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Un nuevo salto cuántico

¿Por qué la mañana me había traído el sentimiento profundo de no encajar del todo en el mundo?

YO, ABO. Capítulo 41: Un nuevo salto cuántico

Mis maravillosos protectores y amigos, Cristopher y Emily, se despidieron de mí deseándome que tuviera un feliz descanso con un profundo y sentido abrazo. Yo traté de corresponderles con mi eterno agradecimiento por haberme acogido en su casa y su preciosa amistad. 

Cristopher y Emily - Un nuevo salto cuántico - Acalanda Magacín

—Buenas noches, amigos. Gracias por todo. Espero estar a la altura. Que descanséis y que tengáis un feliz viaje…. 

—Hacia ninguna parte, ja, ja, ja —Comentó un simpático e irónico Cristopher completando mi frase.

—Pues gracias, Pablo. Tenemos previsto salir con nuestra auto caravana lo más pronto posible; así que tendremos que dormirnos deprisa —fueron las últimas palabras de la encantadora Emily.

Tras esta cariñosa despedida me desplacé hasta mi  habitación; una amplia y luminosa habitación que Cristopher y Emily me habían preparado, utilizada por uno de sus hijos durante “esos maravillosos años” en familia.  Contaba con una mesa de escritorio y un armario para guardar libros y material de estudio. Así que, yo en esos momentos no le podía pedir nada a la vida: iba a cursar estudios de posgrado en una de las más prestigiosas universidades del mundo, estaba alojado en una casa de ensueño para mí solo y contaba —por gentileza de mis caseros —con un vehículo muy especial para mis desplazamientos. Se trataba de un Chevrolet Camaro, uno de los míticos vehículos que en Europa habían desaparecido pero que en Estados Unidos seguían “en pie de guerra”. Estaba seguro de que daría el campanazo, haciendo que mucha gente girara la cabeza a su paso por su estética y los sonidos de su mecánica. Cristopher me pidió que lo cuidara como oro en paño, y no sólo porque era un vehículo mítico norteamericano, sino porque guardaba mucha historia personal inolvidable. 

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Lo tenía todo. Tenía lo que un joven ingeniero como yo podía desear, pero, al mismo tiempo, seguía sintiendo en lo más profundo de mi ser la carencia de algo esencial. ¿Mis padres, quizás? ¿Paula, tal vez? ¿Mis amigos, Manel y Gerard? ¿Un vacío existencial? 

Por supuesto que era todo esto; pero, a la vez, algo mucho más grande y trascendental que tenía que ver con el hondo sentimiento de carencia de algo esencial: el conocimiento de la verdad. ¿La verdad? ¿Qué verdad? —me preguntaba en aquellos momentos de máxima confusión para mí. 

 No se trataba de una verdad cualquiera. No era la que expresa la confianza en la correspondencia entre lo que se cree, se dice y lo que es en realidad.  Ni siquiera la verdad científica, lógica, matemática o filosófica. Tampoco tenía que ver con las cuatro verdades nobles del budismo o sendero para alcanzar la liberación. Se trataba de otra magna verdad que yo, en aquellos momentos de profunda indagación interior, ni siquiera podía vislumbrar: la verdad de la capacidad cocreadora de los seres humanos; la verdad de que podemos manifestar nuestra propia realidad a través del pensamiento y la conciencia. 

¿Y si Dios no fuera en realidad lo que nos han venido contando algunas religiones?  ¿Y si Dios no es una entidad externa, sino una fuerza creativa que fluye a través de toda la existencia? ¿Y si, al igual que una gota de agua del mar, no es el mar, pero contiene toda su esencia, cada uno de nosotros contiene en su interior la misma naturaleza de esa fuerza creativa? 

Todo esto no me parecía en principio nada descabellado. Creía que podía encajar perfectamente a la luz de los postulados de la física cuántica que afirma que todo lo creado es energía. ¡Claro! ¡Equilicua! Si todo lo creado es energía- me dije- también todos nuestros pensamientos, sentimientos y emociones. Unos pensamientos, sentimientos y emociones que crean vibraciones y afectan a la realidad que experimentamos. Así que, por medio de esta sencilla deducción llegué a otra de gran aplicación práctica: la de que para manifestar cualquier cosa se requiere estar alineado con esa fuerza todopoderosa, perfecta y eterna. 

41 Collaje fantasia 2 - Un nuevo salto cuántico - Acalanda Magacín

 Me quedé profundamente dormido con estas sesudas reflexiones acerca de la verdad y me desperté con la sensación de haber estado en alguna otra dimensión.  El ruido de una cortadora de césped, junto con el grácil canto de un pájaro procedentes del jardín de la casa, me trajeron de nuevo a la vida; por supuesto, a la vida que yo había conocido hasta ese momento. Este contraste de sonidos entre lo burdo y lo sublime me hizo comprender claramente con un ejemplo práctico, entresacado de la escuela de la vida, el principio universal de la polaridad explicado por mi amigo el chamán, Diego Pérez.

