YO, ABO. Capítulo 43: La cabaña de Kendrick
Conforme iba ascendiendo por aquel camino estrecho de la serranía de San Cristóbal de las Casas confiado en que me llevaría de algún modo al encuentro con Kendrick, la pareja de mi abuela Julia, mis pensamientos se iban tornando a cada paso cada vez más elevados y espirituales.
Recuerdo que mi amigo Gerard me comentó en cierta ocasión que los sueños con montañas tienen generalmente un significado espiritual; que representan los designios de la fuerza universal sobre nuestra vida; los caminos que debe seguir nuestra alma y nuestro espíritu; las cosas que debemos hacer para cumplir nuestro propósito en este mundo.

Sabía que el recorrido que estaba realizando no era un sueño, pero los sentimientos, emociones y pensamientos que iban surgiendo durante mi pausado caminar lo percibía como algo simbólico. Y es que sentía muy claramente que aquella montaña de San Cristóbal de las Casas me estaba hablando de lo que era y lo que tenía que hacer para alcanzar lo que me había propuesto.
En fin, en aquella subida de alto significado espiritual, empezaba a comprender al fin, como el escritor y poeta mejicano, Amado Nervo, que, al fin, el vasto sentido de las cosas, a escuchar en silencio lo que en redor de mí murmuran piedras, árboles, ondas, auras y rosas, advirtiendo que me cercan mil formas misteriosas que nunca presentí.
Paradójicamente, aquel paraje salvaje me conectaba automáticamente con la divina prosperidad. Allí, todos los mitos acerca de la abundancia se iban disolviendo en mi mente cual azucarillo en una taza de té. Mi idea de que nuestra abundancia se conformaba sobre la base de la cantidad de dinero que tenemos, los metros cuadrados que mide nuestro hogar, el nivel de estudios, nuestro prestigio profesional o el número de amigos o de relaciones sentimentales que mantenemos o hemos tenido en nuestra vida se venían abajo como un gigante con pies de barro. En este escenario natural, sin apenas rastro de la civilización occidental del tener podía comprender mejor por qué muchas personas, aun teniendo gran cantidad de recursos materiales o relaciones interpersonales, se sienten infelices y vacías.

Si, aquel salvaje paraje hizo posible el milagro de conectarme con mi yo real, con mi esencia, la que es inmutable y eterna. Por fin, en este contexto tan natural sentí que era tremendamente rico, próspero y abundante; que no me faltaba nada; que lo tenía todo; que siempre lo he sido, aunque hasta ahora no lo haya descubierto.
¿Me cortaría un brazo por un millón de euros? ¿Y una de mis piernas? ¿Vendería uno de mis ojos por dos millones? —me pregunté— ¿No? Equilicuá. Aquí reside la clave principal de mi riqueza y de todos los seres que habitamos este planeta. Sí, estoy aquí solo en este sitio inhóspito, pero con todo lo necesario para tomar decisiones. Sí, definitivamente la abundancia es, sobre todo, un estado de conciencia, una actitud con la que afrontar cualquier situación que nos encontramos en la vida. El dinero, símbolo por excelencia de la abundancia, es tan solo una de las tantas formas de manifestación de la abundancia. Curiosamente—me dije— ahora no tengo casi nada y, sin embargo, me siento plenamente abundante.
No, definitivamente la abundancia no tiene nada que ver con tener muchas posesiones o facilidades en la vida. Consiste en la profunda comprensión de que nunca nos va a faltar nada esencial porque la rica sustancia del Universo nos provee de todo lo que necesitamos. Sí, definitivamente, la abundancia no es algo que adquirimos sino algo con lo que nos conectamos. Y, cada uno de nosotros, es una pieza más de la generosa maquinaria de la superabundancia de la vida en los que, como parte del Todo, tenemos la capacidad de dar y recibir.

—¡Ay, Juanito! ¡Eres y seguirás siendo un gran maestro para mí! —exclamé haciendo un amplio suspiro. Tu insondable sonrisa quedará en mi interior para siempre como una de las tantas muestras de generosidad y máximo esplendor de la vida.
Seguí caminando acompañado de estos elevadores pensamientos hasta divisar desde lo alto de un montículo una pequeña población. Intuitivamente saqué de mi mochila el mapa y de un rápido vistazo deduje que se trataba de “La Sierra”, un pequeño municipio perteneciente a San Cristóbal de las Casas.
—Me parece que estoy en el buen camino —pensé. La cabaña de Kendrick no debe estar lejos de aquí. Bueno, doy por hecho que Kendrick vivirá solo, en una cabaña, apartado la mayoría del tiempo de cualquier resquicio de civilización.

