Al cruzar el umbral de la sala donde se exponen los belenes en La Torre, pequeño pueblo abulense anclado en la sobriedad del Valle Amblés, tuve la sensación inequívoca de haber abandonado el tiempo ordinario. No era únicamente un regreso al pasado —a la infancia, a la memoria ancestral de la Navidad—, sino algo más difícil de nombrar: una especie de tránsito hacia otra dimensión, en la que pasado y futuro parecían darse la mano.

El pueblecito abulense de La Torre, como el pequeño pueblo de Belén de la época de Jesús, comparte una cualidad esencial: la de los lugares aparentemente insignificantes que, sin embargo, están llamados a custodiar lo decisivo. Belén fue un punto menor en los mapas del Imperio; La Torre lo es hoy en la geografía contemporánea. Ninguna de las dos aspira al protagonismo, y quizá por eso ambas conservan intacta su capacidad de acogida. En la humildad de sus dimensiones, en la sobriedad de su vida cotidiana, late la misma verdad: que lo verdaderamente grande no necesita escenarios grandiosos para manifestarse.
Ante mis ojos no se desplegaba solo una sucesión de escenas bíblicas minuciosamente recreadas, sino un universo simbólico en el que el tiempo se detenía y, al mismo tiempo, se expandía. Aquellos belenes no hablaban únicamente de lo que fue, sino también de lo que sigue siendo y de lo que, quizás, aún está por venir. Como si el misterio del Nacimiento, repetido año tras año, conservara intacta su capacidad de interpelarnos desde el fondo de los siglos.

Entrar en aquella sala fue, en cierto modo, entrar en un espacio sagrado sin templo: un lugar donde la historia se vuelve presente, la artesanía se transforma en lenguaje espiritual y el belenismo revela su verdadera naturaleza, no como una tradición decorativa, sino como un arte de la memoria y de la esperanza.
Tras la primera impresión —esa sensación de haber atravesado un umbral invisible—, comprendí que el belenismo posee una virtud singular: la de reconciliar al ser humano con el tiempo. Frente a la aceleración contemporánea, el belén invita a detenerse, a mirar despacio, a recorrer con la vista caminos de arena, montañas humildes, casas encaladas y figuras silenciosas que parecen esperar algo más que nuestra simple contemplación.
Como podrán imaginar esta maravillosa experiencia de pausa y recogimiento no nace del azar, sino del cuidado de unas manos concretas y de una mirada entrenada para descubrir lo extraordinario en lo humilde. Detrás de cada escena, de cada camino minúsculo y de cada silencio sugerido, hay una vocación paciente que transforma el tiempo en dedicación y la materia cotidiana en relato. Es ahí donde el belenismo deja de ser solo contemplación para convertirse en obra viva, fruto de la creatividad y la constancia de quienes saben ver un belén allí donde otros solo perciben objetos dispersos.

durante el curso 1959-1960, con la maestra doña Pura.
Las hermanas Yolanda y Rocío Jiménez son las creadoras de este increíble arte belenístico. Desde hace tres años organizan una exposición de belenes y dioramas que se expone en el Hogar del Pensionista de este municipio. Una muestra que reúne 134 belenes artesanales y que se podrán contemplar hasta el 4 de enero, hechos por estas hermanas que «en cualquier cosa ven un belén». Y es literal, ya que estos nacimientos están realizados con todo tipo de materiales y con algunos tan singulares como clips, botones, tuercas, chapas o monedas.

Pero más allá de la sorpresa que despiertan los materiales y la cantidad de obras expuestas, lo verdaderamente revelador es escuchar a quienes han hecho del belén una prolongación natural de su vida. En sus palabras se percibe que esta afición no es una moda reciente ni un mero ejercicio artístico, sino una tradición heredada, íntimamente ligada a la memoria familiar, a las Navidades compartidas y al aprendizaje silencioso que pasa de generación en generación. Es desde esa raíz —hecha de infancia, pueblo y hogar— desde donde Yolanda me explica cómo comenzó todo.

