YO, ABO. Capítulo 37: Un simpático y amigable chamán
Ciertamente, México, además de ser un país impresionante en muchos sentidos, es uno de los grandes motores lingüísticos de Latinoamérica. Aunque las letras no son lo mío, soy consciente de que por la enorme influencia de la civilización maya ha dado como resultado un español lleno de mexicanismos. Esto me llevó a pensar que lo “del pedo” de mi compañero de viaje debía tener un significado diferente al conocido en nuestro presente contexto cultural.

—Hola, amigo. Mi nombre es Diego Pérez, más conocido como don Juan Matus —fueron sus primeras palabras de presentación, esbozando una amplia sonrisa.
—Hola, señor. Yo soy Pablo Martín.
—Pues encantado de conocerlo. ¿Se dirige usted a San Francisco, joven?
—Sí, señor. Entiendo que usted también va para allí también.
—Sí, claro. La semana que viene asistiré a un ciclo de conferencias sobre chamanismo.
—¡Qué interesante! —exclamé. ¿Es usted chamán?
—No. Soy antropólogo. Me licencié en la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México) y luego obtuve el doctorado con mi tesis sobre la influencia del chamanismo en la cultura mexicana. ¿Sabe usted en qué consiste el chamanismo, joven?
—Pues, la verdad, no mucho. ¿Tiene que ver con el animismo?
—Bueno, ja, ja, ja…algo tiene que ver, pero existen importantes diferencias. Para que se haga usted una idea rápida de lo que estamos hablando le diré que un chamán es una especie de intermediario entre el mundo natural y espiritual, que viaja entre los mundos en un estado de trance. Luego, una vez en el mundo de los espíritus, se comunica con ellos para conseguir ayuda en la curación, la caza o el control del tiempo.
—¿Pero entonces, qué diferencias hay entre el chamanismo y el animismo? — le pregunté algo confuso.
—Pues verá, joven. El chamanismo requiere de conocimientos o capacidades especiales; el animismo, sin embargo, no, pues todos y cada uno de los miembros de una determinada comunidad implicada lo practica. Para que usted lo pueda entender mejor: Se podría decir que los chamanes son los expertos empleados por las comunidades animistas para llevar a cabo determinados propósitos. Por supuesto, los chamanes no se organizan en asociaciones rituales o espirituales.

—Vamos, que van por su cuenta —comenté.
—Sí, así es, ja, ja, ja. Es que, mi buen joven amigo, los chamanes obtienen su poder de las fuerzas de la naturaleza, incluyendo la de los animales, con el fin de mediar entre el mundo ordinario y el mundo de los espíritus; esto, por lo general, en estados alterados de consciencia.
—¿Estados alterados de consciencia? —volví a preguntar muy confundido.
—Sí, pero no le tenga ningún miedo a esta expresión, joven, ja, ja, ja. Se trata sencillamente de un cambio temporal en el patrón general de la experiencia, de tal modo que el individuo cree que su funcionamiento mental es claramente diferente de ciertas normas generales para su estado normal de vigilia.
—¿Lo ha padecido usted? Perdón, quiero decir: ¿Lo ha experimentado usted alguna vez?
—¡Claro! Soy antropólogo, pero para hablar de chamanismo hay que practicarlo también.
—Ya. Luego entonces usted ha utilizado las drogas y los alucinógenos.
—Sí, por supuesto. Pero, por favor, no se precipite haciendo juicios sobre mí equivocados, joven, ja, ja, ja, que no soy ningún drogata. Le reconozco, joven, que he utilizado ciertas drogas y alucinógenos para alcanzar ciertos estados alterados de consciencia, pero no tema, joven. El chamanismo es, quizás, la religión más antigua del mundo. Está muy unida a la herbología alucinatoria o, mejor aún, a la herbología enteogénica. Esto llevó a los antiguos chamanes de la cultura precolombina a dominar la adivinación y la magia de climas y la agricultura; el contacto con el mundo de los ancestros; la cacería; la medicina; los rituales, los ritos, las oraciones y los sacrificios para atraer la lluvia y el buen tiempo…
—Ya, entiendo…
—Pero, no crea, joven, que estos estados alterados de consciencia sólo se consiguen con las plantas alucinógenas como la ayahuasca o el teonanacatl.
—¿Sí? ¿De qué otros modos se puede conseguir?
—Hay muchos. Por ejemplo: la autosugestión, la hipnosis, la relajación, los pranayamas; bueno, también, por medio de la privación del sueño, del ayuno; incluso, se puede también conseguir como consecuencia de determinadas patologías como el agotamiento, la catalepsia, la deshidratación, la diabetes, la epilepsia, la esquizofrenia, intoxicaciones…
—Ya.
