Ana Vázquez

Obedecerás a tu padre y a tu madre

Toda su vida había obedecido. De niña sus padres le decían que hiciese lo que se esperaba de ella. Fue buena y obediente. Nunca rechistó, tampoco se le ocurrió llevar la contraria y jamás se planteó que hubiese otra forma de actuar, de vivir o de enfrentar la vida.

Durante toda su existencia había oído decir a su padre que los niños estaban para obedecer y hacer los recados. Y ella, que era la única chica de cuatro hermanos, además, tenía que ayudar a su madre en casa. Antes de ir al colegio dejaba su habitación recogida y la cama perfecta. Sus hermanos no. A mediodía ella ponía y quitaba la mesa, enjuagaba los platos que su madre había enjabonado y los secaban a medias, mientras su padre y sus hermanos miraban el telediario.

Se hizo novia del hijo del cerrajero y se casaron cuando él volvió de la mili. Ninguno de los dos había estudiado más de lo básico y marcharon a vivir a casa del padre, que era viudo. Manolo trabajaba con él y ella limpiaba por horas.

Tuvieron tres niñas. Y ella siguió obedeciendo al marido, al suegro, a sus padres, a sus hermanos y a sus hijas.

Se deslomaba limpiando escaleras por las mañanas y pisos por las tardes. Y cuando llegaba a casa tenía que seguir quitando mierda ajena, cocinando para los demás y, cuando su suegro cayó enfermo, limpiándole el culo y las babas.

Su marido decía que lo de la cerrajería no daba para casi nada y ella, que ya le dolían los huesos como si tuviese sesenta años, ni se planteaba dejar de echar horas.

Los abuelos fueron muriendo, uno detrás de otro, y fue ella quien se encargó de atenderles. También murió Manolo y sintió alivio. Lloró en el tanatorio, lloró en el entierro. Pero en el fondo de su corazón se sentía libre por primera vez en su vida. Sus hijas eran mayorcitas, las tres tenían novio y —antes o después— ella podría, por fin, descansar.

Nada más volver del cementerio echó a la basura los cinco conejos y las tres perdices que tenía en el congelador. Manolo era cazador. Todos los sábados se levantaba al amanecer y la dejaba sola en casa, con las niñas. Y ella hacía la colada, tendía, planchaba… Y los domingos los dedicaba a desplumar pájaros, desollar conejos y cagarse en Dios en silencio, despacio y sin que se enterasen, porque hubiese dado igual que gritase, nadie le hubiese prestado atención y en su espíritu bullía un come-come que no cesaba hasta el lunes, cuando comenzaba a limpiar la casa de la señorita Ana María, que era jueza y la trataba mejor que su familia.

Se tiñó las canas. Se apuntó a un taller de informática y sus hijas se reían porque era medio analfabeta y no entendían el interés que podía tener su madre en aprender algo que no le servía para nada.

Se hizo amiga de Rosa, que pertenecía a una asociación de mujeres maltratadas y comenzó a salir, los sábados por la tarde a tomar algo con sus amigas, por el barrio.

A través de Rosa supo que la patada que le arreó su Manolo cuando estaba embarazada del cuarto hijo, que le provocó un aborto y esterilidad, era maltrato, del peor. Y que lo podía haber denunciado. Pero como decían los hombres de su familia: “¿Dónde vas a ir tú, so desgraciada?”.

Y cuando se jubiló, se quedó sola y feliz.

Pero al año su hija la mayor se divorció y volvió con los dos niños.

Y a los seis meses la pequeña y el marido se quedaron en paro y le pidieron dinero porque les iban a echar de la casa que no pagaban. Y les avaló con un préstamos de su casita, un piso humilde del barrio de Villaverde, que había pagado con el sudor, no sólo de su frente, sino de todos y cada uno de los poros de su cuerpo.

Deshaucio - Obedeceras a tu padre y a tu madreY los desahuciaron. Porque su hija y su yerno no pudieron hacer frente a la deuda del banco, que se había agrandado en progresión geométrica entre impagos, comisiones, gastos de reclamaciones y muchas cosas que ella no podía entender, porque era tonta, era inculta, no sabía nada y dónde iba a ir ahora con su hija desquiciada y sus nietos, porque era verdad, era una desgraciada.

Y el día que recibió la carta del juzgado diciendo que se tenían que ir juró que esa vez no iba a obedecer y que si salía de su casa, iba a ser con los pies por delante.

Y la mañana que vino la policía a echarles sacó la bombona de la estufa y la colocó en el salón, junto a la del calentador. Su hija y sus nietos se habían marchado la noche anterior con todo lo que pudieron cargar en el coche. Y cuando oyó decir a los vecinos, que se agolpaban en la calle, que ya venían, abrió la espita. Y cuando llamaron al telefonillo por tercera vez encendió el mechero.

Voló su casa, porque esa vez no estaba dispuesta a obedecer.

Nunca más.

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