Ya comenté en un artículo anterior que una de las películas que más me había gustado de la Sección Oficial era Ana de día de Andrea Jaurrieta.

La otra de mis favoritas fue la uruguaya (con coproducción de Argentina y Venezuela) Ojos de madera de Roberto Suárez y Germán Tejeira. Su paso por el certamen fue extraño e, incluso, un punto desconcertante. No sabemos si todo formó parte de una estrategia deliberada de antimarketing, de una especie de performance para reforzar el concepto central del film, una declaración de rebeldía por las dificultades para lograr que la película salga a la luz o, a lo mejor, una conjunción de circunstancias que estamos sobreinterpretando porque nunca nos quedamos conformes con la interpretación más sencilla. Pero no es menos verdad que todo ello ha ayudado a crear un halo que refuerza el magnetismo y el sorprendente poder expresivo y dramático de Ojos de madera.

Lo olvidamos cuando crecemos pero entre el niño y la realidad existe un territorio con espacios a medio construir, caminos pendientes de delimitar y mapas que nadie ha dibujado aún. Un territorio que puede acabar siendo habitado por la seguridad y por la certeza pero que también es geografía propicia para los fantasmas y los miedos ancestrales. En este Festival de Málaga hemos visto películas que han visitado este territorio, películas herederas de otros títulos como La ventana (1949) de Ted Tetzlaff, Suspense (1961) de Jack Clayton, Matar a un ruiseñor (1962) de Robert Mulligan, Viento en las velas (1965) de Alexander Mackendrick, A.I. Inteligencia artificial (2001) de Steven Spielberg, El laberinto del fauno (2006) de Guillermo del Toro, Expiación (2007) de Joe Wright y, sobre todo, de El espíritu de la colmena (1973) de Víctor Erice y Cría cuervos (1976) de Carlos Saura.

En Zonazine, se proyectó Trinta lumes (Thirty Souls) de Diana Toucedo. Rodada en una aldea de la Galicia profunda, es, a la vez, poética, social, antropológica y etnográfica. De gran belleza plástica y de ritmo pausado y sereno, retrata, a medio camino entre el documental y la ficción, el encuentro de unos niños con el mundo de los espíritus que tan arraigado está en el pensamiento mítico gallego.

Sin embargo, Trinta lumes abre el abanico de su mirada para pasear al espectador por un mundo que agoniza, por una aldea de la Galicia rural que, poco a poco, se va despoblando y cuya forma de vida se va extinguiendo sin remedio. Y, en medio de ese cruce de épocas y, hasta podríamos decir, de civilizaciones, los niños, realmente inermes ante el alud de sensaciones que los invaden, son criaturas frágiles que, en cualquier momento, corren el riesgo de extraviarse y adentrarse en rutas que no conocen ni controlan.

Imágenes de Trinta lumes

Frente a Trinta lumes, Ojos de madera juega deliberadamente a desarrollarse en un tiempo impreciso, posiblemente identificable de modo aproximado gracias a algunos detalles que articulan su poderosa iconografía visual pero, a fin de cuentas, insinuando claramente el carácter atemporal de la historia. Protagonizada por Pedro Cruz (niño en el momento de su realización, hoy un joven de 20 años, ya que han pasado 10 años desde el rodaje de la película), interpreta a un huérfano que, tras un accidente de coche que provoca la muerte de sus padres, se tiene que ir a vivir con sus tíos (y que, además, está siempre en silencio, ya que no pronuncia una palabra en todo el film). Ojos de madera es una película sobre el miedo al desamparo, a la soledad y al vacío, al vacío más profundo posible que es el vacío de uno mismo, el miedo a descubrir que tu personalidad es una mera fantasmagoría. En sólo 64 minutos, Roberto Suárez y Germán Tejeira logran llevar a cabo un ejercicio narrativo potente y profundo, con múltiples referencias que se cruzan en su complejo entramado.

Pedro Cruz, protagonista de Ojos de madera

Porque en esta película están presentes Edipo, Pinocho, los oropeles religiosos (con todo su boato y todas sus contradicciones) y el mundo del circo y la farándula, con su lado alegre y su reverso inquietante (lo cual remite a Fellini, a Bergman y al It de Stephen King), todo lo cual se combina con una iconografía visual trenzada a través de una maravillosa fotografía en blanco y negro (hay que alabar con toda rotundidad el magnífico trabajo realizado por el director de fotografía Arauco Hernández), que sólo se rompe con una fantasmagórica secuencia en color (un flashback, del que no podemos revelar detalles porque en él se esconden elementos muy importantes de la trama), y una acertadísima y creativa selección de elementos narrativos, dramáticos y visuales que crean una atmósfera turbia y desasosegante.

