YO, ABO. Capítulo 44: ¿Vivimos en una simulación?
Se dice que el día tiene ojos y la noche oídos; que la noche no es menos divina y maravillosa que el día, pero que de noche cada cosa asume formas más leves, más matizadas, casi mágicas; que de noche se percibe mejor el estruendo del corazón, el repiqueteo de la ansiedad, el murmullo de lo imposible y el silencio del mundo; que la noche, como la goma, es de una infinita elasticidad y suavidad, mientras que la mañana es cruelmente afilada; que cada día tiene su afán y que la noche es magnífica para escuchar historias.
Ciertamente, aquella noche tan especial en la cabaña de Kendrick, la pareja de mi abuela Julia, fue perfecta para escuchar historias; y no de cualquier tipo. Hablamos de lo divino y de lo humano; de ciencia y tecnología; de hacia dónde se dirige tecnológicamente la Humanidad; de cómo se conocieron mi abuela Julia y el doctor Kendrick y los momentos tan felices que vivieron juntos; por qué mi abuela Julia nunca reveló a la familia que mi madre, Maria Llüisa, no había sido el resultado de una loca noche de pasión de aquellos hippies, juveniles y locos años de sexo, drogas y rock and roll de los años 60, si no de una especie de “entrelazamiento cuántico” entre dos “partículas subatómicas” destinadas a unir sus cuerpos, sus mentes y sus espíritus eternamente.
Yo, por mi parte, le referí “hairs and marks” toda mi gran aventura desde “La noche de aquel día”. Mientras lo hacía, observaba con qué atención e interés escuchaba mi historia. Por el modo tan especial de escuchar y de asentir tenía la sensación de que mi historia no le era ajena; que la conocía o la comprendía; e, incluso, llegué a pensar que podría estar involucrado directamente en la misma.
Sí, no cabe la menor duda de que aquella noche interminable en la cabaña del doctor Kendrick fue mágica. Creo que, de su mano, y durante aquella noche de las mil y una estrellas, emprendí un nuevo viaje de reforzamiento de mis certezas adquiridas; y esto, mucho más allá de lo puramente cognitivo y conceptual. Definitivamente, de su mano tenía ya la convicción de que mi largo viaje de autoconocimiento había llegado a buen puerto.

—Vienen tiempos muy convulsos e inciertos para la Humanidad, Abo—me comentó el doctor Kendrick, fijando su mirada en un punto indeterminado del cielo estrellado. La buena noticia —me siguió explicando desplazando su mirada desde el cielo estrellando hacia mi entrecejo- es que las duras pruebas que tendrá que afrontar la Humanidad muy pronto es que podrán convertirse en grandes oportunidades de crecimiento y de todo tipo.
Seguro que has tenido la ocasión de ver en bastantes ocasiones la configuración de un arco iris —me comentó de un modo paternal. ¡Es algo bellísimo e inspirador! ¿Verdad? Pues bien, como sabes, para que haya un arco iris ha tenido que haber primero una tormenta.
Lo que pretendo decirte con este ejemplo atmosférico, Abo — me aseveró con un largo y profundo respiro— es que, ante los nuevos tiempos inciertos que se avecinan de forma inminente en forma de nubes oscuras, relámpagos, truenos y tormentas, debemos posicionarnos mentalmente para conseguir que el majestuoso arco iris nazca en la conciencia a nivel individual y colectivo. Afortunadamente, hijo, tú ya has realizado este previo trabajo de crecimiento interior y estás preparado para hacer frente a cualesquiera de estos desafíos.
—Sí, Kendrick, creo que sí —fue mi lacónico asentimiento.

