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Opinión Conversaciones para tiempos de hoy El espíritu de la Transición José Antonio Hernández de la Moya José Francisco Adserias Vistué Literatura Redactores

VENEZUELA: ¿Y AHORA QUÉ?

No sería una operación de justicia poética. Sería una operación de realismo político.

La pregunta se impone sola. Venezuela parece haber entrado —o estar a punto de hacerlo— en una fase distinta, difícil de definir, pero imposible de ignorar. La rueda de prensa de Donald Trump de ayer sábado 3 de enero junto a su equipo, ofrecida al mundo para explicar los detalles de la operación contra Nicolás Maduro, dejó interrogantes. Entre ellos, uno llamó poderosamente la atención de analistas y observadores: la mención explícita —y sorprendente— de María Corina Machado para, acto seguido, sacarla de la ecuación como figura llamada a gestionar la transición política venezolana.

El comentario fue breve, casi lateral, y sin embargo revelador. ¿Por qué nombrarla para excluirla? ¿Por qué hacerlo públicamente? En política internacional, nada es casual. Y cuando un líder estadounidense señala una pieza para retirarla del tablero, suele ser porque el tablero ya ha sido rediseñado.

Desde esta perspectiva, comienza a tomar forma una hipótesis incómoda para muchos, pero no por ello inverosímil: la posibilidad de que Washington haya optado por una estrategia de cambio político pacífico diseñada desde el propio régimen venezolano, o al menos desde una parte de él. Un cambio no impuesto desde fuera ni liderado por la oposición tradicional, sino articulado mediante una mutación interna del sistema de poder.

Dicho de otro modo: no una ruptura, sino una transición controlada.

La historia ofrece precedentes. El más cercano, para el lector hispano, es el de la Transición española. Tras la muerte de Franco, España no saltó al vacío ni derribó el edificio institucional. Lo transformó desde dentro. Fue el famoso principio de “de la Ley a la Ley, a través de la Ley”: utilizar los mecanismos del propio régimen autoritario para desmontarlo progresivamente, dando paso a un sistema democrático. Quizás no fue una transición pura ni perfecta, y desde luego dejó zonas de sombra, renuncias dolorosas y silencios que aún hoy siguen siendo objeto de debate histórico. Sin embargo, fue una transición eficaz y, sobre todo, pacífica: logró desmantelar un régimen autoritario sin recurrir a la violencia, evitando una fractura social irreparable y sentando las bases de un nuevo consenso nacional. Asombró al mundo porque demostró que era posible pasar de una dictadura a una democracia mediante el diálogo, la negociación y el uso inteligente de las propias estructuras del poder existente, en un tiempo en el que muchos países solo conocían el cambio político a través del conflicto, la ruptura traumática o la guerra civil.

¿Podría algo similar estar gestándose para Venezuela?

Si esta hipótesis es correcta, la exclusión de María Corina Machado —líder carismática, frontal, inequívocamente rupturista— cobra sentido. En un escenario de transición desde dentro, las figuras que encarnan la confrontación total se convierten en un obstáculo, no en una solución. No por falta de legitimidad moral, sino porque dificultan los pactos silenciosos, las garantías cruzadas y las salidas negociadas que este tipo de procesos exige.

Una transición “desde el régimen” implicaría necesariamente la participación de sectores del chavismo: militares, cuadros políticos, élites económicas y administrativas que, llegado el momento, prefieran una salida ordenada a un colapso violento o a un final judicial sin retorno. Estados Unidos, en este marco, actuaría menos como ariete y más como arquitecto discreto, ofreciendo incentivos, garantías y presión selectiva.

No sería una operación de justicia poética. Sería una operación de realismo político.

El problema, claro está, es el coste moral. Este tipo de transiciones suelen dejar heridas abiertas: impunidad parcial, silencios pactados, verdades aplazadas. Pero también evitan guerras civiles, éxodos masivos y destrucciones irreversibles. La pregunta no es si es justo, sino si es viable. Y, sobre todo, si es preferible a las alternativas.

Venezuela, agotada tras décadas de confrontación, sanciones, crisis económica y fractura social, quizá esté siendo empujada hacia una salida imperfecta pero posible. Una salida en la que no habrá héroes incontestables ni villanos absolutos, sino actores reciclados, discursos moderados y un nuevo relato de “normalización”.

Si así fuera, la rueda de prensa de Trump no habría sido una mera comunicación de hechos, sino un mensaje cifrado. Un aviso de que el futuro no se dirimirá en las plazas ni en los exilios, sino en despachos, cuarteles y mesas de negociación.

Y entonces la pregunta vuelve, más inquietante que antes: Venezuela, ¿y ahora qué?

Tal vez la respuesta ya esté en marcha, aunque aún no sepamos reconocerla.


Retrato de José Antonio Hernández de la Moya con fondo de color azul claro.
Autor de Ideas

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