—¿Acabo de pensar en una cabaña? ¡Vaya! no creo que haya brotado en mi mente, así como así. Si mal no recuerdo, Manel nos explicó al salir de ver en el cine la película “La cabaña” que, ancestralmente, una cabaña, más allá de la utilidad de servir como refugio techado, construido con ramas y hojas y un piso de madera para aislar el espacio del suelo, para proteger a las personas de los elementos del clima y las noches, tiene un profundo significado espiritual.
—¿Cuál? —pregunté yo muy interesado en el tema.
—Pues, verás, pequeño saltamontes, abre tus ojos y tus oídos. ¿Sabías que, en Israel, se hacían las fiestas de las cabañas?
—Pues no. Lo desconocía.
—Como te acabo de decir la palabra “cabaña” ha tenido para ciertos pueblos un significado espiritual. Concretamente, el profeta Isaías empleó esta palabra para enseñar cómo la nación se encontraba desolada ante los ojos de su Dios. Para este profeta bíblico el pueblo era como una cabaña en una viña que estaba sola en el campo; y el rey David la empleó también para referirse a la idea de que los que se refugian en Dios se mantienen protegidos por él.
—¡Qué interesante! —exclamé
—Sí, ya lo creo que lo es-comentó Gerard. Luego, Manel, continuó con su disertación con otros detalles.
—Fijaros bien cómo calaría en el imaginario colectivo de aquel pueblo bíblico que por aquel tiempo se edificaron refugios por toda la ciudad de Jerusalén: tanto en los patios, las azoteas, las plazas, en los terrenos del templo y en los caminos. Como podéis suponer los materiales que se utilizaban eran materiales del lugar como ramas de olivos, de álamos, de palmera, de mirto aromático y otros árboles oleíferos. La finalidad era recordar que Jehová había hecho que al salir de Egipto los israelitas morarán en estas viviendas.
Recuerdo que, además de estas interesantes explicaciones, me impactó especialmente la película “La cabaña”. Sí, me impactó de una manera muy especial el drama espiritual de aquel padre que, sumido en el duelo por la desaparición de su pequeña hija Missy, secuestrada y asesinada por un asesino en serie, recibe una extraña carta es su buzón, decidiendo regresar a una cabaña escondida en los profundos bosques de Oregón, donde su hija fue asesinada, creyendo que allí capturaría al asesino.
Es verdad que yo ahora no estaba involucrado en un drama tan brutal como el que nos muestra la película “La cabaña”, pero sí me parecía que entre ambas situaciones había cierta analogía sutil. Y es que, independientemente de las motivaciones de cada uno —el padre en busca del asesino y yo por los ecos de mi abuela Julia—la cabaña en el bosque contenía el significado esencial del destino final de un largo viaje en busca de respuestas.
—¿Respuestas? Sí respuestas, he dicho. ¿Y dónde hallarlas? ¿En el silencio, quizás? Sí, quizás, el silencio me traiga las últimas respuestas. Así que me sentaré en este pedrusco, cerraré los ojos y esperaré las respuestas que desee ofrecerme le Universo. Vengo de un mundo tan ruidoso que apenas me ha permitido escuchar mi voz interior. Ahora, envuelto en este interminable silencio, soy consciente de que el mundo del que vengo me ha condicionado a huir de algo tremendamente importante: el silencio.
Hoy sé que existe una voz en mi interior que te indica cuál es el camino que debo seguir en cada momento. Sólo tengo que escucharla. Y para esto creo que el silencio es mi mejor amigo y aliado. Así que, permaneceré sentado en esta piedra hasta que mi voz interior me revele lo que me tenga que revelar. Y esto lo haré con la misma determinación que el príncipe Siddhartha Gautama (Buda) que, sentado bajo unahiguera, juró no volver a levantarse hasta descubrir la Verdad.
En este estado de introspección permanecí cierto tiempo. No sabría determinar cuánto porque mi profunda absorción mental me hizo perder la noción del tiempo. No fueron varias jornadas como en el caso de Buda, antes de alcanzar la iluminación, sino varias horas. Creo que el ruido reconocible de un hacha cortando leña me trajo rápidamente de nuevo a mi mundo de las tres dimensiones. Un ruido de un hacha rompiendo la leña, pero también el silencio, aunque no lo perturbaba. Entonces sentí que era la señal que estaba esperando para afrontar mi última etapa de mi primer viaje de autoconocimiento.
Durante unos instantes traté de localizarlo. No me resultó difícil. Deduce rápidamente que este familiar y tranquilizador ruido procedía de un lugar cercano a donde me encontraba. He escrito tranquilizador porque, efectivamente, como ser social que soy sentía la necesidad de socializar con alguien; además, podría ayudarme con alguna pista sobre el paradero de Kendrick o, quién sabe, podría ser el propio Kendrick el que estuviera ejerciendo de gran leñador de los bosques.
Siguiendo las pistas que me proporcionaba el ruido del hacha cortando persistentemente la leña llegué muy pronto hasta un claro del bosque donde se encontraba una preciosa cabaña construida con mucho esmero. Calculé que podría tener unos 100 metros cuadrados de superficie. Según me iba acercando hasta ella mi estado emocional empezó a incrementarse con emociones contradictorias: de temor, por un lado; de expectación por el otro.

