Me gustaría comenzar el presente artículo titulado con el aristotélico nombre de El silogismo de Cervantes y El Quijote, con la siguiente declaración de intenciones:
¡Amo profundamente a Cervantes, pero no creo que escribiera
El Quijote!
Antes que nada, conviene advertir que no es mi intención zanjar debates, sino más bien abrir una grieta profunda en la aparente solidez de la historia oficial. O, dicho de otro modo, este capítulo no aspira a cerrar conclusiones, sino a resquebrajar profundamente la capa endurecida del relato oficial. Recordemos que, entre las innumerables enseñanzas que aporta El Quijote está la de que las apariencias engañan y que la verdadera dignidad reside, no en lo que el mundo considera que es lo real y verdadero, sino en la firmeza del espíritu que se niega a doblegarse ante lo que este mundo le dicta que debe aceptar.
Confesar dudas sobre la autoría de El Quijote, tras casi cinco siglos de reconocimiento de Cervantes como autor de esta obra, puede parecer un atrevimiento irreverente.

Confesar dudas sobre la autoría de El Quijote, tras más de cuatrocientos años de reconocimiento de Cervantes como autor de esta obra, puede parecer un atrevimiento irreverente. En otros tiempos, sostener una idea, un principio o una tesis, como he escrito en mi artículo El paradigma de la autoría del Quijote podría conllevar la muerte en la cruz, como le ocurrió al maestro Jesús de Nazaret por afirmar que él era —como todos—hijo de Dios y de su misma naturaleza, de acuerdo con las escrituras; o a Galileo, que tuvo que soportar la ignominia de ser declarado “vehementemente sospechoso de herejía”, por la que, como parte de su condena, se le ordenó arrodillarse y abjurar de sus creencias heliocéntricas; y, aunque no fue ejecutado, pasó el resto de su vida bajo arresto domiciliario.
Sin embargo, hoy, afortunadamente, al menos en nuestro mundo occidental de la democracia y las libertades, presentar la tesis de que Cervantes no es el autor de El Quijote —la obra cumbre de la literatura española, joya de la literatura universal, el culmen del pensamiento humano y el libro más traducido después de la Biblia—, no conlleva en principio, que yo sepa, pena de muerte o declaración de “sospecha de herejía”, pero sí una reacción más o menos airada, tanto del lego como del iniciado, al sentir que su arraigada creencia de que sí lo ha sido se pone en solfa.
Es verdad que no ha generado —también que yo sepa— rasgado de vestiduras, ni exclamación de anatema, pero sí la puesta en guardia para defender a ultranza —con uñas y dientes si fuera preciso— la dichosa creencia.
Hasta la fecha, la cuestión de la autoría del Quijote ha funcionado como un silogismo. Como recordarán, el silogismo es un razonamiento lógico compuesto por tres proposiciones: dos premisas (una mayor y una menor) y una conclusión que se deduce necesariamente de las premisas si estas son verdaderas. El silogismo fue desarrollado por Aristóteles y es una de las formas básicas de razonamiento deductivo. Su validez depende de su forma lógica, y su verdad depende de la veracidad de las premisas.

La estructura clásica de un silogismo es:
—Premisa mayor: Enuncia una afirmación general.
—Premisa menor: Establece un caso particular relacionado con la premisa mayor.
—Conclusión: Deducción lógica que se sigue de las dos premisas.
El ejemplo clásico que aprendimos en el colegio es, como también recordarán:
—Premisa mayor: Todos los hombres son mortales.
—Premisa menor: Sócrates es hombre.
—Conclusión: Sócrates es mortal.
Pues bien, el silogismo que se ha perpetuado durante más de cuatrocientos años aplicado a favor de la autoría del Quijote por parte de Cervantes es el siguiente:
A. Premisa mayor: Todo autor que escribe una obra es aquel cuyo nombre figura como responsable de la misma, salvo prueba en contrario.
B. Premisa menor: El Quijote figura firmado por Miguel de Cervantes y no existe una prueba concluyente que demuestre lo contrario.
C. Conclusión: Por lo tanto, Miguel de Cervantes es el autor de El Quijote.
Como se puede comprobar, este silogismo apela a un principio jurídico de presunción de autoría y es válido lógicamente. La carga de la prueba recae en quien cuestione esa autoría.
