Felipe González
El espíritu de la Transición José Antonio Hernández de la Moya Literatura Magazine Opinión Recomendación Redactores Reseñas

Felipe González y el liderazgo en política

“La acción política de progreso consiste en la capacidad para articular respuestas eficaces, conjuntas y solidarias a través del diálogo, el acuerdo y la participación”.

Felipe González Márquez es un líder natural, con carisma. Esta afirmación es una obviedad sobre la que caben pocas discusiones, independiente de las fobias o filias de cada cual. También, por supuesto, es un hombre de Estado y uno de los grandes artífices de la Transición política española.

Aún sigo recordando su último mitin celebrado en la explanada de la Universidad Complutense de Madrid, antes de las históricas elecciones del 28 de octubre de 1982. Yo acababa de cumplir 20 años, estaba estudiando Derecho y sentía cierto interés por la política.

El mitin, mejor dicho, el mitin-fiesta, que llegó a congregar a más de medio millón de personas, comenzó a las 6 de la tarde del martes 26 de octubre, con la actuación del grupo Suburbano. Luego siguieron las canciones de Luis Eduardo Aute y la Orquesta Platería. La nota de humor la pusieron José Luis Coll y el cómico andaluz Josele.

Felipe González —esto lo recuerdo bien— iba vestido con traje gris y una corbata discretamente roja, a las 20.30 horas, y fue recibido por los asistentes con gritos de “presidente, presidente, presidente”. Antes habían intervenido Enrique Tierno Galván, en su condición de alcalde de Madrid, aclamado entre fuertes y prolongados aplausos y gritos de «Tierno, Tierno, Tierno», y Joaquín Leguina.

Asimismo, recuerdo que en todo el extenso recinto universitario reinaba en el ambiente un claro y rotundo convencimiento del triunfo. En este caso —y de esto puedo dar fe porque yo estuve allí— no se mascaba la tragedia sino la victoria.

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Recuerdo también algunos mensajes-fuerza de Felipe González como el de “El futuro es nuestro, de la mayoría que quiere el cambio” o “Adelante y a ganar”. “España y el futuro es nuestro”.

Para muchos estudiosos, el periodo histórico conocido como Transición política española finaliza tras obtener el PSOE la mayoría absoluta en las elecciones de 1982. Una vez investido como presidente, González fue capaz de mantenerse trece años y medio en el poder, el período más largo de un jefe de Gobierno de la democracia en España hasta ahora.

Además, Felipe González ha sido el gran líder de la izquierda española. Sobre esto no cabe tampoco ninguna discusión. Bajo su dirección, el PSOE logró dos mayorías absolutas consecutivas: la de 1982, con 202 diputados en el Congreso y la de 1986, con 184.

Su declive se produjo en las elecciones de 1996, al ser derrotado por el Partido Popular de José María Aznar, el cuarto presidente de la historia de la democracia española reciente.

El pasado lunes 13 de enero, el expresidente Felipe González impartió una lección magistral sobre el liderazgo en política en la sala principal del Goethe-Instituto Madrid. La presidenta del Instituto de Liderazgo Político, María Dolores de Cospedal, destacó su dilatada trayectoria política, los logros de sus gobiernos, su papel en la consolidación de la democracia española, su protagonismo en la política internacional, el ingreso en la Comunidad Económica Europea y su papel destacado en Hispanoamérica.

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He comenzado este artículo calificando a Felipe González como un líder natural, con carisma, es decir, una persona que ejerce influencia de manera espontánea y genuina, sin necesidad de imponer su autoridad de forma explícita o depender de un cargo formal para ser reconocido como tal. Estamos, pues, ante un tipo de liderazgo que emana de sus características personales, habilidades innatas y la confianza que genera en los demás.

La mayoría de los estudios que se han realizado sobre el liderazgo de Felipe González coinciden en su visión estratégica y pragmática, habilidad comunicativa, manejo de equipos y liderazgo participativo, capacidad de negociación, adaptabilidad y resistencia y contrastes en su estilo (extrovertido ante multitudes y reservado en círculos más reducidos).

Efectivamente, podemos observar su visión estratégica y pragmática en su enfoque en modernizar el país mediante la integración en la Comunidad Europea y el desarrollo de infraestructuras; su habilidad comunicativa, por su capacidad para conectar con diferentes públicos, desde trabajadores hasta líderes internacionales. Además, su tono coloquial y cercano en los discursos generaba confianza, proyectando una imagen de seguridad; su gestión de equipos y liderazgo participativo, por su disposición para delegar y rodearse de un equipo de trabajo competente; su capacidad de negociación, que demostró tanto en el ámbito nacional (por ejemplo: la resolución de conflictos en el PSOE) como internacional (por ejemplo: el referéndum de la OTAN); adaptabilidad y resistencia, que pudimos comprobar durante los momentos más difíciles de su mandato (ejemplo: las huelgas generales de los años 80).

