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Re-conectarse

Nuestra Castilla se muere de casta, y de sequía y de abandono.

De todos los seres, hemos sido los únicos en pretender separar nuestro destino del de entorno natural. En una inercia inconsciente y soberbia, la distancia que nos separa físicamente de la naturaleza es cada vez mayor. Primeramente, gobernamos el curso de los ríos, el fruto extraído de la tierra, la piel o el alimento, o el producto que extrajimos del animal. Pero nuestros días hacen cada vez más patente que ni siquiera en la explotación agrícola o ganadera hemos puesto nuestros sentidos delicadamente. El medio rural, tan sabio, respetuoso y atento al entorno, desaparece y, con él, todo nuestro conocimiento de la larga tradición de siglos de relación entre el hombre y la tierra. Animales que son hacinados para extraer en el menor tiempo posible la máxima ventaja productiva, cultivos que no respetan el ritmo natural de las estaciones ni la naturaleza del suelo, ni la biodiversidad; los espacios naturales y bosques desaparecen para ceder al asfalto, a las grandes extensiones de escasez.

¿Qué le queda al poeta, al hombre de los ojos cristalinos? La palabra lírica no alcanza tanto como el hacha ni la ceniza. ¿Le queda el grito, la indefensión, el morderse los labios y los puños? ¿Le quedará la huida al propio paraíso cuando ya no quede paraíso? ¿Habrá lugar interior posible cuando el resto se desmorona?

El hombre de nuestro tiempo siente que padece una enorme pobreza. La sociedad de finales del siglo XX vivió en una inercia consumista, en un presente continuo de creencia en que todos los pueblos alcanzarían la sociedad de bienestar; sin embargo, nos hemos dado de bruces con una realidad bien distinta. El hombre de hoy mira con nostalgia un pasado que idealiza, el presente, con desconcierto, y al futuro, con inmensa desconfianza.

El egoísmo nos ha colapsado. Vivimos en un momento de impás. Nuestra generación habrá de ser artífice de una transformación radical en la relación con el entorno, los animales, las plantas, los territorios y las personas. Habrá de ser, necesariamente, un cambio que afecte a todos los órdenes: el económico, el político y el social. Todos ellos atravesados por el primer objetivo o premisa del equilibrio entre el ser humano y la naturaleza, con toda su biodiversidad.

Miguel Delibes fue un primer defensor del medio rural, pues es en este entorno en el que el ser humano, necesariamente, inicia la escucha, en una enorme admiración y respeto por el hombre que se ha criado mirando primero el cielo y después la tierra que tiene frente a sí. Esa cultura de la escucha, de la mirada atenta para extraer lo que la tierra ofrece, ese respeto por lo ajeno y ese mimo por el fruto que llega cuando debe llegar y no antes, toda esa cultura desaparece con cada generación que ha de dejar el medio rural porque nuestra España, nuestra Castilla, en particular, se vacía irremediablemente. Ese legado de siglos hace mucho que comenzó a desaparecer. Tierras sin pasto, bosques sin limpiar, pueblos sin escuela ni centro de salud hace mucho que empujaron al hombre a las ciudades… Nuestra Castilla se muere de casta, y de sequía y de abandono.

Mi palabra lírica, no obstante, no encuentra terreno más abonado que este. Ni cielos más altos. Ni luz parecida. El aire de esta tierra me cala en los huesos y me silba mensajes ocultos que intento deshilvanar en una dificultad dichosa. Y en ocasiones me siento una ilusa por creer que siempre estamos a tiempo. Creo en el ser humano y en esa creencia aún me resulta amable cantar la vida. Situarme con firmeza en medio del camino y mirar detenida, muy detenidamente, la belleza. Pronto mi corazón se sobrecoge y entiende. Se prende absorto de una rama en movimiento, o del verde purísimo. De la red que conforma el bosque o la dehesa.

Muchas veces he escuchado a los propios poetas plantearse el poder de la poesía. El poder de su palabra. Algunos no confían en la transformación que pueda surgir de unas pocas letras hilvanadas, tal vez no; sin embargo, yo me obstino. Me niego a creer que cantar no es mi obligación si yo siento una canción que palpita en el fondo. Y es mejor una oración compartida que en soledad. El OM será más hondo. La comunicación tendrá su lugar, como se comunican las plantas, la naturaleza toda, con un lenguaje esencial. Por eso tantos poetas a los que admiro se han acercado al Silencio, desde nuestro San Juan de la Cruz hasta nuestros días. Adelgazan su palabra hasta el punto último; para escogerlas, para no hacer apenas ruido y unir su voz a la voz de la tierra, cantar con un canto único muy cercano a la oración.

Vivimos en el siglo de la imagen y de la sobreinformación. Hay mucho ruido y es difícil discernir la palabra verdadera. Busquémosla y, en esa búsqueda, quienes nos encontremos, sigamos compartiéndola.

Cuando “agudizo la pupila en busca del secreto”, como digo en un texto, solo me sirve el lenguaje para dejar testimonio de esa comunicación. El lenguaje, la palabra, sirve de manera insuficiente al poeta que desea revelar algo que apenas se le revela a él, tan solo quizá como fogonazo, o como un instante de purísima entrega. Pero en esa insuficiencia, el código del lenguaje, atravesado de siglos, nos sirve para el canto. Pienso que seguramente al pájaro le suceda parecido. En su canto no puede acumular la fuerza de la amanecida, ni el poder de la rama que le sostiene ese instante, ni el porqué de su canción, sin embargo, el bosque seguramente sienta la vibración que sale de su pequeño cuerpecillo y le sea más sencillo hilar la cascada que de él derivará.

“Cuando mis ojos perfilan el roce

del ala en el aire,

descifran el fuego.

Cuando mi oído alcanza

la tensión del átomo en la vida.

Soy el lobo al acecho de toda verdad.

Cuando mi piel inspira

la temperatura que fuera

de mí – en sinergia-

circunda y se inflama,

soy el lobo al acecho de toda verdad.

Fiera de fauces y garras.

Encrespada, devoro.

Después, el cazador de la noche

abrirá mi vientre

y me hundiré de nuevo

en la rutina del pozo

cargado de piedras.»

Tus ojos sostienen el vuelo del pájaro.

Ed. Diputación de Salamanca. 2022

Mónica Velasco

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