YO, ABO. Capítulo 34: ¿Qué es la realidad?
Traté de salir de esta visión dolorosa de recuerdo de mi amada Paula retomando la lectura del Kybalión, con el siguiente principio: Vibración. Un principio que dictamina que “Nada está en reposo, que todo se mueve, que todo vibra”. ¿Cómo que nada está en reposo? -me pregunté. Pues que se lo pregunten a mi compañero de viaje, que aquí sigue, disfrutando plácidamente de este largo viaje durmiendo a pata suelta, mientras yo me sigo devanando los sesos tratando de entender estos ancestrales principios del hermetismo.
Al mismo tiempo que iba leyendo los fundamentos de este principio de la Vibración tomaba algunos sorbos de agua, algo que contribuía a saciar mi sed y también a “tragar” más suavemente la enorme sabiduría contenida en esta obra maravillosa que es el Kybalion, solo comprensible “para los oídos del entendimiento”.

El concepto de Vibración no era nuevo para mí. Resonaba en mi interior la famosa frase del ingeniero serbio-estadounidense, Nikola Tesla, “Si quieres entender el Universo has de hacerlo en términos de Energía, Frecuencia y Vibración”. Sí, sobre esto ya no albergaba la menor de las dudas. A la altura de esta “película” tenía muy claramente asentada en mi mente que nos encontramos en un mundo energético, donde lo que llamamos “materia” no es más que energía entorpecida, es decir, que vibra con frecuencias más bajas. Conforme, pero yo me pregunto: ¿Qué diferencia existe entre la materia y la energía? ¿Son lo mismo?
A ver —reflexioné—, según los científicos modernos originariamente el Universo era energía concentrada; después, a medida que este se fue expandiendo y enfriando —como consecuencia del Big Bang o Gran Explosión—, se transformó en materia. Entonces, yo creo, —inferí— que la materia es lo que le da la estructura al Universo, mientras que la energía le proporciona la capacidad de cambio. La materia tiene masa y posee propiedades físicas (densidad, conductividad, punto de fusión o ebullición, dureza, volatilidad, etc) y químicas, mediante su capacidad para transformarse por medio de reacciones químicas como la combustión, la oxidación o la descomposición; la energía, sin embargo, contiene la capacidad de transformación. Por ejemplo -deduje- una fruta y una mesa son materia, pero la capacidad para hacer que la fruta caiga de la mesa es energía. Por cierto, que esto me lleva automáticamente a E=MC² (“La energía -E- es igual a la masa -M- multiplicada por el cuadrado de la velocidad de la luz -C²-.) la ecuación más famosa del mundo que apareció por primera vez en la revista Times en 1946 y que sentó las bases para la construcción de las armas de destrucción masiva, pero también los viajes espaciales y un nuevo modo de ver el mundo.
Es verdad —deduje— que esta famosa fórmula sobre la energía cambió radicalmente el modo de ver el mundo, pero no ha sido un punto y final ya que la física cuántica nos llevó mucho más lejos, tan lejos que ha llegado a cuestionar incluso una de las constantes inatacables de la teoría de la relatividad de Albert Einstein: la velocidad de la luz.

Como yo suelo decir, a estas alturas de la película, podía admitir sin ningún tipo de objeciones que todo vibra, que nada está en reposo, que todo se mueve conforme al principio de Vibración del hermetismo y también, en esta misma línea, según Nicola Tesla, que para entender el Universo hay que hacerlo en términos de Energía, Frecuencia y Vibración, pero no terminaba de aprehender con mi cabeza de ingeniero informático la directa y nuclear pregunta, ¿qué es la realidad?
Sí, ¿qué es la realidad?, fue la pregunta que me hice mientras echaba una ojeada desde la ventanilla del avión al cielo, la tierra y las nubes; bueno, también a la “gloria”. Evidentemente, no me refiero a la gloria celestial, de la que nos hablan las más importantes tradiciones religiosas, sino al conocido efecto óptico llamado “gloria”, una diana de anillos de colores suaves en torno a la sombra del avión que descansa sobre una capa de nubes.
Sí, ¿qué es la realidad?, fue la pregunta que puse sobre el tapete en uno de los inolvidables e innumerables debates con mis amigos Manel y Gerard, que ahora traía a colación en mi mente.
—Que, ¿qué es la realidad? —repreguntó Manel.
—Sí, hombre, sí, ¿qué es la realidad? Me imagino que algo habrá dicho al respecto la filosofía a lo largo de la Historia.

—Platón dijo que lo único real son las ideas y que lo que llamamos “la realidad” es sombra de lo verdadero; y, en esta misma línea, el pensamiento oriental que el mundo de lo fenoménico (lo que percibimos con nuestros sentidos) es maya, es decir, ilusorio e irreal.
—Ya, pero la ciencia, ¿qué opina la ciencia al respecto?
—Pues, pequeño saltamontes —me respondió con sorna Manel— aunque te cueste aceptarlo la ciencia -la más moderna, claro, la que tiene que ver con la física cuántica- está de acuerdo al 100% con esta visión de Platón y la filosofía oriental.
—¡Venga allá! ¡Es que quieres quedarte conmigo, maestro Manel!
—Haya paz, hermanos —medió Gerard.
—La habrá. Por mi parte la habrá. Una pregunta: ¿Has escuchado el nombre de Jacobo Grinberg?
—¿Jacobo Grinberg? ¿Quién es este personaje?
—Un neurofisiólogo y psicólogo mejicano. Jacobo Grinberg, conocido por sus investigaciones sobre parapsicología, la conciencia y la creación de la teoría sintérgica, desapareció en extrañas circunstancias en el año 1994.
—¿Fue abducido por un platillo volante, quizás? —pregunté con cierta sorna.
—¿Quién sabe? Lo que sí se sabe es que desapareció en la cima de su carrera como investigador y a un paso de un gran descubrimiento relacionado con el cerebro sin dejar rastro, pero sí muchas preguntas sin responder.
—¡Guau! Esto se pone muy interesante y emocionante —comenté, nuevamente con sorna.
—Ya lo creo. La figura de Jacobo Ginberg sigue rodeada de mucho misterio. Creo que la última vez que realizó un viaje a España fue en el año 1989. Tuvo la ocasión de exponer su visión sobre la realidad y su método de meditación para trascenderla en los programas de Televisión Española “El sol de medianoche” y “Salud holística” Cinco años después, en el año 1994, desapareció como te he comentado en extrañas circunstancias. Unos creen que fue abducido por seres extraterrestres y otros secuestrado por la CIA; los hay también que opinan que fue víctima de un crimen pasional y los más conspiranoicos que despertó de la Matrix.