Imágenes de Ojos de madera

Como hemos dicho con anterioridad, el proceso por el que Ojos de madera ha podido llegar a ser exhibida en salas ha sido arduo y complicado y ha llevado todo un decenio, siendo así un ejemplo paradigmático de cómo muchas veces las pautas comerciales y el valor artístico chocan y paralizan proyectos de gran interés. No sabemos cómo ha podido influir ello en la promoción que ha tenido la película en el Festival de Málaga, promoción que ha sorprendido por su sobriedad frente al despliegue que suelen realizar otras producciones, ya que no han acudido ni sus directores ni sus productores (recordemos que se trata de una coproducción entre Uruguay, Argentina y Venezuela) y sólo vino a defender la película uno de los integrantes del reparto, su protagonista, Pedro Cruz, que, como hemos dicho, ahora tiene veinte años. Ello desconcertó a quienes estábamos realizando la cobertura del Festival (y creo que ello la perjudicó a la hora del reparto de premios, ya que se fue de vacío) y hasta mi compañera de la revista Aurora Boreal (https://www.auroraboreal.net/), Marta Moreno, elaboró la teoría de que se trataba de una actuación deliberada para generar una situación paralela a la que la película refleja: es decir, si en Ojos de madera se muestra a un niño desconcertado en medio de su entorno, ese mismo niño, sólo que con diez años más de edad, viviría una situación similar en la promoción de la película para reforzar su eje temático central… Sea como fuere, tuvimos la oportunidad de hablar con Pedro Cruz sobre su papel en el film y sus recuerdos del rodaje y nos dijo cosas muy interesantes sobre la película.

Pedro Cruz, protagonista de Ojos de madera (Fotografía de Lorenzo Hernandez: http://www.photolorenzohernandez.com)

 

ACALANDA MAGAZINE: Buenas tardes, Pedro. Creo que lo primero de todo es saber cómo llegas al mundo de la interpretación y cómo aprendiste a amarlo porque creo que es fundamental para comprender cómo llegas a Ojos de madera

PEDRO CRUZ: Mis dos padres son actores. Mi padre es actor, mi madre era actriz, ya falleció… Y, bueno, yo, de niño, iba todos los días a los ensayos. Era una cosa cotidiana para mí, estar dentro de un teatro, salir de ese e ir a otro… Todos los días, más o menos, ensayo tras ensayo… Por tanto, no es que yo, por ver una película, me haya despertado las ganas de hacer cine, sino como que lo llevo un poco adentro por eso mismo: mis dos padres eran actores y los acompañaba a los ensayos… Yo me acuerdo perfecto: estaban ensayando, yo los miraba, el director corregía a un actor… De tanto verlo, una vez, entré y fui yo mismo quien le corregí al actor y le dije cómo tenía que hacerlo… Y así fue.

ACALANDA MAGAZINE: Es decir, a ti el amor por el cine te llega a través del amor al mundo de la interpretación gracias a tus padres…

PEDRO CRUZ: Claro. Muy de chico, tengo fotos de que estaba yo en la cuna, detrás del escenario, y ellos actuando. No sé si mis abuelos no podían cuidarme o cosas así… Pero, desde chico, siempre he estado en los teatros.

ACALANDA MAGAZINE: Es, entonces, por ese contacto con el mundo de la interpretación, como llegas a Ojos de madera.

PEDRO CRUZ: Sí, más o menos. Roberto, el director, conoce muy bien a mi padre, me conoce muy bien a mí. Me vio nacer. De hecho, la foto donde yo estaba en la cuna era una obra de teatro en la que mi padre y Roberto estaban juntos actuando. Y, bueno, el director me ha dicho que la película la pensó para mí. No sé qué de tan cierto es, pero sí es verdad que desde chico me conoce y siempre he estado metido ahí…

 

Pedro Cruz nació en el seno de una familia de actores (Fotografía de Lorenzo Hernández)

ACALANDA MAGAZINE: ¿Cómo fue para ti el rodaje? Hay niños que, cuando actúan en una película, lo recuerdan como un juego. Otras veces, tienen el recuerdo de que fue algo más profesional… ¿Cómo lo recuerdas tú?