Tras esta rápida reflexión sobre lo divino y lo humano, sentí el apremio de que mi vida tenía que dar un nuevo salto. ¿Cuántico? No sé si tenía que ser un salto cuántico, pero sí que tenía que estar dispuesto a avanzar hacia un nuevo nivel de comprensión. De momento, aquella primera mañana en tierras de San Francisco, había traído hacia mi interior una sensación de profunda soledad. 

Soledad - Un nuevo salto cuántico - Acalanda Magacín

Pero, ¿Por qué tengo ahora yo esta profunda sensación de soledad? ¿Tendrá que ver con un proceso de ampliación de mi conciencia que he venido desarrollando desde la “Noche de aquel día”? ¿Será porque, con esta ampliación de mi conciencia, todo lo que antes tenía sentido ahora ya no lo tiene? ¿Será porque me siento incomprendido y hasta juzgado -interna o externamente- por pretender salirme del redil del marco mental aceptado socialmente? ¿Me habré convertido en una especie de “John, ¿El Salvaje”, el famoso personaje ficticio de la novela “¿Un mundo feliz”, de Aldous Huxley?

¿Por qué la mañana me había traído el sentimiento profundo de no encajar del todo en el mundo? ¿Será porque, en la corta pero intensa travesía de mi despertar espiritual, me había hecho consciente de mi conexión con algo más grande que yo mismo?

¿Quién me hubiera dicho a mí, hace tan solo unos pocos días, que ahora sentía la necesidad de estar solo conmigo mismo? ¿Sería porque en esta necesidad de estar solo conmigo mismo empezaba a atisbar la esencia más pura de mí mismo, sin las influencias externas, los roles sociales y expectativas de los demás? 

Con este sentimiento de soledad y gran deseo de acceso a la esencia de mí mismo, tomé la firme decisión esa soleada mañana de descubrir de una vez por todas quién era realmente, aunque para ello tuviera que vérselas con mis sombras, entender mi historia personal, sanar heridas pasadas y liberar cargas emocionales. Tomaba esta importante decisión sabiendo que, a partir de ahora, la soledad sería una de mis más importantes compañeras de viaje.   

¿Viaje? ¿Viaje he dicho? A mi amigo Gerard le escuché decir en cierta ocasión, citando a no sé qué autor, que el instante mágico de la vida es el momento en que un sí o un no pueden cambiar toda nuestra existencia; también que uno de los poderes supremos de la naturaleza humana reside en el poder decidir. Por su parte, Manel, durante una de nuestras inolvidables veladas en nuestro coqueto piso de estudiantes de Barcelona, nos soltó aquello de que “La vida te ofrece siempre dos caminos: el fácil y el difícil. Elige el difícil pues de esta manera al menos sabrás que no ha sido la facilidad la que ha elegido por ti”. Creo recordar que nos aclaró que se trataba de una interpretación libre de una frase sobre el arte de la guerra hallada en una inscripción en piedra en Egipto por un general de Napoleón. Además, siguiendo por este mismo sendero de consejos del arte de la guerra, “No hay nada imposible para aquel que lo intenta”, según el gran Alejandro Magno. Y de mi padre Alexandre, citando a no sé quién y en qué contexto que “Vale más hacer y arrepentirse, que no hacer y arrepentirse”.

Así que, con estas profundas y motivadoras frases entresacadas de la sabiduría ancestral concluí que si había llegado hasta aquí debía de ser por algún elevado propósito.  Por lo tanto, determiné que era el momento del sí; de elegir el camino difícil e incierto; de confiar en no sé qué o quién, pero en confiar. Sí, mi nuevo viaje tenía que ser a la población mexicana de San Cristóbal de las Casas. Un largo viaje de casi 3000 millas, algo menos de 5.000 kilómetros y más de diez horas en avión. Lógicamente, esta nueva aventura me llevaría varios días; también retrasar mi incorporación para el   máster de machine learning en la Universidad de Stanford, pero, bueno, esto era —pensé— por una causa más que justificada.

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Por lo tanto, ¡Dicho y hecho! ¡No me queda otra! ¡“¡Marcho, que teño que marchar” !, que hubiera dicho mi padre en estas mismas circunstancias. Decisión tomada y a la espera de las consecuencias que “os idus de novembro” habrían de traerme.   Así que sin tiempo que perder me arreglé en un “in a pee step” y con lo imprescindible metido en mi bolso de viaje me trasladé “go to the adventure” en taxi desde la residencia de Cristopher y Emily hasta el aeropuerto de San Francisco. 

