YO, ABO. Capítulo 29: La importancia de pensar en grande.
—Piensa-siempre-en grande —me repetí interiormente. Cuatro palabras. Cuatro grandes palabras que contienen un bello y gran consejo. Sí, claro, pero… ¿Cómo pensar-siempre-en- grande?, esta es la cuestión.
—¿Conoces la importancia de pensar en grande, Abo? —me preguntó Mari-Luz, sacándome de mi reflexión sobre el significado de estas cuatro poderosas palabras.
—Bueno, estaba ahora en ello, tratando de descifrar su significado profundo.
—¿Has leído “El cielo es el límite» de Wayne Dyer?
—No. La verdad, Mari-Luz, es que nunca he oído hablar de este libro.

—Pues debes leerlo. “El cielo es el límite” es una obra llena de ingenio, sabiduría y sentido común, los ingredientes que tú necesitas para conseguir la fuerza y la confianza necesarias para abordar sin demora tu propio cambio. Tu abuela Julia no tuvo la oportunidad de leerlo porque aún no se había escrito, pero, consciente o inconscientemente, conocía todos sus secretos; por supuesto, también nuestras inteligentes, valientes y decididas mujeres protagonistas de la informática y la programación.
—Pero, entonces, Mari-Luz, si el límite es el cielo, esto significa que no existen límites.
—Sí, claro, mi querido Watson. Los límites existen dentro de tu interior, los que tú mismo te impones. Este es uno de los grandes descubrimientos que tenemos que hacer todos los seres humanos. Lástima, Abo, que yo lo haya descubierto tan tarde. ¡Uy, si yo hubiera sabido de joven que dentro de mí existe un poder infinito que me permite ser la dueña de mis actos y mis proyectos, de mis decisiones y con el poder de realizar todos mis deseos! ¿Sabes por qué muchos emprendedores no son capaces de llevar a buen puerto sus proyectos?
—¿Por que no han descubierto aún este gran secreto de que el límite es el cielo, quizás? —pregunté algo dubitativo.
—Correcto. No son capaces de conducir su barco hasta el puerto elegido porque piensan en pequeño en vez de pensar en grande. Creen que las condiciones exteriores de todo tipo (falta de recursos económicos, falta de formación, la juventud, etc) son las que lo impiden; sin embargo, las condiciones exteriores no son más que excusas. En realidad, los límites los pone uno mismo y, como escribió el filósofo José Ortega y Gasset “Sólo es posible avanzar cuando se mira lejos. Sólo cabe progresar cuando se piensa en grande”.
—Pues sabes, Mari-Luz, a partir de ahora mi lema de vida será: “El cielo es el límite”.
—¡Bien! Este es mi chico. “El cielo es el límite” es un gran lema que te llevará hasta cimas insospechadas. Oye, Abo, estoy pensando que este gran descubrimiento hay que celebrarlo…y a lo grande. ¿Qué te parece si lo hacemos al modo en que lo haría la Reina Isabel II de Inglaterra a estas horas de la tarde?
—¿Cómo me iba a mí a parecer mal lo que hace la reina más longeva de la Historia de la Humanidad? Nada, si hay que apuntar alto, sigamos la senda de una de las mujeres más grandiosas de nuestro tiempo, que ha sabido apuntar alto siempre.
—¡Fantástico, Abo!. Mientras preparo en la cocina su postre favorito —un pastel de chocolate y galletas—con su famoso té Earl Grey Darjeeling puedes echar una ojeada a mi biblioteca particular. ¿Te parece?
—Si, claro.
Mari-Luz se levantó enérgicamente del sofá y, guiñándome el ojo en señal de complicidad, se dirigió a la cocina para preparar el postre real. Cuando me quedé solo me levanté lentamente del sofá para echar un vistazo a su biblioteca particular. Debo confesar que sentía una enorme curiosidad por los libros que mi querida amiga Mari-Luz atesoraba a buen recaudo en su hemeroteca personal. Era un modo rápido y directo para mí de conocerla mejor. Los libros hablan mejor que nada y más que nadie de quienes somos y qué deseamos. De igual modo que las palabras y las ideas pueden cambiar el mundo, de acuerdo con el profesor keating (Robin Williams), que logró poner en pie a sus alumnos en “El Club de los Poetas Muertos”, los libros, no solo estimulan nuestra imaginación y creatividad y nuestros procesos cognitivos, sino también conforman nuestro universo personal.
La biblioteca de Mari-Luz —diseñada a medida— ocupaba completamente una de las paredes del salón, de suelo a techo. Observé que había aprovechado un retranqueo en la pared para crear su particular rincón de lectura. Además, debido a su gran extensión, estaba subdividida en tres cuerpos con el fin de aligerar y repartir el peso. Cada cuerpo contenía cuatro estantes más un módulo con puerta, entelado con tela cruda y rejilla para guardar objetos fuera de la vista y aligerar el mueble. Por supuesto, como no podía ser de otra manera, la librería era de madera pintada a tono con las paredes, con el fin de integrarla visualmente. Claramente, con un primer vistazo cualquier huésped podía hacerse una idea de que Mari-Luz era una mujer de gustos exquisitos.
Generalmente en las bibliotecas personales los libros suelen estar colocados de cualquier manera. La de Mari-Luz podría definirse con tres palabras: ordenada, ordenada y ordenada. Justo en el cuerpo central y en la estantería a la altura de los ojos me fijé en una colección de libros —12 en total— que interpreté que habían sido seleccionados por Mari-Luz como imprescindibles. Eran los siguientes: La Biblia; El Quijote, de Miguel de Cervantes; Hamlet, de William Shakespeare; Fausto, de Goethe; La guerra y la paz, de Tolstoi; Crimen y Castigo de Dostoievski; 1984, de George Orwell; En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust; El Principito, de Antoine de Saint Exupéry; Cien años de soledad, de García Márquez; Rayuela, de Julio Cortázar; y El viejo y el mar, de Ernest Hemingway.

Los libros del resto de las estanterías estaban también perfectamente ordenados por temáticas. En la sección de libros de autoayuda se encontraban todos los más demandados en el mundo: Cómo ganar amigos e influir sobre las personas; La 48 Ley del Poder; Los hombres son de Marte, las mujeres son de Venus; 7 hábitos de las personas altamente efectivas; Tus zonas erróneas; Tus zonas mágicas; El límite es el cielo; Tú puedes sanar tu vida; Padre rico, padre pobre; Quién me ha quitado mi queso; El poder del pensamiento positivo; Piense y hágase rico; Despierta al gigante interior; El monje que vendió su Ferrari; El secreto; El poder del Ahora. ¡Uff —exclamé— con este gran arsenal de sabiduría para la vida, Mari-Luz debe haberse convertido en la persona más segura de sí misma, con la mayor autoestima y la más feliz del mundo mundial.
Aquella maravillosa biblioteca particular —una especie de microcosmos de todo el saber universal- lo contenía todo: Artes y Humanidades; Ciencias; Ciencias de la Salud. Ciencias Sociales y Jurídicas; e Ingeniería y Arquitectura. Entre tanta sabiduría me llamó poderosamente la atención el título “Charles Chaplin, mi autobiografía”. Bueno —reflexioné— ¿Quién no ha visto alguna vez alguna de sus grandes y emocionantes películas de cine mudo? ¿Quién no se ha sentido conmovido con las historias de este pequeño y tierno vagabundo que apareció a finales de 1914 en las pantallas de los cines de todo el mundo, conquistando todos nuestros corazones?
Abrí esta obra al azar y me encontré con un poema que el propio Chaplin escribió a los 70 años. Lo tituló “Cuando me amé de verdad”. Según lo iba leyendo me parecía que me estaba indicando un camino a seguir.

Cuando me amé de verdad comprendí que en cualquier circunstancia yo estaba en el lugar correcto, en la hora correcta, y en el momento exacto. Entonces pude relajarme. Hoy sé que esto tiene un nombre: autoestima.
Cuando me amé de verdad pude percibir que mi angustia y mi sufrimiento emocional no es sino una señal de que voy contra mis propias verdades. Hoy sé que esto es autenticidad.
Cuando me amé de verdad dejé de desear que mi vida fuera diferente y comencé a aceptar todo lo que acontece y que contribuye a mi crecimiento. Hoy sé que eso se llama madurez.