Bien. ¿Pero por qué no aplicar otro silogismo en sentido contrario: el de que Cervantes no pudo escribir El Quijote? Se podría formular de este modo:
A. Premisa mayor: Ningún hombre puede escribir un tratado de sabiduría y erudición universal sin haber recibido la formación y los conocimientos necesarios.
B. Premisa menor: Cervantes no recibió la formación y los conocimientos necesarios para escribir un tratado de sabiduría y erudición universal.
C. Conclusión: Por lo tanto, Cervantes no pudo escribir El Quijote como tratado de sabiduría y erudición universal.
Este silogismo negando la autoría de Cervantes es válido en su forma lógica. La discusión estará en si las premisas son aceptadas o no, especialmente la segunda.
Otro silogismo que podría plantearse para no negar la autoría de Cervantes, pero sí sugerir que El Quijote no pudo ser una creación meramente espontánea es:
A. Premisa mayor: Toda obra que trasciende su época y contiene sabiduría y erudición universal es fruto de una tradición y estudio profundo.
B. Premisa menor: El Quijote trasciende su época y contiene sabiduría y erudición universal.
C. Conclusión: Por lo tanto, El Quijote es fruto de una tradición y estudio profundo.
Y ya para terminar con este planteamiento silogístico, en favor de quienes mantienen que Cervantes no fue un sabio y erudito, pero sí un genio autodidacta, formado en la escuela de la vida, capaz de crear la obra cumbre de la literatura universal:
A. Premisa mayor: El genio puede surgir en cualquier hombre cuando la vida y la experiencia le otorgan visión profunda.
B. Premisa menor: Cervantes vivió una vida de adversidades, viajes y reflexiones que le otorgaron una visión profunda del ser humano.
C. Conclusión: Por lo tanto, Cervantes pudo ser el genio que escribió El Quijote.
Desde que vengo escribiendo mis artículos en la revista cultural Acalanda Magacín (El Quijote) relacionados con la autoría del Quijote me he tenido que enfrentar a capa y espada —dialécticamente hablando— tanto con legos como expertos que defienden sin fisuras la autoría cervantina, sin detenerse a considerar las anomalías históricas, literarias y documentales que envuelven a esta obra. En cada discusión, he comprobado cómo la inercia de los dogmas académicos y el peso de la tradición impiden siquiera plantearse la posibilidad de que El Quijote sea el producto de un legado de sabiduría y erudición que trasciende a Cervantes, convirtiéndolo en instrumento y no en artífice.
Por eso, cada vez que releo El Quijote —Ahora con una edición fabulosa del año 2015 de la Editorial ANAYA, con increíbles ilustraciones del Premio Nacional de Ilustración, José Ramón Sánchez, que me ha regalado amorosamente mi hermano Alberto— me convenzo más de que su verdadera autoría no se puede circunscribir en Cervantes. No se trata de destronar a Cervantes, sino de liberarlo de un papel que la historia le adjudicó con excesiva certeza, sin atender a las complejidades de una obra—que lo eligió a él y no al revés— que desborda con creces la biografía de su supuesto autor. Al fin y al cabo, como quedó escrito en la propia obra:
«La verdad adelgaza y no quiebra, y siempre nada sobre la mentira como el aceite sobre el agua».
El Quijote

Durante siglos, la figura de Cervantes fue objeto de una hagiografía nacionalista que tendía a ensalzar al héroe y a mitificar al genio. Durante el siglo XX, la investigación cervantina, armándose de un rigor documental y una perspectiva crítica más afilada, comenzó a desmantelar estos mitos para revelar al hombre en toda su contradictoria y fascinante humanidad.
En esta labor, los trabajos de Jean Canavaggio, sobre la vida de Miguel de Cervantes contenidos en la edición de Francisco Rico (2004), titulados Resumen cronológico de la vida de Cervantes y Vida y literatura, marcaron un punto de inflexión en relación con las biografías anteriores, ofreciendo una visión renovadora, alejada de las interpretaciones heroicas y mitificadoras, presentando la figura de Cervantes de un modo más realista y verosímil.
Este nuevo enfoque de Jean Canavaggio se construyó como reacción a la biografía establecida por Luis Astrana Marín, contenida en su obra de siete volúmenes Vida ejemplar y heroica de Miguel de Cervantes Saavedra. También tuvo en cuenta la biografía de Martín de Riquer, con su conocimiento del mundo caballeresco.
