YO, ABO. Capítulo 42: Juanito, un ángel celestial
Me desperté muy de mañana algo aturdido, sin saber dónde me encontraba. Poco a poco comencé a recordar que un amable taxista me había traído hasta el hostal en el que me hospedaba bien avanzada la noche, desde el aeropuerto Tuxtla Gutiérrez, situado a una hora y media aproximadamente de la ciudad de San Cristóbal de las Casas.
En estos momentos de cierto aturdimiento empezaba a recordar también que, cuando realicé los correspondientes trámites de la recepción, me subí “ipso facto” a la habitación, cayendo “fulminado» en la cama.

En la mesilla de noche aparecía un folleto informativo del hotel: La Abuelita Hostal. ¿La Abuelita?¡Vaya! —me dije— resulta que mi nuevo lugar donde poder reclinar mi cabeza está estrechamente relacionado con mi gran propósito vital de este momento: ir tras las huellas de mi abuela Julia. ¡Joder! —exclamé de forma muy audible. A continuación, sentí cómo se estremecía mi cuerpo. Una vez más las señales del Universo brotaban sin cesar. Esto no debería sorprenderme ya…pero, ¡joder! ¡es que va uno de susto en susto, de enseñanza en enseñanza, de sorpresa en sorpresa y de señal en señal! y todo esto sin tiempo para poderlo asimilar.
Cuando me tranquilicé un poco, aceptando lo inevitable, razoné que desde “La noche de aquel día”, por alguna razón desconocida para mí, una fuerza superior y muy poderosa venía guiando mis pasos hasta un destino inimaginable. Bueno, sea lo que Dios quiera o lo que tenga que ser. Creo que yo lo estoy poniendo todo de mi parte. No me queda otra escapatoria que dejarme fluir y confiar. ¿Confiar en qué? —me pregunté. Confiar en que lo que me está sucediendo es simple y llanamente lo que necesito en estos momentos para crecer y evolucionar en consciencia y sabiduría- fue mi sabia respuesta.

Así que, me dejaré fluir, abriéndome sin rechistar a todas y cada una de las vivencias de mi vida. La lectura del folleto informativo de “La Abuelita Hostal” forma también—me dije— parte integrante de estas vivencias, por lo que me entretendré un poco con su lectura.
La Abuelita Hostal se encuentra en San Cristóbal de Las Casas —decía el folleto informativo—, a 700 metros de la catedral de San Cristóbal, y ofrece jardín, habitaciones hipoalergénicas, WiFi gratuita en todas las instalaciones y salón compartido. El establecimiento está cerca del Arco del Carmen, la iglesia de San Cristóbal y el Museo del Ámbar. El alojamiento cuenta con cocina compartida, recepción 24 horas y consigna de equipaje. Las habitaciones del albergue están equipadas con zona de estar. Las habitaciones disponen de baño privado con ducha. Algunas tienen terraza y otras ofrecen vistas a la ciudad. Todas las habitaciones de La Abuelita Hostal están equipadas con ropa de cama y toallas. En las inmediaciones hay varios lugares de interés, como la plaza y parque central, la iglesia de Santo Domingo de San Cristóbal de las Casas y la iglesia de La Merced. El aeropuerto más cercano es el aeropuerto internacional Ángel Albino Corzo, ubicado a 76 km de La Abuelita Hostal. Nuestros clientes dicen que esta parte de San Cristóbal de Las Casas es su favorita, según los comentarios independientes.

Tras leer este folleto informativo sobre “La Abuelita Hostal” me levanté de la cama a toda prisa, con la convicción de que no había tiempo que perder. Tenía que empezar a recabar información sobre el paradero de Kendrick, la pareja de mi abuela Julia. Así que, después de realizar un desayuno frugal y asearme, mi primera pesquisa la desarrollé con el recepcionista del hostal: un joven treintañero amable y servicial, con vestimenta típica de San Cristóbal de las Casas.
—Disculpe he venido hasta San Cristóbal de las Casas buscando a un señor norteamericano octogenario llamado Kendrick. ¿Ha oído usted hablar de él?
—Pues no. Lo siento mucho, señor. Me gustaría ayudarle, pero no sé cómo ¿Tiene usted alguna foto de él?
—No. Lo único que sé de él es que fue profesor e investigador en la Universidad de Stanford, alto y de complexión fuerte. Según he podido saber, tras el fallecimiento de su esposa —mi abuela Julia— y la jubilación decidió pasar sus últimos días en este mundo aquí, En San Cristóbal de las Casas.