—¿Y tú? ¿Qué crees?
—No sabría decirte, Pau. Lo único que sabemos es que oficialmente se encuentra desaparecido desde el 8 de diciembre de 1994 y que, al parecer, cuatro días después, es decir, el 12 de diciembre, su familia le tenía preparado una fiesta para celebrar su 48 cumpleaños, pero él no se presentó.
—Algo que alertó a su familia inmediatamente, entiendo…
—Pues, no. Como era habitual que él realizara viajes inesperados o que no contestara su teléfono durante muchos días, su desaparición no extrañó a su familia en principio. Por cierto, si te interesa conocer más a fondo lo extraño de esta desaparición puedo recomendarte el documental “El secreto del doctor Grinberg”. Dejó escritos más de 50 libros sobre chamanismo mexicano, la conciencia, la parapsicología, las disciplinas orientales, la meditación o la telepatía.
—Vamos, un portento.
—Ya lo creo que lo era. Su principal aportación fue la llamada “teoría sintérgica”. Defendió que el ser humano interactúa con una matriz o campo informacional, donde no existen objetos separados los unos de los otros. Según Grinberg nuestro cerebro actuaría constantemente con esta matriz o campo informacional, también conocido como campo cuántico, orden implicado, campo sintérgico o pre-espacial. Nuestros cerebros —según esta visión— interactúan con este campo y a partir de esta interacción aparece lo que llamamos “la realidad” (“realidad perceptual”), con sus objetos, formas, colores o texturas. Nuestra confusión surge —según Jacobo Grinberg— cuando consideramos a esta “realidad” (una especie de creación holográfica cerebral), en lugar de como resultante final, como estímulo primario. Dicho de otro modo: lo que percibimos como la realidad misma no es más que el resultado final de un complejo proceso que no podemos entender con nuestra herramienta cerebral.
¡Uff!, creo que me va a estallar la cabeza! —exclamé, recordando esta temática tan alambicada de la realidad con mis amigos, Manel y Gerard. Será mejor que lo deje estar por ahora —me dije. Sí, será lo mejor para mí porque a este paso me parece que van a saltar mis “fusibles” mentales.
La lectura del Kybalion estaba generando en mí una enorme ebullición mental pero, al mismo tiempo, conforme iba atando cabos sueltos mentalmente sobre la complejidad de la creación de la realidad, sentía que me estaba ayudando a entender mejor el concepto filosófico oriental de la realidad como como maya, como ilusión; también el famoso “mundo de las ideas” de Platón, quien afirmó que los sentidos no reflejan la realidad ni permiten conocerla, además de considerar que el cuerpo humano no es más que un carruaje, el yo (¿el observador?) el hombre que lo conduce, el pensamiento las riendas, y los sentimientos los caballos.

Con la lectura y reflexión de cada párrafo del Kybalion, el hermético libro que me había regalado Mari-Luz, me percataba de que contenía un increíble poder de transformación interior. También que había llegado a mi vida en el momento preciso, no antes ni después, sino en el momento en que mi alma estaba ya preparada para la transformación, de igual modo que la crisálida se convierte en mariposa. Además, era consciente de que esta obra me estaba ayudando a integrar y dar sentido a todo lo que hasta el momento había leído, oído o debatido. Sentía, en fin, que ya no era el mismo.
No. En efecto, ya no era el mismo. Era plenamente consciente de que había iniciado un viaje de autoconocimiento sin retorno, porque como afirmó Einstein “La mente humana, una vez impactada por una idea, ya no vuelve otra vez a sus dimensiones anteriores”.
En cierta ocasión escuché decir a uno de mis profesores de la Politécnica de Barcelona que la Humanidad se divide en dos grandes grupos: los que dejan los libros sin acabar si se aburren a la mitad y los que terminan el libro cueste lo que cueste. Seguramente este profesor no había leído el Kybalión porque entonces hubiera determinado que son tres y no sólo dos los grupos en los que se divide la Humanidad. El tercero quedaría reservado para todos aquellos que leen, han leído o terminarán leyendo, de cabo a rabo, con fruición y sin solución de continuidad, un libro tan interesante y transformador como el Kybalion.
Y, ahora, a por el siguiente principio: Polaridad. El que acabo de estudiar —el de Vibración—me ha conducido a la conclusión de que todos formamos parte de un inmenso campo invisible de energía que contiene todas las realidades posibles y que responde a nuestros pensamientos (“las riendas del carruaje”) y sentimientos (“los caballos del carruaje”). Un principio que me empuja a preguntarme: ¿Cómo puedo cambiar mi vida positivamente de acuerdo con sus postulados?
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