Librerías Amigas

Literatura de supermercado

Vaya por delante que no se pretende ir de elitista ni tratar al libro como un artículo al cual haya que rendir más pleitesía que a otros. Seamos realistas, en estos días, bajo una ola de calor extremo, se caen las caretas (cosas del sudor) y si a uno le dan a elegir entre las obras completas de Tolstoi y el aire acondicionado…, el ruso que espere al invierno, a esos días de sofá, manta y café calentito.

Ahora bien, dicho esto, no deja de llamar la atención, pese a que cada vez sea más común, encontrar libros a la venta en ciertas cadenas de supermercados o de distribución de electrodomésticos; junto a las pilas, los pendrive y otros artículos de venta compulsiva cerca de la línea de cajas. «Cari, ¿tenemos pilas para los mandos de la Wii? ¿Chicles? ¿Un juego de brocas? ¿El último premio Planeta?».

Ha sido tan de a poco, la introducción del libro en ciertos canales de venta bien alejados del circuito tradicional, que ni nos hemos dado cuenta. Habrá quien diga que está bien, que incluso es positivo porque de ese modo se acerca aún más la literatura al gran público. Pero las preguntas están ahí.

Como, por ejemplo, si esos libros que se compran compulsivamente en lo que la cola avanza y le toca a uno rascarse el bolsillo para pagar, si esos libros, decíamos, se terminan leyendo o su compra es, en la mayoría de los casos, ese regalo de última hora que todos hemos hecho alguna vez. O si esas grandes cadenas terminan imponiendo la línea editorial a ciertos grupos editoriales; porque estas funcionan en base a precio, rotación de producto y bonificación del proveedor-editor. No hay más. Rentabilidad por metro cuadrado. Punto. La diferencia con las librerías (grandes, pequeñas, de barrio o en centros comerciales, lo mismo da), es que estas últimas no pueden dedicar el espacio de los libros a vender lavadoras o secadores de pelo. Si unos títulos no funcionan en una cabecera, en el escaparate o en el regazo del librero, se prueba con otros, pero sus opciones son limitadas; tal vez agendas o algo de papelería y, cada vez más, un puñado de productos de marketing orientados a mitómanos y adolescentes que acaben de leer a Kafka.

Estas cadenas de supermercados y electrodomésticos tienen la opción (y recurren a ella constantemente) de decirle al distribuidor que, si no le da ciertas bonificaciones o le hace productos a medida, manda los libros al quinto infierno y pone una cabecera con relojes de cocina de Peppa Pig, que les llegó un contenedor de China al almacén la semana pasada y les tienen que dar salida. Esos productos a medida pueden variar desde ediciones exclusivas con algún regalito para el lector hasta ediciones que impliquen algún tipo de descuento añadido. Y esto, tan poco favorable para los libreros, alcanza su mayor crudeza y señala el punto de no retorno, el punto de involución del mercado del libro, cuando se da un paso más; cuando estas cadenas piden libros como si fueran naranjas (tal origen, tal calibre y tal sabor —ni muy dulces ni muy ácidas—, que le puedan gustar por igual al nieto y a la abuela), porque muchas editoriales y un buen número de autores quedan fuera al instante. Y si el mundo del libro nunca ha sido especialmente sensible con las minorías literarias, esto último ya los relega casi al ostracismo. Porque no se está luchando sólo contra el último gran pelotazo editorial, o contra el beneficio que pueda dejar cada metro cuadrado dedicado a la Play Station 4, la última tablet sacada al mercado, barbacoas, frigoríficos, los dichosos relojes de Peppa Pig o el bendito aire acondicionado, sino que se lucha, principalmente, contra el pedido a medida ordenado por el responsable de ventas de turno, que siempre tirará hacia lo más conservador porque lo único que pretende es no hacer ruido, y allí, en su despacho, calladito y quietecito, esperar a que lo asciendan antes de que su trasero necrose en el sillón que ocupa ahora mismo. Y si lo que escribes no encaja con el origen, calibre y sabor demandado por la gran superficie de turno, ni viene con el sello de garantía de un grupo editorial que trabaje productos estandarizados y a medida… corres el riesgo de quedarte fuera.

Frente a esto, afortunadamente, queda el oficio y dedicación de las librerías de toda la vida primero, y de las editoriales independientes después. Editoriales que, por supuesto, lo que quieren es vender, pero no por eso pierden el norte ni la personalidad dejando que sean otros los que les digan qué han de publicar, cómo ni cuándo.

Víctor Marchán

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