer puesto de la lista en esas elecciones para el Congreso de los Diputados.
Sobre la razón por la que hubo de encabezar esa candidatura circulaban, como sobre todas las cuestiones por aquella época, leyendas de todo tipo, contadas cada una con el énfasis o la imaginación del narrador de turno. Fernández Ordóñez había sido inspector de Hacienda unos años atrás en Zaragoza, y a esa circunstancia parece ser que se agarró el partido, según la versión oficial, para que encabezase la lista por esta circunscripción. Su vinculación a nuestra Delegación de Hacienda databa de mucho tiempo antes, razón por la que habría podido esgrimirse, con igual o mayor fuerza, para las primeras elecciones democráticas, las del 1977, y, sin embargo, se presentó por Madrid. Su condición de antiguo inspector de Hacienda en nuestra ciudad constituía sin duda una excusa periodística verosímil para encubrir la realidad. Al parecer, por problemas internos del partido, no cabía en la lista de Madrid en un puesto digno para un ministro y hubo que mandarle fuera, de “cunero”, como se decía entonces, a alguna provincia, y, en esa tesitura, pudo ser muy oportuna su antigua condición de inspector del timbre en Zaragoza. Sea como fuere, y no es eso lo más importante, Fernández Ordóñez encabezó aquella candidatura zaragozana, lo que para mí resultó desastroso, como pudo comprobarse con posterioridad.
─¿Por qué?
La razón de lo que yo entonces consideré como una desgracia se debía a la composición interna del partido. La UCD fue un invento de Suárez, de última hora, consistente en que, aprovechando el enorme prestigio que adquirió por la reforma política que había llevado a cabo y la legalización el Partido Comunista, desembarcó con su gente en el Centro Democrático que habían montado José María de Areilza y Pío Cabanillas agrupando a algunos democristianos, unos pocos socialdemócratas y menos liberales. Los compañeros de desembarco constituían la parte joven del Movimiento Nacional, pues la mayoría de ellos estaban en su década de los cuarenta, empezando por Suárez que tenía cuarenta y siete. Y ya fuera por esa juventud, o por lo que fuere, se diferenciaban claramente de otra parte de políticos provenientes igualmente del Movimiento Nacional, de edades situadas en décadas superiores, que prefirieron otra forma de presentarse a las elecciones de 1977.

─Entiendo que las diferentes disputas por ir los primeros en las listas electorales tenían idéntica correspondencia en las provincias…
─Sí, claro. Esa composición interna de la UCD nacional se reflejaba idénticamente por provincias. En concreto, en Zaragoza, estábamos unos pocos democristianos, algunos socialdemócratas, alguien que se decía liberal, y el resto, la parte más numerosa, lo integraban los cargos locales o provinciales del Movimiento, que llevaban ya tiempo en el poder. En este grupo, además del alcalde de Zaragoza y el presidente de la Diputación Provincial, se integraban concejales de distintos municipios y diferentes diputados provinciales.
Como resultado de las peleas internas para confeccionar la lista electoral, se había llegado al acuerdo de que tuviera estructura “cremallera” a partir del número dos. El número uno estaba reservado para quien dijera Madrid. Y en función de quien fuera el número uno, sería el número dos, y a partir de él funcionaría la cremallera. Es decir, que, si el número uno hubiera sido, como por entonces sonaba con insistencia, Landelino Lavilla, democristiano nacido en Lérida, y cuya proximidad geográfica de nacimiento se esgrimía como título suficiente para su posible encabezamiento de la lista de Zaragoza, el segundo hubiera recaído en Mariano Alierta, el líder de esa familia entre nosotros. Al parecer, según algunos en Madrid, era fundamental que los dos primeros fueran de la misma familia para que pudieran entenderse bien y ejercer así, de la mejor forma posible, su condición de motor de toda la candidatura. Y si, finalmente, fuera un socialdemócrata el que encabezara, el segundo tenía que ser José Luis de Arce, un distinguido socialdemócrata, el que ocupara el número dos.