—En fin, joven, el chamanismo que, por cierto, ha existido desde épocas prehistóricas, parte de la premisa de que el mundo visible está impregnado por fuerzas y espíritus invisibles de dimensiones paralelas que coexisten simultáneamente con la nuestra.
La información que me estaba proporcionando este simpático y amigable mexicano que atendía al nombre de Diego Pérez y al sobrenombre de Juan Matus me resultaba sumamente interesante. De nuevo, caí en la cuenta que el principio de las sincronicidades también estaba operando en este caso. Sentía que este buen hombre, de gran formación humanística, había llegado a mi vida en el lugar y en el tiempo oportuno; que el maestro había aparecido cuando el discípulo estaba preparado para recibir la enseñanza. Reía y sonreía continuamente. Parecía que había conocido al hombre más feliz del mundo. En un momento dado interrumpí su extensa disertación sobre el chamanismo con una pregunta sobre su seudónimo.
—Por cierto, Diego: ¿Por qué es usted conocido por Juan Matus?
—Ja, ja, ja. ¿Es que no ha oído usted hablar alguna vez de Don Juan Matus?
—¿Se refiere al personaje de Don Juan, de Carlos Castaneda?.
—Sí, claro.
—Le confieso que no he leído nada de este escritor peruano, antropólogo como usted, pero he oído hablar de él y de su personaje principal Don Juan.
—Pues le animo a que lo lea. Todas sus obras son de un gran valor antropológico, ligados a la psicodelia y la contracultura, con información autobiográfica, alucinógenos, rituales toltecas, misticismo y religión.

—Ya. ¿Puede recomendarme alguna de sus obras?
—Puede empezar por Las enseñanzas de Don Juan: una forma yaqui de conocimiento. Fue publicada por primera vez en 1968 como tesis de maestría en antropología. El libro narra las vivencias de Carlos Castaneda junto a un brujo y nagual yaqui llamado Juan Matus del estado mexicano de Sonora.
—Parece muy interesante.
—Lo es, joven. Le ayudará a convertirse en un hombre de conocimiento.
—¿Un hombre de conocimiento? ¿Qué es un hombre de conocimiento, si se puede saber?
—Pues mire, joven, según Don Juan es alguien que ha seguido de verdad las penurias de aprender. Un hombre que, sin apuro, sin vacilación, ha ido lo más lejos que puede en desenredar los secretos del poder y el conocimiento. Para ello debe vencer a cuatro enemigos naturales para convertirse en ese hombre de conocimiento que desea ser.
—¡Uff!, ¡Qué interesante! —exclamé. ¿Y se puede saber cuáles son esos cuatro enemigos naturales que un hombre hambriento de conocimiento debe vencer?
—¡Claro, joven! Estos cuatro enemigos son: el miedo, la claridad, el poder y la vejez.

Juan Matus, es decir, mi amable, franco y generoso conversador, Diego Pérez, era un libro abierto que, no solo me estaba amenizando este largo viaje hasta San Francisco, sino que también me apuntaba con su dedo de maestro hacia nuevos horizontes de conocimiento y crecimiento personal. Con sus interesantes explicaciones y gran conocimiento de la obra de Carlos Castaneda y su personaje principal, Don Juan Matus, comprendí por qué llevaba el sobrenombre de “Juan Matus”. Seguía riendo y sonriendo a mandíbula batiente, pródigo en explicaciones y conocimientos, algo que me pareció que no pasaba desapercibido para los viajeros próximos a nuestros asientos, algunos de los cuales hacían ciertos gestos sutiles de protesta al entender que nuestro eufónico compañero de viaje no estaba respetando el “status quo”, “la paz romana”, o el silencio que ha de guardarse en una cabina de avión.
Mientras seguía escuchando con atención sus interesantes explicaciones de carácter antropológico observé que le faltaba una muela en la parte derecha de la mandíbula superior, lo que le afeaba el resto de su dentadura, formada con dientes bien acondicionados y mejor puestos. Debió de captar mentalmente mi observación porque, para mi sorpresa, cambió de tercio de su apasionado relato sobre chamanismo y antropología, haciéndome el siguiente comentario personal sobre su boca.
—Sabe, joven, quiero aprovechar este viaje a San Francisco para vérmelas con el dentista, que buena falta me hace.
