Opinión

Literatura de pantalones cortos

El primer escritor que usó pantalones cortos fue Quevedo. Es cierto que se podría debatir mucho acerca de este tema y no disponemos de ningún retrato de cuerpo entero que sostenga tal afirmación, si bien proponemos a Don Francisco como el pionero en esta estética por dos razones: estar más fresquito en verano y el concepto que hay detrás. Y, seamos serios, alguien que gustaba tanto de jugar con la elipsis muy probablemente también optase por recortar sus pantalones allá donde la tela no fuera estrictamente necesaria.

Desde entonces han sido muchos los escritores de pantalones cortos. Usando, en lugar de tijeras, neologismos, metáforas, juegos de palabras y lo que considerasen oportuno; aquello que sirviera para dejar sus pantalones a la altura de las rodillas siempre ha sido bienvenido.

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Retrato de D. Francisco de Quevedo

Dejando el Barroco y el conceptismo más estricto a un lado: Kerouac buscando trasladar al papel los ritmos del jazz; Céline con su lenguaje crudo, de la calle; Hunter S. Thompson y su periodismo Gonzo… todos ellos hicieron de su capa un sayo y de sus pantalones unas bermudas porque el lenguaje estaba a su servicio.

Por contra, los culteranos, esos puritanos que ven inapropiado que un hombre (no digamos una mujer) muestre sus canillas, siempre han optado por una estética distinta, considerando que la palabra escrita ha de ser reverenciada más por la complejidad de su léxico que por el mensaje que pudiera haber detrás.

Esto es algo que no solo ocurre en la literatura. En la música, por poner un ejemplo cercano, a comienzos de los noventa el movimiento grunge trastocó la idea de rock que tenían muchos e incluso algún crítico musical dijo que eso no era rock, que qué era eso de vestirse con la rebeca de la abuela y llevar pantalones cortos; el rock era otra cosa, era llevar pantalones de cuero y camisetas con calaveras… con permiso de Angus Young, guitarrista de AC/DC.

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Angus Young

Y todo lo demás no era sino colgarse una guitarra al cuello y creerse músico por derecho propio. Paradójicamente había más de espíritu roquero en el grunge que en aquellos puritanos de la estética tanto musical como en lo relativo a la vestimenta. Al igual que hay más literatura en un poema de Bukowski que en los cuatro versos que puedan escribir la mayoría de los detractores del verso libre.

Que tampoco se nos malinterprete. Aquel escritor que se sienta cómodo dentro del culteranismo (que muchos hay porque no murió y, con mínimas mutaciones, ha llegado a día de hoy), hará bien. Aunque aquellos que lo hagan por la pose se olvidan de para qué se escribe. En la mayoría de esos textos no hay más emoción que la que el escritor siente por lo que está escribiendo (se gusta y, si le alcanzaran los labios, se besaría a sí mismo en las mejillas; cuenta la leyenda que Góngora llegó a besar su propia nariz), pero no por el tema que trate.

Y prácticamente ocurre lo mismo con muchos escritores de pantalones cortos, porque el hábito no hace al monje, aunque haya quienes crean que sí. Y fingir una pose es de lo más triste que se puede observar en un escritor.

Esto último recuerda aquella frase de Alta fidelidad, de Nick Hornby: «Era como todos aquellos que de pronto se afeitaban la cabeza e iban por ahí diciendo que siempre habían sido punks, que eran punks desde antes de que el punk se inventase».

Cambiemos punk por underground y tendremos escritores de pose a patadas. Escritorzuelos que no transmitirán nada por mucho que recorten sus pantalones, porque lo harán solo por seguir, o tratar de revivir, una moda. Farsantes, en definitiva, cuya falsedad traspasará sus versos sin rima y su prosa plagada de jerga que quedarán en evidencia frente a aquellos que, usando o no esos mismos recursos, no escriban ni por gustarse ni por el mero hecho de aparentar.

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