Llegados a este punto, Kendrick consideró que era un buen momento para hidratar nuestras esforzadas gargantas con una infusión de plantas aromáticas autóctonas preparadas por él mismo. Mientras tanto, el Sol comenzaba a despuntar en el horizonte magnificente. Y, justo en este preciso momento, cuando yo creía que todo estaba hablado y que ya nada nuevo habría bajo el Sol, surgió un nuevo e inesperado descubrimiento. Con este descubrimiento cobró todo el sentido la afirmación del poeta bengalí, Rabindranat Tagore, por la que “La oscuridad de la noche es un saco que rebosa el oro del amanecer”.
—Nuestro día a día, Abo, es una gran rutina guiada por los avances implacables del tiempo-comentó Kendrick con un primer sorbo de aquella deliciosa infusión. Nos levantamos, nos duchamos, desayunamos, vamos a trabajar, regresamos a casa y nos acostamos. También interactuamos con nuestro entorno, nos movemos localmente por el espacio, intercambiamos energía con otros cuerpos, nos comunicamos e interaccionamos con otros seres e, incluso, intercambiamos fluidos si es que tenemos suerte y nos dejan, ja, ja, ja. Pero…y aquí viene el “pero”, Abo: todo esto lo experimentamos con el convencimiento absoluto de que es real, que es cierto.
—¡Claro! ¡Por supuesto!
—¿Por supuesto? ¿Y si te dijera que todo lo que piensas, sientes y experimentas no fuera real?
—¿Cómooooo? —pregunté perplejo.
—Sí, Abo, esto que puede parecerte ahora una simple alucinación, no es más que una de las grandes preguntas que el hombre se viene haciendo desde el inicio de los tiempos. Desde Platón y su mito de la caverna hasta Descartes y su famoso “Cogum ergo sum”.

—Pero, entonces, ¿tratas de decirme que los sentidos nos engañan? ¿Qué estamos viviendo acaso un sueño? o, todavía algo más estrambótico: ¿Una simulación?
—Quizás, mi querido Abo. La tecnología del siglo XX no ha hecho más que poner muchas de nuestras grandes creencias patas arriba. Y es que, si antes teníamos motivos para desconfiar de la realidad, la tecnología nos ha dado argumentos más sólidos. Mira, Descartes, por ejemplo, imaginó un demonio que jugaba con nosotros a engañarnos. Hoy, este demonio: ¿podría ser un ingeniero informático?
—Bueno, Kendrick, esto sería mucho imaginar —comenté algo perplejo
—No lo creas. Lo hemos podido ver en la película Matrix, donde los personajes viven en un mundo simulado; también en novelas y videojuegos. ¿Es que no has jugado tú a “Los Sims”?. Son, como sabes, unos personajes que viven una vida muy parecida a la nuestra; bueno, algo más divertida, eso espero, ja, ja, ja. …
—Sí, claro, pero sin nuestras esenciales características humanas: los pensamientos, sentimientos, emociones, intuiciones….
—Por supuesto, Abo. Claro que “Los Sims” no gozan de nuestras señas de identidad como humanos, pero es que “Los Sims” son muy anteriores —y esto no debemos olvidarlo— a la llegada de la Inteligencia Artificial, la computación cuántica o la neurociencia moderna.

—Ya, pero, aun así, ¿tú crees que la ingeniería informática llegará algún día a crear vidas completamente virtuales? ¿La tecnología podría crear un ser pensante o consciente de su existencia y temeroso de su muerte?
— ¿Y, por qué no, Abo? ¿Por qué no? -preguntó Kendrick algo irónico. Creo que algún día -que no está muy lejos- el ser humano será capaz de crear un universo simulado en un entorno virtual, con personajes, que viven, piensan y padecen como nosotros.
— ¡Uff! Pero: ¿no te parece que todo esto es una completa locura, Kendrick?
— ¡No! No lo creo, Abo. Me consta que la Universidad de Stanford ya está en ello, a través de un proyecto muy sugerente: El “Generative Agents: Interactive Simulacra of Human Behavior”(“Agentes generativos: simulaciones interactivas del comportamiento humano”). El objetivo esencial de este interesante proyecto es la creación de mundos y seres simulados para permitirnos entender mejor el comportamiento humano.
—Creo que, desde un punto de vista científico puede tener cierto interés, pero: ¿Dónde quedan nuestras profundas convicciones de que Dios nos ha creado a su imagen y semejanza?
—Me lo acabas de poner muy fácil, Abo. A ver. Con este mismo argumento ¿Si tú eres capaz de crear un ser virtual, no podría haber otro creador informático que te haya creado a ti, como una especie de Sims en un Universo consciente?