Y este año 2025, Krzysztof Sliwa, catedrático de la Universidad de Hampton (Virginia, EEUU), ha publicado la biografía Vida de Miguel de Cervantes Saavedra. El profesor Sliwa, valiéndose de documentos pertenecientes al propio autor y de una vastedad de textos referentes a él, coetáneos y posteriores, ofrece en este imponente ensayo una completa biografía de la vida de Cervantes, en el que reúne las semblanzas del primer biógrafo, Gregorio Mayáns i Siscar (1738), el referido estudio de Luis Astrana Marín y los más recientes trabajos de Canavaggio y McCrory, entre otros.
Pues bien, como he escrito al principio de este artículo, confesar dudas sobre la autoría de El Quijote puede parecer, en estos tiempos, un atrevimiento irreverente. Y, sin embargo, no creo que haya herejía alguna en preguntarse cómo fue posible que una obra tan colosal, tan llena de sabiduría y erudición, surgiera de la pluma de un hombre que vivió entre cárceles, oficios menores y escasos reconocimientos. No se trata, pues, de desacreditar a Miguel de Cervantes, sino de entenderlo más profundamente: como ser humano, como hijo de su tiempo y como instrumento —consciente o no— de algo que lo sobrepasaba.

Aunque no lo parezca, a Cervantes le tengo un inmenso cariño y respeto. Fue un hombre que se matriculó en la escuela de la adversidad y de los golpes duros. Con sus luces y sombras —como todos nosotros— vivió una existencia marcada por la lucha, la pobreza y el olvido. No fue un sabio encerrado en una biblioteca, sino un náufrago de la vida que, de algún modo, sirvió de puente para que emergiera la que considero la obra cumbre del pensamiento humano: Don Quijote de la Mancha.
Cervantes es, para mí, una de las caras de la moneda de esta obra; la otra, la de Juan Luis Vives, a mi juicio el verdadero autor de los “Quijotes” de Cervantes y el de Avellaneda.
La historia oficial nos dice que El Quijote fue escrito por Miguel de Cervantes (Alcalá de Henares, 29 de septiembre de 1547-Madrid, 22 de abril de 1616), novelista, poeta, dramaturgo y soldado español. Su vida, a mi juicio, podría calificarse con estos con estos cinco adjetivos:
- Desamparada:Careció de apoyos sólidos, tanto institucionales como personales, para desarrollar su carrera literaria.
- Inestable: Su vida fue un ir y venir de empleos modestos, encarcelamientos y fracasos económicos.
- Menesterosa: Su existencia estuvo marcada por la falta de recursos económicos y la constante lucha por la supervivencia.
- Postergada: Fue ignorado y hasta menospreciado por las élites literarias y oficiales de su tiempo.
- Resiliente: A pesar de la adversidad y las enormes dificultades de todo tipo nunca dejó de luchar por conseguir ciertas cotas de reconocimiento y estabilidad
¿Puede esta experiencia vital explicar por sí sola la creación de la obra cumbre del pensamiento universal? Para el profesor Francisco Calero, catedrático emérito de filología latina de la UNED, autor de la obra El verdadero autor de los «Quijotes de Cervantes y Avellaneda: ¡De toda imposibilidad, imposible!, utilizando una expresión quijotesca.
Sí, ciertamente, es ¡de toda imposibilidad, imposible! que Miguel de Cervantes Saavedra, tanto por la escasez de sus estudios como por la ajetreada vida que llevó, muy alejada de las características favorecedoras de la creación literaria, pudiera escribir El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, la obra suprema de la literatura universal, repleta de erudición y sabiduría clásicas.
Entonces, ¿Quién pudo escribir esta obra excelsa de la literatura y el pensamiento humano? Mi propuesta es clara y rotunda, totalmente coincidente con la del profesor Francisco Calero: Juan Luis Vives.

Ioannes Lodovicus Vives/ Joan Lluís Vives, Juan Luis Vives, fue un importante e influyente filósofo, psicólogo y pedagogo español. Está considerado el pionero de la psicología y pedagogía moderna. Un humanista nacido en Valencia el 6 de marzo de 1492 y fallecido en Brujas el 6 de mayo de 1540. Vives fue una figura destacada del humanismo renacentista en Europa, que avanzó ideas innovadoras en múltiples materias, proponiendo acciones en favor de la paz y unión de los europeos y la atención a los pobres. Algunas de sus obras más destacadas son: De disciplinis y De anima et vita.