Ignoro, o no recuerdo, por qué ese número dos no estaba reservado para Luis del Val, que pasaba por ser el líder de esa familia, pero lo cierto es que el nominado era José Luis de Arce. Al final, Landelino Lavilla encontró acomodo en la lista de Madrid y por Zaragoza apareció Fernández Ordóñez, con lo cual el número dos fue José Luis de Arce y, a continuación, siguiendo la lógica de la cremallera nos situamos Mariano Alierta, Carmen Solano, y yo en quinto lugar.
─Con la perspectiva que dan los años, a pesar de estas comprensibles disputas por estar los primeros en la parrilla de salida, ¿Cómo valoras aquella convulsa época de la Historia de España?
Al margen de esa circunstancia, fue aquella una época políticamente intensa y feliz. Poder participar en la campaña electoral junto al ministro estrella del Gobierno, por más que yo fuera uno de tantos, intervenir con él en algunos escenarios, y participar intensamente en todas las reuniones a que obligan las campañas electorales, constituyó una experiencia fundamental que fue dejando en mi interior un poso de cultura política, adquirida con placer, del que he vivido posteriormente toda mi vida.
Fernández Ordóñez era un hombre afable, gran conversador y dotado de un penetrante sentido del humor del que hacía gala sin ostentación en cualquier circunstancia. En las reuniones de la candidatura, al margen de lo concreto que en ellas se tratara, nos contaba “cosas”, como él las llamaba, tuvieran o no que ver con lo que llevábamos entre manos, con lo cual se hacían amenísimas y a mí me parecía también que muy jugosas, escuchándolas con verdadera delectación.
Nos hablaba de los Pactos de la Moncloa, de su virtualidad para procurar la estabilización económica del proceso de transición democrática y para contener la inflación galopante del momento; de las angustias en la elaboración de las listas cuando estuvo a punto de tener que tomar medidas extremas porque Arias Salgado, socialdemócrata de su grupo, aparecía en el lejano número quince por Madrid, lo que a su juicio no era de recibo. O de sus épocas más antiguas, cuando él ya estaba vinculado a la revista Cuadernos para el Diálogo y a los sectores de la oposición, así como de las razones de su dimisión como presidente del Instituto Nacional de Industria (INI), y de sus pasos para organizar la socialdemocracia.

Hablaba con emoción de Dionisio Ridruejo, a quien había conocido en la Universidad de Harvard, donde él había seguido un curso internacional de Hacienda Pública, y del afán que Ridruejo tenía por ser un socialdemócrata español como los socialdemócratas alemanes y escandinavos o los laboristas británicos. Nos contaba que Ridruejo era, en el fondo, un socialista liberal, que acusaba al franquismo de haber traicionado los principios de la falange, que fueron completamente destruidos en la Guerra Civil.
Yo escuchaba con sumo interés y agrado. Aquellas reuniones eran como tertulias organizadas en torno a su persona, en las que, una vez resueltos los problemas concretos, se hablaba de cualquier cosa, mientras él, afilando el extremo de su puro en el cenicero con el cuidado de que la lumbre quedara, por lo menos en algunos instantes, de forma puntiaguda, se embelesaba en la operación mientras nos escuchaba.

Era asiduo a los puros. Los escoltas llevaban siempre una caja de puros a mano porque solía encender uno tras otro. En una reunión, a mí se me ocurrió decirle que en eso se parecía a Churchill y él me respondió que, sin perjuicio de ello, le gustaría parecerse en algo más.
─Las elecciones generales en España de 1979 se celebraron el jueves 1 de marzo de 1979. Fueron las primeras elecciones bajo la Constitución de 1978 y sirvieron para elegir a los 350 diputados del Congreso y a 208 senadores. En esos comicios, la Unión de Centro Democrático (UCD), liderada por Adolfo Suárez, obtuvo la mayoría de escaños, aunque sin alcanzar la mayoría absoluta. Fue un momento clave en la consolidación de la democracia española tras la dictadura. ¿Cómo fue para ti esta campaña electoral de 1979?
─La campaña electoral de 1979 fue para mí una experiencia apasionante y formativa. Fernández Ordóñez fue un gran maestro de la comunicación. Yo lo admiraba por su estilo sereno, claro y dialogante en mítines y ruedas de prensa. Lograba atraer y satisfacer a periodistas y público con inteligencia, humor y maestría, evitando la confrontación directa y fomentando siempre el intercambio de ideas.