—¡Uff! Esto sería terrorífico.
—Sí, quizás, pero es posible. Es una posibilidad sería de la ciencia, Abo. Verás. Nick Bostron, un filósofo de la Universidad de Oxford, escribió un artículo titulado “¿Vivimos en una simulación?”. En este artículo hizo la siguiente consideración: ¿Si tú, humano, puedes crear un universo simulado, no pasará lo mismo en ese universo simulado, en el que haya otro humano tentado a hacer lo mismo y así sucesivamente hasta crear un árbol de universos simulados?
—Pero esto es brutal, inaudito, terrorífico, inaceptable, Kendrick: ¡los hombres ejerciendo de dioses! —comenté con cierta indignación. Además, todo esto me parece un poco absurdo. Sería algo así como vivir en un sueño dentro de otro sueño.
—Sí, ya comprendo—comentó ahora Kendrick de modo condescendiente. Esta hipótesis es de las que levantan dolor de cabeza, pero yo creo que no deberíamos cerrarnos a la posibilidad de que no seamos reales, sino un sueño de la Consciencia.
— ¿La Consciencia? ¿Qué es la Consciencia para tí, Kendrick?
—Una gran pregunta de difícil respuesta, Abo. Y es que no sabemos qué es; de dónde parte; qué representa; cómo se constituye; cómo se forma; cuáles son sus ingredientes. ¡Es que no sabemos nada, Abo, sobre la Consciencia! ¿Seremos capaces algún día de descubrirla? Sinceramente, no sabría decirte.