PEDRO CRUZ: Mira, mi padre me dijo que íbamos a sacar una foto para un amigo que estaba en Brasil, que me conocía de chico y que quería verme… Bueno, pues, claro, le dije, vamos… Cuando llegamos, Roberto me dijo: “No, no es una foto. Es un casting para una película”. Yo no puse problemas. Roberto me dijo que anduviera, que pusiera cara triste, que volviera, cosas así, yo las hice… Y, al mes, nos llamaron y nos dijeron que en febrero íbamos a firmar una película… Me contó la historia, pasó el mes de verano, enero (recordemos que estamos hablando de Sudamérica y, por tanto, Pedro se refiere al verano austral), llegó febrero, llegó el momento, yo iba día tras día, era como estar de vacaciones, con amigos, pero con gente grande… Sólo que ellos estaban trabajando y yo de vacaciones… Era un poco así. Yo recuerdo que iba en el día, que disfrutaba las doce horas… Era como un juego. No me quería ir después. Ellos se iban a tomar unas cañas y yo quería seguir con ellos porque no me quería despegar… Lo pasaba tan bien que no quería despegarme…

ACALANDA MAGAZINE: ¿Y cómo fue dirigirte? Porque tú no hablas en toda la película, lo cual significa una dificultad añadida…

PEDRO CRUZ: Eso no lo sé si lo recuerdo tanto… Pero sí creo que me decía: “Ahora tenemos una escena en que tienes que estar mirando para allá. Un poco calmo. Levántate, camina…”. Yo seguía sus pasos pero no hacía más que eso… Puede ser que yo no pensara lo que estaba haciendo. Yo estaba ahí y disfrutaba de eso. Nos reíamos todo el tiempo… Cuando había que rodar la toma, nos poníamos serios. Otra toma, nuevamente serio…

ACALANDA MAGAZINE: ¿Cuál fue, para ti, la escena más difícil?

PEDRO CRUZ: Yo creo que una en que le clavo el tenedor a mi tío. Porque no había tenido que hacer nada como eso. Venía de un plan de rodaje muy tranquilo y eso fue un cambio muy brusco… En esa escena, él cree ver al payaso, porque el payaso se le quedó en la mente toda la película. Porque el payaso se le muere encima y él queda perturbado por el payaso desde ese momento…

 

Pedro Cruz nos cuenta detalles muy interesantes sobre el rodaje y sobre su incorporación al proyecto (Fotografía de Lorenzo Hernández)

ACALANDA MAGAZINE: ¿Cuándo fue la primera vez que viste la película?

PEDRO CRUZ: En octubre de 2017. Hasta ese momento, no había visto ni un pedacito de nada.

ACALANDA MAGAZINE: ¿Y qué idea tenías en tu mente de cómo iba a ser?

PEDRO CRUZ: Yo sí tenía una idea en la cabeza sobre cómo iba a ser porque, antes de filmarla, sí sabía más o menos la historia, que a un niño se le morían los padres, que lo adoptaban los tíos… Yo en enero estaba veraneando en el balneario y llevaba manga larga, todo con protector solar, porque no me podía quemar y yo soy bastante blanco pálido… Pero yo quería disfrutar del verano también. Iba a la playa y a mis amigos les contaba la historia. Y yo, por eso, ya la tenía en mente. Siempre la tuve.

ACALANDA MAGAZINE: ¿Te llevaste una gran sorpresa cuando viste el resultado final?¿Varió mucho o no respecto a lo que tú pensabas?

PEDRO CRUZ: La sorpresa más grande fue la división en actos. Yo no tenía idea de que iba a ser eso. Se ve que le vino bien a él por diferentes circunstancias pero yo pensé que iba ser de corrido, una película normal pero por algo la dividió y esa fue mi gran sorpresa. Se parece mucho a una obra teatral. Roberto Suárez es director de teatro en Uruguay, muy reconocido, y después de esta experiencia ha dicho que no quiere hacer nada más en cine.

ACALANDA MAGAZINE: ¿Y en tu caso?¿Qué proyectos tienes?

PEDRO CRUZ: Yo, en realidad, no me considero actor. Tampoco sé que quiero ser actor. No tengo una idea fija todavía, sí o no. Nunca he estudiado. Eso me limita. Y otra gente me dice que no tengo por qué estudiar, que si sale de mí… No lo tengo claro. Si se da una oportunidad, yo pruebo y si les gusta, bien, y si no, también…

Como pueden ver, Ojos de madera es una película-milagro, una obra de arte que casi no llega al público y que ha provocado la decepción de su director Roberto Suárez, que ha confesado que no quiere hacer más cine en su vida. ¿Se cumplirá este pronóstico? Ojalá que no. Roberto Suárez ha demostrado tener un gran talento y querríamos que lo intentara de nuevo. El tiempo dirá. El futuro de todos los integrantes de este maravilloso proyecto está aún por escribir…

 

Fotograma de Ojos de madera, una película que es toda una radiografía del desamparo interior

 

Gracias por comentar

A %d blogueros les gusta esto: