Acalanda - Relojes

YO, ABO. Capítulo 30: El «Unus Mundus».

Había tomado por mí mismo una transcendental decisión basándome en un cúmulo de casualidades sucedidas desde la “Noche de aquél día”, es decir, desde la noche de la fiesta de mi graduación. Todas ellas me llevaban hacia un mismo punto: viajar hasta Stanford (California) para hacer un posgrado en ingeniería informática en la prestigiosa Universidad Leland Stanford Junior, conocida como Universidad Stanford. Ya, pero… ¿con qué fin? —me preguntaba interiormente.

—Oye, Mari-Luz: ¿Te ha ocurrido a ti alguna vez este cúmulo de casualidades tan sorprendentes que te han llegado a parecer mágicas, como si el Universo te estuviera enviando alguna señal, algún mensaje?

—Por supuesto. Todos, sin excepción, hemos experimentado alguna vez aparentes causalidades que nos han parecido mágicas o extraordinarias. ¿A quién no le ha sucedido alguna vez que le está dando vueltas a un problema y lee una frase en un libro o un anuncio publicitario relacionado con lo que le está ocurriendo? ¿O que está pensando en alguien y se lo encuentra de repente? ¿O recordando una canción y esta empieza a sonar por la radio? Todas estas cosas son hechos relativamente habituales que atribuimos a la casualidad o al destino, pero que, sin embargo, obedecen a una conocida ley universal: la Ley de la Causalidad. 

—Sí, claro, la Ley hermética de la Causalidad. ¿Tú crees que es pura hipótesis filosófica o, más bien, una fuerza invisible desconocida que genera conexiones entre sucesos, personas o informaciones?

—Me inclino por lo segundo, Abo. Esta ley conecta sucesos, personas o informaciones a través de hilos invisibles e incomprensibles para nuestras mentes racionales. Según el psiquiatra suizo Carl Jung estos sucesos que acaecen en nuestras vidas a menudo no son casualidades sino sincronicidades. Por cierto, uno de los aspectos más curiosos y enigmáticos de nuestro Universo. 

—Entonces, Mari-Luz: ¿Existen las causalidades?

—Claro que existen las causalidades, Abo. Todos hemos oído muchas veces que no existen las casualidades sino las causalidades. Esto es así. La vida está llena de causalidades y todas ellas responden a la Ley de Sincronicidad, aunque tantas veces no haya pasado desapercibida. Sin embargo, aunque te parezca increíble las sincronicidades es más habitual de lo que nos pueda parecer. Cuando analizamos la historia podemos comprobar que está repleta de causalidades significativas. Hay innumerables y en ámbitos distintos.

Sincronicidades collage 2 - El "Unus Mundus" - Acalanda Magacín

—¿Sí?

—Sí, por supuesto. Una de las que se suele contar tiene al actor Anthony Hopkins como protagonista. Se cuenta que antes de que comenzara el rodaje de la película “La mujer de Petrovka”, este actor buscó por todas las librerías de Londres la novela de George Feifer, en la que se basaba el guion. No consiguió adquirirla porque estaba agotada. Pero, un día, en una estación de metro encontró un ejemplar de esta novela en un asiento con -sorpresa, sorpresa- lleno de anotaciones. Un par de años más tarde, durante el rodaje de la película, Hopkins conoció al autor de la novela y le contó lo sucedido y le contó la anécdota. La sorpresa del escritor fue increíble ya que se trataba de un ejemplar que le había prestado a un amigo con sus propias anotaciones y que éste lo había perdido por las mismas fechas. Hopkins le mostró el libro y ambos quedaron muy sorprendidos. Es que no cabía la menor duda de que aquel libro era el mismo que había perdido el amigo del escritor George Feifer. 

—¡Qué bueno! —exclamé. Esto nos lleva a la conclusión de que deberíamos cuestionar nuestra calificación habitual de las cosas como meras coincidencias. 

—Efectivamente, Abo. Pero hay más. El escritor Gregg Levoy señala que cuando estás en el camino correcto, el Universo te guiña y de vez en cuando te lo hace saber. Además, una vez que eres consciente de estos pequeños hitos cósmicos y que estás recorriendo un camino, empezarás a verlos en todas las partes. 

—¿Sincronicidades, quizás, de acuerdo con Carl Jung?

—Sí. Sincronicidades. En sus investigaciones pudo comprobar que se da una coincidencia entre una realidad interior subjetiva y otra exterior u objetiva. en la que los acontecimientos se vinculan con el sentido que nosotros les damos. Del mismo modo que podemos conectar sucesos por causa y efecto, también lo podemos hacer por su significado.

—¿Por su significado? —pregunté.

—Sí, Abo, por su significado. Así, en un suceso percibido internamente (un sueño, premonición, visión, pensamiento, estado de ánimo…) se puede comprobar una correspondencia en la realidad externa. 

—Por lo que la imagen interna se ha hecho realidad.

—Equilicuá. El mundo interior y el mundo exterior coinciden, dando sentido a tu vida. 

—¡Eureka! Ahora puedo comprender con más claridad por qué estoy pensando en algo y al poco tiempo se manifiesta en la realidad. Ya, pero… ¿por qué ocurre esto, Mari-Luz?

—Pues la respuesta a tu pregunta la tiene una vez más Carl Jung. Él creía que la vida no son un conjunto de sucesos que se producen de forma aleatoria, sino la expresión de un orden superior que él llamó ´Unus Mundus”.

—¿” Unus Mundus”? ¿Qué es esto?

—El término proviene del filósofo griego Heráclito. Jung, basándose en teorías pitagóricas, lo explicó con su concepto de “Inconsciente Colectivo”, según el cual todo está conectado por una estructura básica de números, que nos da una sensación de totalidad universal. 

—De acuerdo, Mari-Luz. Pero, insisto: ¿Todo esto para qué?

—Todo esto para el despertar de la Consciencia. Me explico. Las sincronicidades juegan un papel parecido al de los sueños, que es el de cambiar nuestro pensamiento consciente para conectar con la gran Consciencia universal. 

—Es decir, con Dios —apostillé.

—Bueno, yo, de momento, lo dejaría en Consciencia universal. Es que la palabra Dios tiene una determinada carga mental que podría llevarnos a determinadas dialécticas. 

—Vale. Me quedo entonces con que la vida de cada uno de nosotros está salpicada de acontecimientos que tiene una profunda conexión con nuestro inconsciente. 

—Muy bien, Abo. Sí, así es. Jung hizo una descripción de tres categorías de sincronicidad. La primera se refiere a una coincidencia entre un contenido mental (pensamiento, sentimiento o sueño) y un acontecimiento externo. Por ejemplo, recibir una llamada de alguien en la que estabas pensando. La segunda es la coincidencia entre una visión interna y un suceso que se produce lejos de ahí, como soñar con un accidente que luego sucede en la realidad. Y la tercera se produce cuando tenemos una imagen que posteriormente acontecerá en el futuro. En este caso estas imágenes no tienen por qué ser de manera literal, sino simbólica. 

Jung - El "Unus Mundus" - Acalanda Magacín

—¡Qué interesante! Había oído hablar de Carl Jung pero no sabía que había llegado a descubrir este principio de la sincronicidad. 

—Bueno, en realidad lo que hizo Carl Jung es describir con un lenguaje moderno algo de lo que ya se habían percatado otros sabios de la antigüedad. En la Grecia antigua Pitágoras hablaba de la armonía de todas las cosas; Heráclito también creía que el mundo estaba gobernado por un principio de totalidad; Hipócrates, el padre de la medicina, estaba convencido que todas las partes del Universo estaban unidas las unas con las otras. Y en Oriente, la espiritualidad taoísta, budista o hinduista también concebían un Universo interconectado e interdependiente. En las tradiciones chamánicas las sincronicidades se interpretan como una señal de radio, indicadoras acerca de si nuestras decisiones y métodos son los adecuados. 

Cerré suavemente mis ojos por unos instantes tratando de asimilar tanta sabiduría. Desde “La noche de aquél día” me estaba llegando a borbotones. Es como si se hubiera abierto un canal para mí, en conexión con una inteligencia infinita de la que iba recibiendo a cada momento las respuestas a todas mis preguntas. Esto me producía al mismo tiempo una sensación de liberación y de vértigo. A estas alturas era ya plenamente consciente de que se estaba operando dentro de mí una profunda transformación interior. Al abrir de nuevo mis ojos, miré a Mari-Luz tratando de seguir hallando respuestas.

Graduacion collage 2 - El "Unus Mundus" - Acalanda Magacín

—¿Con qué fin, Mari-Luz? —pregunté. 

—¿Con qué fin? ¿A qué te refieres, Abo?

—Sí, Mari-Luz, ¿por qué debo viajar hasta California? ¿Quién me está empujando a tomar esta importante decisión?

—¡Tú mismo! —me respondió dirigiendo el dedo de su mano derecha hacia mi corazón.

—¿Yo mismo? 

—Sí, tú mismo, aunque no te lo parezca. 

—Pero…si yo había abandonado ya la idea de hacer este viaje tras conocer a Paula, el que creo que es el amor de mi vida.

—Ese que había abandonado la idea de realizar el postmaster en ingeniería informática tras conocer a Paula fue una idea de tu yo inferior, cambiante, por lo tanto, ilusorio y no real. Tu yo superior, tu yo real, el que no cambia, es el que ha tomado la decisión de hacer este importante viaje para realizar una importante misión. 

—¿Cuál? —pregunté sumamente intrigado.

—Deberás descubrirlo por ti mismo, Abo. Como sabes, el camino de la vida de cada cual es personal e intransferible. Así que, uno mismo es el que debe transitarlo: unas veces con aciertos y otros con errores; con momentos felices y con tragos amargos. Pero siempre y en todos los casos para una finalidad primordial: el autoconocimiento. Bueno, también para el conocimiento.

—¿Pero es que no son lo mismo?

—No. El autoconocimiento tiene que ver con nuestro mundo interior; el conocimiento con el exterior. Me explico. El viaje de nuestra vida tiene un propósito interno y otro externo. Este último conseguir una menta o destino. Lograr lo que decides hacer; alcanzar esto o aquello, lo que implica lógicamente futuro. Esto en sí mismo no es malo. El problema surge cuando los pasos que vas a dar para alcanzar ese futuro deseado absorben tanto tu atención que te hacen perder el propósito interno, que no tiene que ver con el futuro sino con la calidad de tu consciencia en cada momento. 

—Entiendo. Se podría decir entonces que el propósito externo pertenece a la dimensión horizontal del espacio y el tiempo, mientras que el propósito interno tiene que ver con la dimensión vertical sin espacio y sin tiempo.

—Sí. Así es. Mira, el propósito interno consta de un solo paso: el que das ahora mismo. Conforme te vayas volviendo más consciente de este único paso te darás cuenta de que ya contiene todos los demás pasos, así como el destino. Este paso te habrá llevado al Ser, tu auténtica naturaleza, inmutable y eterna. Así que, tu viaje interno, el mío y el de todos es el de hacia uno mismo.

—Pero, entonces, Mari-Luz, ¿dónde debemos situar nuestro viaje externo? ¿Qué importancia tiene el triunfo o el fracaso en el mundo?

—Yo creo que nos importa mientras que no hemos logrado nuestro propósito interno. Cuando lo logramos, el propósito externo es algo secundario, un simple juego que puedes seguir simplemente porque te divierte. 

—Ya. Y, oye, Mari-Luz: ¿Es posible triunfar en tu propósito interno y fracasar en el externo?

