Una de las grandes contradicciones a las que suele hacer frente el ser humano es la necesidad de conocer el futuro para saber cómo será su pasado.

Es decir, cómo está siendo ahora en su presente o, dicho de otro modo, que ni él se fía de sí mismo sobre cómo se verá en su mañana. Y es que someter al futuro es una de las asignaturas pendientes del hombre, no convalidable, y sujeta a crédito, con frecuencia hipotecario. Tanto interés ponemos en controlar ese futuro que nos hacemos la ilusión de haberlo vencido con algo tan simplón como el ponerle nombres fantásticos a los días de la próxima semana o a los meses que vendrán, una ortopedia ontológica que nos lleva a creer que dominamos nuestra vida como si pudiésemos viajar en el tiempo y predecir qué es lo que no haremos tal o cual jornada. Es como si hubiésemos hipotecado el futuro sustituyendo los grandes sueños de hoy por las agendas de bolsillo.

Uno, que se jacta de desconocer cómo es actualmente el futuro, sí sabe al menos reconocer cómo no es, utilizando para ello un artilugio que, no por siniestro, resulta de gran utilidad para estos menesteres. Se trata, como puede adivinarse, del espejo. Basta con que coloquemos algo delante de él, incluso a nosotros mismos, y ya sabemos lo que no será el futuro, pues cuento refleje y en la medida en que lo haga nos advierte de antemano que en el futuro será distinto. Si nos miramos en un espejo ahora podemos intuir cómo nunca más volveremos a ser, lo que no quita que seamos incluso peores, pero esa es otra historia.

La relación de la humanidad con los espejos nunca ha sido fácil, y así cuentan el caso del viajero que regresó admirado contando cómo, hasta en el rincón más recóndito del planeta, encontró espejos con su rostro. Lo importante es usar responsablemente los espejos porque pueden resultar peligrosos dado su poder de convicción, como bien sabe Blancanieves, ya que pocas cosas saben más de nosotros sobre nosotros que nuestros espejos, desde el vello impertinente al acné contumaz o la tripa renuente, el espejo es la otra cara de la moneda que intentamos colar como si fuésemos de verdad. Nada se le escapa al cristal que nos refleja y tal es su efecto sobre nuestros atribulados méritos que la sabiduría popular castiga con siete años de penuria y desgracia a quien se atreva a romper alguno de estos amigos del alma. Incluso los automóviles, en su frialdad mecánica, fueron oportunamente dotados de espejos para, paradójicamente, saber lo que ocurre detrás de nosotros.

No resulta descabellado pensar que la novela sea considerada una cierta variedad de espejo, al menos para quienes desean o necesitan mirarse en ellas a la hora de leer o al segundo de escribir. Más acá de considerarlas como paradigma de cualquier lugar imaginario, resulta incuestionable el hecho de vernos con frecuencia reflejados en ellas como en uno de esos espejos de los que hablábamos, lo mismo en algunos de sus personajes que en sus vivencias, dramas y comedias igual que destellos de cualquiera de nuestras vidas, incluso de las reales. Comenzando por el título y siguiendo por el atractivo o el rechazo de sus sensaciones, hay algo irresistible en las páginas esculpidas a tinta que nos hace vernos como en un espejo, acaso la necesidad de compartir nuestra miseria o nuestra dicha si es buena con sus protagonistas, acaso la válvula de escape de la frustración o las ensoñaciones de terciopelo. De entre las numerosas y variadas motivaciones que llevan a alguien a leer o escribir, utilizar el libro como espejo de nuestra alma es, posiblemente, la más atrevida. En ellos nos retratamos sintiendo la vanidad de lo hermoso o la humildad de la resignación, las voces que escuchamos son las nuestras, su dolor es compartido y la alegría que desprenden se confunde con la que profesamos. Buscamos en sus páginas el reflejo de nuestro particular retrato de Dorian Gray, su hechizo, puede que la verdad de una mentira que siempre es la nuestra. Después, agotados, miramos al espejo de verdad y nos vemos como aparentamos ser, dejando en el cuarto oculto que es la novela ese otro retrato tal vez más real que nos muestra la monstruosidad que nos empeñamos en esconder. Solo en la soledad más acuciante nos cuesta mirarnos a los ojos en un simple e inocente espejo por miedo a enamorarnos de lo que somos si no nos gusta lo que vemos.

Pocas cosas encarnan de manera más real la conciencia como el espejo si nos atrevemos a colocarnos frente a frente, y tanto es así que si pretendiéramos cubrirlo con una sábana, reflejaría esa misma sábana con la que intentamos ocultarnos delatando nuestra intención de fingir. No es de extrañar que el espejo tenga un ámbito propio en artes mayores como la poesía, mundo donde abundan poetas que, para escribir, solo necesitan una pluma y un espejo en el que verse. Al lector le corresponderá decidir si es cóncavo o con beso. O solo un espejismo.

Iván Robledo

Gracias por comentar

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: