YO, ABO. Capítulo 33: La tabla esmeralda
Indudablemente estaba ante la lectura de una de las grandes joyas del pensamiento humano. También junto al mayor dormilón del mundo, que seguía durmiendo plácidamente con gesto beatífico. ¡Cómo me hubiera gustado tener en ese momento a mi lado a mis amigos Manel y Gerard para mantener con ellos un profundo y largo debate sobre esta gigantesca obra de la sabiduría humana! Había quedado con ellos en que les mantendría puntualmente al corriente de todos los pormenores de mis andanzas transatlánticas. Al principio, cuando les llamé para despedirme y trasladarles mi decisión de viajar hasta la Universidad de Stanford llegaron a pensar que se trataba de una broma. ¡Pero, xaval, que no nos la cuelas! —exclamó Manel. ¡Pero cómo te vas a ir hasta allí, al buen tuntún, sin padre, ni madre ni perro que te ladre!

Ciertamente, mi decisión de emprender este viaje tan precipitado había causado mucho impacto en mi entorno familiar y de amistades. Mis padres, Alexandre y María Lluïsa, me dieron su visto bueno a regañadientes; Paula, con gran resignación cristiana; y mis amigos Manel y Gerard, con cierta perplejidad y escepticismo.
El peor trago que tuve que tomar de todos ellos fue el de mi amada Paula. Con el recuerdo de nuestra “última cena” (nuestra despedida), sentía un dolor insoportable dentro de mi corazón. Hasta mí llegaba hiriente la escena de la fuerte impresión que mi decisión le causó, demudando su rostro visiblemente con un torrente de lágrimas que emergían sin parar desde sus dulces y preciosos ojos oscuros. ¡Lo que daría yo por tenerla en estos momentos sentada junto a mí, en el asiento contiguo al mío de este avión, ahora ocupado por un orondo y bendito señor, del que no sabía nada, ajeno completamente a mis inquietudes vitales!

Al mismo tiempo que recordaba estas dolorosas escenas de despedida de mis seres queridos seguía leyendo y analizando minuciosamente todas y cada una de las gemas preciosas contenidas en “La Tabla Esmeralda”. Me resultaba sorprendente que un texto concebido probablemente durante una época anterior a la de los faraones egipcios y guía del padre Abraham, me resultara tan en consonancia con las recientes axiomas establecidos por la moderna física cuántica.
El primero de estos principios afirma que El Todo es mente; que el Universo es mental; que El Todo es el conjunto totalizador; que nada hay fuera del Todo. ¡Vaya! —exclamé. Esta afirmación está en consonancia con las modernas teorías de la física cuántica que nos han llevado a la conclusión de que lo que llamamos real es tan sólo un punto de vista de los muchos posibles; que el Universo —como han venido defendiendo ancestrales escuelas filosóficas orientales— no es real, sino producto de una ilusión mental. ¡Vaya!, ¡me parece que todo esto es un auténtico mazazo para la física clásica determinista, intuitiva, lineal y predecible con variables constantes y calculables, que ha venido defendiendo un mundo real, objetivo e independiente del observador! Algo muy, pero que muy serio, que no se queda en la pura especulación científica y filosófica, sino que está abriendo ya el camino a nuevas tecnologías en computación cuántica, inteligencia artificial, comunicaciones ultraligeras, sensores cuánticos, mediciones precisas y hasta la gravedad en el espacio.