—Sí, claro, Abo. También podría ser al contrario, algo que, por cierto, suele ser lo más común: triunfar en el mundo exterior y fracasar en el interior, es decir, riqueza exterior y pobreza interior. Jesús lo expresó de este modo: “Ganar el mundo y perder tu alma”. 

—Entiendo que también cabe la posibilidad de poder alcanzar el propósito interior y el exterior.

—Por supuesto. Pero, has de saber, que el propósito exterior no puede darnos nunca realización verdadera. 

—Supongo que esto es así. Pero… ¿por qué, Mari-Luz?

—Esta misma pregunta me hice yo hace muchos años, hasta que leí y estudié a fondo este maravilloso libro de Eckhart Tolle, “El poder del Ahora”.

Mientras ojeaba esta obra de este escritor alemán y guía espiritual, hoy ya un clásico de psicología aplicada, Mari-Luz me hablaba con gran entusiasmo y admiración de su trayectoria personal. Te sorprenderá saber que Tolle nació en Alemania —me explicaba— pero vivió con su padre en Alicante desde los trece a los veinte años, hasta que se trasladó a Inglaterra. Allí estudió en la Universidad de Londres y Cambridge. Al poco tiempo de cumplir veintinueve años y tras pasar por un periodo de ansiedad salpicada de depresión suicida, recibió una revelación que hizo que su mente hiciera una pausa: “No puedo seguir viviendo conmigo mismo”. Esto le llevó a hacerse una pregunta crucial: “Si no puedo vivir conmigo mismo, debe haber dos: el yo, y el mismo con el que yo no puedo vivir. Quizás, pensé —se dijo para sí—sólo uno de los dos es real”. 

—¡Uff!, ¡Qué interesante! —exclamé, al tiempo que le devolvía la obra.

”El poder del Ahora” es un libro transformador. En este mismo libro cuenta Tolle que, tras padecer largos periodos de depresión y estando a punto de suicidarse, alcanzó la iluminación. Luego abandonaría la tesis doctoral en la Universidad de Londres y, sin empleo, durmió bastantes noches en los bancos de Hampstead Heath. Después pasaría varios años de vagabundo, viviendo solo de sus ahorros en un estado de profunda paz interior e intenso gozo, antes de convertirse en maestro espiritual. Hoy vive en Canadá. 

—¿Y cómo llegó hasta ti esta obra tan transformadora?

—De un modo inesperado. Por casualidad. Perdón, por causalidad. Ya sabes, Abo, que no existen las casualidades, sino las causalidades. Como reza un adagio oriental “El maestro aparece cuando el discípulo está preparado”. Creo que, por este mismo principio, llegó hasta mí esta imprescindible obra para dar ese primer y único paso del viaje interior. 

—¿Y cuándo ocurrió? —pregunté muy intrigado. 

—Fue durante un viaje de trabajo que tuve que realizar a Madrid. Estudié química. No sé si te lo he comentado.

—No. No me lo habías comentado. Y te confieso que tenía cierta curiosidad por conocer a qué te habías dedicado profesionalmente. 

—Pues ya lo sabes, Abo. Estudié química en la Universidad de Barcelona y empecé a trabajar muy pronto en una empresa multinacional petroquímica, lo que me ha permitido viajar por casi todo el mundo y conocer a gente muy interesante. Como me gustaba -y me sigue gustando- el trabajo de laboratorio, experimentar, analizar resultados, y me considero una persona creativa en la búsqueda de soluciones, pronto me especialicé en Ingeniería Química Industrial. 

—Te pega con tu personalidad. Lo que no me termina de encajar es tu interés por el desarrollo espiritual.

—Es que la ciencia y la espiritualidad no son incompatibles en absoluto, Abo. De hecho, hoy se ha acuñado el término de “ciencia espiritual”. 

IA collage 2 - El "Unus Mundus" - Acalanda Magacín

—¿Ciencia espiritual? ¿Es que existe la ciencia espiritual? —pregunté muy perplejo.

