PACTOS DE LA MONCLOA Cabecera - EL ESPÍRITU DE LA TRANSICIÓN: Los Pactos de la Moncloa - Acalanda Magacín
Opinión Conversaciones para tiempos de hoy El espíritu de la Transición José Antonio Hernández de la Moya José Francisco Adserias Vistué Literatura Redactores

EL ESPÍRITU DE LA TRANSICIÓN: Los Pactos de la Moncloa

Que esta conversación nos ayude a comprender que la economía, lejos de ser un asunto técnico, es un lenguaje de responsabilidad, visión y compromiso con el bien común.

Hay espacios que han sido testigos silenciosos de decisiones que cambiaron el rumbo de un país. Uno de ellos es el Salón de Columnas del Palacio de la Moncloa, antiguo patio transformado en sala institucional, donde en 1977 se firmaron los Pactos de la Moncloa, acto fundacional de la Transición democrática española. Sus columnas —procedentes de un antiguo palacio arzobispal— no solo sostienen un techo: también una memoria. Cada encuentro celebrado allí parece llevar una huella simbólica de diálogo, acuerdo y búsqueda de un bien común que trasciende ideologías.

Vista del Salón de Columnas del Palacio de La Moncloa, con su elegante decoración, lámparas de cristal y esculturas, reflejando un importante espacio histórico en la transición democrática española.

En ese escenario cargado de historia, donde pasado y futuro parecen darse la mano, se desarrolla la conversación que presento en este nuevo episodio sobre la Transición política española. Me acompaña Esther Basilia del Brío González, una mujer que encarna el rigor académico y el servicio público: Catedrática de Finanzas de la Universidad de Salamanca, escritora (El bosque de la economía y Un beso en la frente), Senadora por Salamanca y portavoz de Economía del Grupo Parlamentario Popular. Una voz autorizada que combina la reflexión analítica con la experiencia directa de la gestión de lo público.

A lo largo de esta conversación, avanzamos desde la arquitectura simbólica del Salón de Columnas hacia un análisis sereno y profundo de los desafíos económicos actuales. La mirada experta de mi interlocutora arroja luz sobre cuestiones que nos conciernen a todos: el papel decisivo de la economía en la cohesión social, el valor de la estabilidad institucional como garantía de convivencia y la exigencia de una gestión pública concebida para servir al ciudadano, y no para someterlo.

Este nuevo episodio sobre la Transición es una invitación a detenernos, a escuchar y a pensar. Porque, como las columnas que sostienen un gran salón, la verdadera fortaleza de un país no descansa solo en sus estructuras, sino en sus ideas y en las personas capaces de defenderlas con verdad, responsabilidad y sentido de lo común.


—¿Por qué has elegido el Salón de Columnas del Palacio de la Moncloa —escenario de los Pactos de 1977— como marco para nuestro diálogo?

—He elegido el Salón de Columnas del Palacio de la Moncloa, que es el lugar en el que se firmaron públicamente los Pactos de la Moncloa bajo liderazgo del presidente Adolfo Suárez, junto a todos los partidos de la oposición. Entre los firmantes destacó la participación de Santiago Carrillo al haberse producido la legalización del PCE; lo que se consideró el símbolo absoluto de la reconciliación entre las dos Españas. 

Este salón refleja la protección que supusieron esos pactos (simbolizados en el techo, que permitió el cerramiento de este antiguo claustro); en las columnas, que representan la base sólida de seguridad jurídica e institucional que debe sostener nuestra democracia; y como zona de paso y de encuentro, representa esos consensos necesarios para avanzar como sociedad y como democracia.

—Para iniciar nuestro recorrido por la Transición, ¿qué hito o hecho consideras imprescindible abordar primero, y cuál es la razón de tu elección?

—Me gustaría destacar los Pactos de la Moncloa y más concretamente la parte económica de esos pactos. No solo porque la gestión económica es vital para que despegue un país, sino también porque fue el ámbito en el que más y mejor intervino la sociedad civil: grandes economistas, bajo la dirección de Enrique Fuentes Quintana, buscaron el bien común y el interés general, lejos de los intereses individuales y territoriales. Es una de las pocas situaciones en la historia de España en la que seleccionó a un grupo de personas independientes, con formación y rigor, para trabajar para los demás sin buscar beneficio propio, así como la necesidad de llegar a consensos políticos, centrándonos en los puntos que nos unen y no en los que nos separan.

