El pasado 16 de abril, la ciudad de Salamanca acogió una nueva edición del III Salamanca por Cajal: Arte, Ciencia y Tecnología. Pero reducir lo allí acontecido a un simple evento sería no entender su verdadero alcance. Porque lo que se puso en juego no fue solo un intercambio de ideas, sino algo más profundo: la posibilidad —cada vez más rara— de pensar el conocimiento como una unidad.
La voluntad de integrar: una idea contra el tiempo
Conviene detenerse en la figura de José Adserías Vistué, uno de los impulsores de esta iniciativa. No tanto por el papel organizativo —que también—, sino por lo que su apuesta representa.

En una época que tiende a fragmentarlo todo —el saber, el pensamiento, incluso al propio ser humano—, promover un encuentro entre arte, ciencia y tecnología es, en el fondo, un acto de resistencia intelectual.
No es casual. Tampoco es inocente.
Hay en ello una intuición que remite a una tradición más antigua: aquella que entendía que la verdad no se deja capturar por compartimentos estancos. Que el conocimiento, cuando es auténtico, tiende a la unidad.
Adserías Vistuè, consciente o no, se sitúa en esa línea. Y eso, en el contexto actual, tiene más alcance del que podría parecer a primera vista.
Cajal: ver lo invisible
La figura de Santiago Ramón y Cajal emerge aquí, además de como icono, como clave interpretativa.
Cajal no solo descubrió la neurona; hizo algo más difícil: aprender a verla. Y en ese acto —que es científico, pero también en cierto modo artístico— hay una lección que sigue vigente.

Porque ver no es simplemente mirar. Ver implica ordenar, interpretar, intuir.
Sus dibujos no son meras ilustraciones: son pensamiento en estado visible.
Y quizá por eso su legado resulta hoy tan actual. Porque en un mundo saturado de datos, lo que escasea no es la información, sino la comprensión.
Tecnología sin sabiduría
El encuentro dejó entrever una cuestión que rara vez se formula con claridad: el desfase entre el desarrollo tecnológico y la profundidad del pensamiento.
La inteligencia artificial —tan presente, explícita o implícitamente— avanza con rapidez. Pero cabe preguntarse si ese avance va acompañado de una comprensión proporcional de lo que significa la inteligencia.

Las redes neuronales artificiales evocan, de forma lejana, los descubrimientos de Cajal. Pero entre la simulación y la comprensión hay una distancia que no siempre se reconoce.
Y ahí es donde el arte y la filosofía —ausentes en muchos discursos tecnológicos— recuperan su papel esencial.
Reivindicación necesaria: el Museo Cajal
Resulta difícil hablar de Santiago Ramón y Cajal sin advertir una paradoja: la magnitud universal de su legado contrasta con la limitada presencia institucional que ocupa en la conciencia pública.
España, que dio al mundo uno de los científicos más influyentes de la historia, sigue teniendo una deuda pendiente con su memoria. No basta con citar su nombre, ni con evocarlo en congresos o celebraciones puntuales.
Es necesario un espacio permanente, vivo, a la altura de su figura: un verdadero Museo Cajal.

Un lugar donde no solo se conserven sus aportaciones, sino donde se comprendan. Donde sus dibujos, sus textos y su pensamiento dialoguen con las nuevas generaciones. Donde la ciencia se muestre como lo que realmente es: una forma de conocimiento profundamente humana.
Reivindicar el Museo Cajal no es un gesto simbólico. Es una exigencia cultural. Porque un país que no cuida a sus grandes pensadores corre el riesgo de perder el hilo de su propia tradición intelectual.
Salamanca o la memoria del saber
Que todo esto ocurra en Salamanca no es un detalle menor.
Salamanca no es solo un escenario; es un símbolo. En sus piedras habita una idea del saber que no ha sido completamente olvidada: la de un conocimiento que aspira a comprender el mundo y no solo a operarlo.

Hay lugares que conservan memoria. Y esa memoria, cuando se activa, puede orientar el presente.
Una nota final: entre Cajal y el Quijote
Quizá no sea exagerado —o quizá sí, pero en el buen sentido— ver en este tipo de encuentros un eco de esa sabiduría más amplia que atraviesa nuestra tradición.
Si Santiago Ramón y Cajal nos enseñó a mirar el interior del cerebro, Don Quijote de la Mancha nos enseña —desde hace siglos— a mirar el interior del ser humano.
Pero hay un detalle especialmente significativo, y no siempre recordado: el propio Cajal escribió sobre el Quijote. No como un filólogo, ni como un literato profesional, sino como un pensador que reconoce en la obra algo más que literatura.
Cajal escribió el ensayo Psicología de Don Quijote y el quijotismo, encargado por el Colegio de Médicos de San Carlos con motivo del III Centenario de su publicación, pronunciado el 9 de mayo de 1905 y publicado póstumamente en el libro La psicología de los artistas.

En sus reflexiones, Cajal no se limita a comentar la figura del hidalgo; intuye en ella una dimensión psicológica y moral que conecta con su propia búsqueda científica. El Quijote aparece entonces no solo como personaje, sino como expresión de las tensiones fundamentales del espíritu humano: razón y delirio, ideal y realidad, voluntad y límite.
Que un científico de la talla de Cajal se detuviera en esta obra dice mucho. Sugiere que el conocimiento verdadero no reconoce fronteras estrictas entre disciplinas. Que la ciencia, cuando alcanza cierta profundidad, desemboca inevitablemente en preguntas que también son literarias, filosóficas… y, en último término, humanas.
Entre la neurona y el caballero andante hay, por tanto, más relación de la que parece. Ambos pertenecen a un mismo territorio: el de la comprensión.
Y tal vez ese sea el verdadero sentido de iniciativas como esta: recordarnos que el conocimiento no es acumulación, sino búsqueda. Que no se trata solo de saber más, sino de entender mejor.
Porque, en el fondo, tanto Cajal como el Quijote —cada uno a su manera— nos enfrentan a la misma pregunta: ¿Qué significa, realmente, ser humano?
(Promocional)
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