Opinión

Cuando tiene que morir

Con pocas escenas del cine he llegado a empatizar tanto como con una de la no adecuadamente reconocida What just happened? (Algo pasa en Hollywood), basada en las memorias del productor Art Linson, reconvertido en guionista para la ocasión, y en la cual Robert de Niro interpreta a un productor cinematográfico que tiene que lidiar con, y mediar entre, actores, directores y los grandes estudios de Hollywood. La escena en particular a la cual me refiero transcurre durante una reunión entre un director, interpretado por el actor canadiense Michael Wincott; una de las responsables del estudio, interpretada por Catherine Keener, y el propio de Niro. La razón de ese encuentro en simple: El personaje de Wincott acaba de realizar el montaje de su última película y, en la escena final, un perro recibe un disparo y muere. Al estudio no le gusta. No le gusta en absoluto. Y le exigen, amenazando con boicotear la cinta, que elimine esa escena y modifique el final del film. El director entra el cólera antes de derrumbarse. «The dog has to die!».

El perro tiene que morir. Y punto.
Los cambios (sugeridos) siempre son difíciles de encajar para cualquier creador. Pero cuando se trata de cambiar el final esa dificultad supera el umbral del dolor.
Recientemente un escritor amigo me pidió que leyera la última novela (aún inédita) que había escrito y al darle mi opinión no pude evitar comentarle (temiendo que me mandara poco menos que a…, bueno, no creo que sea necesario decir dónde; entiendo que quienes lean esto lo deducirán fácilmente) que el final no me llegaba a convencer. Afortunadamente lo tomó a bien. Pero hubiese entendido y respetado lo contrario. A mí también se me ha dado el caso de que alguien me manifestara su desencanto hacia alguno de los desenlaces de mis relatos. Recuerdo uno en particular que dejé abierto muy conscientemente. Quería narrar la historia de cómo el personaje afrontaba un problema, no de cómo lo resolvía bien o mal. Eso era lo de menos. De ahí que dejara el final abierto. Y de ahí que no lo modificara.
Los finales tal vez sean ese punto, muy pocas veces negociable, que en la mente del autor sustentan y justifican toda la historia. Por muy rebuscado, forzado, sorprendente o extraño que este pueda parecer a ojos de cualquier lector o espectador. Y por muchas razones estéticas, argumentales o incluso económicas (como la que se plantea en What just happened?) que expongan al escritor.
Y si eso implica que el perro, o cualquier personaje, muera, por muy gratuita que se antoje tal muerte, pues tiene que morir.

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Iván Turguénev

Casos de muertes “insólitas” hay para elegir, pero el que más a menudo se me viene a la mente suele ser el del nihilista Bazárov, de la novela Padres e hijos, escrita por el autor ruso Iván Turguénev; la historia, realmente, ya había terminado y la muerte de este pasa incluso por ridícula.
Pero tenía que morir.
Otro ejemplo sería el Adiós a las armas de Ernest Hemingway. No olvidemos el enfado mayúsculo de Bradley Cooper en el film El lado bueno de las cosas tras leer el final.

También murió Sherlock Holmes. Y fue tal escándalo que se organizó, con insultos y amenazas a Conan Doyle por haber finiquitado a su personaje, que finalmente el escritor británico se vio obligado a resucitar al famoso detective de Baker Street.
Por qué a los escritores parece gustarnos matar a nuestros personajes y a los lectores les desagrada verlos morir sería un tema para debatir largo y tendido. Pero si un lector pregunta al autor por qué lo hizo, solo hay una respuesta:

Tenía que morir.

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