─Seguro que surgieron muchas anécdotas. ¿Podrías compartirnos alguna?
─Sí, claro, con mucho gusto, José Antonio. Te comparto una relacionada con tu ámbito de actuación profesional: la comunicación. Verás. Tiene que ver con la importancia que Fernández Ordóñez concedía a la comunicación. Recuerdo que interrumpió la comitiva electoral para llamar desde una cabina telefónica a un periodista, pese a tener teléfono en el coche, simplemente porque el del coche estaba averiado. Esto causó desconcierto y retraso en el acto de campaña, pero mostró su compromiso con los medios. Al día siguiente, el periódico publicó una página entera con elogios al ministro. Tras el mitin, Fernández Ordóñez se mostró cercano con la gente y en la cena habló de socialdemocracia y el papel del mercado y del Estado, en un ambiente distendido y cordial.

─Así que, como era de esperar, con este cartel de grandes comunicadores, los resultados tenían que ser exitosos…
─Lo fueron, con ciertas matizaciones. En las elecciones, UCD ganó de nuevo, pero sin mayoría absoluta, aumentando solo tres diputados, lo que agravó tensiones internas. En Zaragoza, la campaña fue un éxito, con un 37% de los votos, diez puntos por encima del PSOE. Pese al triunfo, Fernández Ordóñez no fue incluido en el nuevo gobierno de Suárez, quien prefirió rodearse de figuras menos brillantes. ¡Lástima! Creo que hubiera sido más acertado con la otra candidatura centrista en Aragón, lo que hubiera permitido reforzar aún más la victoria. La política, José Antonio, se basa en sumar fuerzas, no en dividirlas.
─Sí, sin duda. Entiendo que apartar a Fernández Ordóñez de Zaragoza fue un “chorro de agua fría” para vosotros.
─Sí, fue un punto de inflexión para nosotros. Tras ser apartado del Gobierno, Fernández Ordóñez quedó marcado como proscrito por Suárez, lo que provocó que muchos en UCD se alejaran de él para no perjudicar su futuro político. Nadie del partido quiso ir a recibirle al aeropuerto cuando llegó a Zaragoza. Algo insólito, pero así es de cruda a veces la política. Yo lo recogí en mi modesto Renault 5 y cenamos juntos.
─Doy por hecho que esta cena fue altamente productiva….

─Sí, por supuesto. Recuerdo que tan pronto como se alejó el maître, Fernández Ordóñez siguió con lo que ya me venía contando en el coche; se le veía con ganas de hablar; a mí me agradó mucho esa actitud porque yo nunca había estado a solas con él y pensaba que cuanto más me contase, mejor. Todo lo que yo sabía de la política nacional era lo proveniente de los periódicos y lo que se comentaba por el partido, pero no tenía ningún contacto directo con nadie importante de Madrid. Por eso, tan pronto como estuve a solas con él, ya en el coche, le pregunté de sopetón unas cuantas cosas generales. Enseguida vi que no había hecho falta que le preguntase nada, que él tenía ganas de hablar. Por otra parte, él las tenía siempre, era una persona de conversación muy fácil y amena y con un profundo sentido del humor.
—La situación está fatal —me dijo—. Con habernos apeado del Gobierno, Suárez no ha hecho más que estimularnos a la pelea interna. No tenemos ahora otra cosa que hacer.
—Ha sido inconcebible —respondí, por decir algo.
Fernández Ordóñez, como puedes imaginarte, me habló con franqueza sobre la situación política tras la salida de Suárez del Gobierno, criticando la desunión y falta de ideología clara en UCD. Comentando la necesidad de ideas y liderazgo para gobernar, destacando el papel de Felipe González. Luego, nuestra conversación derivó hacia temas más trascendentes, como la felicidad, la religión, el sentido de la vida y las inquietudes existenciales, citando a Erich Fromm y reflexionando sobre el humanismo, la libertad y la búsqueda de respuestas personales. En fin, la cena resultó para ambos íntimos, reflexiva y muy enriquecedora.