Retrato estilizado de un hombre con gafas y traje sentado en una silla, sonriendo ante un fondo con detalles de una habitación elegante.

—¿Consideras que existió el llamado espíritu de la Transición? Y, en caso afirmativo, ¿en qué consistió?

—La Transición fue un momento de enorme “ingeniería política”; se ha estudiado desde muchas perspectivas, como un prisma que capta, refleja y cambia la estructura de la luz, pasando de un régimen político a otro. Así, el motor de cambio que supuso la Transición permitió el desmantelamiento de la estructura imperante en España durante la dictadura franquista. Como hecho insólito, una dictadura se dejaba desmantelar para dar paso a una monarquía parlamentaria. Pero eso solo fue posible por la voluntad expresada por los agentes políticos que entendieron la relevancia del momento y antepusieron el bien público a los intereses personales. El papel del rey Juan Carlos I, Adolfo Suárez y Fernández Miranda fue clave para iniciar un camino crítico que debería reconciliar a los españoles. Algo que creíamos conseguido hasta que el despertar político de los más extremos está intentando desvirtuar el camino seguido.

—Has comentado que este salón representa la protección que supusieron aquellos pactos para nuestra democracia. ¿Crees que en la actualidad seguimos cuidando esas “columnas que sostienen nuestra democracia y nuestra convivencia? ¿O, más bien, las estamos debilitando por falta de acuerdos?

—El Salón de las Columnas en el que se firmaron los Pactos de la Moncloa supone en sí mismo un símbolo y una metáfora. Representa visualmente la proyección que supusieron para nuestra democracia aquellos pactos y la función estructural de esos consensos… Esas columnas se han ido debilitando. La falta de presupuestos en la decimoquinta legislatura, el ataque al poder judicial, el levantamiento de un muro moral entre españoles hace que la palabra pacto se aleje del imaginario colectivo de los españoles.

—Si tuvieras que resumir el papel de la economía en la Transición española, ¿dirías que fue el motor del cambio o una consecuencia del cambio político?

—Los dos factores se entrelazan; la causalidad, como tantas veces en la economía, es bidireccional. Los pactos económicos nacen de la voluntad de consenso y de implantación de una democracia en España. Sin esa voluntad, no habrían surgido los pactos… Pero lógicamente trabajar desde el intelecto y el bien común por una economía que engrandeciese a todos los ciudadanos y que permitiese abrir las fronteras económicas y financieras del país fue determinante para que el cambio político triunfara. Entre otras cosas, fue vital para que la ciudadanía entendiese esa situación económica adversa y los esfuerzos que había que hacer porque había una voluntad de dejar atrás la dictadura y esa voluntad era real.

Ilustración de un grupo de hombres en trajes formales reunidos en el Salón de Columnas del Palacio de La Moncloa, en un contexto representativo de la firma de los Pactos de la Moncloa en 1977.

—Aunque los Pactos de la Moncloa se han leído a menudo en clave política, su núcleo fue un programa económico de emergencia para frenar una situación cercana al colapso (inflación muy alta, déficit exterior, conflictividad laboral y desconfianza internacional). ¿Qué medidas concretas y decisivas se tomaron para la estabilización del país?

—Pensemos que veníamos de una economía debilitada durante la guerra que se mantuvo precariamente en la posguerra. En los años 50 se inicia un crecimiento centrado en el turismo y el ladrillo y una tímida apertura al exterior en los años 60. Pensemos, además, en un contexto económico internacional adverso, en plena crisis energética (la llamada crisis del petróleo), con unos tipos de interés de préstamos hipotecarios próximos al 20 %… El pacto necesariamente tenía que reducir la inflación, dinamizar la economía para lo que fue preciso aumentar la inversión, reducir costes energéticos (difícil con una fuerte dependencia del petróleo). Los Pactos de la Moncloa también priorizaron la creación de empleo, especialmente el empleo privado (en un país de funcionarios que venía de confundir el Estado con el país, como en cualquier dictadura, sea de izquierdas o derechas). Había poca iniciativa privada, poca iniciativa empresarial y lo primero que había que abordar era la reducción del gasto público, un plan de gestión de la deuda, la apertura a los mercados financieros, o la liberalización bancaria.

—En 1977, con una inflación superior al 20 % y un desempleo en rápido aumento, ¿qué riesgos concretos afrontaba la joven democracia española si no se alcanzaba un pacto económico?

—Los pactos económicos, el trabajo de un grupo de personas que desarrollaron una economía sin ideología fue fundamental para enviar dos señales al exterior: la estabilidad y la confianza… Se quería hacer el cambio y se iba a hacer (recuerden a Suárez y su “puedo prometer y prometo”). Ese mensaje se le dio a los ciudadanos españoles y se lanzó al mundo, acercando a España una economía moderna… Fuera del paraguas de estos pactos económicos, los partidos habrían practicado el arribismo político, habrían utilizado noticias como la subida del IRPF para minar al gobierno y no se podría haber trabajado por y para todos. Los pactos fueron fundamentales para nuestra economía y también para nuestra democracia y nuestro futuro.

Ilustración de una reunión en el Salón de Columnas del Palacio de La Moncloa durante los Pactos de la Moncloa, con figuras políticas sentadas alrededor de una mesa, cámaras y periodistas presentes.

—Los Pactos de la Moncloa exigieron notables sacrificios sociales —especialmente la moderación salarial—. ¿Qué garantías y contrapartidas políticas se ofrecieron para que una sociedad con una democracia todavía frágil aceptara tales medidas?

—Precisamente ese consenso era la única forma de convencer a la sociedad de que se estaba haciendo por el bien común. Se les explicó de forma madura y honesta (algo tan ausente en las políticas y mensajes paternalistas actuales) y sobre todo se trasladó la ilusión de que España iba a salir de la dictadura y que todos esos esfuerzos se hacían para convertirnos en un país nuevo. El liderazgo y la dirección estratégica del rey Juan Carlos fueron esenciales para ello. No hay proyecto sin un buen líder.

—¿Por qué crees que fue posible el consenso entonces entre fuerzas tan opuestas —incluyendo comunistas, socialistas, sindicatos y empresarios— y hoy parece casi imposible alcanzar acuerdos similares?

—Te hablaba al principio de la Transición como un ejercicio de ingeniería política y eso fue. A cada uno de los grupos políticos y agentes económicos hubo que ofrecerles esperanza y ventajas a cambio de que renunciaran a sus demandas políticas. El caso más complicado, lógicamente, era legalizar el PCE; parecía difícil que lo aceptara la derecha, pero mucho más complicado era que le compensase al propio PCE, a quien no le parecía a priori suficiente una democracia que nacía bajo un régimen de monarquía parlamentaria, cuando ellos aspiraban a una república. Se pusieron sobre la mesa las ventajas y desventajas para el propio Santiago Carrillo que finalmente aceptó el reto de la reconciliación nacional… Parece imposible llegar a esta situación de aceptación de consensos entre diferentes, porque la división de España en dos bloques vuelve a ser notable. La mayoría de izquierdas que gobierna España es frágil y se basa en acuerdos cainitas que merman al poder central. Y aunque parezca que Junts es quien sujeta al gobierno y quien recibe los acuerdos más favorables, lo que realmente marca el equilibrio del gobierno es haber sumado a un blanqueado Bildu a las mayorías parlamentarias. Más serio es que además parte de la izquierda haya copiado su mensaje de que la Transición no existió y forma parte del franquismo… Mientras este equilibrio de fuerzas exista son muy difíciles los pactos entre los dos partidos mayoritarios.

—Si entendemos la democracia como una arquitectura institucional que requiere bases sólidas, ¿Cuáles serían, desde tu experiencia como catedrática de Finanzas, las columnas económicas imprescindibles de una democracia moderna?

—Las columnas económicas actuales pasan por reducir la inflación y gestionar correctamente la moneda digital, incrementar la innovación y la atracción y retención del talento, reducir los costes energéticos, aumentar la oferta de vivienda, mejorar la productividad, aumentar el empleo juvenil, que Europa controle fronteras en la importación de productos que no cumplan la normativa UE, establecer mecanismos de estimulación del ahorro privado para la jubilación, reducir la deuda pública y fijar límite de déficit. Hace unos días presentaba una moción al respecto en la Comisión de Economía del Senado de España y estas fueron mis peticiones: pacto contra la inflación, plan de empleo juvenil, plan de vivienda (para aumentar la oferta, justo lo contrario de lo que se está haciendo); plan de deuda pública, plan de productividad empresarial, plan de innovación y retención del talento, plan de sostenibilidad de las pensiones y estimulación fiscal del ahorro privado para la jubilación; plan de reducción del déficit y de una vez reformar la financiación autonómica desde la igualdad y el equilibrio de los territorios.