Durante su brillante lección magistral —Felipe González nunca deja indiferente a nadie, independientemente de las fobias o las filias de cada cual— destacó las tres características que, a su juicio, debe desarrollar cualquier gran líder:

  1. Contar con un proyecto, comprometiéndose a llevarlo a buen término.
  2. Hacerse cargo del estado de ánimo de la gente, es decir, saber comprender sus necesidades para tratar de satisfacerlas.
  3. Tener capacidad para coordinar equipos humanos.
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Creo que Felipe González puede ser calificado también como un hombre comprometido con su tiempo, dado que trata de actuar siempre con conciencia y responsabilidad frente a las circunstancias, retos y necesidades de la sociedad, el mundo y la época en la que vive.

Así que, en este punto, estoy en total desacuerdo con una determinada corriente de opinión que considera que “Felipe se ha derechizado”, y que es un político de otra época. No lo creo sinceramente. Más bien, me inclino a considerar que el expresidente González es un hombre de Estado que no está dispuesto a “comulgar con ruedas de molino” ante determinados planteamientos, ideas, argumentos desproporcionados, irracionales, injustos y muy alejados de lo que él ha venido defendiendo como político de izquierdas.

Precisamente, este compromiso permanente de Felipe González de asumir un papel activo en la transformación de su entorno, ya sea en el ámbito político, social, cultural o personal, al objeto de contribuir al bienestar colectivo y al progreso de su época, le lleva a dar su opinión “sin pelos en la lengua”, es decir, con absoluta libertad, sobre la realidad nacional e internacional de cada momento.

Por ello, durante su lección magistral de liderazgo político, tuvo la valentía de decir que Javier Miley —actual presidente de la Nación Argentina— está siendo capaz de conectar con “el estado de ánimo de la gente”, coordinando equipos con “auctoritas” y no con “potestas”. O atreverse a calificar a Maduro como un dictador y tirano, que ni siquiera respeta sus propias reglas, así como un cobarde que llama cobardes a los que tienen el valor de enfrentarse a él y que llama terroristas a los que él mismo aterroriza.

Asimismo, tampoco le “dolió en prendas” sostener que la UE es incoherente y que no ayuda a la restitución de la democracia en Venezuela. Además, dijo con toda claridad que el gobierno de España debería liderar dentro del Consejo Europeo la defensa de la democracia en Venezuela y la lucha para instituir en la presidencia al legítimo ganador de las elecciones: Edmundo González. También aprovechó la ocasión para elogiar la excepcional personalidad de la líder opositora, María Corina Machado, que cuenta con la inmensa mayoría del pueblo venezolano.

Y, por si todo esto fuera poco, destacó el retroceso democrático global en el que estamos inmersos, destacando la crisis de horizonte en la que está inmersa la Unión Europea. Exactamente dictaminó que: «La Unión Europea está mirando para abajo todo el tiempo, en lugar de hacerlo hacia el horizonte».

No creo que, por estas contundentes declaraciones de análisis de la realidad política nacional e internacional, se deba calificar peyorativamente al expresidente Felipe González como político que ha abandonado sus raíces ideológicas de izquierdas, abrazando las de la derecha. No lo creo sinceramente. El espíritu democrático no entiende de etiquetas. Él mismo salió al paso de este tendencioso “sambenito” afirmando que «Los que creemos en la democracia no estamos dispuestos a jugar ese juego malvado de que lo democrático es ser de izquierdas o de derechas». Se puede decir más alto, pero no más claro.

Y, finalmente, me gustaría poner en valor la figura de Felipe González, nacido en Sevilla el 5 de marzo de 1942, y que ha dedicado toda su vida al servicio de los intereses generales, como un claro ejemplo a seguir del llamado “envejecimiento activo”, que promueve un modelo de vida en el que las personas mayores puedan seguir contribuyendo a la sociedad y disfrutando de su tiempo de forma significativa.

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Y es que, hoy, a sus 82 años, Felipe González, vital, tenaz y rápido en sus reacciones y respuestas, no se ha jubilado de la vida. Sigue muy activo, con plena conciencia histórica y la comprensión clara del contexto en el que vive, reconociendo los desafíos y las oportunidades de su época. Además, más allá de criticar todo aquello que no le gusta, propone soluciones y actúa con ética para generar cambios positivos. Sigue su propio principio del liderazgo de “hacerse cargo del estado de ánimo de la gente”, o lo que es lo mismo, se preocupa por las problemáticas de los demás, especialmente de los sectores más vulnerables con el anhelo de construir un mundo más justo. Sigue, en fin, trabajando con denuedo mirando siempre hacia el horizonte.

Si hubiera que sintetizar su importante legado político, yo lo haría con este aserto que él mismo, en algún momento, pronunció:

«La acción política de progreso consiste en la capacidad para articular respuestas eficaces, conjuntas y solidarias a través del diálogo, el acuerdo y la participación».

José Antonio Hernández de la Moya


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