—San Cristóbal de las Casas es un paraíso en la Tierra, señor. El mejor sitio para pasar los últimos días en este mundo antes de regresar al divino. Lástima que no haya oído hablar aquí de este señor que usted está buscando, el señor Kendrick. Así que le aconsejo que dé una vuelta por la ciudad a ver si alguien puede ofrecerle alguna pista.
—Ya. ¡Qué le vamos a hacer! — exclamé contrariado. Pues haré lo que me aconseja. Gracias de todos modos.
Con una sonrisa algo forzada salí a la calle dispuesto a remover “Roma con Santiago” en busca del señor Kendrick. No creo —pensé— que el destino o quien sea el que esté dirigiendo mis pasos sea tan sádico de negarme lo que me ha traído hasta aquí. Así que no me queda otra que confiar. No tengo otra alternativa más que la de seguir confiando en la fuerza amorosa que me ha guiado hasta aquí. ¿Amorosa, he dicho? Ya veremos. Ya veremos si no es un jueguecito de mal gusto de un espíritu burlón.
Al dar los primeros pasos por esta preciosa ciudad comprendí con una sola palabra lo que era San Cristóbal de las Casas: diversidad. Sí, diversidad de colores, culturas, tradiciones, etnias, etc. De un plumazo consideré que esta ciudad representaba fielmente al México auténtico: al de mexicanos amables, nobles y serviciales.

San Cristóbal de las Casas —pensé— es una especie de “paraíso en la Tierra”. La temperatura templada —unos 18 grados— era ya una bendición y una sorpresa para mí pues me lo esperaba de calor tropical.
Francamente, me parecía que San Cristóbal de las Casas era una de esas ciudades coloniales mejor conservadas de México, estructurada a partir de una plaza central, rodeada por los edificios más importantes: la Catedral y el Ayuntamiento, desde donde se trazan calles rectilíneas, que dan lugar a los barrios tradicionales en los que se divide la ciudad.
Llegué fácilmente y de un modo intuitivo hasta la Catedral de San Cristóbal: el punto central de la ciudad. Consulté a través de mi móvil su ficha técnica: Construida durante los siglos XVI y XVII y restaurada en la década de 1920; La fachada: de color amarillo mostaza y blanco, mezcla influencias barrocas, moriscas e indígenas.

Cual sabueso en busca de cualquier señal que me condujera a encontrar a la pareja de mi abuela Julia observé detenidamente que, frente a la catedral de San Cristóbal, se encontraba una plaza: la Plaza de la Paz. Me percaté rápidamente de que se trataba de otro importante centro de encuentro, donde se reúnen habitualmente las familias y los visitantes. Me llamó la atención especialmente encontrar a mujeres y niños indígenas vendiendo todo tipo de artesanías como ropa con vibrantes motivos bordados a mano, bufandas, abrigos, tallados en madera, souvenir, etc. Además, tampoco me dejó indiferente la cruz situada en el centro, que a mí se me antojó altiva, desde donde se puede observar la verde serranía que rodea la ciudad.
De repente algo muy poderoso me sacó de mi ensimismamiento. Se trataba de la sonrisa de un niño indígena. La sentía como la expresión más pura de la bondad e inocencia de un ser humano. Era una sonrisa innata, espontánea, contagiosa, dulce y sincera. En aquellos momentos de grandes dudas e incertidumbres me aportaba unas buenas dosis de paz y serenidad. Aquella sonrisa tan especial me llenaba también de energía, confianza y felicidad. Era para mí una especie de oasis en un desierto sin final. Aquel chaval me miraba con sus tiernos y bondadosos ojos continuamente como si me conociera de algo o tuviera la misión de decirme algo importante. Entre sus manos sostenía un tallado de madera. Lo curioso es que yo sentía que aquella mirada tan especial de este chaval de San Cristóbal de las Casas me resultaba muy familiar.
—¿Será la señal que estoy esperando para proseguir mi siguiente etapa en este asombroso camino emprendido desde la “Noche de aquél día»?

