El amor es eterno mientras dura

Manuel Alcántara

Cuando se nos muere un gran poeta, tan grande que no sabe que lo es, el sentimiento que tenemos es de vergüenza, la de no haber evitado que se fuera, que se nos lo arrebataran como del rayo, de no haber sabido cómo defenderlo, de retenerlo entre nosotros. Y se nos va, como del rayo, y el mundo se hace plano.

Cuando muere un gran poeta, somos nosotros los que nos enterramos. Y hay que volver a crear el mundo, que este parece que se ha acabado, señores.

Cuando muere un gran poeta cambiamos de fe, se vacían los calendarios y las hojas de los árboles vuelven a su lugar, que esto se acabado y hay que empezar de nuevo.

Cuando muere un gran poeta ya no mueren los demás, que muere uno, y se aprende a morir como se vive, sin saber, que morimos mal por falta de costumbre. Que la vida es corta pero ancha, que todos cabíamos en el poeta cuando dejaba de escribir.

Entonces se comprende que lo escrito no eran columnas, sino pilares que sostenían la tierra para que no cayera sobre el cielo. Y llovía ginebra.

Entonces se doblan los recuerdos y se guardan en los cajones. Hay que volver a hacer los caminos y los castillos de arena. Y pensar un color para el cielo. La última página de lo que se leía tiene ahora un hueco, y por él se va todo lo demás porque tampoco importa.

Entonces recordamos los doctorados en jazmines que se graduaron en biznagas, en croché y en humo de caladas hondas de moscatel. Doctorados que se hacen ciencia en el morro, con Severo, la química, la física y los delfines, que no lo son. Y en los Baños del Carmen y su pizarra con el calor del agua, se entrega al antiguo portero una moneda para que nos lleve en su barca al otro lado de allí.

Entonces nos encontramos perdidos. El mar lo cubre todo, y todo se hace Rincón, el de la Victoria, que se salva porque allí estuvo usted, señora, hay una placa en el sol que recuerda que así fue. Y todo lo demás se vuelve tierra, y las palabras se nos hacen armaduras.

Los demás es elegir un Miércoles Santo para irse a quedar aquí.

Se hace sencillo saber que estamos ante un gran poeta porque él es el único que no lo sabe. Y entonces aprendemos que el amor es eterno mientras dura.

O no.

Iván Robledo

Ayer. Y Primavera

A la Primavera se la espera descalza, o no será.

Porque antes, cuando todo era tan fácil que resultaba imposible comprenderla, la Primavera venía sin que nadie supiera cómo había sido. Hoy, en cambio, nos lo explican en El Tiempo con mapa y tacones de tropezar. Antes la Primavera llegaba cuando los membrillos se vestían con lencería y las piernas de los niños pequeños eran tan blancas que parecían querer romperse al correr. Ahora lo que llega es llega la alergia y los antihistamínicos que dan la tos y la risa, y las mariposas de fiestas de guardar, cuando los días se hacen tan largos que hay que tomarles el dobladillo a las noches y a los sueños.

Y así todo.

La culpa es de los poetas, dicen unos que hablan llenándonos los ojos de polen. Otros aseguran que la culpa es de los que se enamoran en invierno y se resfrían en Primavera, que es cuando los sauces se peinan como lo hacen las sirenas, al sol y sobre una roca. En Primavera los más alocados zarandean los árboles para que se despierten los brotes y los lunares, que pocas cosas despiertan tanto el genio humano como la Primavera, la que les hace creer que vuelve a ser un niño. La Primavera es siempre la misma que luego viaja al sur del sur para regresar cuando estábamos a punto de perder la esperanza en nosotros y recobrar, o volver a perder, la fe en lo que no creemos que creemos. Se escribe la Primavera como de ese amor o de este sol, en la arena de las playas para que lo lean las olas, y se cortan las flores silvestres a las que nadie ha puesto todavía nombre para que duren para siempre en una solapa o detrás de la oreja con el pelo recogido. Se escribe en Primavera para apuntalar con versos y estrofas los muros que han de salvarnos de los días internacionales y de las primaveras institucionales, esos adarves que la mantienen a usted protegida de todo. Se escribe en Primavera porque nos sabemos prófugos de aquí mismo, de donde las sombras se alargan y las sonrisas se tornan claroscuros antes de que se marchen las últimas camelias.

