image 1 - ¿QUIÉN ESCRIBIÓ "EL QUIJOTE DE AVELLANEDA"? - Acalanda Magacín
José Antonio Hernández de la Moya Pere Vila Fumas Redactores

¿QUIÉN ESCRIBIÓ «EL QUIJOTE DE AVELLANEDA»?

«Inteligencia agudísima, juicio maduro y memoria segurísima»,

El llamado El Quijote de Avellaneda, una continuación apócrifa de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, publicada en 1614 con el título Segundo tomo del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, firmada con el seudónimo de Alonso Fernández de Avellaneda, ha sido objeto de múltiples debates y análisis entre los especialistas.

La obra ─escrita en un tono más burlesco y satírico─ transcurre en gran parte en Zaragoza, describiendo a don Quijote de un modo menos idealista y a Sancho Panza con mayor rudeza, en comparación con las descripciones realizadas en la Primera Parte.

La verdadera identidad de Alonso Fernández de Avellaneda sigue siendo un enigma. Hasta la fecha se han propuesto varios posibles autores. Entre los candidatos más citados por críticos y filólogos destacan:

Jerónimo de Pasamonte: Soldado y escritor, autor de una autobiografía llamada Vida y trabajos de Jerónimo de Pasamonte. Es el candidato más mencionado. Es satirizado en El Quijote con el personaje de Ginés de Pasamonte. Algunos creen que Pasamonte quiso vengarse publicando su propia versión de la historia. A favor de esta hipótesis encontramos su estilo similar, resentimiento personal, contemporaneidad. En contra, la falta de pruebas documentales.

Lope de Vega o su entorno: Dramaturgo y poeta célebre, rival literario de Cervantes. Algunos han sugerido esta hipótesis como ataque velado. A favor: su rivalidad pública y notoria contra Cervantes; en contra: dificultad para imaginar a Lope de Vega ocultando su autoría, además de que sus estilo literario no es coincidente con el de Avellaneda.

Juan José Martí: Teólogo y escritor menor del círculo valenciano. Se trata de una hipótesis moderna basada en referencias lingüísticas y documentos de su entorno. A favor de esta propuesta encontramos coincidencias dialectales (valencianismos) y posibles vínculos con el contenido del prólogo de Avellaneda; en contra: la falta de documentación concluyente.

Bartolomé de Argensola: Escritor y erudito aragonés. Sugerido por el uso de aragonesismos en el texto de Avellaneda. A favor de esta propuesta: contexto geográfico; en contra: no existen pruebas directas ni estilo literario coincidente.

Andrés Pérez: Otro escritor aragonés de la época. Los argumentos a favor y en contra de esta propuesta son similares a los de Bartolomé de Argensola.

Además de estas propuestas, se ha sugerido la de un autor anónimo del círculo jesuítico o eclesiástico, molesto por el anticlericalismo que subyace en El Quijote; e, incluso, el de un encargo desde el entorno de Lope o del duque de Béjar.

Representación de Don Quijote y Sancho Panza en una escena vibrante, con un molino de viento en el fondo y una multitud observando en una plaza animada.
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En todo caso, la mayoría de los analistas de El Quijote de Avellaneda consideran que esta obra influyó directamente en la estructura y contenido de la Segunda Parte de El Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, ya que su autor se esfuerza en desautorizar la versión de su competidor y da un cierre definitivo a su obra, evitando posibles continuaciones apócrifas.

Ahora bien: ¿Pudo ser escrita por el mismo autor de El Quijote, de acuerdo con el profesor Francisco Calero Calero?

El profesor Francisco Calero, destacado filólogo y catedrático de latín, defiende una tesis innovadora en su obra, El verdadero autor de los Quijotes de Cervantes y de Avellaneda (2015). A saber: Que el llamado El Quijote de Avellaneda fue escrito por el mismo autor que «Los Quijotes» de 1605 y 1615

Retrato de un hombre de mediana edad con gafas, vestido con traje oscuro y corbata, mostrando una expresión seria, frente a un fondo abstracto de colores cálidos.
Francisco Calero Calero

 A continuación, resumo sus principales argumentos:

1. Coincidencias lingüísticas y estilísticas. El autor se muestra como un experto latinista en el empleo de frases tomadas directamente de autores clásicos.