—¿Kendrick? ¿Are you Mr. Kendrick? —pregunté en inglés al hombre que estaba cortando la leña, alto y de constitución fuerte, de una edad indeterminada que podría superar los ochenta años de edad.
—Yes and you are Abo, the grandson of my beloved Julia.
—Yeah. I am Grandma Julia’s grandson; but how did you know?
—Porque tu abuela Julia me ha hablado mucho de ti. ¡Uff!, he soñado tanto con este encuentro que ahora me parece que es un sueño! —me comentó en un casi perfecto castellano. Luego me dio un efusivo abrazo que ambos mantuvimos durante un buen rato.
—Para mí también ha sido un sueño—comenté yo.

—Me lo imagino, Abo. Seguro que algo muy poderoso te ha traído hasta aquí.
—Sí, así es. Venir hasta aquí no ha sido fácil para mí, como puedes imaginarte, Kendrick, pero, como bien dices, algo muy poderoso me ha traído hasta aquí.
—Pues tendrás que explicarme con todo lujo de detalles eso tan poderoso que te ha traído hasta aquí; así que, si te pareces, pasemos dentro. Espero que te guste mi humilde morada que yo mismo me he construido con estas manitas, ja, ja, ja.
—Sí, claro. Pasemos
La humilde morada de mi entrañable Kendrick era una maravillosa cabaña de estilo filandés de unos 100 metros cuadrados de superficie, con una distribución de una gran terraza, un hall de entrada, un dormitorio principal y un vestíbulo.
—Sabes, Abo. En estos momentos estoy subiendo por la cota 90 de la montaña de mi vida y, desde esta atalaya privilegiada, diviso un panorama vasto y maravilloso. Puedo afirmar, con conocimiento de causa, que nadie envejece por el mero hecho de haber vivido un cierto número de años. He podido comprobar por mí mismo que, tanto si uno tiene 90 años como si está en los 15, existe en el corazón de todo ser humano el deseo de amar y de ser amado, el asombro por la belleza del cielo estrellado, el desafío a los acontecimientos, el anhelo infantil de lo que vendrá luego, la voluntad y el gozo de vivir.

—¿Y desde cuándo vives en esta preciosa cabaña?
—Pues desde hace tres años. Aquí vivo en esta casa de madera de estilo finlandés, diseñada y construida por mí, como te he comentado antes; ¡Ah, y ubicada a varios kilómetros de lo que yo llamo la civilización: “La Sierra”!
—¿Y cuándo y por qué decidiste venirte a vivir a este lugar tan solitario, alejado de la civilización?
— Pues verás. Siempre he estado convencido de que los grandes espectáculos de la naturaleza como son las montañas nevadas, el cielo estrellado, los amaneceres y atardeceres, o los ríos límpidos nos hacen mejores y más felices. He soñado con vivir el atardecer de mi vida de esta forma. Este sueño se fue gestando durante mi madurez, influenciada por la Obra y la personalidad del filósofo alemán Inmanuel Kant. Considero que fue un hombre cabal. De costumbres austeras y de trato cordial, se consagró totalmente al cultivo de la ciencia y de la filosofía, lejos de cualquier vanidad. Se dice- quizás con un punto de exageración- que los habitantes de Konigsberg, a su paso, ponían en hora su reloj. Llegó a afirmar este eminente filósofo alemán que deseaba vivir sus últimos días “en una cabaña en el monte, bajo el cielo estrellado y con la Ley Moral dentro de su corazón”.