«Nuestra afición al belenismo nace en la infancia, de las Navidades vividas en el pueblo junto a nuestros padres y abuelos, una tradición que nunca se ha perdido. Llevo más de veinte años creando belenes en miniatura —los primeros, dentro de una bellota y una nuez— y, cuando ya reunimos setenta piezas, decidimos compartirlas con el pueblo. Desde aquella primera exposición en el Ayuntamiento, en la que también mostramos el belén más antiguo de la familia, hecho por nuestra madre siendo niña, la muestra no ha dejado de crecer hasta alcanzar hoy 134 belenes y dioramas. Cada una aporta su estilo: el creativo y lúdico, hecho con materiales insólitos, y el artístico, centrado en el paisaje y la perspectiva. Nuestro objetivo es dar vida cultural al mundo rural y demostrar que, como decimos siempre, “en cualquier cosa, vemos un belén”».
YOLANDA JIMÉNEZ

Como complemento a las escenas expuestas, la muestra invita también a la reflexión a través de una serie de mensajes navideños que acompañan el recorrido y amplían su sentido. Frases como «La Navidad no es una temporada, es un tiempo», «Ser belenista es convertir el trabajo en devoción y la devoción en belleza», «El belenismo no es solo un arte, es el abrazo de generaciones» o «No perdamos la ilusión de la Navidad, porque los que ya no están nos enseñaron a vivirla» actúan como hilo invisible entre las obras, recordando que el belén no solo se mira, sino que se siente y se hereda.

En fin, en los belenes expuestos en La Torre, se percibe con claridad que el belenismo no es un arte menor ni una costumbre ingenua. Es, ante todo, un lenguaje simbólico que habla de la condición humana. Cada escena, cada detalle minucioso —el pastor que avanza, la mujer que porta agua, el niño que mira al cielo— nos recuerda que el Misterio de la Navidad no acontece solo en Belén, sino en cualquier lugar donde la vida humilde se abre a lo trascendente.
Hay en estos belenes algo profundamente moderno, aunque parezca venir de muy atrás. Quizá porque, sin proponérselo, anticipan una verdad olvidada: que el futuro no se construye únicamente con progreso técnico, sino con memoria espiritual. En ese sentido, el belén no mira sólo hacia atrás; es también una profecía silenciosa. Nos dice que mientras haya manos capaces de modelar el barro, de recrear la escena primordial del Nacimiento, seguirá existiendo un hilo invisible que nos conecte con lo esencial.

La Torre, como tantos pueblos de la España interior, custodia sin alardes ese saber antiguo. Aquí el belenismo no es espectáculo, sino acto de transmisión. No se expone para deslumbrar, sino para recordar. Y en ese recuerdo hay algo profundamente revolucionario: la afirmación de que la Navidad no es una fecha en el calendario, sino un estado del alma.
Y es quizá ahí donde reside la grandeza del belenismo: en su capacidad para hacer visible lo invisible. En un mundo saturado de imágenes fugaces, el belén permanece inmóvil, casi inmune al ruido, recordándonos que lo esencial no necesita movimiento para estar vivo. Basta una cueva, una luz tenue, unas figuras detenidas en el instante eterno del Nacimiento para que algo profundo se active en quien mira.
Los belenes de La Torre no se imponen; se ofrecen. No reclaman atención; la despiertan. Y al hacerlo, nos devuelven una experiencia hoy rara: la de la contemplación. Contemplar no es mirar, sino demorarse. Es permitir que la escena nos mire a nosotros, que nos interpele sin palabras, que nos recuerde que hubo un tiempo —y quizá aún lo hay— en el que la esperanza cabía en un pesebre.

Tal vez por eso tuve la sensación de haber entrado no sólo en el pasado, sino también en el futuro. Porque el belén, lejos de ser una reliquia, es una reserva espiritual. Nos habla de un porvenir distinto, uno en el que la humanidad no olvida sus orígenes ni renuncia a lo sagrado. Un futuro en el que la técnica no suplanta al alma y en el que la Navidad no se disuelve en consumo, sino que permanece como misterio.
Al salir de la sala, comprendí que no había visitado una exposición, sino un espacio de resistencia silenciosa. En pueblos como La Torre, el espíritu de la Navidad sigue encarnándose cada año en manos anónimas, en miradas atentas, en un arte humilde que no busca reconocimiento, sino fidelidad. Fidelidad a una verdad antigua: que la luz llega siempre desde lo pequeño.

Y quizá esa sea, al final, la enseñanza más profunda del belén. Mientras sigamos siendo capaces de arrodillarnos interiormente ante lo frágil, ante lo naciente, ante lo humilde, la Navidad seguirá ocurriendo. No en los escaparates, sino en ese lugar interior.

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