No tan antes, cuando la Primavera la sangre alteraba, nos enamorábamos. Hoy, cuando la sangre se altera, vamos al médico y en lugar de un soneto firmamos una baja. O nos dicen que Primavera se escribe en minúscula, pero ya se ve que aquí se escribe en mayúsculas porque nunca se sabe si quien va a leerla es alguna vieja conocida. Pasa con ella, con la Primavera, como con los escritores de bien, que solo hay una cosa que los supera en número, y que son aquellos que les dicen cómo tienen que escribir mal para hacerlo bien. No escriben, o no mucho, pero saben cómo tienen que hacerlo los demás con sus esdrújulos, sus gerundios afilados, sus tramas hasta conseguir que todo lo que se escribe se parezca tanto que no haya que devanarse el seso débil para pasar una tras otra las páginas. Lo malo es que aquellos tienen razón, pero olvidan con frecuencia lo principal, que de hacerle todo el caso que demanda la corrección nunca tendríamos Primavera y solo se le podría cantar al otoño, que rima con tantas cosas. Y sin embargo, como para casi todo en esta vida, siempre encontraremos el consuelo de saber que lo que hoy está proscrito mañana será, por obra y gracia de algo, cuando alguna gran mente califique como rompedor, transgresor innovador lo que algunos lectores, humildemente, llaman hoy para nuestros adentros eso de que les gusta porque es distinto. Será otra primavera, dirán, la que traerá el sabor a acíbar de la minúscula desabrida. Aquí nos quedamos con la verdad, la que provocan las ronchas para rascar y las abejas que espantar, las florecillas de san José que se abren en su día y los hornos a punto para el bizcocho.

Solo cuando se apagan las voces y se encienden las luciérnagas, es Primavera, que todo lo demás en verdad es fanfarria. No se ve porque corre por las venas al galope y crece con la noche cuando duermen los gigantes. Bajo el cielo negrísimo se desviste de gala y cuelga sus ropas en el pico de la luna y se pone manos a la obra, cuando nadie mira, para gritarnos ¡sorpresa! cada mañana como en los cumpleaños de nuestra infancia, cuando encontramos los tinteros llenos de miel de luna y las hojas tan blancas preñadas versos mordisqueados. Y todo para saber que la Primavera son las madres, es todo aquello que se queda al descubierto cuando en esa fiesta rasgamos el papel de regalo que es el cielo que nos envuelve.

Luego llega la calma y todo lo demás, y la tarde de nuevo con los calendarios de días pares que anotar en la hierba que crece solo donde antes estuvimos sentados.

O no.

Iván Robledo Ray

De quejas, quejicos y quejíos

Puede que, a pesar de todo, el que tengamos que vivir en la Tierra sea una buena idea. Baste pensar que si viviéramos en Saturno solo celebraríamos una Nochevieja cada 30 años, que echando cuentas nos saldría a dos o tres raquíticas rondas de uva por cabeza a lo largo de la vida. Pero es que si habitáramos en Mercurio tendríamos uvas (y noche de Reyes y cenas con cuñados) cada 88 días y eso no hay bolsillo que lo aguante, o tendríamos cuatro campeonatos de liga de fútbol, ¡cuatro completos!, cada año, y eso no hay corazón de aficionado al Atlético que lo soporte. Y sin embargo, nunca faltan aquellos a los que también les parecen mal estas cosas y pretenden hacer de su queja, de su santa queja, la razón de nuestras vidas, esos mismos jeremías que nos avisan entre lamentos de la llegada de la Navidad con semanas de antelación para que sepamos cuánto pueden llegar a sufrir con las alegrías de los demás.

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Esos odiosos libros

La sensación de modernidad en la que vivimos es lo que ha provocado que el mar, que antes era el lugar al que iban a dar los ríos que eran nuestras vidas, sea ahora el destino preferido de veraneo para mucha gente y no otra cosa, como el siempre fastidioso morir. No es fácil imaginar la razón pero es así, y tal vez debamos encontrar su causa en la incesante llamada de la madre naturaleza en su pulsión atávica por llevarnos de vuelta al lugar en el que, dicen, surgió la vida, por mucho que al probar el agua del grifo dudemos de ello.

