África. Una lejanía donde son posibles todas las lejanías, de Isabel Bernardo

Isabel Bernardo

«Qué cerca la vida. Qué cerca la muerte» dirás en el poema «En persistente reclamo». Pudiste, entonces asistir, poeta órfica, al encuentro de nuevo con el padre, que es África, continente total. A través de un mar oscuro, de látigos y lobos, barracones, corales profundos… llegas de nuevo a tierra y le llamas a escuchar contigo «cómo octubre se hace música inmarchitable».

Sí, Isabel, toda lejanía es posible a través de tu palabra. A través de los caminos que aciertas a encender en la noche más oscura. En «la noche sin noche» que conoces bien. Desde tu hondo lamento tras la muerte del padre, intuido solo al principio el aire, pues tú misma eras la noche oscura, desde el silencio más atroz sin garganta, inicias la travesía. Poco a poco, el murmuro de África te fue saliendo. Su canto oscuro y silencioso que es luz. Profundidad. Cantaste entonces las olas negras, por eso de que «el silencio no estallara en el aire» o por dentro, elegiste «quedarte con el vuelo», ir encendiendo el aire, volver a recoger el fruto de las viñas…

«Y el socavón de la charca nuevamente se ha hecho un cáliz de cielo y flores»

«Qué cerca la vida. Qué cerca la muerte» dirás en el poema «En persistente reclamo». Pudiste, entonces asistir, poeta órfica, al encuentro de nuevo con el padre, que es África, continente total. A través de un mar oscuro, de látigos y lobos, barracones, corales profundos… llegas de nuevo a tierra y le llamas a escuchar contigo «cómo octubre se hace música inmarchitable».

En el exquisito prólogo de Juan Antonio González-Iglesias ya se nos avisa del aire que puebla tus versos. Como libro en el desierto, se levanta del papel el mismo viento que sacude la arena en la sabana, murmuro que arrulla los sueños, exhalación de «herrumbres en ácidos cardenillos», en palabras… Aire que es respiración rapsódica de los perros, viento que azota el corazón y los cristales de la casa, brisa que mece el sueño y es capaz de sostener el vuelo de los pájaros. Y aire, Isabel, que recorre como una letanía preciosa, riquísima, la frescura de tus palabras. En un léxico recién nacido para ti, con sabor a tierra, granado, los oídos se pueblan de tacto, de aromas, de sonidos naturales bellísimos…

«¡Cuánta elocuencia de sombras retozonas amoreciéndolo todo!» Un concierto total de sentidos en el poema «Noches amarillas», en el que toda curva amorosa se convirtió de pronto en vértigo y cuchillo. Para el tacto, los lomos de la yegua, la piel de los limones. Para el oído, la coral de los labios, «las lunas alabeándose en la alhóndiga». Para el gusto, la miel del jaral, las noches dulcísimas. Para la vista, las retamas y los trigos. Para el olfato, «la mimosa descabalgando sus plumones por la tapia.»

Él, el padre, había sido manos artesanas, habitando amorosamente sus cercanías. Pinos, acacias, zarzas, aljibe… En él los elementos: tierra, agua, fuego y aire se alimentaban. En el poema «Sus cercanías», el padre «repujando las lindes con rosas», había orientado también un catalejo hacia esas noches de estrellas y esperanza. Por eso la noche se filtra en tu pecho, Isabel, con vuelos, pájaros, palabras. Y hay noches copiosas, como «cendal de oro». Hay noches negras, » de carbón, de lobos, de difuntos»… Y «noches sin noche». Sintagma que no es unívoco en tu largo poema.

Te recuerdas de niña, en tu azul de cielo abierto, en la bóveda tan limpia musicada de pájaros, en los enigmas del aire, en el ensueño azul, también, de las palabras… Confiados manos y corazón a su «invisible vuelo», porque además de manos, él había sido palabra. Y fue tan verbo, Isabel, que así le escuchaste aquel nueve de septiembre abrir las puertas. Tan propio de aquella casa generosa bajo la abierta cúpula de estrellas.

Aquella «gigantesca heredad en desolación», aquel vasto corazón de fuertes brazos, de extenso abarcamiento, que era el padre, había plantando, abierto siempre la vida hacia adentro. En desafío, «como viento desgarrado de aire»… seguía allí, en la casa, fundiéndose con su alrededor. Como «hoja de octubre» que se resiste al viento… Y a la vez, tanta vida alrededor, «la luna en la piel negra del río», los «cárabos en la rama oscura», en persistente reclamo. Vida y muerte alborotándolo todo al unísono, tiran de ti, Isabel, hasta que en el bellísimo poema titulado «Ulises» sabes que el padre volverá del largo viaje por los mares. Volverá siempre, «los ojos enmadrados de agua dulce y de espliegos», pero ahora ha de partir, como los pájaros. Sabes que «aquella sombra ensayaba el primer vuelo de una lejanía que vendría desde la lejanía de África» para salvarte.

En este largo poema, en esta alegoría que es África. Una lejanía donde son posibles todas las lejanías, golpeado de sombras, sacudido de trigales, perfumado de aromas… asistimos al encuentro más fecundo con la naturaleza. Ríos, lomas, tapiales, robledales, embalses… Zarzas, abetos, hojarascas, prímulas, juncos, violetas… Grillos, corceles, cebras, buitres, leopardos…

Encuentro fecundo con la naturaleza y paso de las estaciones por el paisaje que eres tú, Isabel, que es también el paisaje de la casa familiar en aquel valle y que es «el paisaje del alma».

Oímos en tus labios la voz oscura del continente africano en nombres propios. En el poema titulado «El murmuro negro de África», el tren lleva el adiós de Uncle Jan a las misiones. Escuchamos tararear a Zanele mientras prepara el guiso de impala, con azafrán y especias, templado su canto negro y sus dioses en su esbelta y primordial figura. El silencio de Stuff contiene el sonido de la sabana, la pisada sobre la tierra y el polvo que levantan cebras, gacelas y ñús. La llegada de David Mekinda a casa. La canción del hambre en la garganta carroñera de los buitres… Gavillas de cascabeles para turistas, risas de los niños de Durban zambuyéndose en el Índico…

Meses, fechas, estaciones que caen ya por el Poniente, a la hora exacta. Cuando se ha hecho posible toda lejanía, de tu mano y de tu voz. Única.

Reseña de África. Una lejanía donde son posibles todas las lejanías.
ISABEL BERNARDO Ed. Sial/Casa de África.

Mónica Velasco

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