2. Conocimiento profundo del personaje de don Quijote. Según el profesor Calero, el autor del llamado El Quijote de Avellaneda muestra un conocimiento profundo del personaje de don Quijote y de su evolución psicológica, algo difícil de explicar si se tratara de un escritor ajeno al proyecto inicial. Es verdad que El Quijote de Avellaneda presenta a un don Quijote más desencantado que el del idealista de la Primera Parte (1605); ahora bien, esto, según el profesor Calero, constituye una evolución lógica del personaje, coherente con un diseño autoral unitario.


3. El autor y la técnica del «doble juego». El profesor Calero sostiene que el autor de El Quijote era un escritor ingenioso, amante del juego literario y que El Quijote de Avellaneda fue un experimento deliberado: una forma de provocar al lector y preparar el terreno para la Segunda Parte. Por lo tanto, su autor escribió El Quijote de Avellaneda bajo pseudónimo, para medir la reacción del público y jugar con la idea de los «autores múltiples”.


4. Conocimiento del texto. El autor de El Quijote conocía en detalle el llamado El Quijote de Avellaneda, citándolo y parodiándolo en su Segunda Parte. A este respecto, el profesor Calero se pregunta cómo es posible que haya leído tan rápidamente un libro publicado en 1614 y lo haya integrado de forma tan hábil en una obra un año después, cuando por aquellos años la escritura y las publicaciones eran tan lentas y complejas.


Finalmente, el profesor Calero interpreta que la Segunda Parte de El Quijote es una obra más amarga y reflexiva, y que reacciona contra la visión más vulgar o grotesca de El Quijote de Avellaneda, que el propio autor quiso ensayar antes de dar su versión definitiva. El de Avellaneda sería, pues, una especie de “borrador público”, una obra intermedia para afinar más adelante su mensaje final. 

En conclusión, el profesor Francisco Calero plantea, basándose en un riguroso análisis filológico, una hipótesis original: la de que El Quijote de Avellaneda no fue una obra escrita por un rival, sino, sencillamente, un juego literario.

Tres hombres con ropas del Siglo de Oro español, sentados en un escritorio abarrotado de libros y papeles, parecen estar discutiendo o escribiendo. Uno de ellos sostiene un pluma y mira hacia adelante, mientras los otros dos observan con expresiones de curiosidad y satisfacción.
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¿Un juego literario? Sí, un juego literario ideado, a juicio del profesor Calero por Juan Luis Vives, un creador incomparable: El verdadero autor de “Los Quijotes” de Cervantes y de Avellaneda. 

Erasmo de Rotterdam, en una carta a Juan de la Parra (Epistolario, pp.145-146) escribió sobre él lo siguiente: 

«Está entre nosotros Luis Vives, el valenciano, que no pasa de veintiséis años, pero muy versado ya en todas las ramas de la filosofía, y que ha progresado tanto en las bellas letras, en la elocuencia, en la facilidad de hablar y de escribir, que apenas encuentro a nadie con quien poder compararlo. No hay tema en el que no haya ejercitado su pluma. Ahora mismo está explicando los ejercicios de la antigüedad, pero con tanta maestría, créeme, que, con sólo cambiar el título, podríamos pensar que se trataba de un argumento, no propio de nuestro tiempo ni de nuestra tierra, sino más bien de aquellos tiempos felicísimos de Cicerón y Séneca, cuando los cocineros y los abejeros tenían más elocuencia que los que ahora quieren pasar por maestros de la humanidad entera».