Fernández Ordóñez contaba las cosas con mucha naturalidad; es posible que, exagerándolas un poco, para hacer más amena la conversación, pero le gustaba esa forma desenfada de hablar, cargada de humor, cuando estaba en intimidad. Yo noté que me hablaba como siempre hablaba a todos: sin tapujos, o con los tapujos calculados para que, pareciendo que decía mucho, en el fondo no decir tanto. Yo pertenecía a la familia democristiana, y participaba, naturalmente, de las mismas guerras de Madrid, pero en el ámbito provincial, ya que la vida del partido en las provincias era un mero reflejo de lo que sucedía en la capital.
─Entiendo, pero, como solemos decir, la vida sigue a pesar de nuestras pérdidas y rupturas y momentos de decepción o fracaso….
─Si, sin duda. ¡Ya lo creo que la vida sigue! Uno de los principales temas que debíamos abordar sin dilaciones era el proceso autonómico. En el verano de 1979, el proceso autonómico en Aragón estaba paralizado por conflictos entre la Diputación General y el Ayuntamiento de Zaragoza, que discrepaban sobre el procedimiento a seguir. Mientras tanto, Suárez avanzaba rápidamente las autonomías vasca y catalana, generando frustración en Aragón. Una asamblea en Caspe impulsó la vía rápida (art. 151), pero la oposición de UCD de Teruel bloqueó un acuerdo, exigiendo igualdad provincial. Finalmente, el Gobierno impuso la vía lenta (art. 143) para el resto de comunidades, incluida Aragón, que no tuvo más opción que aceptarla.
─Hablando de procesos autonómicos. El referéndum andaluz del 28 de febrero de 1980 fue un momento clave en la historia política de España y, especialmente, de Andalucía. Se preguntó a los andaluces si estaban de acuerdo con acceder a la autonomía por la vía del artículo 151 de la Constitución Española, un procedimiento más exigente pero que otorgaba mayores competencias, similar al de las comunidades históricas como Cataluña, País Vasco y Galicia.

─Sí, el referéndum andaluz de febrero de 1980 ratificó mayoritariamente la vía rápida del artículo 151, lo que supuso un fracaso para el Gobierno y la UCD, que habían promovido la abstención. A esto se sumaron derrotas electorales, crisis económica, aumento del paro, terrorismo de ETA y descontento social, lo que agudizó las divisiones internas de UCD. En mayo, el PSOE presentó una moción de censura que, aunque fracasó, fortaleció a Felipe González como líder. Suárez quedó debilitado, los barones de UCD conspiraron contra él, y en septiembre reorganizó el Gobierno, destituyendo a Abril Martorell.
─¿Y tú, a qué dedicabas el tiempo libre, por aquel entonces, si me permites la gracia sacada de una canción mítica del cantante conquense, José Luis Perales?
─Yo, por aquel entonces, era el director general de Servicios del Ente preautonómico aragonés, trabajando en la creación de servicios y coordinación de las diputaciones provinciales para impulsar el desarrollo de Aragón y preparar futuras transferencias de competencias. Aunque había desencanto por el estancamiento autonómico y la crisis económica, existía esperanza por la llegada de General Motors a Zaragoza. El presidente Bolea, con estilo cercano y humor, recorría Aragón fomentando el espíritu autonómico, pese a la precariedad de medios y recursos.
─Uno de los hitos más importantes de tu carrera política fue el nombramiento como presidente del Consejo Superior de Protección de Menores. ¿Cómo fue?
─Verás. Estaba yo un día, en aquel septiembre de 1980, cenando en casa con mi padre y una tía, hermana de mi madre, que vivía con nosotros, cuando sonó el teléfono. Lo cogí y una voz muy agradable de mujer me preguntó si era yo, y al contestarle que efectivamente lo era, me añadió:
—Espere un momento, le va a hablar el ministro.
Era Fernández Ordóñez. Después de saludarme, pues hacía algún tiempo que no le había visto, con prisas y yendo directamente al asunto, me dijo:
—Oye, tengo algo que creo que te puede gustar: presidente del Consejo Superior de Protección de Menores. Tiene rango de director general y unos cuatro mil millones para gastar. Es interesante y, como digo, me parece que te puede encajar.