Cuando me amé de verdad percibí que es ofensivo tratar de forzar alguna situación o persona solo para realizar aquello que deseo, aun sabiendo que no es el momento o la persona no está preparada, inclusive yo mismo. Hoy sé que el nombre de eso es respeto.
Cuando me amé de verdad empecé a librarme de todo lo que no fuese saludable: personas, situaciones y cualquier cosa que me empujara hacia abajo. De inicio mi razón llamó a esa actitud egoísmo, pero hoy sé que se llama amor propio.
Cuando me amé de verdad empecé a temer al tiempo libre y desistí de hacer grandes planes. Abandoné los megaproyectos de futuro. Hoy hago lo que encuentro correcto, lo que me gusta, cuando quiero y a mi propio ritmo. Hoy sé que esto es simplicidad y sencillez.
Cuando me amé de verdad desistí de tener siempre la razón y así erré menos veces. Hoy descubrí que eso es humildad.
Cuando me amé de verdad desistí de quedarme reviviendo el pasado y preocupándome por el futuro. Ahora me mantengo en el presente, que es donde la vida acontece. Hoy vivo un día a la vez y eso se llama plenitud.
Cuando me amé de verdad percibí que mi mente puede atormentarme y decepcionarme, pero cuando la coloco al servicio de mi corazón ella tiene un gran y valioso aliado. Todo eso es saber vivir.
No debemos tener miedo a cuestionarnos. De hecho, hasta los planetas chocan y del caos suelen nacer la mayoría de las estrellas. Que el caos te ayude a saber vivir mejor.
—Pues aquí vengo con el pastel de chocolate y galletas y el té Earl Grey Darjeeling de la reina Isabel II de Inglaterra —comentó Mari-Luz interrumpiendo mi lectura y reflexiones del poema “Cuando me amé”, de Chaplin. Luego, me preguntó:
—¿Qué? ¿Te ha gustado mi humilde biblioteca?
—Bueno, yo no diría que es humilde, sino muy completa. Rezuma sabiduría por los cuatro costados. Me parece que habla muy bien de ti —apostillé, realizando a mi modo una especie de “reverentia salutatis” propia de otros tiempos, es decir, quitándome mi sombrero (imaginario, claro) inclinando mi cuerpo y mirando hacia el suelo.
—Te confieso que no me los he leído todos, pero sí la mayoría, como puedes imaginarte.

—Esto lo doy por hecho —asentí. En tu biblioteca hay muchos libros de todo tipo. En todo caso, has sido tú misma quien los has seleccionado, por lo que son parte de ti, tú misma de algún modo.
—Sí, esto es verdad. ¿Te ha llamado la atención alguna especialmente?
—El de Chaplin.
—La autobiografía de Chaplin, excelente elección. ¿Por qué?
—No sabría decirte. Fue un genio de la interpretación. Una estrella cinematográfica. Un icono de una época muy difícil y convulsa.
—Sí, lo fue. Pero también un sabio y un gran ser humano. Nos dejó muchas perlas de sabiduría, como la de que “nunca te olvides de sonreír, porque el día que no sonrías será un día perdido”.
—Desconocía por completo esta faceta filosófica.
—Es que Chaplin, además de un actor insuperable, fue también un filósofo y un gran ser humano que supo extraer de la adversidad las más excelsas lecciones de la vida. En su biografía cuenta que cuando estaba en el orfanato o recorría las calles buscando qué comer, se consideraba el actor más grande del mundo.
—Lo que nos lleva a pensar que Chaplin conocía, consciente o inconscientemente, el principio universal del mentalismo por el que todo aquello que podemos concebir lo podemos crear.
—Sí, por supuesto, de esto no me cabe la menor duda. Chaplin, además, supo concebir la vida como una obra de teatro; eso sí, como una obra de teatro que no permite ensayos.
—Claro, esto me parece una excelente apreciación. Se podría decir que como un Metaverso o, dicho de un modo más literario, como un sueño.
—Sí. Podría ser. Por eso él nos anima a que cantemos, riamos, bailemos, lloremos y vivamos cada momento a tope, antes de que baje el telón y la obra termine sin aplausos. ¡Ah! y que nunca hay que olvidarse de sonreír, porque el día en que no sonreímos podemos considerarlo como un día perdido.
—¡Pues a sonreír! ¿Qué te parece mi sonrisa? —pregunté esbozando una forzada sonrisa.