Como “La fortuna favorece a los más audaces”, según creo recordar que dijo el gran Alejandro Magno, parecía que el Universo se había confabulado a mi favor en aquel momento   para que yo pudiera viajar hacia la ciudad de San Cristóbal de las Casas por la compañía Aeroméxico en un vuelo que tendría lugar en un par de horas. ¡Perfecto! Tiempo suficiente para tomar un desayuno en la cafetería del aeropuerto, ordenar mis ideas y planificarme para abordar el siguiente desafío; ¡ah! y con los ojos muy abiertos a las señales, guiños y serendipias que durante esta nueva singladura seguramente me tenía reservado el destino.

En esos “mágicos” momentos sentía con gran intensidad dentro de mi corazón que un descubrimiento o un hallazgo afortunado, valioso e inesperado estaba a punto de llegar a mi vida. Entonces recordé y comprendí claramente la profunda reflexión de Sócrates —uno de los mayores sabios de la Historia de la Humanidad— que me leyó un día mi madre, María Llüisa, sobre la existencia de una guía divina que le indicaba lo que tenía que hacer. Al parecer, la formuló al ser acusado de corromper la moral de la juventud, tratando de alejarla de la democracia e introduciendo nuevos dioses “¿Cómo podría yo introducir nuevos dioses por decir que una voz divina se me manifiesta para indicarme lo que hay que hacer? —les dijo a los atenienses.  Por otro lado, que la divinidad sabe de antemano lo que va a suceder y que lo anuncia con señales a quien quiere, tal como yo lo digo, lo dicen también todos y lo creen. Pero mientras estos llaman, augurios, voces, coincidencias y adivinos a los que les anuncian las señales, yo lo llamo genio divino y pienso que, al llamarlo así, me expreso de manera más veraz y piadosa que los que atribuyen a las aves el poder de los dioses”.

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Después de tomar el desayuno me trasladé hasta el kiosco del aeropuerto para “hacer tiempo” hasta la salida de mi avión. Tras realizar una mirada panorámica, mis ojos se centraron en un libro con el título: Señales de que Dios guía tus pasos. Se trataba de la publicación de una iglesia de orientación cristiana.

Tras ojearlo rápidamente para hacerme una idea de su contenido, comencé a leer el primer capítulo. Lo hacía de este modo: “Dios siempre quiere que sus hijos caminen por el camino correcto. Nos dió el Espíritu Santo que nos conduce y guía en toda verdad. Es posible para un hijo de Dios saber si se está desviando del camino correcto; y también si estamos en el camino correcto. Para ello, nuestro Padre, Dios, nos muestra ciertas señales que nos indican que estamos en el camino correcto”. 

Bueno —me dije— parece interesante y de fácil lectura. Ya sé que no soy precisamente un joven religioso, pero, como se suele decir, “el saber no ocupa lugar”. Será un buen compañero para mí durante el largo viaje que dentro de un rato emprenderé hasta la ciudad de San Cristóbal de las Casas; y… ¿Quién sabe? Quizás me ayude a ordenar algo mi mente en este momento de gran confusión e incertidumbre.

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Retomé la lectura de “Señales de que Dios guía tus pasos” una vez que mi avión había cogido “velocidad de crucero”. En esta ocasión el asiento contiguo estaba vacío. Nadie, pues, con quien “platicar”. Yo solo, cara a cara, directamente ante mi propio destino.

La señal número 1 de que Dios guía nuestros pasos tenía que ver con el rechazo que recibimos del mundo.  Usted está en el camino correcto —según esta obra— cuando usted o sus puntos de vista son rechazados por el mundo. Recordad que, en Juan 15:18 está escrito que Jesús afirmó: “Si el mundo os aborrece, sabed que a mí me han aborrecido antes que a vosotros”. 

Estuve reflexionando durante mucho tiempo sobre esta importante señal. Por supuesto, di por hecho que este mensaje no conllevaba la inmolación. Simplemente, pretende decirnos que cuando nos elevamos espiritualmente (crecemos en Consciencia) nuestro mundo de las tres dimensiones ya no encaja en nosotros. Estamos físicamente en él pero con nuestra mirada interior puesta en otras dimensiones. Pero esto no significa—me dije—que tenga que abandonar mis nobles deseos de seguir amando a Valeria y conseguir ser un gran profesional de la ingeniería informática. Seguiré estando en el mundo, pero con la conciencia de no pertenecer a él. Y esta comprensión es ya para mí un gran paso de gigante.

El resto de las señales, con los correspondientes apoyos de sentencias bíblicas, me resultaron también muy edificantes. ¡Por fin!, la Biblia empezaba a tener un gran significado profundo para mí. No era ya una letra muerta, para recitar como un loro, sino viva y nutritiva para alimento del alma; no era ya para mí la palabra de Dios pasada por el tamiz de las creencias y los dogmas. En fin, sentía que se estaba desarrollando en mí una epifanía por la que era capaz de comprender e interpretar fácilmente los grandes enigmas cual profeta, chamán, médico brujo, oráculo o astrónomo. 