Instintivamente me acerqué hasta él. Ayudaba a una mujer joven —su madre probablemente— en el puesto de venta de diversos artículos de artesanía. Correspondí con su grata sonrisa con una mía, cultural y aprendida, no tan bondadosa y sincera como la suya. Era mi treta personal del momento para ganarme su confianza. Es que, al fin y a la postre la sonrisa–cualquier sonrisa- es la distancia más corta entre dos personas. ¡Lástima que la civilización occidental haya pervertido egoístamente un gesto innato, universal y no verbal que expresa felicidad, creado por Dios para el hombre! —pensé para mis adentros.

—¡Hola, campeón! ¿Estás vendiendo este bonito recuerdo? Fue mi primera pregunta de situación.
—¿Le gusta, señor? —me respondió con una gallega paternal respuesta.
—Sí, claro. Es muy bonito.
—¿Sabes lo que es?
—No sé —me respondió encogiéndose de hombros, con una bella, amplia y nueva sonrisa, dejándome completamente desarmado.

—¿Puedo verla?
—Sí, claro.
—Es un Cubo de Metatrón —comentó la madre de aquel niño, interrumpiendo las negociaciones que mantenía con un cliente interesado en otro objeto de artesanía.
—¡Un Cubo de Metatrón! —exclamé yo audiblemente.
—¿Le gusta, señor? —me preguntó ahora el niño.
—Sí, claro. Y, además, me trae muy buenos recuerdos.
—¿Ah?, ¿sí? ¡Qué bien! Entonces: ¿Me lo compra?
—Sí, te lo voy a comprar porque me gusta mucho y deseo regalárselo a una persona muy especial.

—¿Y se puede saber quién es esa persona tan especial?
—Ja, ja, ja…¡pero qué picarón eres! Es mi gran amiga del alma.
-¿A sí? ¿Y cómo se llama tu gran amiga del alma?
—Paula.
—¿Es guapa?
—Muy guapa, pero sobre todo muy bella por dentro, como tú.
—Y, oye… ¿tú cómo te llamas, campeón?
—Juanito.
—¿Juanito? ¡Qué nombre tan bonito!
—¡Juanito, hijo! No seas tan preguntón, que este señor tendrá mucha prisa —comentó a modo de reproche su madre interrumpiendo nuevamente su conversación con los clientes que estaba atendiendo.

—¡Qué va, señora! Su hijo es muy simpático y el mejor vendedor que he conocido.
—¡Y un truhan! —exclamó con una sonrisa y un gesto de resignación.
—Y usted, señor, ¿Cómo se llama?
—Pablo, pero puedes llamarme Abo. Es que así me llamaba una abuela cuando era tan pequeñito como tú.
—¿Y por qué te llamaba tu abuela Abo, si te llamas Pablo?
—Porque de pequeño no era capaz de decir Pablo.
—Ya, comprendo. Y por eso te pusiste Abo, ja, ja, ja…. ¿Pues sabes qué? ¡Me gusta que te llames Abo! ¿Te puedo llamar yo también Abo?
—Claro, Juanito. Me puedes llamar Abo, si así lo deseas. Me hace recordar a mi abuela.
—Y, oye, Abo: ¿Cómo se llama tu abuela?
—Julia. Era la madre de mi madre.
—¿Y era guapa?
—Creo que sí, pero sobre todo muy inteligente. Llegó a ser una gran científica. ¿Puedo confesarte un secreto?
—Cuenta, cuenta….
—Que creo que sigue viviendo aún —le comenté a Juanito de un modo misterioso, susurrándoselo al oído.
—¿Sí? ¿Tú crees?
—Yo creo que sí. He venido desde España hasta aquí para buscarla y encontrarla.
—¿Y tú crees, Abo, que cuando la encuentres te seguirá llamando Abo?
—Yo creo que sí. ¿Me guardarás el secreto?
—¡Claro!
—Bueno, Juanito. ¿Me vendes entonces este regalo?
—¡Claro! Si me pagas lo que pido, te lo vendo.
—No soy ningún ricachón, pero creo que podré pagarte lo que me pides, Juanito. ¿Puedo verlo antes más detenidamente?
—Toma. No arrepentirás, Abo. El artesano que lo ha hecho me dijo que quien lo adquiera llevará consigo la protección de un arcángel.
—¿La protección de un arcángel? ¿Recuerdas si te dijo su nombre?