Cuando Fernández Ordóñez terminó de exponerme las ventajas del cargo, yo me limité a responder:
—Bueno, sí. Dejaré el cargo de la Diputación General de Aragón.
—Estupendo —respondió rápidamente el ministro, añadiendo—: Mándale a Asun, mi secretaria, algunas notas tuyas, de tu biografía, que voy a intentar meterlo en el Consejo de Ministros del viernes.
Y, enviándome un abrazo, se despidió. Yo me quedé en el sillón desde el que había atendido al teléfono ligeramente aturdido durante unos momentos, y volví a la mesa. Les conté lo que había pasado y se quedaron todavía más confundidos que yo. Era miércoles. No se lo dije a nadie, porque así me pidió el ministro que lo hiciera, y continué con mi vida habitual los dos días siguientes. Y el viernes por la tarde, una vez terminado mi trabajo en el Ente preautonómico, cogí el coche, mi Renault-5 blanco con el techo negro de vinilo, y me fui a dar una vuelta para despejarme la cabeza y escuchar tranquilamente las noticas por la radio. Y, tal como el ministro me había dicho, al informar sobre los nombramientos habidos en el Consejo de Ministros, oí mi nombre con el cargo que él me había anunciado. En cuanto llegué a casa, me dijeron que me habían llamado de radio Zaragoza con urgencia. Puesto inmediatamente en contacto con ellos, les dije que me sentía enormemente halagado, que el cometido del cargo tenía una profunda dimensión humana, y que no pensaba desvincularme en ningún momento de Aragón. Respuestas similares di al resto de requerimientos que me llegaron de distintos medios de comunicación, y, mientras estaba en ello, me llamó también Asun, la secretaria del ministro, para decirme que tomábamos posesión el lunes, a las diez, en el Ministerio. Así que, sin tiempo que perder, aproveché el fin de semana para documentarme todo lo que pude sobre el nuevo cargo.
─Como recordarás, el 29 de enero de 1981, Adolfo Suárez dimitió de la Presidencia del Gobierno y del partido UCD, alegando su preocupación por la estabilidad democrática. La situación política se agravó tras los cruentos asesinatos de ETA y las tensiones con Herri Batasuna. ¿Cómo viviste tú, desde Zaragoza, el golpe de Estado del 23F, un hito fundamental de la Historia de España reciente?
─Sí, claro, encantado. Todavía recuerdo vivamente aquella tarde del 23 de febrero de 1981 como si me la hubieran tatuado en la memoria. Zaragoza estaba tranquila, un lunes cualquiera de invierno, y yo andaba con Begoña a vueltas con los preparativos de nuestra boda. Faltaba apenas un mes para el gran día, y parecía que nada podía interponerse en nuestro camino… hasta que el golpe de Estado saltó por la radio, como un latigazo.
Aquella mañana habíamos estado de un lado para otro: ella se había ido al apartamento que habíamos alquilado, a esperar a un operario que tenía que arreglar unas chapuzas, y yo fui al sastre para la primera prueba del chaqué. Allí, mientras me pinchaban con alfileres para ajustar la tela, uno de los dependientes subió con la cara desencajada para decirme que tenía una llamada urgente. Era Begoña, que me soltó, sin apenas respiro:
─Están diciendo por la radio que hay un golpe de Estado.

Recuerdo que me quedé helado. Dejé al sastre con las agujas en la mano y salí disparado hacia el apartamento. Cuando llegué, Begoña estaba sentada en el suelo, pegada a la radio, en aquel piso casi vacío. Yo me senté a su lado, tratando de entender lo que pasaba. Era un asalto al Congreso, los guardias civiles habían entrado a tiros y tenían secuestrado al Gobierno y a los diputados. La voz grave del locutor anunciaba una reunión de subsecretarios en el despacho de Francisco Laína, que asumía el mando provisional.