Si hubiera que resumir la vida y obra de Juan Luis Vives con cinco adjetivos estos tendrían que ser:
—Humanista: Su pensamiento puso al ser humano, su dignidad y educación en el centro del saber. Para Vives, la educación no era un simple adiestramiento en las letras, sino un proceso integral orientado a desarrollar la virtud, la razón y la compasión. Su pensamiento propuso un saber al servicio del bien común, donde el estudio debía partir de la observación de la naturaleza y de la experiencia vital, alejándose de la erudición vacía y las disputas escolásticas. Así, su humanismo es un llamado a cultivar al hombre completamente: mente, ética y sensibilidad social.
—Sabia y erudita: La sabiduría y erudición de Juan Luis Vives se aprecia en El Quijote en su sutil ironía humanista, su crítica a los prejuicios y su profunda reflexión sobre la condición humana. Fue un intelectual de vastísimo conocimiento, un gran conocedor de las lenguas clásicas, dominador del latín, el griego, la literatura hebrea y renacentista. También, poseía altísimas capacidades literarias; amplios conocimientos de la mitología, la Biblia, el Corán, la Cábala, el hermetismo y la sabiduría; de humanidades relacionadas con la pedagogía, filosofía, teología, derecho y la historia; y de la ciencia física, matemática, astronómica y la medicina.
—Comprometida: Su obra refleja una profunda preocupación ética y social, especialmente por la educación y la atención a los más desfavorecidos. El compromiso social de Vives —su defensa de los pobres, su preocupación por una educación moral y útil— se refleja en la ternura con que retrata a los marginados: pastores, galeotes, labradores, y locos, todos ellos personajes en los que se trasluce una crítica a la hipocresía de la sociedad y a las falsas jerarquías del saber.
—Innovadora: Anticipó ideas modernas sobre la mente, la educación y la sociedad, siendo precursor en muchos campos. Vives propuso una psicología práctica, basada en la observación del alma humana, dando vida a don Quijote y Sancho, dos arquetipos humanos que trascienden épocas y regiones.
—Virtuosa: Para Juan Luis Vives, el saber no era un fin en sí mismo, ni una mera acumulación de conocimientos, sino un instrumento al servicio de la virtud. En su visión humanista, el verdadero propósito del estudio era perfeccionar el alma, educar la voluntad y cultivar una vida ética al servicio de los demás. Vives concebía la educación como un camino hacia la bondad, donde la sabiduría debía manifestarse en obras justas y compasivas. Rechazaba la erudición vacía, desconectada de la vida real, y defendía que el conocimiento sólo tiene sentido cuando se traduce en acciones virtuosas que elevan al individuo y benefician a la comunidad. En tiempos de vanidades académicas y disputas dogmáticas, Vives reivindicó una sabiduría humilde y moralmente orientada, poniendo al ser humano en el centro y a la virtud como su meta suprema.
Lo que vengo sosteniendo en todos mis artículos y en mi libro ¿Quién escribió El Quijote? es que El Quijote es la conjunción de dos fuerzas complementarias: la de Cervantes, el instrumento humano para la transmisión de la obra; y la de Vives, que aportó el armazón intelectual, la estructura profunda que hace de El Quijote un tratado de sabiduría y erudición.
A este respecto, me suelen hacer la siguiente pregunta: Pero, entonces, si, a tu juicio, el verdadero autor de los “Quijotes”, fue el valenciano Juan Luis Vives: ¿En qué lugar queda Cervantes, al que venimos considerando por más de 400 años su autor?

Mi respuesta a esta cuestión es diáfana: Yo creo que Miguel de Cervantes cumplió con una misión muy relevante: La de sacar a la luz una de las grandes joyas de la literatura y del pensamiento humano; poner en lugar visible una lámpara de la sabiduría que había permanecido escondida por mucho tiempo y, quién sabe, si con riesgo cierto de ser destruida para siempre. Por lo tanto, siguiendo el precepto bíblico de “Dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, a Juan Luis Vives tenemos que darle el mérito de la autoría y a Cervantes el de la publicación. Y, en todo caso, aceptando siempre que cualquier gran obra humana procede de una misma fuente: Dios.
Sí, en efecto, cualquier obra humana procede de una misma fuente: Dios. El Quijote es una de esas obras que parecen escritas por la humanidad misma, donde cada generación puede reconocerse. Por lo tanto, en este sentido, Vives y Cervantes son las dos caras visibles de un legado que es, en esencia, divino y universal.