Lo cierto es que llegada la hora los arenales se ponen a rebosar de buenas gentes con mejores intenciones, y por eso no se puede estar de acuerdo con aquellos a los que les molesta ver tamaña muchedumbre, y mucho menos conformes con aquel poeta que pedía colocar espejos en la arena para evitar que se formasen tantas aglomeraciones con las no siempre agradecidas carnes al aire. Sea como fuere, lo llamativo no es tanto el ambiente de pequeña gran ciudad en bañador que allí se vive, sino las repetidas liturgias que llevan a los habitantes de esas arenas a repetir las mismas conductas año tras año apenan dejan el torso o las pantorrillas al albur de las olas y sus brisas.

Y luego están las medusas, claro, y las algas y los libros gordos, que no deben confundirse con los libros voluminosos. Los libros gordos son uno de los grandes inventos del veraneo, como el selfie o los insecticidas, cuya función de matar bichos asume a veces muy a su pesar. Los libros gordos son esos que encontramos en las librerías de las estaciones de autobuses y de trenes de largo recorrido, que no en los aeropuertos que ahora son lugares demasiado populares, y son los libros que nos prometemos leer durante las vacaciones, pero no. Son esos que el que al regresar a la rutina quedan en la mesa de la cocina durante un tiempo, un mes o dos, hasta que comienza el colegio, y después pasan a la salita donde está el televisor, junto a las revistas, y es ahí donde se le acaba perdiendo la pista. Pero aunque él no lo sepa, para entonces el libro gordo habrá cumplido su misión del brazo primero, y de la bolsa de playa después, de su comprador. Porque para entonces tendrá sus esquinas graciosamente rizadas y en su interior, lejos de encontrar flores adheridas, con suerte hallaremos arena y la melancólica nota del último chiringuito con manchas de gaseosa. Si eso no es costumbrismo entonces es que no sabemos qué será el devenir.

Venía todo esto a cuento, o no, del recuerdo de ciertos libreros como personajes a quienes con dulcísima frecuencia los investimos de un romántico halo resaltando su innegable sabiduría, su mejor hacer y, sobre todo, sus sapientísimos consejos. Pero no hay librero capaz de superar en su magisterio al estante de libros con el que nos recibe o despide una estación de tren o de autobús. Es en esos lugares donde se muestra la pericia del lector virtuoso o vacacional, pues ahí es donde se forja su carácter y nuestro espíritu, en esa soledad de títulos apabullantes, autoras con reminiscencias de telefilm de sobremesa, de grandes y pequeños éxitos. Hasta que encontramos, como quien sí quiere la cosa, un libro único, acaso un clásico, tal vez un desconocido autor para nosotros del que jamás volveremos a separarnos. Las estanterías de aquellos bulliciosos lugares, con su asepsia entre revistas para el colesterol y recuerdos de nuestra estancia (lo de suvenires queda algo sesentero), son el refugio de esos libros gordos, pero también inesperados manantiales de bisutería literaria para ciertos paladares exquisitos. Cuando uno se encuentra ante esas estanterías giratorias de mal metal, recuerda que los libreros en realidad juegan con nosotros a la hora de recomendarnos lecturas. Lo hacen porque sí, como un juego cuyas reglas solo ellos parecen conocer procurándose un divertimento gremial y arcano, secreto y perverso. Se trata sin más de recomendarnos libros odiosos y estúpidos en ocasiones, libros que, por mucho que juren lo contrario, a ellos no les han gustado ni jamás recomendarían a alguien a quien quieran bien. Antes al contrario, se solazan con nuestra debilidad indicándonos tal o cual volumen a sabiendas de la maldad que están a cometer, entregándonos a buen precio un tostón para reírse después, a solas o en compañía de otros gamberros como él, del plomo que adquirimos encantados de conocernos llevándonos de propina alguna cita de viva o un marcapáginas evocador.

