Erasmo Cachay

¿Adónde fue a parar el relato corto en la literatura hispanoamericana?

Últimamente el número de novelas ha crecido tanto que hemos dejado un poco de lado un método tremendamente efectivo para contar historias. El relato corto o cuento.

Este método, muy hispanoamericano (y aún más sudamericano) ha sido practicado por todos los grandes maestros (incluyendo dos pilares sudamericanos de la literatura como Vargas Llosa y García Márquez), para algunos fue la forma ideal de practicar su arte, para otros el método perfecto para contar una pequeña historia pero otros lograron llegar a tales niveles de perfección que nos han regalado verdaderas joyas literarias, haciendo que los recordemos no por sus novelas o poemas, sino por los magníficos relatos cortos que nos han regalado. Pongo como ejemplo dos nombres que no merecen más presentación: Jorge Luis Borges y Julio Ramón Ribeyro.

El primero no necesita presentación. Una de los regalos de la nación argentina a las letras castellanas. El segundo, quizá si necesite un poco de ayuda en la introducción. Julio Ramón Ribeyro, peruano, es sin lugar a dudas, uno de los más destacados cuentistas que ha dado el castellano dejándonos verdadera huella para la lectura; llevándonos de la mano, con solo dos o tres frases, a un mundo realista y mágico. Pues mientras Borges nos enseñaba un mundo místico, irreal, surrealista y maravilloso, Ribeyro muestra con crudeza, naturalidad y cierto toque de optimismo la realidad nacional de su época, el realismo urbano en su máxima expresión y las pequeñas historias cotidianas que en sus manos dejan de serlo para convertirse en experiencias maravillosas. Tenemos como mejor ejemplo posible El Aleph de Borges y Gallinazos sin plumas de Ribeyro.

¿Por qué es tan importante el cuento? ¿Por qué debería volver a explotarse y no dejarlo, quizás no en el olvido, en la zona de reserva en la que se encuentra actualmente? Su sencillez, su facultad extraordinaria de centrarnos en una historia, lo directo de su lenguaje y su cercanía a nosotros son los aspectos que merecen tomarse en cuenta.

La novela es la categoría real dentro de la narrativa, pero dada su extensión y el contenido de sus historias, rara vez encontramos una que profundice en hechos cotidianos, vivencias reales de una vida normal y corriente, de una forma sencilla y duradera. Nos envuelve en la historia de muchos personajes, nos muestra el tiempo y el espacio necesario, disfrutando del destino o pesares de sus protagonistas. Hay un dicho que he escuchado y me ha gustado mucho “No hay nada más difícil que explicar algo de una manera sencilla”.

El cuento por el contrario es directo, no contiene espacio y tiempo para perderse en descripciones interminables ni falsos caminos, el autor no tiene la paciencia de contarnos lo que pasó o pudiera pasar (dicho de forma muy general) y no pretende contarnos una historia épica (aunque muchos lo han hecho también de manera excelente) sino que básicamente es el relato de un determinado momento de la vida, de un determinado pestañeo de la existencia, de un determinado acontecimiento que posiblemente impactó en la vida del escritor y pueda impactar en la nuestra. Ahí es donde reside el gran valor y peso del cuento frente a la novela. Es un trazado de lienzo literario hecho con ahorro artístico exhibiendo un solo respiro en la historia de algunos personajes.

Si hacemos un repaso de la cantidad de oferta en relatos cortos descubrimos que mucho tenemos para escoger en autores de los años cincuenta, sesenta y setenta. Hoy por hoy, el cuento se ha reducido en cantidad y vemos pocos títulos que reúnan nuevas tendencias o nos presenten nuevos escritos en esta categoría. Se salta muchas veces al vació, se acelera de cero a cien teniendo los ojos listos en la nueva novela dejando de lado quizá que una historia corta represente mejor lo que queremos decir en un momento determinado en vez de mil palabras infladas en algún texto más largo.

El cuento como método de expresión debe ser el punto de partida de este universo hermoso de letras y párrafos que llamamos literatura encontrando en él la misma satisfacción y alegría que sentimos al leer una novela. Debemos animarnos y animar a otros a leer y escribir aquellas historias que se transformarán en los cuentos del futuro.

Gracias por comentar