Erasmo de Rotterdam-

En esta misma línea, mucho tiempo después, un coetáneo suyo, el humanista, Francisco Cervantes de Salazar (1518-1575), que conoció personalmente a Vives en los últimos años de su vida, escribió sobre él lo siguiente: 

«Tan grande era su facilidad para expresarse tanto en latín como en griego, que hablaba en el momento sin dar la impresión de que lo hiciese de forma premeditada; ahora bien, esto no resultará extraño a quien conozca gracias a mí que tenía una inteligencia agudísima, un juicio maduro y una memoria segurísima».

Francisco Cervantes de Salazar-

Entonces, Juan Luis Vives: ¿El verdadero autor del “Quijote de Avellaneda”? Sí, en efecto.

Grupo de hombres en un estudio, observando atentamente a uno que escribe en una mesa llena de frascos y documentos, evocando el ambiente de la literatura del Siglo de Oro español.
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Ciertamente, entre los misterios más fascinantes que rodean a El Quijote se encuentra la identidad de quien lo firmó como Alonso Fernández de Avellaneda. La hipótesis que defiende el profesor Calero —según la cual el valenciano Juan Luis Vives está bajo la máscara de Avellaneda— no solo es audaz, sino también literariamente plausible si se enmarca como un «juego literario» típicamente humanista y renacentista. Recordemos Américo Castro ─el gran cervantista por excelencia─ calificó a El Quijote como obra renacentista y humanista. 

Juan Luis Vives está considerado como el pensador español más importante a partir de la Edad Moderna. Filósofo, escritor, pensador, consejero de reyes…su figura se alza majestuosa en un periodo en que Europa vivía bajo importantes convulsiones religiosas y en un momento de tránsito entre dos mundos contradictorios: la Edad Media y el Renacimiento. 

Retrato de Ludovico Vives, un pensador y filósofo humanista español, sosteniendo una pluma junto a un libro sobre una mesa.

Vives, además, fue un autor versátil, precoz, innovador e ingenioso. No es por casualidad que su novela lleve en el título el adjetivo clave de “ingenioso”: El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha.

El adjetivo ingenioso, que figura en el título de la obra ha dado lugar a bastante bibliografía, sin que se haya llegado a una interpretación unánime en cuanto a su significado. Mauricio de Iriarte en su importante obra El doctor Huarte de San Juan y su Examen de ingenios cita la definición de “ingenio” dada por Vives:

«Universa vis mentis nostrae»

Pues bien, de acuerdo con esta definición, el ingenio tiene que ver con el entendimiento, puesto que la fuerza de la mente consiste en entender. En consecuencia, ingenioso significa primordialmente inteligente, una cualidad que resaltó el autor del Quijote en su protagonista principal. Son muchos los textos que avalan esta interpretación, como en I, 5:

«Encomendaos sean a Satanás y Barrabás tales libros, que así han echado a perder el más delicado entendimiento que había en toda la Mancha»

Erasmo de Rotterdam, en la carta citada a Juan de la Parra, escribió sobre Vives con admiración: «No hay tema en el que no haya ejercitado su pluma». Esta descripción refuerza la imagen de un intelectual capaz de abordar con maestría múltiples géneros, registros y tonos. Recordemos que Vives, con apenas veintiséis años, ya despuntaba por su elocuencia, erudición y dominio del lenguaje. Por lo tanto: ¿Puede sorprendernos que fuera el propio Vives capaz de concebir un experimento literario que hoy conocemos con el nombre de “El Quijote de Avellaneda”?

Un anciano con barba larga y canosa escribe con una pluma sobre un libro en una mesa iluminada por una vela, rodeado de estantes llenos de libros antiguos.
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Francisco Cervantes de Salazar, por su parte, lo recuerda como alguien con «Inteligencia agudísima, juicio maduro y memoria segurísima», cualidades ideales no solo para un pensador, sino también para un autor capaz de imitar, ironizar y reescribir ingeniosamente la narrativa caballeresca, al mismo tiempo que hacer importantes innovaciones en el arte literario. 

¿Borrador público?;¿juego literario?