Nada de eso ocurre en las estanterías con prisas de las estaciones donde todo es azar y gallardía, donde nos jugamos el libro que nunca leeremos a una sola carta marcada, eligiéndolo al azar por el grueso de su lomo, sin vocecitas que nos aconsejen ni amistades que nos cuenten cuánto les está gustando el que están leyendo ahora, que es el mismo que hace seis meses. Entonces damos una vuelta, quizá dos, giramos la estantería y, esto es fundamental, cerramos los ojos para coger uno del montón con el secreto deseo de que el autor tenga un apellido ininteligible por si coincidimos con alguien conocido toalla con toalla en la arena. Todo lo demás, en fin, poco importa, que bien saben las editoriales que esos libros gordos para la playa nunca pasan de la página veinte, y nadie va a descubrir que las setecientas restantes son siempre la misma repetida una y otra vez.

No hay verano sin libro gordo sobre una toalla para que no se vuele. Pero por ventura tampoco hay verano sin segundo amor escondido tras las cañas en el que la seducción ya no se encuentra en observar a una mujer que lee, sino en contemplar a esa otra que mira a la que lee. O eso creo, usted sabrá.

Iván Robledo

La relación causa-afecto

Es propio del ser humano recurrir a la ciencia para intentar comprender todo aquello que no desea saber. De este modo hemos conocido que el corazón es solo un músculo amorfo y viscoso que además se puede trasplantar, que los sueños no son más que pulsiones eléctricas, y que el olor a tierra mojada es en realidad una reacción química que recibe el pomposo nombre de petricor. El mundo, en definitiva, parece que ha dejado de funcionar a golpe de magia, pretenden decirnos, y ahora se mueve a convulsión de los dictados de la ciencia. Y eso, en parte, es un error. Que podamos comprobar empíricamente un fenómeno científico es solo una manera de cambiar el nombre a las cosas. Si se enciende la lámpara al pulsar el interruptor puede ser la consecuencia de ciertas estructuras y hallazgos físicos prolijos de relatar ahora, pero pagar la factura de esa luz cada mes solo puede considerarse magia. Y magia de la dura, además. O milagro.

Lo que sí parece claro es que cada vez somos menos los que aún creemos que todo el universo cabe en un pequeño transistor de esos que aún sintonizan onda media y funcionan con pilas de supermercado. Y menos aún los convencidos de que esas radios funcionan gracias a la magia de las hadas. Que esto último no haya podido demostrarse no prueba nada, pues la magia no admite prueba en contra, y conformarse con una explicación racional y científica es lo lógico para quienes no creen en los milagros, pues de otro modo sus cabezas estallarían. La naturaleza, que a veces es madrastra, también cuida de los incrédulos porque de otro modo no llegarían a nada en la vida, por eso les ofrece este tipo de explicaciones racionales que caben en un cuaderno de notas, y nunca en una novela. Los demás, los que resistimos, seguimos convencidos de la presencia de vida dentro de esos cacharros manoseados, y de que la antena que hay que sacar para sintonizar no es más que una suerte de caña de pescar con la que cazar al vuelo alguna voz con el cebo de nuestros deseos.

Radio

No es pues de extrañar que haya quien piense que la radio no es más que una evolución natural del libro. Si usted se fija bien, escucharla nos obliga a imaginar la escena que se nos relata, lo mismo una noticia que un comentario, una voz que una canción. La abstracción de su sonido, al igual que la lectura de un párrafo, provoca en el oyente y en el lector el efecto de recrear en la mente lo escuchado o lo leído, el paisaje, el rostro, las circunstancias, todo queda al albur del espectador y la riqueza de su imaginación. Hasta el color de lo oído y el olor de lo narrado es obra nuestra gracias a los datos que se nos proporciona. Nada que ver con la pasividad mórbida de la imagen televisada, que conjura otras potencialidades y otros sentidos, simplemente distintos pero prontos a la comodidad primero y al sonambulismo zombi después.

No se trata en cualquier caso de loar sin más esa cierta leyenda romántica que envuelve la escucha radiofónica, preñada de lirismo y hasta cierto punto cursilería idealizada, sino de poner algún punto en la ‘y’, la griega, de su coyunda con la cosa del leer. Porque, aparte de las salsas, pocas cosas hay más numerosas que las razones por las que uno lee. Y de entre todas ellas nuestra preferida es la que se refiere al hecho, no de leer en sí mismo, sino de leerle a alguien. Y es que si uno se fija los mejores libros son aquellos que, con independencia de su prosa, destacan por la prisa que nos urge a leerle a alguien una frase, un párrafo, unas páginas o todo él. Concebir un libro para poder serle leído a otra persona no es habilidad, sino un don que solo los dioses otorgan para demostrarnos que siguen existiendo.