—Algo forzada, pero bueno, Abo, por algo se empieza. Todo en la vida es cuestión de aprendizaje. Así que lo de sonreír es también una cuestión de aprendizaje. Charles Chaplin también insistía en que había que tener fe en uno mismo porque…la vida es maravillosa si no la tenemos miedo. Desde pequeñitos nos educan para no tropezar, para no caernos, para no cometer errores, para no sufrir, para no enfermar, para no fracasar, pero…
—¿Pero? —pregunté intrigado.
—Sin haber conocido la miseria es imposible valorar el lujo; sin haber conocido la enfermedad es imposible valorar la salud; sin haber conocido la oscuridad es imposible apreciar la luz; sin el desamor el amor…Yo fui perseguido y desterrado —ha escrito— pero mi único credo político fue la libertad.
—¡Impresionante, Mari-Luz! Pura sabiduría profunda extraída directamente, sin intermediarios, del libro de la vida.
—Exactamente, Abo, exactamente. Una profunda filosofía de vida que le llevó a afirmar que “Mirada de cerca, la vida parece una tragedia; pero vista desde lejos parece una comedia”.
—¡Guaaaau! Creo que mi amigo Manel, al escuchar esta frase de Chaplin, hubiera exclamado parafraseando al mismísimo Jesucristo: ¡El que tenga oídos para oír, que oiga!
—Seguramente. La frase es muy hermética, sólo comprensible para aquellos que tienen oídos para oír y ojos para ver. Y, bueno, ¿Y tú? ¿Querías conocer mi opinión acerca de algo?, ¿Verdad?
La pregunta inesperada de Mari-Luz me pilló cuando me estaba tomando un sorbo de su maravilloso té real Earl Grey Darjeeling y me disponía a comerme un trozo de pastel de chocolate y galletas elaborado por ella misma al gusto de la reina Isabel II, su pecado venial confesado. Llevábamos ella y yo unas cuantas horas hablando de lo divino y lo humano, postergando deliberadamente la razón principal de mi encuentro con Mari-Luz. Pero había llegado el momento oportuno. Siempre llega, tarde o temprano, por cierto.
—Verás, Mari-Luz —empecé a responder de un modo parsimonioso, tomando un nuevo trago de té- quería hablar contigo porque me encuentro totalmente bloqueado sin saber qué hacer. Tengo una oferta para hacer un postgrado en la Universidad de Stanford —una razón o una fuerza para viajar hasta California— como te he venido comentando, pero, al mismo tiempo se ha apoderado otra fuerza dentro de mí de sentido contrario que me está forzando a que desista de esta idea. Sin embargo, ya creo haber visto la luz. Creo que una de estas fuerzas ha ganado la batalla a la otra, definitivamente.
—¡Estupendo! Pues cuenta, cuenta. ¿Cuál ha sido la fuerza ganadora? ¿Cuál es tu veredicto y en qué se sustenta?
—La fuerza ganadora, mi veredicto o resolución personal definitiva es que quiero hacer este curso de posgrado, y no solamente porque crea que me puede venir bien de cara al futuro -que también- sino porque desde la misma noche de la fiesta de mi graduación me han venido sucediendo una serie de acontecimientos, señales y serendipias -guiños del destino, si se quiere- que no me han dejado otra salida más que la de cerrar mis ojos y tirarme al vacío sin paracaídas.
—Bueno yo no calificaría a tu decisión como salto al vacío sin paracaídas, sino sencillamente confianza en la vida.
—¿Tú crees?
—Lo creo firmemente. Uno de los grandes principios del TAO es el que tú acabas de aplicar.
—¿Cuál?
—Aprender a confiar en lo que está ocurriendo. Si hay silencio, déjalo aumentar, algo surgirá. Si hay tormenta, déjala rugir, ya se calmará.
—Vaya, pues no conocía este principio. He tomado la decisión por mí mismo, antes de escuchar tu opinión porque, siguiendo la moraleja del relato del sabio eremita que me contaste mientras almorzábamos en el restaurante asiático. A saber: que las respuestas a la mayoría de nuestras preguntas se encuentran en nuestra propia mano. Creo que el empujoncito final me lo ha dado un maestro de la interpretación y de la vida: Charles Chaplin.
-Pues sí, lo es.
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