—Sí. ¿Pues cuál va a ser? El arcángel Metatrón, el escriba de Dios y guardián de los registros Akásicos.
—A sí, claro. El arcángel Metatrón. ¡Pero que tonto soy!
–Sí, Abo, pero qué tonto eres.
Ciertamente, Juanito tenía algo de razón en lo de que era un poco tonto, al no haberme dado cuenta de que se trataba de un objeto que no era desconocido para mí. Al observarlo con detenimiento caí en la cuenta de que me encontraba ante uno de los símbolos más poderosos de la Geometría Sagrada. Contenía las formas de la Flor de la vida, la Semilla de la Vida, el Merkabah y todos los sólidos platónicos. Era muy parecido al que mi amada Valeria vendió a la peruana Claudia Paola y el que exhibe mi mentora Mari-Luz. De nuevo me sobrecogí. Sabía que estaba en el camino correcto. Sentía claramente que aquel encuentro —en apariencia fortuito– con aquel niño mejicano no había sido por casualidad, sino por causalidad; que estaba ante una nueva señal.
—Y, oye, Juanito. ¿Sabes quién ha hecho esta pieza de artesanía tan bonita?
—Un señor—fue su lacónica respuesta.
—¿y sabes cómo se llama?
—Sí. Se llama Kendrick—fue su directa respuesta, apuntando con su dedo índice al punto de la pieza de artesanía donde se podía leer el nombre del autor de este trabajo artístico.
Efectivamente, como me indicaba Juanito, el nombre de Kendrick aparecía en este mágico y al mismo tiempo magistral objeto de artesanía representando al Cubo de Metatrón con sus correspondientes elementos: el círculo central rodeado de seis círculos más del mismo tamaño, formando una flor; a su vez, cada uno de estos seis círculos otro en su extensión. En total 13 círculos iguales conectados con líneas rectas.
—¿Kendrick? ¿Le conoces tú?
—Sí.
—¿Me lo podrías describir, Juanito?

—Es un señor muy simpático. Alto y fuerte. Siempre me trae un regalo y me dice que si estudio mucho llegaré a ser algún día un hombre muy importante y respetado.
—¿Y sabes dónde vive?
—Por allí —me dijo apuntando con el dedo índice de su mano derecha hacia un punto indeterminado de la serranía de San Cristóbal de las Casas.
—¿Está muy lejos?
—Creo que sí. A unas dos horas de aquí, creo.
Consulté automáticamente en Google la ubicación de esta Sierra de San Cristóbal. Juanito no estaba desencaminado. Había una distancia de unos 10 kilómetros, lo que me llevaría dos horas de marcha. Así que no había más tiempo que perder. ¿Era este señor Kendrick descrito por Juanito el que yo iba buscando? De nuevo, no me quedaba otra que confiar. Confiar en la Divina Providencia. Confiar en la sonrisa de Juanito. Confiar en mi propia intuición. En fin, confiar.
Tras abonar lo que me pidió Juanito por su Cubo de Metatrón elaborado por el señor Kendrick, más una propina por su ayuda y su simpatía, tomé la decisión de emprender la marcha a la mayor brevedad posible.