—¿Y no te resulta muy duro vivir aquí tan solo, alejado de lo que tú llamas “la civilización”?
—Vivo solo, pero en completa compañía. El ambiente de silencio exterior que he elegido me acompaña fielmente cada día. Mis voces interiores se han ido silenciando lentamente, dejando paso a una única voz. Al principio no me acostumbraba, llegando a pensar incluso que podría volverme loco. Me dominaba una sensación de apremio y de angustia. Afortunadamente esta oscura impresión ha quedado superada en mi interior. Ahora soy muy feliz. Me siento uno conmigo mismo y con todo lo creado.
Al decir que se sentía uno consigo mismo y con todo lo creado se hizo un largo silencio entre los dos. En este instante, por mi mente pasó el pensamiento de que había llegado el momento de que me hablara de mi abuela Julia; sin embargo, mi ansioso deseo quedó truncado, al menos de momento.
—Seguro que estarás hambriento, Abo. El viaje hasta aquí es muy duro; así que creo que ya es hora de que repongas fuerzas. ¿Sabes? Me considero un buen chef. Soy de los que cree que nuestro espíritu se alimenta también con platos contundentes con elementos de valor, elaborados con cariño y sin prisas.
—Esto mismo piensa también mi padre Alexandre, un gallego de pro. Y, como buen gallego, amante del buen yantar, según él suele decir—comenté interrumpiendo su disertación culinaria.
—¡Alexandre, tu padre, el yerno de mi amada Julia! ¡Y tu mamá, María Llüisa, la hija de sus ojos de mi amada Julia! Si te parece hablamos de ellos, pero hagámoslo a nuestro modo, como buenos científicos que somos, es decir, por partes y a su debido tiempo.
—Sí, claro. Me parece bien, Kendrick.
—Pues hagámoslo bien alimentados que, como escribió Mark Twain, uno de nuestros más admirados escritores norteamericanos, “El secreto del éxito en la vida es comer lo que te gusta y dejar que la comida combata dentro”. En fin, espero ser un buen anfitrión para ti. Hoy espero sorprenderte con un plato típico español.

—¿A sí? ¿Cuál?
— Se trata de un plato típico de la región de León: La sopa de ajo de Órbigo. Lleva pan del día anterior, ajo y caldo, y el añadido de las truchas pescadas en ese río. Nosotros como no lo tenemos nos conformaremos con las que he pescado esta mañana en el río de “La Sierra”. Espero que te guste. Es caldosa, espesa y roja, gracias al pan que se moja con caldo y al pimentón que se añade al refrito. Cuenta con un aroma intenso que le brindan tanto el ajo como el pescado muy fresco y el aceite de oliva.
—Seguro que estará deliciosa, Kendrick. Te quedo, de verdad, muy agradecido por tu generosa hospitalidad. Por cierto, que no quiero que se me olvide. ¿Conoces a Juanito, un joven vendedor de artículos de artesanía de San Cristóbal de las Casas?
—Sí, claro. Es un angelito. ¡El mejor vendedor de mis creaciones artesanales! Por lo que veo, a tí también te ha engatusado, con la venta de mi Cubo de Metatrón.
—Yo diría más bien que me ha dejado una huella imborrable dentro de mi corazón o, mejor aún, utilizando una expresión cuántica, “un entrelazamiento cuántico”.

—¡Entrelazamiento cuántico! ¡Uff!, querido Abo. Me da a mí que esta noche será muy larga. Creo que hoy vamos a ver amanecer. Es que tenemos tantas cosas y tan interesantes de qué hablar que vamos a necesitar toda la noche y la mañana del día siguiente.
—Y lo que haga falta —apuntillé— Kendrick. Como bien sabes, si no vives peligrosamente, no vives. Durante estos intensos días que he vivido desde la “Noche de aquel día”, y sobre los que te daré todo lujo de detalles— mientras no se rompa la noche, claro—, he comprendido que la vida sólo florece en el peligro; que la vida nunca florece en la seguridad.
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