De un modo instintivo ambos nos levantamos de los sillones orejeros colocados junto a la chimenea de la cabaña. Creo que fue así porque ambos necesitábamos tomar el aire puro y contemplar el Sol de la mañana.
— ¡La Sierra! Ahí tienes “La Sierra”—me comentó apuntando con su brazo derecho la ubicación de esta pequeña localidad dependiente de San Cristóbal de las Casas. ¡Mi pequeño vínculo con la civilización! Un lugar donde aún podemos descubrir un manantial puro y límpido de inocencia.
—Sí, claro, de realidad también, ja, ja, ja. Espero que cuando regreses al mundo de las prisas y la tecnología no le hables a nadie de este trozo de Cielo en la Tierra que estás contemplando ahora mismo
—Puedes estar tranquilo, Kendrick. El secreto quedará guardado dentro de mí para siempre, cual guardián de una pirámide de Egipto.
—Lo sé. Por cierto, Abo, hablando de secretos. Hay uno que debo confesarte antes de partir-me comentó algo cabizbajo y cogiéndome el hombro.
—¿De partir? ¿De partir a dónde, Kendrick? —pregunté muy confundido y preocupado.
—De partir hacia otras dimensiones.
—¿Estás tratando de decirme que estás a punto de morirte?
—No exactamente. Es verdad que para mí ahora el tiempo es breve; que las ansias crecen y las esperanzas menguan; pero la muerte —si es que estás pensando en ella— no existe.
—¿Cómo que no existe, Kendrick? ¡Por Dios!
—La muerte, Abo, es una de tantas de nuestras creencias limitantes.
—Pero la gente se muere, Kendrick. Yo me moriré algún día también… ¡joder!
—¡No, Abo! ¡Tú no morirás jamás! Yo tampoco. Lo que haremos en el momento que corresponda al orden de las cosas es desplazar la observación de nuestras conciencias hacia otros planos existenciales. Nuestras conciencias crean las realidades deseadas y también las disuelven. Crean nuestros cuerpos y los disuelven; crean nuestras emociones y sentimientos y los disuelven; crean nuestros pensamientos y los disuelven. Sin embargo, nuestra verdadera esencia —la Consciencia— queda siempre inalterable porque es inmortal y eterna.
—Y digo yo, Kendrick: ¿No será todo esto que me dices una nueva creencia o un nuevo dogma?.
—No lo es. Créeme, Abo. Es pura ciencia. Ciencia de física cuántica. Pero como observo que estás en modo de “tomasino”, es decir, de incredulidad, la misma que muestra el Evangelio de Juan donde el apóstol Tomás niega la Resurrección de Cristo, mientras no vea y toque personalmente las heridas infringidas a Jesús en la Cruz, estoy dispuesto a mostrarme las mías para que creas.
Con este comentario de las heridas y la resurrección de Jesús entré en pánico total. Me quedé lívido y paralizado. Traté de disimular mi estado de perturbación observando en silencio el precioso brillo del Sol en el horizonte. En estos extraños momentos mis pensamientos se agolpaban. Por mi cabeza pasó incluso la idea de que Kendrick podría ser un loco de remate con perversas intenciones. ¿Y si resultaba ser un perturbado con inclinaciones sádicas o de otro tipo? Pero… ¿Qué podía hacer yo en aquella tensa situación? ¿Escapar? ¿Escapar de qué o de quién? No. No podía hacerlo. Sólo tenía una única opción: confiar. Confiar en que la vida me tenía reservado un nuevo descubrimiento. Recuerda, Abo, nada es por casualidad -me decía a mí mismo para tranquilizarme. Todo saldrá bien. Permite que las cosas y las situaciones fluyan libremente.
—¿Te parece que pasemos nuevamente a mi cabaña? Es que creo que ha llegado el momento de mostrarte algo, Abo —me comentó Kendrick interrumpiendo nuestro largo silencio, al mismo tiempo que volvía a cogerme por el hombro, más fuerte todavía que la vez anterior.
—Sí, claro — comenté con voz tenue que denotaba un temor indescriptible.
—Sabes, querido Abo, si algo percibimos todos por igual es que la brecha entre la tecnología y la realidad es cada vez más difusa.
—Sí, claro —afirmé poco convencido, bastante confundido y sin saber hacia dónde quería llevarme.
—Vienen para la Humanidad tiempos muy difíciles como te he comentado, pero, al mismo tiempo, fulgurantes desde el punto de vista tecnológico. ¿Has oído hablar del Metaverso?
—Sí. Pero me parece que es algo lejano.
—Pues no lo creas, Abo. Como sabes, el término metaverso apareció por primera vez en la novela de ciencia ficción “Snow Crash” en 1992 de Neal Stephenson, haciendo referencia a un entorno digital y artificial del ciberespacio, adyacente al mundo real. Pues, muy pronto, aunque a ti ahora te parezca increíble, la creación de un nuevo mundo de experiencias digitales conectadas con las físicas pasará de ser ciencia ficción a una realidad tangible. Lástima que yo, como Moisés, no podré alcanzar la “tierra prometida”.
—¿La tierra prometida? ¿Qué tierra prometida?

—Ja, ja, ja… Es pura alegoría, Abo. Como sabes, Moisés estuvo guiando hasta la “tierra prometida” al pueblo de Israel desde Egipto, a través del desierto durante 40 años, enfrentando graves peligros, luchando contra feroces enemigos y soportando duras penalidades. Pero, mira por dónde, al llegar a esa “tierra prometida” donde, al parecer, manaba leche y miel —símbolos de la prosperidad— Moisés tuvo que despedirse de los israelitas, muriendo allí mismo, sin alcanzar tan ansiado deseo.
—Deduzco entonces que tú, como Moisés, no podrás entrar en “la tierra prometida” del Metaverso.
—Sí, así es. Yo, como Moisés, a través de mis trabajos científicos he desarrollado lo esencial de una tecnología que, por ejemplo, a ti te podrá permitir vivir un concierto como si estuvieras a un metro de distancia del escenario, pero sin salir de casa, claro; probarte ropa sin ir a la tienda; o trabajar en una oficina virtual de la misma forma que en la oficina física.
—¡Leñes! ¡Esto será una revolución tecnológica y social en toda regla!
—El Metaverso, Abo, promete cambiar radicalmente nuestra forma de interactuar en el mundo. Yo no lo veré, pero tú sí. ¿Y por qué no, Kendrick?
—Porque mi tiempo en esta dimensión espacio-temporal de las tres dimensiones está a punto de finalizar.
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