El Quijote es mucho más que una novela divertida: Es la mejor radiografía del alma humana, una guía completa de desarrollo espiritual y un mapa cifrado del conocimiento.
1. Radiografía del alma humana:
—Complejidad de los personajes: Don Quijote y Sancho Panza encarnan las grandes dualidades del ser humano: idealismo y realismo, espíritu y materia, locura y sensatez, cielo y tierra. Cada lector puede verse reflejado en sus conflictos, sueños y contradicciones.
—Transformación interior: A lo largo de la novela, ambos personajes evolucionan, como lo haría cualquier ser humano en su búsqueda de sentido. Sancho empieza a «quijotizarse» (elevar su visión de la vida) y Don Quijote a «sanchificarse» (acercarse a la tierra), mostrando cómo las polaridades del alma buscan integrarse.
—La condición humana expuesta: La locura de Don Quijote es un espejo deformante que, paradójicamente, revela las locuras reales de la sociedad: la hipocresía, la cobardía, la superficialidad, la violencia, etc.
2. Guía de desarrollo espiritual:
—Camino iniciático: El Quijote es una parábola del viaje del héroe, un sendero de auto-conocimiento y trascendencia. El caballero andante es una figura del alma que decide «despertar» de la vulgaridad del mundo y vivir según principios superiores (la justicia, la bondad, la belleza).
—La prueba de la realidad: Cada aventura, fracaso o desengaño es una lección espiritual. El buscador (Don Quijote) debe aprender a discernir entre ilusión y verdad, entre los ídolos del mundo y las esencias del espíritu.
—Humildad y Sabiduría final: La muerte de Don Quijote, en paz consigo mismo, representa la muerte del ego tras haber comprendido la vanidad de las apariencias y alcanzado una visión más serena y profunda de la existencia.
3. Mapa cifrado del conocimiento:
—Un tratado de sabiduría escondido: El Quijote está lleno de referencias veladas a la filosofía clásica, la mística, la alquimia espiritual, la caballería del alma y las enseñanzas sapienciales que solo se descubren con una lectura profunda y simbólica.
—Estructura de libro dentro del libro: Los juegos de autoría ficticia, los textos apócrifos, las interpolaciones, convierten la novela en un laberinto donde el lector debe aprender a leer entre líneas y a descubrir el sentido oculto (como en las tradiciones herméticas).
—Lenguaje de símbolos y arquetipos: Caballero de la Triste Figura, caballero y escudero, molinos de viento, armaduras, Dulcinea, Toboso, Rocinante, Cide Hamete Benengeli, enderezar entuertos y desfacer agravios, encantadores, ínsulas, pescado, lentejas, duelos y quebrantos, palominos, cueva de Montesinos etc, son metáforas de estados interiores, pruebas espirituales y niveles de conciencia.
En fin, el autor del Quijote supo reflejar, a través de pensamientos inmortales las circunstancias más variopintas de la existencia humana. Y lo hizo, no solamente desde la pura erudición y una excelsa técnica literaria, precursora de la novela moderna, sino con los ojos del alma. Por ello dejó escrito:
«La pluma es lengua del alma; cuales fueren los conceptos que en ella se engendraron, tales serán sus escritos».
El Quijote
Ciertamente, el aspecto esotérico-espiritual, bastante olvidado por cierto por el cervantismo oficial, está muy presente en El Quijote. En mi artículo El código oculto de El Quijote, he escrito que, la escritora y ensayista francesa Marie-Louise Labiste (Dominique Aubier), afincada durante muchos años en la localidad andaluza de Carboneras y autora de la obra “Don Quijote, profeta y cabalista” defiende, tras cincuenta años de estudio de la novela una interpretación esotérica, viendo en ella un proceso de iniciación espiritual, basado en la Kábala judía.