Entablando una conversación conmigo mismo razonaba, mientras ahora mi avión se desplazaba estable rumbo a San Francisco y mi compañero de viaje seguía durmiendo plácidamente, que en física clásica se considera que un objeto es real cuando sus propiedades se mantienen constantes y estables y sólo se pueden modificar por variables externas. Para la física clásica, cualquier objeto que observamos tiene propiedades perfectamente definidas, independientemente de la observación. ¡Ahora, caigo, collons! La afirmación clásica de que nos encontramos en un Universo local vendría a significar -me dije- que los objetos contenidos en él sólo pueden ser influidos por el entorno, no por el observador como en la física cuántica. Una manzana de color rojo, por ejemplo, siempre será para la física clásica de este color, aunque nadie la vea, y si cambia siempre será por factores externos a ella; sin embargo, para la física cuántica, las propiedades de los objetos dependen del observador. Es el observador el que va creando la realidad en cada momento. De este modo —volviendo a la manzana—los átomos en su nivel nanoscópico serían ordenados y previsibles, pero a nivel subatómicos todo sería aleatorio. Vamos, aunque nos parezca increíble esa manzana podría convertirse en otra cosa.
Ahora… ¡por fin! Me parece que, a través de este principio del mentalismo, creo entender mejor un concepto clave de la física cuántica: el observador, un elemento que determina las propiedades de una medición y que las partículas pueden comunicarse entre ellas instantáneamente, aunque estén separadas a miles de años luz, un fenómeno conocido como “entrelazamiento cuántico”, algo así como una telepatía entre dos partículas. Y esto -razoné- tiene su aquel porque contradice la famosa teoría de la relatividad de Einstein que establece una constante de la velocidad de la luz en el vacío cercana a los 300.000 kilómetros por segundo. Sin embargo, gracias a los experimentos del físico irlandés, Jhon Bell, por los años 60, actualizados posteriormente, hemos podido comprender -aunque esto nos parezca increíble-, que todo está unido a todo y que, por lo tanto, la materia y la localidad son ilusiones. En fin, lo que percibimos como lógico es solo una ilusión, una creación mental en la que el objeto no está separado del observador, sino conectado. Al menos esto es lo que viene diciendo la física cuántica.
¡Madre mía! Según todo esto la Humanidad ha estado viviendo todo este tiempo con los ojos cerrados, dando por hecho que el ser humano era independiente del mundo. Y ahora yo me pregunto: ¿Si vivimos en un mundo holístico interconectado, creado como consecuencia de fluctuaciones cuánticas, en el que todo es una ilusión local relativa al observador, cabría pensar que nosotros somos también fluctuaciones cuánticas conscientes? o, dicho de otro modo: ¿Podríamos ser la manera en la que el Cosmos se conoce a sí mismo?
¡Uff! Aquí hay mucha tela que cortar, así que será mejor que lo deje estar como está. De momento me quedaré con que el Universo es mental, por lo que mi primera tarea para ser exitoso en mi mundo de las tres dimensiones ha de ser la de controlar mis pensamientos, creadores de mi realidad. Así que, paso página de momento —pensé— para centrarme en el segundo de estos principios del hermetismo: el de Correspondencia.

El principio de la Correspondencia afirma que “Como es arriba, es abajo; como es adentro, es afuera”. ¡Eureka! Comprendí inmediatamente que este principio viene a decirnos que todo en el Universo es un fractal y que cada parte es una réplica de la parte mayor en la que se divide, lo que nos permite, por ejemplo, conocer el macrocosmos a partir del conocimiento del microcosmos; también que desde nuestro plano de la tercera dimensión podemos conocer otros planos o mundos superiores. De acuerdo con este principio de la Correspondencia podemos conocer el funcionamiento de una galaxia mediante el conocimiento de una estrella; de igual modo, se puede conocer cómo es una persona por dentro, conociendo el reflejo o la proyección en su mundo exterior, porque “Como adentro es afuera; como afuera es adentro”. Conforme. ¿Pero qué aplicación práctica podría tener este principio en mi vida cotidiana?

La pregunta que yo mismo me formulé resonó en mi interior con gran fuerza, provocando un gran tsunami en mi sistema de creencias. Creo que lo primero que tendré que corregir de acuerdo con este principio —decreté— es aprender a superar mis perturbaciones, ya que yo soy —y no los demás— la causa de mi malestar y mis sufrimientos. Por cierto, ahora me queda más claro que la finalidad del sufrimiento es hacernos despertar y ayudarnos a cuestionar las cosas. En ese preciso instante empecé a ver con mayor claridad que si existe aceptación no hay sufrimiento. Sin embargo, hay resignación —un estado en el que solemos estar anclados durante gran parte de nuestras vidas- porque no comprendemos el valor y el sentido de lo que nos sucede en nuestra vida que, por cierto, nosotros mismos hemos atraído para aprender, crecer y evolucionar. Sí, claro —inferí— el sufrimiento es un motor, el motor del cambio, la comprensión y la sabiduría en mi vida. Sí, claro, en este momento me hago consciente de que las grandes bofetadas, las grandes pérdidas o las grandes crisis son las que nos posibilitan el cuestionamiento profundo del sistema de creencias, es decir, de la forma de pensar que nos viene manteniendo esclavizados al sufrimiento. Así que, a partir de ahora vigilaré totalmente las manifestaciones variadas del sufrimiento, aceptando internamente que se trata de un error —necesario— en mi forma de mirar, procesar, interpretar o digerir mi realidad. De este modo, me ayudará a crecer y a evolucionar como ser humano e, incluso, me llevará a sentir agradecimiento por esa experiencia confrontadora de crecimiento personal.