—Mira, Abo —me explicó— las nociones modernas de espiritualidad se han venido desarrollando durante los siglos XIX y XX, mediante la fusión de principios cristianos con las tradiciones esotéricas occidentales y filosofías orientales. Poco a poco, la espiritualidad se ha ido desvinculando de las organizaciones e instituciones religiosas tradicionales. 

—Ya, pero sigo sin ver nada claro por qué la espiritualidad es también una ciencia.

—Es muy sencillo. De acuerdo con este paradigma se considera ciencia a la espiritualidad porque la dimensión espiritual es tan sistemática y lógica como el mundo físico. Y es que, Abo, aunque te parezca increíble, las razones de lo que sucede en la dimensión espiritual o sutil son discernibles del mismo modo que en el mundo físico o tangible. 

—¿Sí? ¿Y esto hasta qué punto?

—Pues hasta el punto en que todos los principios herméticos (mentalismo, correspondencia, vibración, ritmo, polaridad, causa y efecto y generación) se dan también en la dimensión sutil. Básicamente, la investigación espiritual consiste en la observación y la comprensión, siguiendo estrictos principios científicos.

—¿Quieres decirme que los principios que operan en la dimensión espiritual pueden ser probados una y otra vez con determinadas herramientas?

—Sí. Del mismo modo que las herramientas de investigación son diferentes para la Física, la Química o la Biología, así lo es también para la Ciencia Espiritual. En la investigación espiritual la principal herramienta requerida para el análisis y la medición es una habilidad de percepción sutil muy desarrollada conocida popularmente como “sexto sentido”. 

—¡Uff!, Mari-Luz, espero que comprendas que todo esto rompe todos mis esquemas, pero, bueno, mi mente científica de ingeniero informático no descarta nada. Me parece que necesitaré más tiempo para asimilar toda esta nueva cosmovisión.

—¡Claro, hijo, que no se hizo Zamora en una hora! De igual modo que uno no pasa desde la edad infantil a la adulta directamente, sino por etapas. Por cierto, ¿por dónde andábamos?

—Sí. En que descubriste “El poder del Ahora” durante un viaje de trabajo que tuviste que realizar a Madrid.

—¡Ah, sí! Verás. Pero antes de proseguir, debo matizarte algo muy importante en relación con la ciencia espiritual. La ciencia espiritual no está pensada para la pura contemplación o erudición, sino para optimizar nuestra experiencia humana. En este sentido, el budismo considera que todos nuestros sufrimientos se originan por ignorancia, por desconocimiento del funcionamiento de nuestra mente. Esta ignorancia puede ser superada con la herramienta de la meditación vipassana (vipassana significa visión cabal), basada en la purificación y transformación personal a través de la auto-observación. Sí, ya sé que estás pensando: ¿y que tiene que ver esto con la Química?

—Pues eso… ¿Qué tiene que ver?

—En la metodología científica y en la voluntad de mejorar el bienestar humano. Precisamente la Química es una de las ramas de la ciencia que más está contribuyendo al bienestar de las sociedades desarrolladas. Como podrás comprobar, hoy en día en cualquier área científica, tecnológica o industrial interviene la química de una manera directa o indirecta. Se puede ver en procesos tan fundamentales como el desarrollo de un nuevo producto, la depuración del agua o el análisis del aire que respiramos. Así que, Abo, toda mi vida ha estado orientada hacia el desarrollo personal y la mejora de mis congéneres en algún aspecto. 

—Excelentes propósitos de viaje interior y exterior.

