José Ramón Chaves

Los que no leen literatura no saben lo que se pierden

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  1. Se omite decir, y yo lo hago, que el amor por la literatura es cosa de los docentes; ellos deben tener la habilidad de despertar en los alumnos la fascinación por las buenas letras. Las dos tazas de caldo suenan a venganza o castigo, y eso es justo lo contrario que el alumno, ya sea de hoy o de hace cien años, necesita.

    La filología no suscita ánimos de lectura, como tampoco lo hace la medicina, el Derecho o la ingeniería naval. El bachiller es tan vital para toda persona que una vez ultimado el mismo se cierra definitivamente la fase de aprendizaje genérico, donde todos los campos (ciencias y letras) han sido expuestos para el bien del alumno.

    Profesores, maestros a la vieja usanza, de aquellos que su sola presencia irradiaba un entusiasmo trascendental ya desde el primer día de clase. Pero lo cierto es que hoy por hoy, se dedican a la docencia precisamente los que nada saben, los que no han leído ni el diario, los que hicieron un bachiller que no alcanza ni a mediocre.

    Y entonces, pregunto, ¿cómo un inepto muy simpático y dicharachero (es decir, tonto) va a suscitar en los alumnos algún amor por las letras?

    Se impone, y con carácter de urgencia, revisar la calidad de nuestros docentes, los que deben enseñar a nuestros hijos mucho más que escribir y leer.

    Que no vengan con baratas excusas porque si hoy hay tabletas y teléfonos inteligentes, ayer hubo pizarrines, reglas y tinteros, estuches con lápices de colores, sacapuntas y tebeos de toda gama posible.

    La docencia no puede estar en cualquier mano o persona. Saber una cosa es infinitamente distinto a saber enseñarla, y entiéndase lo de enseñar como animar de a poco a los alumnos a que se les despierte su entusiasmo por las letras.

    Porque de la misma manera y con iguales métodos, los alumnos que finalizan el bachiller no saben matemáticas, filosofía ni mucho menos latín. De hecho, y esto es lo triste, no saben de nada mientras que han estudiado de todo.

    Docentes, esa es la clave. Porque lo obvio es que un alumno de trece años es más inteligente que el profesor frente suyo tratando de enseñarle la estructura de un soneto o los polinomios de segundo grado.

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