En este momento comprendí sobre todo que este apasionante viaje de autoconocimiento y desarrollo espiritual pasaba por conocerme a mí mismo: cómo funciono, mi lado oscuro, mi lado luminoso, la mente, las creencias, los pensamientos, las emociones…; vamos, el ¡Conócete a ti mismo! de los griegos, del que tanto había debatido en aquellas inolvidables tertulias con mis amigos Manel y Gerard en nuestro piso de estudiantes en Barcelona Y es que, vaya, venimos a este mundo —razoné— sin ningún tipo de instrucciones de manejo de “la máquina”, por lo que tenemos que ir aprendiendo poco a poco por el sencillo método de la prueba y el error. Pero ahora, con esta nueva comprensión, me parecía que daba un “salto cuántico” en mi Consciencia, algo que me permitiría conocerme mejor y, por ende, aceptarme y amarme mejor.
Se estaba operando en mí un nuevo mecanismo para el conocimiento de mí mismo: el mecanismo de la autoobservación, lo que me estaba permitiendo el ser consciente de lo que pienso y siento a cada instante, comprendiendo al mismo tiempo por qué pienso lo que pienso y siento lo que siento. Un primer paso para la aceptación de uno mismo y como paso previo para aceptar también al otro y amarlo tal como es.
Sí, efectivamente, esta maravillosa Ley de la Correspondencia me estaba ayudando a comprender claramente que no existe el azar o la casualidad, sino la ilusión de la coincidencia y la casualidad. Según la física cuántica, la realidad es un campo de infinitas posibilidades que hace que se materialicen aquellas que el observador —uno mismo— contempla. Por lo tanto, si uno considera que la vida no es un accidente sino un Cosmos perfectamente ordenado, regido por una serie de leyes inmutables, se abre ante nosotros una ventana o una puerta para la indagación y la verificación interior. Una indagación o verificación interior que también deberíamos considerar como ciencia (¿la ciencia del espíritu?) que nos alienta a cada instante a que nos preguntemos para qué me pasa esto, qué puedo aprender de esta experiencia, qué dice esta experiencia de mí, en lugar de por qué me pasa esto.
Mientras me debatía conmigo mismo sobre estas cuánticas y herméticas cuestiones en torno a la ley de la Correspondencia, la azafata del vuelo comenzó a circular por el pasillo ofreciendo a los pasajeros diferentes bebidas y productos. Era una chica rubia, esbelta (de entorno al 1,75 de estatura), de pelo largo recogido en un moño, maquillada de forma correctiva y manos bien arregladas con las uñas pintadas con un esmalte suave. Instintivamente, su figura femenina me trajo la de mi querida Paula. No es que hubiera mucho parecido físico entre ellas, pero aun así me trajo nuevamente el recuerdo de mi querida Paula. ¿Qué estará haciendo ella en estos momentos? ¿Qué estará pensando? ¿Me seguirá queriendo? ¿Qué opinión tendrá ahora sobre mí? ¿Será la misma Paula de la que estoy tan enamorado?

Le pedí una botella de agua y ella, de forma automatizada, me sonrió. Automáticamente, el rostro de la azafata de vuelo que amablemente me había ofrecido el refrigerio envuelto en una dulce sonrisa, se transformó en mi imaginación en el de Paula. Ahora, aquella azafata aparecía ante mí con larga melena de color negro, tez muy blanca y ojos color brillantes y expresivos. ¿Y si fuera ella? Y si, como canta David Bisbal en su canción “Ella”, la vida es una rueda y va girando y nadie sabe cuándo tiene que saltar. Ella, que aparece y que se esconde, que se marcha y que se queda, que es pregunta y que es respuesta, que es mi oscuridad, mi estrella. En fin, ¿Y si fuera ella?
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