—Sí, creo que lo son. Pues, mira, con estas inquietudes, como te estaba diciendo, llegó a mi vida esta obra maravillosa, “El poder del Ahora”, que acababa de salir. Si no recuerdo mal corría el año 1997.Yo tenía entonces 56 años y estaba en plena búsqueda espiritual. Como te he comentado antes, por aquella fecha me encontraba en una Convención de mi empresa. Pues bien, recuerdo que, al finalizar una de las jornadas me pasé por el Corte Inglés de la calle Goya con la intención de comprar algo de ropa y aseo personal. Luego, para matar el tiempo, por la sección de librería. En un expositor habían colocado la novedad de esta obra. Nada más verla me atrajo como un imán. Nunca había oído hablar de este autor alemán, ni tampoco nadie antes me había hablado de ella. Pero, como te digo, sentí hacia ella una curiosidad muy especial. Así que la eché una ojeada y la adquirí sin dudarlo. Esa misma noche empecé a leer con fruición los primeros capítulos. Creo que hubiera estado toda la noche leyéndome el libro hasta finalizarlo si no hubiera sido porque el día siguiente era “día de escuela”, es decir, muy intenso.

—Y desde entonces te acompaña a todas partes.

—Sí, desde entonces lo he leído muchas veces. Bueno, más que leerlo lo que he hecho es estudiarlo. Comprenderlo en toda su dimensión me ha costado muchos años.

—¿Es que es difícil de entender?

—La verdad es que está escrito con mucha sencillez. Se lee con suma facilidad. El asunto es que para comprenderlo debes pasar por todo un largo proceso de crecimiento interior. Y esto, como puedes imaginarte, no es de un día para otro. Contiene esencialmente dos claros mensajes: el de la no identificación con el pensamiento y la gran verdad de que el único tiempo que hay es el momento presente. Con mucha claridad te muestra cómo lo que siempre hemos creído ser (nuestro cuerpo, nuestros sentimientos, nuestras emociones y nuestros pensamientos) no es lo que realmente somos, pues más allá está la consciencia del observador.

—Me suena bastante a física cuántica.

—Sí, claro. Es que la física cuántica se lleva muy bien con la espiritualidad.

—Me imagino. Por cierto, ¿mi abuela Julia estaba al tanto de tus inquietudes espirituales y lecturas.

—En realidad no mucho. Nos manteníamos en contacto frecuente por carta, algo que hoy, como sabes, ha sido suplantado por las nuevas tecnologías. Nos veíamos siempre que ella venía a Barcelona. Eran viajes muy fugaces, pero siempre encontrábamos un hueco para tomar un café, comer o cenar. Nos vimos también en EEUU en varias ocasiones, aprovechando algunos de mis viajes de trabajo. 

—Mi abuela Julia, como sabes, falleció de un cáncer de mama en el año 2004. Tenía 63 años. Yo era un niño de 8 años. Sé que ella me llamaba Abo porque no era capaz de pronunciar Pablo. 

—Sí. Lo sé. El año 2004 fue un año que tengo marcado a fuego en lo más profundo de mi corazón. Fue el año en que perdí a mi mejor amiga, tu abuela Julia. Esto me sumió en una gran tristeza, provocando en mí cambios emocionales y en la salud física. Llegué incluso a perder las ganas de vivir. En esos momentos ya nada tenía sentido para mí.

ؙ—Vaya. Ya veo que estabas muy ligada emocionalmente a mi abuela.

—Sí. Fuimos más que buenas amigas. Compartimos desde la distancia nuestros trabajos científicos; ella en lo relacionado a la ingeniería informática; yo, en la química. También, por supuesto, comentábamos los cambios políticos y sociales que se estaban produciendo en el mundo a velocidades de vértigo. Yo le hablaba de mis viajes por el mundo; ella de las personalidades que había tenido el privilegio de conocer. 

—¿Y te comentó algo alguna vez sobre su vida sentimental en EEUU?

—Ella era muy celosa en lo que respecta a su vida sentimental, algo que yo siempre respeté. Pero un mes antes de fallecer, recibí una carta —su última carta—con un mensaje muy enigmático, en el que me nombraba.

—¿Me nombraba? ¿Conservas esta carta? ¿La puedo leer? —pregunté muy intrigado.

—Claro, Abo. La he mantenido a buen recaudo hasta que llegara el momento de volverla a leer. Creo que ese momento ha llegado ya. Ahora vuelvo.

Pablo Martín Allué


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