Antes de descubrir que Cervantes no es el verdadero autor de El Quijote, publiqué en la prestigiosa revista cervantista Galatea un artículo titulado ¿Estaba Cervantes iluminado? En él atribuía a Cervantes—ahora comprendo que erróneamente— no sólo la erudición y sabiduría que emanan de la obra, sino también una lucidez espiritual que lo mostraba como un hombre despierto e iluminado. También llegué a atribuir a Cervantes profundos conocimientos bíblicos sobre la Navidad, compartiéndolos con mis lectores por medio de mi artículo, Las navidades cervantinas, publicado en mi columna Apuntes de Sabiduría de la revista Galatea. Como podrán imaginar, El Quijote está impregnado de referencias al gran misterio de la Encarnación: ¡hasta nueve veces se alude explícitamente a la Navidad en la obra magna de Cervantes! En aquel momento, interpreté esas huellas como reflejo de la sabiduría y religiosidad de Cervantes, cuando en realidad estaba proyectando sobre él el pensamiento sublime del verdadero autor del Quijote: Juan Luis Vives.
Asimismo, interpreté que Cervantes, como hombre curtido en experiencias extremas-conoció la guerra, el hambre, la prisión, la ingratitud y el desprecio- supo reflejar en frases inmortales las circunstancias más variopintas de la existencia humana, extrayendo de todas ellas una filosofía de vida basada en la aceptación. ¡Craso error! ¡Errare humanum est! (El error es de humanos).

Vemos ciertamente en El Quijote el espíritu de aceptación, pero no debemos fijarnos en el dedo del maestro que apunta a la Luna, sino a la propia Luna. Y es que el espíritu de aceptación inmanente en El Quijote se corresponde con el lema principal de vida de Juan Luis Vives: “Sine querella”, observable en la actitud de aceptación serena con la que sus protagonistas enfrentan las adversidades. Ni Don Quijote ni Sancho se recrean en la queja; al contrario, asumen las dificultades —ya sean burlas, palos o desengaños— con humor, entereza y una visión trascendente de la vida. La obra propone, como Vives, que la verdadera sabiduría no consiste en lamentarse, sino en transformar el sufrimiento en enseñanza y la derrota en camino hacia la virtud. Por lo tanto, en realizar un trabajo de alquimia interior.
Así pues, para entender completamente El Quijote se requiere de un cierto bagaje cultural y un importante desarrollo interior para comprender lo que está escrito. El Quijote es, además de una obra excelsa de sabiduría y erudición, una obra de iniciación, un texto reservado para todos aquellos que “tienen oídos para oír y ojos para ver”. Por eso, sostener que esta obra fue escrita de principio a fin por Cervantes —calificado de “ingenio lego” por el bibliógrafo y erudito español, Tomás Tamayo de Vargas, primero y después por el hispanista y filólogo Américo Castro, es como pensar que una catedral gótica puede ser diseñada por un cantero. Cervantes no pudo ser el arquitecto del Quijote, por su escasa formación y la vida ajetreada que llevó, muy alejada del pensamiento y la creación literaria.
Vivimos en una cultura obsesionada con los nombres propios. Necesitamos ponerle rostro al genio, adjudicar una firma, domesticar el misterio detrás de las grandes obras. Pero realmente El Quijote no encaja en ese molde. Por esto, yo me atrevería a decir que El Quijote no fue simplemente «escrito», sino «recibido».
Bien, podrán decirme: ¿Y por qué no pudo ser “recibido” por Miguel de Cervantes? Sencillamente porque como está escrito en el Prólogo de la Primera Parte, no se puede contravenir al orden de la naturaleza, que en ella cada cosa engendra su semejante. El Quijote es una obra de sabiduría y erudición. Cervantes no fue un sabio y un erudito; Juan Luis Vives sí.
Erasmo de Rotterdam, en una carta a Juan de la Parra (Epistolario) escribió sobre él lo siguiente:

«Está entre nosotros Luis Vives, el valenciano, que no pasa de veintiséis años, pero muy versado ya en todas las ramas de la filosofía, y que ha progresado tanto en las bellas letras, en la elocuencia, en la facilidad de hablar y de escribir, que apenas encuentro a nadie con quien poder compararlo. No hay tema en el que no haya ejercitado su pluma. Ahora mismo está explicando los ejercicios de la antigüedad, pero con tanta maestría, créeme, que, con sólo cambiar el título, podríamos pensar que se trataba de un argumento, no propio de nuestro tiempo ni de nuestra tierra, sino más bien de aquellos tiempos felicísimos de Cicerón y Séneca, cuando los cocineros y los abejeros tenían más elocuencia que los que ahora quieren pasar por maestros de la humanidad entera».