-Quiero leerte esto…

Y, al hacerlo, ser uno los tres.

Porque sí, porque todos los libros pueden ser leídos en voz alta, hasta el más indigesto, pero son muy pocos los que fueron dolosamente escritos para serles leídos a otra persona, algo que hasta hace poco era muy mirado por los autores siempre pendientes de cosas muy distintas a las que hoy nos encandilan, tal vez porque se requiera un arte especial, tal vez porque no haya razones para hacerlo, tal vez porque quién sabe por qué. Y si escribir cualquier línea con la mente puesta en una lectura compartida resulta cosa de titanes, cuánto más importante hacerlo con el resto de los sentidos bien vestidos pensando en la persona que va a escucharlo. El cuidadoso esmero que hay poner en la letra se vuelve épico recreándonos al saber que va a ser leído en voz alta ante el auditorio más exigente, el de la persona a la que queremos. De ahí que, como decíamos, haya quien crea que la radio, ese transistor ergonómicamente creado para pegar al oído y que alberga todas las esquinas que hemos doblado sea la evolución de cierto tipo de, si no de libros, si al menos de lecturas, las que nos hacen un poco menos inhumanos. Escuchar la radio e imaginar lo escuchado como una gran representación teatral y leer con maneras de narrador un libro son, en definitiva, actos de magia dignos de hadas.

 Puede que también exista una explicación científica también para esto y así debe ser, pues nunca faltarán personas que en su tristeza no se rindan a la evidencia y necesiten una justificación que les permita dormir.

Iván Robledo

Morir de sueños

Sueño 1En contra de lo que pueda parecer, los grandes genios de la humanidad debieron ser tremendos dormilones. No de otro modo se explica por qué nos referimos a ellos como grandes soñadores, o de cómo no ha habido gran hombre que no tuviera un sueño aún más grande, que lo persiguiera y lo llevara a la práctica para engrandecernos a todos. Sin gente que sueñe lo imposible no hay progreso, pero para poder soñar hay que poder dormirse antes, y muy bien además, de ahí el mal que los despertadores han hecho a nuestros contemporáneos. ¡Cuántos grandes sueños se habrán quedado en el camino que va de la cama al café por culpa de ese timbre inoportuno! Artilugios del demonio que suenan antes de que ese sueño haya llegado a nosotros y que han perecido enterrados para siempre en el limbo de los sueños de gloria. Toda gran hazaña comienza con un primer paso, es cierto, pero siempre después de haber dormido como un bendito.

Por desgracia, en nuestros días hemos cambiado el tener un sueño por, sencillamente, tener mucho sueño, que parece lo mismo pero es todo lo contrario, es una trampa de los sinsentidos. Nuca debemos olvidar que la historia de los grandes logros se ha escrito sobre una almohada, quién lo iba a decir, entre ronquidos y pesadillas, o con la cabeza echada en la mesa de una mala tasca, o retorcidos en el respaldo del asiento de un coche que no venía de ninguna parte. Algo debe tener un buen sueño cuando lo maldicen los tristes. Los sueños son el alma de la realidad para las personas que no confunden la vida con la supervivencia, el sueño es descubrir una suerte de secreto, un acertijo que nos permite abrir una puerta por la que llegar un poco más acá, una cerradura para cada una de las llaves que encontramos en el campo junto a las puertas que allí ponemos.

Para quien sabe soñar, su gran enemigo no es el alborear sino la somnolencia. Nada haySueño 2 más real que los sueños porque nunca sabemos qué vamos a soñar, como cada amanecer ignoramos que nos deparará la tarde, y ahí reside parte de su grandeza. Soñamos y, al hacerlo, vivimos dos veces porque solo en los sueños somos realmente libres, es sobre ellos como se nos permite regresar por unos instantes a nuestra infancia, el lugar donde todo fue posible. Los sueños son el reino donde viven los niños capaces de tocar la luna poniéndose de puntillas, el tiempo en el que lo conocen todo y a partir del cual, conforme vamos creciendo, comenzamos a olvidar. Por eso los niños duermen tanto, necesitan dejar de soñar por un rato y descansar de todo lo que ha sido creado para ellos. Tal vez por eso llegamos a pensar que los grandes hombres, esos soñadores que mencionábamos al principio, son en realidad niños grandes. Dejarse caer en ese pozo oscuro sin fondo conocido que es el soñar solo está al alcance de quienes creen que al final encontrarán el brocal por el que salir. Así se forjan los sueños en esas mentes privilegiadas mientras que el resto, por desgracia, nos limitamos a hacer lo que podemos, y hemos de reconocer que nuestros sueños suelen ser bastante tontos, tanto que nos vemos obligados a soñar despiertos.