─Tengo que ir a Madrid─ le dije. Si los subsecretarios y directores generales se convertían en Gobierno provisional, mi sitio estaba allí. Conseguí un billete de avión para esa misma tarde, mientras en el trayecto al aeropuerto con Begoña hablábamos de todo: de la boda, de si habría que huir a Francia, de la vida que parecía tambalearse de pronto. Era como si se hubiera detenido el mundo. Nos besamos con fuerza al despedirnos en el aeropuerto, como si fuera un adiós definitivo.
En el avión coincidí con Javier Tusell, que había inaugurado ese mismo día una exposición sobre la Guerra Civil en Zaragoza.
─¡Menudo día para hablar de la Guerra Civil!─ comentó con humor negro. Durante el vuelo especulamos con todo, aunque Tusell, en un momento de énfasis casi profético, me soltó:
─De esta nos salva el Rey.
Cuando llegamos a Madrid, el silencio de la ciudad era espeso. Le pedí a Tusell que me dejara en el Ministerio, aunque sabía que allí no me esperaba nadie. Llamé al timbre y, tras un instante de tensión en el que me imaginé con una pistola en el pecho, me abrieron la puerta. Era el sargento de guardia, que me reconoció al momento.
El Ministerio estaba desierto, salvo por los guardias civiles que montaban guardia. Me instalé en el despacho del ministro, con la radio y la televisión encendidas, llamando a Zaragoza, a los compañeros, a la mujer del ministro… intentando agarrarme a cualquier retazo de información para combatir la angustia. Cuando, hacia la una de la madrugada, escuché el mensaje del Rey condenando el golpe y reafirmando la legalidad democrática, sentí un alivio inmenso. No sabía cómo acabaría todo aquello, pero supe, en ese momento, que el Golpe había fracasado.

Aún hoy me parece increíble haber vivido desde dentro un pedazo de la historia de España. Fue una noche larga, cargada de miedo, incertidumbre, rumores y fantasmas del pasado. Y fue también el momento en que comprendimos, de veras, lo frágil que era aquella democracia que apenas estrenábamos, y lo valiosa que era.
El 23F quedó grabado para siempre en mi memoria como un momento en que pudimos desandar lo andado; y el día en que, pese a todo, la democracia resistió.
─Por cierto, hablando de bodas, resistencias y hechos históricos. ¿Qué te dice hoy en día la siguiente frase histórica: «No podemos impedir que los matrimonios se rompan, pero sí podemos disminuir el sufrimiento de los matrimonios rotos»?.
─ ¡Hombre! De nuevo, mi admirado ministro Francisco Fernández Ordóñez y su Ley del Divorcio. Una ley que fue presentada 17 de marzo de 1981 el Congreso de los Diputados. Una de las más progresistas de Europa, que había enfrentado al Gobierno con la Iglesia católica y dividido profundamente a la UCD, oponiéndose a ella los democristianos, que llegaron incluso a pedir la dimisión del ministro. Políticamente, me resultó incómoda esa postura de mis correligionarios dentro del partido; a mí me parecía una buena ley y, además, necesaria.
La Ley del Divorcio se asentaba en el principio de aconfesionalidad del Estado y de libertad de religión y de creencias, y se apoyaba en el convencimiento de que los poderes públicos no podían imponer a todos los ciudadanos unas exigencias morales o religiosas que sólo afectaban a la conciencia de una parte de ella, aunque fuera mayoritaria. Enfocada desde el punto de vista civil, el único desde el que la Constitución permitía hacerlo, partía de la base de considerar que el matrimonio no es indisoluble, porque nada hay permanente en la vida, pero deseando que fuera estable, ya que esa continuidad iba a favor de la familia, con respeto y dignidad para sus miembros.
—Afortunadamente, en tu caso, no has tenido que recurrir a esta ley. Hoy, después de más de 40 años, sigues unido felizmente al amor de tu vida, María del Pilar Begoña. Vuestra boda, por cierto, que se celebró cuatro días después de que la Ley del Divorcio fuera presentada en el Congreso, tuvo sus cosillas….