La idea de que el Quijote de Avellaneda pudiera ser un borrador público o un juego literario plantea una hipótesis sugerente y moderna que rompe con la visión tradicional del texto como mera imitación o ataque. Esta posibilidad ha sido explorada tangencialmente, antes que el profesor Calero, por otros relevantes críticos contemporáneos. Por ejemplo, el novelista y profesor de literatura ruso, Vladimir Nabokov, autor de la novela Lolita escribió:

«Avellaneda debió de ser, bajo un disfraz de espejos, Cervantes».

Vladimir Nabokov

Y el gran crítico español, Justo García Soriano, en Los dos Quijotes (1951), defiende que el autor del Quijote de Avellaneda no fue aragonés, sino catalán o valenciano, basándose en que las omisiones de la preposición “de” no son propias del aragonés, sino del catalán o valenciano, especialmente de éste último. 

Esta hipótesis, que encaja perfectamente con la dimensión experimental y meta-narrativa del Quijote, implica que el texto considerado apócrifo podría haber sido parte del proceso creativo deliberado, es decir, una versión intermedia, tentadora y provocadora, publicada con el propósito de medir la recepción, explorar caminos narrativos o generar debate.

Por lo tanto:

  • Esto situaría a su autor consciente de su audiencia, dispuesto a jugar con las expectativas del lector.
  • Sería una forma prematura o paralela de lo que hoy llamaríamos “beta literaria”.
  • El hecho de que el Quijote de 1615 responda punto por punto al texto de Avellaneda podría no ser una reacción indignada, sino una construcción dialógica planificada.

Así que, la sátira mordaz y el tratamiento más burlesco de Don Quijote en la versión de Avellaneda podrían entenderse como un paso necesario en la evolución del mensaje humanista que Vives perseguía.

Tres figuras históricas en vestimenta del Siglo de Oro discuten animadamente sobre un libro, mientras una pizarra con textos y dibujos está detrás de ellos. En la mesa hay varios libros apilados y desordenados.
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Desde esta línea de investigación, la Segunda Parte de El Quijote sería una evolución natural donde descubrimos: 

  1. Una mayor unidad estructural: La narración está más cohesionada que en la Primera Parte, con un hilo argumental más sólido y menos episodios sueltos.
  2. Evolución de los personajes: Don Quijote y Sancho muestran un desarrollo psicológico más profundo, volviéndose más complejos y humanos.
  3. Autoconsciencia literaria: La obra incorpora referencias directas a la Primera Parte, aludiendo a su propia fama y a imitaciones apócrifas, especialmente la de Avellaneda. 
  4. Tono más reflexivo: Aunque mantiene el humor, prevalece un tono más reflexivo, anunciando el final del héroe.
  5. Crítica metaliteraria: Aborda cuestiones sobre la ficción, el plagio y la relación entre autor, obra y lectores.
  6. Relación entre locura y cordura: Se acentúa la ambigüedad sobre la locura de Don Quijote, haciendo dudar al lector de los límites entre realidad e ilusión.

En conclusión, podemos afirmar que el llamado «El Quijote de Avellaneda» es un «borrador público» o “juego literario” de carácter humanista y renacentista. 

En el contexto del Renacimiento, donde la autoría era más un juego intelectual que un acto de afirmación individual, la tesis argumentada del profesor Calero resulta perfectamente verosímil.

De este modo, podemos inferir que Juan Luis Vives, figura clave del pensamiento humanista y renacentista, gran estudioso y admirador de Cicerón y Séneca, concibió El Quijote apócrifo como un ejercicio retórico, un espejo deformante, un borrador público, «un juego literario», antes de alcanzar el tono justo para el retrato definitivo del inmortal caballero andante: Don Quijote de la Mancha.

Retrato de un hombre con barba y cabello corto, vestido con una camisa a rayas y un blazer oscuro, sonriendo mientras posa frente a un fondo azul suave.
José Antonio Hernández de la Moya

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