—A la luz de la experiencia de la Transición, ¿crees que la estabilidad económica es condición previa para la estabilidad política, o sucede más bien al contrario?

—Las crisis económicas generan crisis políticas. Por ejemplo, de la crisis del 2008 surge el nacimiento del movimiento 15M en España, coincidiendo con el auge de los populismos en Europa. Esto es lo que explica la actual inestabilidad política y económica de España. Que el presidente Sánchez pactara con Podemos y absorbiera las demandas de los grupos antisistema ha resultado nocivo para nuestra economía.

—Considerando el contexto actual de alta inflación, deuda pública elevada y profunda polarización, ¿cuáles serían los pilares o elementos esenciales que deberían incluirse en unos «Nuevos Pactos de la Moncloa» para asegurar la estabilidad y el avance del país?

—Completando mi respuesta a la pregunta anterior, se requeriría que el gobierno no dé la espalda al partido más votado. Ha sido capaz de sumar una mayoría muy frágil en el gobierno, contrario al sentir general, pero no debería insistir en gobernar contra medio país. No tener presupuestos, gobernar a golpe de decreto, porque no tiene forma de sumar mayoría para aprobar sus propias leyes, es un acto de enorme irresponsabilidad.

—Como senadora y académica, ¿qué lecciones extraes de aquel acuerdo histórico que deberíamos transmitir a las nuevas generaciones que no vivieron la Transición?

—Las heridas de un país no se curan si no dejas cicatrizar la herida. El gobierno actual, por rédito político, está abriendo esas cicatrices y ahondando la herida que se ayudó a curar en 1977. Solo con generosidad, sentido de Estado y amor a tu país se puede salir de crisis políticas, económicas o pandemias como la que nos asoló hace poco.

Ilustración de tres hombres conversando en un fondo de color claro, con un enfoque en las expresiones faciales y la interacción entre ellos.

—El Salón de Columnas simboliza un momento en el que España decidió creer en sí misma y avanzar unida, incluso en la incertidumbre. Si pudiéramos hablar con los jóvenes de hoy, muchos de los cuales no vivieron la Transición ni recuerdan el valor del consenso, ¿qué les dirías sobre la importancia de poner el país por delante de las siglas, y de ejercer un liderazgo que piense en el futuro y no solo en el presente inmediato?

—Me preocupa especialmente que los jóvenes no escuchen un mensaje de unidad, de solidaridad, de tolerancia y respeto al distinto… La frivolización del término fascismo también tiene consecuencias nefastas. Se hace poner el foco de los jóvenes en el odio al contrario, reduciendo su entidad a una condición asociada a algunas de las mayores masacres de la historia. Para algunos jóvenes funciona ese mensaje de “no querer ser estigmatizado” y se alinean con lo políticamente correcto; para otro grupo, un porcentaje importante, el miedo al estigma no funciona y se rebelan radicalizándose a la derecha. Todo ello produce un alejamiento del centro político, que es tan necesario recuperar. Hay que recuperar el centro para que los jóvenes puedan “bucear” en él y desarrollarse como personas moderadas, solidarias, tolerantes, respetuosas con el que opina diferente. Hay que buscar las posiciones integradoras que fueron el gran éxito de 1977 y que hay que recuperar. Y, para enviarles un mensaje también económico, que sepan que jugar con las finanzas desde el Estado, promover la corrupción, no destinar los recursos a donde son necesarios o tomar medidas económicas populistas que solo buscan el voto a corto plazo… todo ello, tiene un coste económico que se traslada a su generación. Es falso que la nueva generación viva peor que sus padres, viven mucho mejor, pero tienen que ser responsables para no favorecer con sus votos políticas económicas que minan su futuro. Explicar esto es muy difícil en un país con un nivel muy bajo de educación financiera, pero tienen que ir escuchando la realidad. La Transición trató a los españoles como adultos; va siendo hora de que los políticos lo vuelvan a hacer.

Que esta conversación nos ayude a comprender que la economía, lejos de ser un asunto técnico, es un lenguaje de responsabilidad, visión y compromiso con el bien común. Como aquellas columnas, las decisiones de hoy también sostendrán el techo del mañana.

Senado de España.

Madrid, 6 de diciembre de 2025.



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