—Nuestra boda constituyó un breve paréntesis íntimo en la azarosa vida que llevaba, cruzada por tensiones políticas, pero no estuvo exenta de las inquietudes que el cargo me acarreaba. Unos días antes, me dijo Arturo Romaní, alborozado, que, hablando con Jaime Peñafiel, el director de la revista Hola, con quien tenía amistad suficiente, habían acordado hacer un reportaje de mi boda en su semanario; que el hecho de casarse uno del equipo del Ministerio no era cualquier cosa, y que no se podía dejar pasar la ocasión sin hacerlo notar. A mí no se me había pasado por la cabeza en ningún momento pretender reportajes de ese tipo, pero, la verdad sea dicha, no me importaba lo más mínimo, y, por otra parte, pensé que Begoña tampoco tendría mayor inconveniente, aunque no era muy dada a esas exhibiciones: al fin y al cabo, nuestros nombres estaban danzando por muchos sitios, y no sería ese, a buen seguro, de los más desagradables.

—Algo lógico….
—Sí, pero, a los pocos días, me comunicó Arturo, entristecido, que cuando se enteró el ministro del reportaje lo prohibió tajantemente aduciendo que nosotros representábamos la parte progresista de la UCD, y que esa revista no era precisamente el espejo más fiel de la progresía. A mí, de la misma forma que no me incomodaba el reportaje, tampoco me importó su anulación, y menos aún a Begoña, que nunca se le había ocurrido pensar que eso pudiera llegar a ser objeto de reflexión política.
—Y, tú, ¿Cómo te lo tomaste?
Asumí esa postura del ministro con la misma tranquilidad y prontitud con la que acepté la relativa a no casarme de chaqué, sino de traje normal, por las mismas razones de evitación de lesiones a la imagen progresista que estábamos intentando dar en toda nuestra actuación pública. Lo único que esa última decisión motivó fue la llamada urgente al sastre para el cambio de vestimenta y decirle que las medidas y pruebas que ya me había hecho para esa prenda, alguna de ellas en circunstancias interrumpidas.
—En fin, como dice el conocido dicho popular: “En cuestiones de criterio sobra toda discusión, siempre tiene la razón el que está en el ministerio…”
—Bueno, lo cierto es que con razón o sin ella, la determinación que más influjo tuvo en el desarrollo público de nuestra boda fue su decisión de última hora de no acudir él personalmente. Tenía sus razones. Era un momento muy delicado: acababa de presentar en el Congreso de los Diputados la Ley del Divorcio envuelta en polémica permanente con la Iglesia; las últimas veces que él había aparecido por Zaragoza había tenido controversia pública con el arzobispo; y un sector del partido estaba claramente posicionado contra ella; no deseaba que, en semejante estado de cosas, su presencia pudiera enturbiar lo más mínimo nuestro día. Delegó en el subsecretario la representación del Ministerio, y, además de Arturo, acudieron todos los directores generales.
No puedo negar que, de la misma forma que estaba alborozado por el hecho de la boda, me corría también por el cuerpo la preocupación por todas esas derivaciones políticas que eran inevitables dado el momento en que se iba a producir. Por eso, en lo que estaba en mi mano, tomé todas las precauciones que fueran posibles para evitar cualquier elemento de discordia o de polémica.

—Y, ya para concluir nuestra amena e intensa conversación, en clave de boda canónica, te pregunto: ¿Existió, a tu juicio el llamado ESPÍRITU DE LA TRANSICIÓN? Y, en tal caso, ¿En qué se basó? ¿Crees que queda algo hoy en día de este espíritu? ¿Cómo puede ayudarnos a superar la presente crisis política y social que estamos viviendo? A este respecto, te ruego que me respondas lo más sinceramente posible o, si no, que calles para siempre. Gracias.
—Por supuesto que existió el ESPÍRITU DE LA TRANSICIÓN, y consistió, a mi juicio, en la entronización pública de unos valores de respeto, diálogo, tolerancia y afán de consenso que impregnaron no solo la política de aquellos años sino al conjunto de la sociedad, y que a algunos nos marcaron para siempre. Esos valores ciudadanos y políticos dan grandeza a la vida, tanto en la política como en cualquier actividad, y ennoblecen a quienes los sustentan.
Recuperarlos en toda su dimensión me parece una de las mayores urgencias actuales, tanto en la vida pública como en la personal, con el fin de conseguir una auténtica reconciliación social.
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