Erasmo de Rotterdam
El Quijote como testamento cifrado
¿Y hoy? ¿Veríamos el Quijote de igual manera si aceptamos que su verdadero autor fue Juan Luis Vives? Al desplazar el foco desde la biografía de Cervantes hacia la profundidad de Vives, la obra deja de ser un «milagro del ingenio» para convertirse en un proyecto deliberado de sabiduría. Lo abordaríamos con otra disposición, buscando no solo la ironía o la sátira, sino el denso entramado de erudición que se esconde tras la armadura del caballero. Veríamos en él no solo una joya literaria, sino un tratado de conocimiento universal, una guía cifrada que reclama al lector un esfuerzo de comprensión filosófica, simbólica y espiritual que la historia oficial ha simplificado durante siglos.
Aceptar a Vives supone reconocer que el Quijote es la respuesta de un humanista al colapso de sus ideales. Si el autor es Vives, el libro se transforma en una crítica velada al dogmatismo que lo perseguía, una forma de volcar sus tesis sobre la paz, la psicología y la justicia en un recipiente que la censura no pudiera romper: el de la «locura». Cervantes, en este escenario, no pierde su grandeza, pero cambia su papel: pasa de ser el creador solitario para convertirse en el custodio de un legado, el hombre que puso su nombre y su vida al servicio de una verdad que necesitaba un disfraz para sobrevivir al paso del tiempo.
Al final, esta tesis nos invita a una lectura más exigente y, por ende, más gratificante. Nos obliga a preguntarnos si las «faltas» y contradicciones de la obra no son, en realidad, claves hermenéuticas puestas ahí por un sabio que sabía que su tiempo se agotaba. Reconocer a Vives es, en última instancia, admitir que las grandes obras de la humanidad a menudo requieren de un sacrificio: el de la propia autoría, para que el mensaje pueda, al fin, nadar sobre la mentira como el aceite sobre el agua.

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L.S.
Me ha encantado este podcast, pero claro no estoy de acuerdo con cada frase. Hace 10 años, en 2015 publiqué mi investigación: La verdad sobre DQ.. Tengo ahora 100 pruebas de que estos 3 libros no fueron escritos por Cervantes, sino por Francis Bacon (= DQ) en colaboración con Ben Jonson (= Sancho). Los poemas con los anagramas secretos debían ser escritos por John Donne. «Los dos amigos», así fueron llamados en los años 1603-1615..; Francis Beaumont y John Fletcher, recibieron la tarea de escribir las historias sueltas.
Dices que Juan Luis Vives vivió en 1493-1440, pero la última fecha no es mil cuatrocientos cuarenta, sino mil quinientos cuarenta.
No voy a atacar cada frase, mejor puedes leer mi libro digital 2025: “El Quijote y la verdad oculta”. El libro se puede pedir en Amazon Kindle Store por €3, pero sé que no lo harás ..José Antonio tampoco lo ha leído. De lo contrario, comprendería que el Don Quijote español, que está leyendo, es una traducción de una traducción. ¿Dónde queda entonces la base? Entiendo que no hay muchos españoles que puedan leer inglés.
Francis Bacon era un copycat, un imitador. Leía las obras clásicas, leía obras italianas, francesas, inglesas y españolas, entre otras, como las de Juan Luis Vives… y todas esas obras las incorporó en el DQ. Pero ¡Vives realmente no escribió el DQ!!
Dado que mi libro es un libro de compecabezas en el que resuelvo 100 problemas, te doy dos para que pienses:
1) La palabra “Commonwealth” está 20 veces mal traducida en las ediciones en español a REPÚBLICA. Shelton no conocía la palabra correcta para traducirlo, ¡porque esa palabra no existía todavía! Solo en 1732 se introdujo el sustantivo Mancomunidad.
2) Don Álvaro Tarfe es el nombre secreto de Robert Cotton: Cotton en español es álgodon. Don Álvaro Tarfe quita Algodón; -go- (en aquellos días -goe- pero no se pronuncia la -e- por eso puedes borrar esa letra) es igual a – va-: nos deja “ro Tarfe, este es un anagrama de O FRATER. El nombre frater significa brot(h)er (= hermano); O(h) Robert Cotton = un anagrama de don Álvaro Tarfe. (En esteganografía puedes unir letras mudas o agregarlas)
Me ha gustado el podcast,
pero hay más cosas en el Cielo y en la Tierra, José Antonio, de las que se sueñan en tu filosofía..
Jettie H. van den Boom