—Bueno, a todos nos viene siempre bien pasarnos de vez en cuando por el dentista —comenté algo confundido, sospechando que mi interlocutor había leído claramente mi pensamiento. A continuación, como si la cosa no fuera conmigo, le hice la siguiente pregunta para tratar de desviar la cuestión:
—Deduzco que estará usted algún tiempo en San Francisco.
—Sí, mi buen y joven amigo. Tengo previsto estar un mes; luego regresaré a San Cristóbal de las Casas, mi pueblo natal, donde siguen viviendo mis viejos y tres hermanos más. ¿Ha oído usted hablar de San Cristóbal de las Casas?

—No. La verdad es que no.
—Pues, ahora que me conoce tiene la ocasión si lo desea de visitar este trocito de cielo en la Tierra. Mire, mire, joven —me comentó enseñándome un pequeño álbum fotográfico familiar— juzgue por usted mismo si no estoy en la verdad. San Cristóbal de las Casas es uno de los destinos más populares del sur de México; y, mire, muy cerquita, en San Juan Chamula, con su iglesia de Guadalupe, se respira una atmósfera de cera, aguardiente y resina de copal.
—Sí, sí. Es realmente un pueblo precioso. ¿Y estos son sus padres? —pregunté al ver a una pareja madura sonriente, cogida de la mano, mirando hacia el horizonte, en alguna calle de esta bella ciudad virreinal de casas bajas y calles empedradas.
—Sí. Estos son mis pobres viejos. Todo lo que soy se lo debo enteramente a ellos. Se sacrificaron por mí hasta lo indecible. Siempre he estado por ahí, de un lado para el otro. Ahora, sabe usted, joven, siento que me necesitan y que debo estar junto a ellos todo el tiempo que pueda.
—Hace usted bien, Diego. Nuestros padres se lo merecen todo.
La conversación continuó ahora por nuevos derroteros relacionados con su infancia y juventud. Me contaba con todo lujo de detalles lo que fueron sus primeros pasos en la vida. Lo hacía con suma pasión; es que este buen hombre era una persona esencialmente apasionada y amante de la vida. Quiso dejarme muy claro que amaba la vida por encima de todo, aunque para él no había sido nada fácil llegar hasta dónde se encontraba ahora. No quiso darme ningún detalle de su vida afectiva actual, por lo que desconocía si estaba casado, tenía pareja e hijos. Comprendí que si no deseaba compartir conmigo algún aspecto de su vida personal actual obedecía a alguna razón. Yo no me atreví a indagar sobre ellos; tampoco sentía ninguna curiosidad por conocerlos. Lo que realmente me estaba seduciendo de esta intensa e interesante conversación con Diego era la dimensión chamánica de su vida. Así que, internamente, di por concluida su detallada disertación sobre sus primeros pasos en la vida para retomar la cuestión chamánica, por lo que de modo decidido le espeté:
—Y, oiga, Diego, perdone mi indiscreción: ¿Es usted brujo?
—Ja, ja, ja. ¿Pero qué pregunta más simpática me está haciendo usted, joven? Bueno, yo diría que soy un aprendiz de brujo, ja, ja, ja. Pero, por favor, deje que le aclare. Si cree que yo soy capaz de realizar actos de magia o hechicería para dominar la voluntad de las personas o modificar los acontecimientos de manera dañina o maléfica estaría usted errando en su percepción sobre mi persona; sin embargo, si me ve como un hombre determinado a crecer en el nivel humano mediante los ancestrales conocimientos del chamanismo, aquí me tiene usted para servirle en lo que sea menester.
—Ya, le entiendo. Pero, dígame, ¿de qué manera pueden ayudar al hombre moderno las técnicas chamánicas?
—De muchas maneras, joven. Mire, a través de los rituales —que pueden variar en función de la cultura y de la sociedad- el chamán es capaz de guiar a una persona para que alcance un estado alterado de conciencia y de este modo poder interactuar con el mundo espiritual. Puedo asegurarle que los resultados son espectaculares, consiguiendo curaciones físicas, emociones y el restablecimiento de la armonía espiritual.

—Vaya, parece que pinta muy bien.
—Me alegra que lo crea usted así, joven. Desde este mismo momento queda usted invitado a las conferencias que tengo previsto impartir en San Francisco sobre chamanismo. Estoy seguro que harán de usted un hombre nuevo.
—Pues buena falta me hace que, sabe usted, últimamente, mi vida la tengo algo patas arriba.