Los sueños son en esencia el envés de cualquiera de nuestros mundos. Por ese motivo no leemos o escribimos para soñar, sino para rememorar lo que alguna vez, cuando fuimos niños, soñamos sin darnos cuenta. Quien lee o escribe regresa al punto donde se quedaron todos aquellos sueños que no nos dio tiempo a pedirle a los cielos, por eso no hay historia que no nos resulte familiar y entrañable, aunque haya que ser muy, muy niño para tener la valentía de reconocer que esas narraciones, como todas, también nos pertenece cuando sale a nuestro encuentro años después ahí donde el viento de la vida la dejó caer, en rincones de nuestras ciudades, que son todas, en caras que creemos creer reconocibles, en relatos que otras personas guardaron para devolvérnoslos bien encuadernados. No se sueña ante un libro para escapar de la realidad, sino para volver a ella, la que era nuestra cuando fuimos habitantes de la niñez.

-Espere, ¿y qué hay de las novelas de asesinos, o de las eróticas, o de las de ciencia ficción? ¿También son sueños infantiles?

Entonces recordamos que los niños nunca mienten, y que los sueños de la razón que conoció Goya de oídas nos muestran cómo se cuece la crudeza de nuestro subconsciente en todo su esplendor. Son las reminiscencias de Calderón a través de la boca soñada de Segismundo:

¿Qué os admira? ¿Qué os espanta?

si fue mi maestro el sueño,

y estoy temiendo en mis ansias,

que he de despertar, y hallarme

otra vez en mi cerrada

prisión, y cuando no sea

el soñarlo solo basta (…)

Van y vienen los sueños, y como las musas han de encontrarnos dispuestos, que llegan como gorriones que no entienden de las leyes de los hombres, que libres son y anidan donde les place o pasan de largo si no les merecemos. Solo en los sueños somos soberanos de verdad, son el único lugar en el que podemos acudir a nuestro propio entierro y contárselo, o no, al sol de la mañana siguiente.

El seso de los ángeles

Lágrimas...Aunque nos parezca increíble aún existen personas que escriben como los ángeles: con pluma. Pocas, es cierto, pero las hay, lo sabemos porque todos conocemos a alguna. Nos resulta fácil distinguirlas porque cuando escriben no nos importa tanto de qué hablan como la manera que tienen de dibujar las palabras. De entre todas las ciencias ocultadas de las que se nutre la literatura, la caligrafía es para algunos la patita fea que acaba convirtiéndose en águila ante el estupor de los cisnes.

-¿Sabes escribir?, – le preguntan.

Y entonces el artista desenmaraña sobre el papel su grafía erizándonos las pieles con la finura de un trazo que convierte cualquier frase en una panoplia. La mano que empuña la pluma es una terminación del cerebro, como lo son los ojos o las yemas de los dedos de una poetisa, el momento en el que un texto se transforma en continente y contenido a un tiempo. Escribir a mano es un acto de delicadeza por encima de cualquier otra cosa, algo que invoca nuestros sentidos más allá de nuestra naturaleza pragmática. Sabemos que existen tantas formas de escribir a mano como personas, aproximadamente, pero al igual que ocurre con nuestros congéneres, no todos los textos manuscritos nos caen bien. No se trata de la excelencia de lo que nos transmiten sino de algo más primitivo e instintivo, lo que sentimos cuando vemos un texto y nos parece feo, o desordenado, o sucio o, en el peor de los casos, funcional. Tal vez porque de entre todas las cosas que nos ha arrebatado la vida moderna sea la pérdida de la belleza de siempre la que más llanto ha causado, y la coagulación de la escritura con arabescos sea quizá uno de los casos más sangrantes.

