Opinión

Homo scriptor: un feliz escritor del montón

mi oliveCuando tenía doce años mis padres tuvieron la feliz idea para ellos, e infeliz para mí, de obligarme a acudir a clases de mecanografía durante el verano.

Pero tenían razón sobre la utilidad que representaría ese pequeño sacrificio en el futuro. Gracias a tal habilidad para escribir rápido “con todos los dedos y sin mirar”, logré utilizar la vieja Olivetti de mi padre para hacer trabajos escolares de EGB. Su sucesora fue lo que entonces era una moderna máquina de escribir y  que sería mi mejor camarada en la carrera universitaria. Parafraseando el final de Casablanca, “fue el comienzo de una gran amistad”.

Veamos los derroteros de la afición…

1. Ya graduado, por fin alumbró mi primer libro mecanografiado, tras una pesquisa laboriosa de fuentes bibliográficas, colas en fotocopiadoras y horas sustraídas al ocio. Muy duro pero gratificante como la primera conquista amorosa, y además fue un libro pionero en su campo y bastante leído y referenciado.

impresoraEn los inicios de la década de los noventa del siglo pasado llegaron los primeros ordenadores. En esa primera fase, grandes, lentos y poco fiables. Pronto más pequeños, rápidos y seguros. Con las neuronas y feromonas en ebullición, pude sacarles el máximo partido a esas “chicas nuevas de la oficina” que eran las computadoras por la maravilla que representaba poder escribir, guardar y corregir un texto o trabajar en varias obras con un mismo escritorio.

Una mente inquieta, un ordenador modesto y una impresora lenta eran una fábrica a pleno rendimiento.

2. Mis dos siguientes libros fueron tecleados en ordenador con teclado y sin ratón, con una lentísima impresora de aguja para los borradores. Así y todo, suponía un inmenso ahorro de tiempo y facilidad para rectificar y reescribir. Fueron productos menos laboriosos pero mi ronroneo complacido ante los nuevos retoños de papel estuvo garantizado.

anonimoDespués experimenté la migración hacia el ordenador con ratón. Confieso que inicialmente pensé que jamás lograría convertirme en pianista de ideas, pero las obras saltaban vertiginosamente de la pantalla al papel en forma de publicaciones en la prensa, en revistas y algún libro. La tecnología había incrementado mi productividad y mi visibilidad editorial.

En paralelo, la dedicación a la escritura, y a la necesaria lectura como combustible de ideas, comportó mayor sedentarismo y horas frente al teclado con el consiguiente peaje en forma física, pues el deporte pasó a quinto plano.

3. Un salto cualitativo tuvo lugar con el advenimiento del Macintosh, y descubrir sus secretos, sus aplicaciones y utilidades infinitas. No me gustan los tatuajes pero si tuviera que hacerme uno sería la manzanita, por los servicios prestados. De hecho mi relación con mis mac (macbook, iMac, soy bígamo) roza la herejía o perversión, por mi dedicación y adoración.

En fin, que hoy día me encuentro con multitud de herramientas tecnológicas (ordenador de mesa, portátil, tablet, smartphone, etc) que me facilitan el acceso a inmensa información (más de la que puedo digerir) y me permiten dar publicidad de todas mis ocurrencias y creatividad.

Archivo_000 (17)Curiosamente, a veces padezco la maldición del Rey Midas cansado de convertir lo que toca en oro, pues mi fecundidad editorial y literaria no han ido acompañadas de mayor placer personal que los tiempos de escritura artesanal.

Lo cierto es que soy un escribidor del montón. Del montón que escribe mucho y se le lee poco. Pero también del montón que escribe y es feliz. Porque escribir es un acto de creación, que nos hace sentir mejores, que no somos simples pasajeros del globo terráqueo sino protagonistas y que nos permite dejar huella de lo que fuimos o pensamos. Y si de paso alguien se divierte, entretiene u obtiene provecho de lo que escribimos, fenomenal.

4. Por eso ahora me encuentro escribiendo en cinco niveles. Escribo artículos semanalmente para mis dos blogs (uno jurídico, delajusticia.com; otro lúdico, vivoycoleando.com); publico artículos trimestralmente para revistas en formato mixto (papel y digital); artículos de opinión periodísticos de cuando en cuando; y un libro anual, además de avanzar como una tortuguita en mi tesis doctoral; y eso sí, me acompaña mi novela inacabada que comencé hace casi treinta años como Penélope tejiendo y destejiendo el sudario.

Por si fuera poco, frente a esta incesante labor de mezclar letras, agitarlas y dibujar mosaicos, mi trabajo también reclama mi escritura. Y es que mi profesión jurídica que requiere argumentar, exponer y fundamentar por escrito, con poco espacio para la imaginación pero mucho para la persuasión.

Archivo_000 (18)El mínimo común denominador de esa labor es la herramienta tecnológica. Pero también mis dedos, esos diez ayudantes invisibles que cobran vida propia posados sobre un teclado.

5. Lo que es distinto es el fruto del árbol: artículo, ensayo, novela, crónica periodística, etc.

Me resulta clarividente el comentario del periodista y escritor Tomás Bárbulo:

Yo creo que el periodismo es como una carrera de 100 metros, es algo que tiene que ser explosivo, rápido y brillante, tienes que escribirlo de esa forma. La novela en cambio es como la maratón, tienes que ir dosificando el esfuerzo para llegar al final.

Realmente es cierto que distinto es el estilo de escribir cada artículo.

En el blog es esa carrera de 100 metros. Fulgurante.

En los libros y la tesis doctoral es una carrera de maratón. Disciplina, tesón y artesanía.

El fruto literario y editorial de mi profesión de jurista ya es atletismo al gusto. A veces es salto de pértiga, para sortear problemas. A veces, lanzamiento de martillo, para dejar claras las cosas. Y casi siempre, carrera de vallas, donde hay que combinar velocidad con obstáculos. Como casi todo en la vida.

Lo que son simples saltitos de calentamiento son los correos electrónicos, que también llevan su tiempo, aunque poco adorno.

ciencias6. Sin embargo, tengo la íntima convicción de que cuando escribo algo y suelto al mundo un nuevo documento impreso o virtual, contribuyo a una carrera de relevos, entregando el testigo a un lector que a su vez lo utilizará y podrá con su impulso y aportación cederlo a un tercero.

Por eso, creo que a golpe de click, a fuerza de fusionar esfuerzo creativo con el castellano, a fuerza de ser juntapalabras, entre muchísimos modestos escritores como yo, unidos a una legión de brillantes autores del mundo, estamos colaborando en una tarea titánica.

Se trata de avanzar en la torre de Babel del conocimiento de nuestra era hacia ese prodigioso Taj Mahal de un mundo formado e informado, con orden, brillantez, simetría y belleza, porque solo la cultura nos acerca a la perfección.

Y por eso, me atrevo a sugerir que la etapa del homo sapiens ha pasado a la del homo scriptor. Muchas herramientas y muchas ideas llamadas a encontrarse. Así y todo, el escritor ha pasado del temor de la página en blanco a la de la pantalla en blanco, y pronto a la de la mente en blanco.

Para entonces quizá existan novelas y poesías escritas por ordenadores, como la publicada en 2008 por  el ruso Alexander Prokopovich, responsable del primer libro creado por computadora mezclando plantillas, palabras y sembrando ideas,  cruzando el estilo del autor japonés Haruki Murakami con la versión de  Anna Karenina de León Tolstói. Sin embargo, como dijo lúcidamente el propio Prokopovich:

El programa nunca puede convertirse en un autor, como Photoshop nunca puede ser Rafael.

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