—Bueno, pues entonces, choque usted esos cinco, joven, y considéreme desde ahora mismo, su mejor amigo. Me ofrezco a ayudarle a superar y controlar sus dificultades interpersonales; a expulsar sus costumbres mundanas, armonizar sus sentimientos y a curar su corazón. Con mis técnicas chamánicas desarrollará sus capacidades, su excelencia y su calidad humana en todos los campos de la vida. Juntos trabajaremos el respeto y los valores morales, el agradecer y el perdonar. Recibirá la purificación espiritual. Será bendecido y protegido por las fuerzas del universo y Pachamama; también le ayudaré a manejar la energía y a liberar las vibraciones negativas y tentaciones. Puedo asegurarle, en fin, que aprenderá a conservar el fuego de su corazón amoroso, sanando heridas profundas o cicatrices marcadas en su alma. Acelerará su crecimiento personal, capacidad de tolerancia, comprensión y sencillez. Renovará su vitalidad. Aprenderá el arte de transformar el sufrimiento en amor, concientizando lo espiritual, psicológico y físico.
—Gracias, Diego, de verdad. Choco mis cinco con los de usted sellando con usted mi eterna amistad y agradecimiento por su generosidad y predisposición para ayudarme. Considéreme, por favor, desde este instante, como uno de sus estudiantes o discípulos. Y, por supuesto, , haré todo lo posible por asistir a alguna de sus conferencias.
—Pues sea como dice, joven. Y ahora toca hablar de usted. Dígame: ¿Qué le lleva a viajar hasta San Francisco.
—¡Uff! Verá, es una larga historia, que me llevará bastante tiempo.
—Ja, ja, ja. Pues cuente, cuente, joven, que soy todo oídos para usted. En este momento lo que nos sobra a usted y a mí es precisamente tiempo….
Animado por Diego, mi compañero de viaje, me lancé sin reservas con el relato de “mi increíble historia”. Empecé comentándole que todo empezó “La noche de aquel día”, tras la fiesta de graduación como ingeniero informático. Un suceso que para mí —y creo que también para el común de los mortales— me resultó ser tan insólito que me empujó a viajar hasta la Universidad de Stanford. Mientras le contaba mi historia, sentía que podía confiar plenamente en este hombre; que nadie como él podría entender mi inexplicable decisión de cruzar el Atlántico para vivir una aventura incierta. Su gran locuacidad se había tornado en un silencio indecible. Diego escuchaba con tal atención mi relato, que hacía que me sintiera la persona más importante de la Tierra. Ciertamente, el locuaz, simpático, amigable y generoso compañero de viaje, Diego Pérez, que yo acababa de conocer, se había transformado completamente en un ser diferente: en pura energía de observación, comprensión, compasión y empatía. No había en él juicios y valoraciones, sólo plena atención y escucha activa.
—Sabes, Diego, de pequeño en mi casa me llamaban “Abo”. Era el diminutivo familiar con el que mi abuela Julia solía referirse frecuentemente a mi persona de modo cariñoso. Según me han venido contando mis padres, Alexandre y María Lluïsa, cuando comencé a hablar yo no era capaz de pronunciar mi nombre de pila: Pablo. Así que, como yo ya apuntaba maneras desde bien pequeñito me las ingenié para sortear el importante desafío que la pronunciación de mi nombre representaba para mí, utilizando el atajo de “Abo”.
—”Abo” es un bello sobrenombre —comentó interrumpiendo mi apasionado relato— pero yo te propongo uno nuevo.
—¿Cuál? —pregunté sorprendido
—Neo
—¿Neo? ¿Qué significa Neo?
—¿Es que no has visto la saga de películas The Matrix?

—No. He oído hablar de ellas, pero no, no las he visto. Tengo entendido que es una serie de películas de ciencia ficción.
—Bueno, sí en lo aparente; en lo profundo, yo diría que son alegorías.
—¿Alegorías?
-Sí, alegorías. Como seguramente sabrá, una alegoría es una historia, un poema o una imagen que puede ser interpretada para revelar un significado oculto con alguna intención, generalmente de carácter ético o moral. The Matrix nos habla a las claras —para el que tenga oídos para oír y ojos para ver— de lo que está ocurriendo en nuestro mundo actualmente. En este sentido la alegoría de la Matrix nos muestra cómo nuestro mundo está bajo el control de ciertas fuerzas oscuras, escondidas u ocultas. Según esta saga de ciencia ficción, nuestro Planeta, Pablo —aunque no te lo creas— está siendo convertido en una cárcel social, una verdad de la que mayoritariamente somos inconscientes.
—¡Uff!, pero… ¡esto es terrorífico! —exclamé.
—Lo es, pero hay una buena noticia.
—Sí, ¿cuál?
—Que existe una llave para salir de esta cárcel.
—Algo es algo. Al menos existe cierta esperanza.
—Sí, claro, pero, como podrá intuir, salir de la Matrix requiere de un gran cambio profundo en los pensamientos, en los sentimientos y en las acciones.
—Entiendo. A estas alturas de mi telenovela ya he interiorizado que, desde “La noche de aquel día”, todo lo que me está sucediendo no es más que un viaje de autoconocimiento.
—Sí, correcto. Es el mismo viaje que tuvo que realizar Neo, el principal protagonista de The Matrix. Neo, en realidad es un estado de conciencia, el mismo en el que tú estás ahora.
—Por lo que entiendo que para ti yo soy una especie de Neo.
—Sí, así es. Thomas A. Anderson, más conocido como Neo, es un personaje ficticio de The Matrix interpretado por el actor Keanu Reeves. Se gana la vida como programador de la prestigiosa firma de software Metacortex. A los ojos de todos es un habitante más de los tantos que existen en el mundo, pero lo que pocos saben es que él posee una doble vida y un destino específico; es el Elegido. En la red se lo conoce como «Neo», un hacker que, al parecer, ha cometido muchos crímenes informáticos.
—En este punto, creo que entre este tal Neo y yo hay un gran abismo —comenté para mi descargo.
—Lo sé. Pero hay una gran similitud con él en tu deseo de “regreso a casa”. Verás.
—Sí, claro, cuenta, cuenta….
—En su mente hay una extraña sensación de que nada es lo que parece ser. Hasta que un día recibe un mensaje en su computadora: «Matrix has you» («Matrix te posee») y “Follow the white rabbit» («sigue al conejo blanco»). Evidentemente, no sabe de dónde proviene ese mensaje, ni siquiera sabe si en verdad lo recibió o fue solo un sueño, pero decide confiar y seguir la pista de «el conejo blanco», la cual lo llevará a Trinity (una hacker que ganó fama al infiltrarse en la base de datos de Hacienda) y a Morfeo (denominado por algunos como «el hombre más peligroso que existe»). De ahí en adelante suceden una serie de eventos confusos en la vida de Neo (Thomas Anderson); sucesos que lo llevarán a descubrir la más cruda verdad: la de que todo aquello que se cree real no es más que una simulación creada por máquinas con inteligencia artificial, que utilizan la energía producida por el cuerpo humano para alimentar a ese sistema, denominado «Matrix».
—¡Collons! Ya creo que mi vida de los últimos días es muy parecida a la de este tal Neo. ¡Joder! Y bueno, cómo maneja todo este embrollo; lo digo porque es a lo que yo me tengo que enfrentar….
—Como podrás imaginarte, mi joven amigo Abo, es decir, Neo, esta verdad tan cruda de que lo que él ha venido considerando como real no es más que una simulación creada por máquinas de inteligencia artificial, es muy difícil de asimilar y aceptar para él; sin embargo, algunas pruebas contundentes lo llevan a aceptarla. Luego, tras diferentes peripecias, logra comprender que él no fue elegido al azar, sino que existe una profecía que afirma que un día llegará un elegido destinado a terminar con la guerra entre humanos y máquinas. Ese elegido es él, Neo.
—¡Uff! Espero no ser yo el elegido.
—Bueno, ja, ja, ja, todo se irá viendo, joven amigo. De momento puedo adelantarte que, tras esta revelación, la vida de Neo es una completa confusión. Las preguntas sin respuesta agobian su mente; le resultará difícil saber en quién confiar, hasta que logra entender que debe confiar en sí mismo.
—Buena decisión, entiendo.
—Entiendes bien. Confiar en sí mismo es algo así como confiar en tu maestro interior, es decir, la sabiduría que todos llevamos dentro, el gurú que nos conduce a todos por el camino del conocimiento. Neo, al llegar a esta convicción, toma la determinación de seguir su propia intuición, siguiendo los caminos que él considera más adecuados para su vida y la de quienes le rodean, aun sabiendo que desconoce hacia dónde le llevarán.
—Oye, Diego, mola The Matrix.
—Sí, ya lo creo, Neo, que mola. Como te he comentado anteriormente está producida para los que tienen “oídos para oír y ojos para ver”; pero también para ayudar al despertar de la Consciencia, contribuyendo a llevar a nuestro mundo a un siguiente nivel evolutivo. Cada película responde a una pregunta. La primera responde a la pregunta: ¿Qué es la Matrix?; la segunda: ¿Por qué estamos en la Matrix?; y la tercera: ¿Cómo podemos salir de la Matrix?
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