La escritura manuscrita nos dice de una persona todo lo que no querríamos saber sobre ella, por eso resulta auténtica. No es cuestión de grafología, ese arte insensato que se vende al mejor impostor, sino de armonía. Se escribe con pluma como muestra de respeto al papel y a la persona que va leernos, una manera de decirle que además de lo allí dicho nos hemos esforzado en que le guste cómo se ha dicho lo dicho, dicho sea de paso. Y hacerlo con tinta es además cosa de supina delicadeza por cuanto implica de afán, pues no en vano decimos que alguien suda tinta (china, generalmente) para referirnos a un trabajo esforzado, y no al mero hecho de juntar pixeles.

Por desgracia estamos perdiendo los hábitos, y a las mayúsculas con filigranas las estánMaleta sustituyendo los caracteres robóticos, y al esfuerzo de doblar el espinazo y cuidar de que el renglón esté derecho le ha sucedido el prosaico ‘enter’. Debemos alegramos de no tener que comunicarnos dibujando bisontes en las paredes, es cierto, pero de ahí a reducir la comunicación a un formulario hay mucho trecho, si nos descuidamos no haremos otra cosa que rellenar casillas con una equis en la letra pequeña de los contratos, las quinielas o las declaraciones de la renta, y pronto se habrá perdido esa preciada virtud que es el vicio de escribir a pluma descubierta, sin protección. Habrá quien piense que esta deriva es tan solo fruto de los tiempos y la evolución, pero se equivoca. Si se busca el abandono de la pluma será porque la tinta es indeleble, porque no se puede borrar lo que se ha escrito y siempre nos recordará lo que éramos cuando lo escribimos, algo que no ocurre con otros sistemas de escrituras, como los digitales, donde borrar es tan fácil que, salvo los niños, cualquiera puede hacerlo. Antes éramos lo que escribíamos, y hoy somos lo que borramos. Y entre suspiros pensamos en la frivolidad que supone llamar avance o progreso a determinadas cosas cuando no sabemos cuál es la dirección correcta.

Escribir con pluma es, finalmente, un acto de amor cortés. No de quien lo hace, sino de quien mira. Pasando de la sugestión al enamoramiento, la fascinación de ver escribir a quien queremos es el último reducto de los derrotados, y basta retroceder no demasiado en el tiempo para recordar el esmero con el que se escribían cartas de amor. Si había una primera llave con la que socavar las murallas de la persona amada era la caligrafía, y después venía todo lo demás. Lo primero, lo sabe bien quien lo hizo, es una escritura envolvente que adormilara las reticencias y se ganase ese primer favor de la lectora. Las cartas de amor, escritas con pluma, no murieron porque desapareciera el romanticismo, sino porque aparecieron los procesadores de texto. Si algo hemos aprendido a la hora de escribir con pluma es a saber escuchar el sonido de los goznes del alma al volcar nuestro cuerpo sobre las palabras, sometidas por el peso del alma, y la inconsciencia de saber que cada cuartilla será única, que no hay copia de seguridad para nuestros sentimientos ni otro riesgo que el de ser rota en mil pedazos a su recibo. Escribir a mano, con pluma, es la última frontera de quienes se atreven a vivir sabiendo que un error, una tachadura o un borrón permanecerán para siempre en el mismo papel al lado de las palabras más bellas porque, al igual que nuestras noches, nos sucedieron y nunca podrán desaparecer en esa tinta que se llama vida. Por eso, hoy también, esperamos una.

Un texto escrito a mano, con pluma, es una frase con la melena bien peinada, hecha de cabello de ángel.

El mar es un libro escrito con rimel

Libro del mar 1El drama del hombre moderno es que ha sido creado para hablar con el mar, pero su tragedia es que no lo sabe. Y es que hay que ser muy niño para entender que el mar es tan extenso porque ha de contener la vida y la muerte, y asusta, ¡claro que asusta!, porque en él se guardan todas las preguntas a nuestras respuestas igual que en el cajón secreto de una madre. Del mar nos llega la vida y a él debemos rendir cuentas como hizo Manrique, que era de villa con río, a la muerte de su padre. El padre, la vida, la muerte, el hijo, siempre el eterno retorno de una existencia cuyos sueños se escriben en la arena para ser borrados por las olas.