La aseveración hermética contenida en Mateos 13:9-15 por la que “El que tenga oídos para oír que oiga” —incomprensible e insondable para los sabios y doctores de la época de Jesús—, me resultaba ahora a mí tan clara de comprender como a un hambriento el significado de un mendrugo de pan. Es que, como Jesús les aclaró a sus discípulos cuando le preguntaron por qué les hablaba en parábolas a la gente, “A ustedes —a los que están despiertos en Consciencia, en el contexto actual—se les ha concedido conocer los secretos del reino de los cielos; pero a ellos no”. ¿Y por qué? ¿Por qué no se les ha concedido a ellos — a los no despiertos en Consciencia—los secretos del reino de los cielos? —me pregunté interiormente. ¡Ya está! Sencillamente porque, según Jesús, “Ellos, aunque miran no ven; y aunque oyen no escuchan ni entienden”. 

Evangelio - Un nuevo salto cuántico - Acalanda Magacín

Mirando hacia el infinito por la ventanilla del avión sentía que había llegado a un punto de mi evolución espiritual en que escuchaba y entendía. Sí, sentía que estaba saliendo de la Matrix cual Keanu Reeves (Neo). Sentía también que era uno de esos presos de la saga que había logrado escapar del sistema y que ahora era perseguido (“aborrecido por el mundo” en lenguaje bíblico) al ser considerado como una amenaza para la Inteligencia Artificial.

Con ciertas dudas aún, sabía a ciencia cierta que yo era el capitán de mi barco, el artífice de mi propio destino; que podía la realidad deseada, cambiando mi estado mi ánimo. Había caído en la cuenta de que nuestro estado mental es, en realidad, lo que controla nuestra percepción del mundo. De esto no tenía ya la menor duda. 

La clave principal está en cambiar nuestro estado mental, algo que, por supuesto, no es sencillo, pero sí posible. El propio Jesús habló de ello a sus discípulos. Les dijo que no eran capaces de realizar las manifestaciones deseadas por su falta de fe; “porque de cierto os digo que, si tuvierais la fe del tamaño de un grano de mostaza, diríais a este monte, muévete y el monte se movería. Con la suficiente fe nada os será imposible”.

Sí, efectivamente, a estas alturas de mi vida había podido comprender y aceptar que la experimentación de la realidad se hace a través del estado. Yo me lo explicaba a mí mismo desde una perspectiva de ingeniería informática. Así que la creación de la realidad lo comparaba con la existencia de un personaje o avatar. Me imaginaba que en cada línea de tiempo debía existir una versión diferente de mí mismo. Un personaje o avatar con pensamientos, sentimientos y emociones diferentes, así como otro tipo de comprensión de todo lo que le afecta. El estado sería el que se encargaría de definir cada una de las versiones del momento presente. Esto me lleva a pensar —me dije— a que aquello que deseo conseguir ya se ha hecho realidad en alguna línea del tiempo. 

¿Pero es suficiente saber que existe una versión de nosotros mismos que ya alcanzó lo que deseaba? No, no lo creo. Saberlo sólo es el inicio —pensé. No creo que la felicidad y el éxito se alcancen o se manifiestan sólo con desearlo o pensarlo. La clave debe estar en vivir esa realidad deseada como sí ya estuviera manifestada. La llave de acceso: nuestro estado interno. ¡Vivir en el resultado final en el momento presente! aquí tiene que residir la clave; pensar, sentir y vivir como si ya tuviera lo que deseo; el vivir “como sí.”. Y, esto, haciéndolo desde el momento presente se convierte en un portal de acceso al futuro o, en terminología cuántica, al campo de potencialidad pura. Y para ello, la fe —la misma fe de la que hablaba Jesús— es la piedra angular para poner en funcionamiento el proceso hacia la materialización de un deseo. 

¡Claro! ¿Cómo no me había dado cuenta hasta ahora? ¡Todo está creado ya! -me dije-; y la fe y la confianza son las principales catapultas que nos llevan hasta nuestro destino deseado. ¿Y cómo puedo conocer cuál es mi estado de percepción mental? Sencillamente, a través de mi pensamientos, sentimientos, emociones y palabras. 

Tras el aterrizaje en el aeropuerto de San Cristóbal de las Casas, y ya en posesión de mi equipaje, seguí los carteles de Exit para salir del recinto. Una vez fuera del mismo pude encontrar fácilmente el parque de taxis del aeropuerto. Muy agotado por el largo viaje y mi devastadora revolución interior sólo me quedaban fuerzas suficientes para decirle al taxista doce palabras; éstas: buenas noches, lléveme, por favor a un hotel económico que usted conozca.

Pablo Martín Allué


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