—Gracias, Juanito, por tu gran ayuda. Llevaré siempre en mi pecho tu Cubo de Metatrón —comenté, colocándome su preciada y preciosa artesanía en mi pecho, sujeta desde el cuello por una cinta. Será para mí como un talismán.
—¿Un talismán? —preguntó algo perplejo.
—Sí, Juanito, un talismán es un objeto con poderes especiales; y, además, me servirá para recordar siempre al más joven, mejor, más guapo y simpático vendedor del mundo que he conocido nunca.
—¿Yo? — preguntó llevando su dedo índice a su pecho.
—Sí, tú, Juanito.
Me despedí de Juanito con un beso en la frente y con mis dos manos abrazando las suyas. Sentía que ya no podría olvidar a este chico nunca más; que lo llevaría siempre presente dentro de mi corazón; que entre los dos se había producido algo parecido a lo que en física cuántica se conoce como “entrelazamiento cuántico”, una propiedad de las partículas subatómicas predicha en 1935 por Einstein, Podolski y Rosen, base de tecnologías en fase de desarrollo tales como la computación cuántica, criptografía cuántica y la tele portación cuántica.
—Oye, Abo, que no se te olvide dar recuerdos de mi parte al señor Kendrick cuando le veas y que tengo muchas ganas de verle. Vive en una cabaña en el monte.
—Sí. Lo sé, Juanito. Cuando vea al señor Kendrick lo primero que haré es darle recuerdos de tu parte y que tienes muchas ganas de verle.
Nuestra “separación cuántica” se selló con una indescriptible y eterna sonrisa. Probablemente ya no nos volveríamos a ver en este plano físico de las tres dimensiones, pero, por efecto de lo que Einstein llamó “acción fantasmal”, y Jesús “lo que Dios ha unido no lo puede separar el hombre”, Juanito y yo habíamos quedado unidos para siempre.

Antes de emprender aquel viaje de unas dos horas de caminata por la Sierra de San Cristóbal de las Casas compré, en una tiendecita de comestibles situada en una calle aledaña a la plaza, varias botellas de agua para el viaje, frutos secos, unos snacks y un pequeño mapa de la zona. Un básico refrigerio y una guía de la zona que deposité en mi pequeña mochila para un viaje incierto. Un viaje y un modo de abordarlo que me recordaron los versos finales del poema “Retrato”, del poeta Antonio Machado, impresos en el imaginario colectivo: “Y cuando llegue el día del último viaje, y esté al partir la nave que nunca ha de tornar, me encontraréis a bordo ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos del mar”.
No es que yo creyera que este viaje fuera mi último viaje desde un punto de vista físico, pero sí el final de un primer viaje de autoconocimiento o, mejor, aún del despertar de la Consciencia. Más que un punto y final lo percibía como un punto y aparte para seguir creciendo en Consciencia.
Fuera ya de la ciudad, comencé a dar mis primeros pasos por un camino que apareció ante mí inopinadamente, con el espíritu de subir la montaña y alcanzar mi propósito, no para plantar mi bandera, sino para aceptar el desafío, disfrutar del aire, contemplar la vista y ver el mundo; ese que no está fuera sino dentro de mí.

Antes de continuar la marcha, sentí la necesidad de agradecer a San Cristóbal de las Casas la generosa acogida que me había dispensado con una última mirada y un último pensamiento de agradecimiento. Lo hice girando ligeramente mi cuerpo hacia ella, como quien no desea perturbar el sueño profundo de un recién nacido.
Sí—pensé— creo que pocas ciudades de América pueden transmitir como San Cristóbal de las Casas la sensación de encontrarse detenida en el tiempo. Su centro histórico maravillosamente conservado, sin un solo edificio de aspecto moderno que desafine, nos transporta a una idílica época colonial, con su población —mayoritariamente indígena—, que ha sabido asimilar la influencia española y transformarla en algo distinto y maravilloso.
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