Nadie que no haya querido meter alguna vez el mar en un agujero hecho en la arena se merece el respeto de las olas. Al contrario, solo alguien con los pies en el suelo y el grito en el cielo es capaz de adentrarse en el mar y sus arcanos, ya que a fin de cuentas el hombre es lo que quedó sobre la tierra, aturdido y embobado, después de que las aguas se retiraran al culminarse Creación, cuando tras ese primer día el espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas, como nos cuenta el Génesis. Después de haber hecho lo más difícil tan solo restaba colocar los adornos, pero también el agua, el mar como vida, sabe vestirse de muerte, y así lo comprobaron trágicamente quienes vivieron el diluvio recordándonos que la vanidad a la que queremos asirnos en nuestros naufragios no flota, sino que nos arrastra a su fondo abisal. Desgraciadamente, tras esas lluviosas jornadas la relación del hombre con el mar, sellada con un arco iris firmado por ambas caras, ha quedado en papel mojado y hemos vuelto a olvidar lo que nunca seremos, y que jamás podremos atrapar el mar con nuestras manos porque, como la vida, se nos va entre los dedos cuanto más apretamos, algo que sabía muy bien El Viejo, Santiago, cada vez que salía a pescar.

El mar nos da miedo porque sabemos que su fondo alberga paciente nuestra tumba. Lo miramos y sonreímos, pero temblamos al pensarlo. Manrique nos lo recuerda desde su meseta evocándonos aquellos ríos que van a dar a esa mar que ya alberga a su padre tieso. Nos paseamos sobre su superficie como criaturas tullidas armadas con la ortopedia de una canoa, un trirreme o una carraca, ignorando que no fue la época de las catedrales, ni será la del microchip sino la era de los galeones, la que encumbra a la humanidad al permitirle conocer esa parte de los hombres que habitaban al otro lado de un mar que los siglos habían llenado de olvido salado. Poder surcar las aguas que se soñaban infranqueables nos permitió cerrar el círculo de un planeta en el que, por fin, los dos extremos se daban la mano.

Hoy suspiramos al comprobar que en nuestros mares ya no hay ‘moros’ en la costa sinoLibro del mar 2 hidropedales con jubilados alemanes, que ya no esperemos ver goletas en lontananza sino pateras, que ya no nos llegan el oro y las especias de ultramar sino hachís en fardos. En las playas, en fin, ya no se puede fumar, ya no se bebe ron sino sangría de tetra-brik, y si  buscamos en la arena un tesoro solo encontramos una sandía puesta a refrescar. A pesar de todo olvidamos que nada de esto quedará impune para siempre porque el mar se alimenta de la estéril carne humana cuando muere devolviéndola cada noche en forma de poetisa para nuestra redención. Solo ante el mar debemos callar, solo ante ese mar que nace en el Mediterráneo como de su fuente y que acaba por anegar las demás cuencas formando océanos donde antes solo había viento y rebaños….

…y entonces ocurre. Ocurre que cuando habíamos perdido la fe en la nada que conforma nuestro todo y suplicantes miramos al mar creyendo que no hay problema para nuestras soluciones, volvemos a acordarnos de Ulises y de Homero, y recordamos de dónde venimos y adónde vais, y las carabelas y los galeones, y los diez cañones por banda, y a Jack London mojando su pluma en la tinta negra de los monstruosos calamares gigantes, y a Julio Verne y a sus tropecientas leguas de viaje submarino con escala en Rande, y a los trafalgares de Galdós. Ocurre que cuando la esperanza flaquea se alza el sol, y los libros con sus leyendas de ballenas blancas vuelven a poblar el horizonte, ahora cerúleo, con cuentos del mar llenos de corsarios o de marinos mercantes, aventuras tan reales que solo pueden ser fabuladas, hazañas sobre cáscaras de nueces y calafates, de grumetes y gulliveres, de piratas cojos con cara de malo y parche en el ojo. Mientras haya alguien, basta con uno, que siga escribiendo novelas sobre el mar y los marineros, habrá esperanza para el hombre.

Hoy como entonces, mientras el mundo se derrumba y dos se enamoran en París, habrá quien escriba cuentos de viejos marineros y de mares nuevos recién descubiertos bajo la almohada. Tal vez no esté todo perdido y el mar siga siendo para los lectores la vida en lencería.

Iván Robledo